Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 25. La anciana tejedora. #4
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25. La anciana tejedora. #4

Después miró a su alrededor. Miró a Beltrán. Miró a Drahn. Miró el espacio vacío donde Roan y Tovak deberían haber estado.

—Roan está debajo —dijo Beltrán.

Gorath cerró los ojos un momento. Después los abrió.

—Lo sé.

No intentaron sacarlo. No había nada que sacar.

Beltrán se quedó sentado en el suelo del valle un rato más, con la zurdona manchada en el regazo y el hombro izquierdo colgando en un ángulo que no era el correcto.

Drahn se acercó sin decir nada. Le agarró el brazo, le puso la otra mano en el hombro, y tiró.

El hueso encajó con un chasquido que le arrancó a Beltrán un sonido de los dientes. Después Drahn se sentó a su lado.

Tres hombres. Una criatura muerta. Dos compañeros debajo de la tierra y debajo de la cosa.

Gorath se acercó al cuerpo de la criatura. Se agachó sobre el flanco donde la armadura cristalina formaba una serie de placas pequeñas y superpuestas. En una de las placas había una marca. Una espiral grabada en el cristal.

—Es ella —dijo.

Nadie respondió.

—Vámonos —dijo Gorath.

—¿Los cuerpos? —preguntó Drahn.

—No hay cuerpos. Tovak está en el suelo del valle. Roan está dentro de ella. No nos llevamos ni a uno ni a otro.

Drahn no insistió.

Los tres se prepararon para volver.

Volvieron por el camino más corto que el barranco les permitía.

No durmieron en el valle interior. Caminaron toda la noche, tres hombres donde habían entrado siete, con Drahn llevando un farol bajo y Gorath a oscuras detrás de él.

Beltrán cerró. Llevaba el brazalete de Vakar todavía en la muñeca izquierda.

Llevaba el trozo de hueso pulido de tres muescas en la bolsita del cuello.

Llevaba la zurdona en la mano derecha, durante toda la noche, porque algo en el cuerpo se negaba a guardarla todavía.

El hombro izquierdo le latía con cada paso con el dolor de los huesos que se vuelven a poner mal.

Salieron del barranco al amanecer del segundo día.

El viento del sur soplaba limpio y fuerte cuando cruzaron la boca norte.

Beltrán se permitió girarse una vez para mirar atrás.

El barranco del Tres Vientos se hundía en la sierra como una raja oscura.

Desde la entrada no se veía nada de lo que había pasado dentro.

Beltrán miró la raja durante el tiempo que un hombre se permite mirar las cosas que sabe que no va a olvidar nunca, y después se volvió hacia el este.

El campamento estaba a dos jornadas.

Llegaron al final del cuarto día.

Los vieron llegar desde lejos. Una mujer joven, de las que se ocupaban del agua, fue la primera en distinguir las tres siluetas en el horizonte.

Empezó a correr hacia el centro del campamento gritando algo que Beltrán no entendió pero que entendieron todos los demás.

El grito cambió a mitad de camino. La mujer había contado. Habían salido siete. Volvían tres.

Dos de las viejas salieron de sus tiendas. Tres niños se levantaron del barro donde jugaban. Vakar salió de la tienda principal con el brazo todavía en cabestrillo y se apoyó en el poste durante un momento antes de poder caminar.

Nahira no salió.

Beltrán lo notó antes de cruzar las primeras tiendas. Nahira no estaba a la entrada de la suya.

Los tres cruzaron el campamento al paso. Las viejas les abrían paso. Los niños se apartaban. Nadie cantó. Una de las mujeres mayores abrió la boca para entonar el cántico de la vuelta y se detuvo al ver las caras de los tres. El cántico se quedó sin empezar.

Gorath se detuvo en el centro del campamento. Levantó la mano para que los que se habían acercado guardasen silencio. Cuando lo hubo, habló.

—Vasharkh. Mern. Tovak. Roan. Quedan en el barranco. Cazaron bien.

Cuatro nombres. El campamento se quedó en un silencio sin miedo.

Sorpresa, más bien. De pueblo al que le arrancan algo de golpe.

La mujer de Vasharkh se quedó muy quieta, con las manos en el delantal.

Una mujer más joven, la hermana de Roan, supuso Beltrán por cómo se le había puesto la cara, se sentó en el suelo donde estaba, despacio, como si le hubieran quitado las piernas.

Gorath continuó.

—Ri’lyk también queda en el barranco. Cazó mal.

El silencio cambió. Una de las viejas empezó a llorar, pero no era de duelo esta vez. Otra se cubrió la cara con el delantal. Vakar, junto al poste de la tienda principal, se sentó en el suelo despacio, como si las piernas hubieran dejado de sostenerlo.

Pero el llanto y el alivio se mezclaban con el peso de los cuatro nombres. Y el peso ganaba. Tres habían vuelto de siete. El clan iba a tardar mucho tiempo en recuperarse de esos números.

Gorath miró a Beltrán.

—Ve a buscar al niño.

Beltrán no contestó.

Fue.

La tienda de Nahira estaba cerrada. Beltrán llamó con dos golpes suaves en el poste de la entrada. Nahira no contestó.

Apartó el faldón.

Nahira estaba sentada en el suelo de la tienda, junto al rincón de Rojo, con el niño dormido en el regazo. La piedra del río, la que Beltrán le había dado al crío seis días antes en la piedra alta de las Grietas, descansaba en la mano abierta de Nahira sobre la rodilla.

Nahira levantó la cara.

No dijo nada.

Beltrán entró. Se quedó de pie en el centro de la tienda. No supo qué hacer con las manos.

Nahira lo miró durante mucho rato. Después, sin hablar, le tendió la piedra del río con la palma abierta.

Beltrán se acercó. Cogió la piedra. La miró. La cerró en el puño.

Nahira pasó a Rojo de su regazo al jergón con un cuidado que las mujeres tienen para mover a los niños dormidos sin despertarlos. El crío murmuró algo, en sueños, y se acomodó.

Después Nahira se levantó.

Le puso a Beltrán las dos manos en la cara, una palma a cada lado, los pulgares en los pómulos, y lo sostuvo así un momento.

No lo besó. No habría sido propio de ella, ni de los Oona-Gori, ni del momento.

Solo lo miró de cerca, con las manos en la cara, durante el tiempo que necesitó para confirmar con los dedos lo que ya estaba viendo con los ojos.

Era él.

Había vuelto.

Nahira le soltó la cara y se apartó.

Beltrán se sentó al lado de Rojo en el jergón. Le abrió la mano del niño con cuidado y le devolvió la piedra del río, cerrando los dedos pequeños alrededor para que el crío siguiera durmiendo con ella en el puño.

No se permitió pensar en nada más esa noche.