25. La anciana tejedora. #3
El primer hilo salió de debajo de la masa central cuando la criatura estaba a mitad de la pared, a diez varas de ellos.
El hilo no era el blanco y fino de las composiciones: más grueso, más oscuro, y se movía con una velocidad que no correspondía a una fibra sino a un miembro.
Cruzó el aire entre la criatura y la cornisa en menos de lo que Beltrán tardó en respirar.
Le dio a Tovak en la pierna izquierda.
Se enrolló dos veces por debajo de la rodilla, se tensó, y tiró.
Tovak no gritó. Le salió un sonido de la garganta, corto, sorprendido, el sonido de un hombre que no ha entendido lo que le ha pasado, y después el hilo lo arrancó de la cornisa.
Beltrán vio cómo el cuerpo de Tovak se despegaba de la roca, las manos arañando el borde, los dedos resbalando, y caía al vacío del barranco con las piernas por delante y la boca abierta.
Quince varas.
El sonido que hizo el cuerpo de Tovak contra el suelo del valle fue un sonido que Beltrán no iba a poder desaprender.
La criatura no esperó. Seguía subiendo. Las patas cristalinas se clavaban en la roca con una facilidad que la piedra no debería permitir. A cinco varas de la cornisa, un segundo hilo salió disparado hacia Gorath.
Beltrán lo cortó con la zurdona.
El hilo se partió en dos. La mitad enganchada a la criatura se retrajo como un músculo herido. La criatura emitió otro de esos sonidos vibratorios, más agudo, que le pegó a Beltrán en los dientes.
—¡Abajo! —gritó Beltrán—. ¡Aquí arriba estamos muertos!
Gorath no discutió. Los tres se tiraron por la grieta de descenso.
No fue una bajada. Fue una caída controlada, deslizándose por los salientes de roca con las manos abiertas y la piel de las palmas arrancándose contra la piedra.
Beltrán se dejó quince nudos de piel. Le daba igual. Arriba era una trampa.
Llegaron al fondo del valle.
La criatura ya estaba allí.
Había bajado por la pared más rápido que ellos por la grieta. Estaba en el suelo del barranco, a treinta pasos, entre ellos y el cuerpo de Tovak. Las ocho patas formaban un arco alrededor de la masa central, con la postura de algo que esperaba para recibirlos.
Drahn llegó corriendo desde el sur. Se detuvo en seco al verla.
Cuatro contra una. Sin cornisa. Sin ventaja. En su terreno.
—Juntos —dijo Gorath—. No os separéis.
La criatura atacó.
No fue un movimiento. Fueron tres. Tres hilos salieron de debajo de la masa central a la vez, en tres direcciones distintas, uno hacia Gorath, uno hacia Drahn, uno hacia Beltrán. Roan se quedó fuera del abanico por un paso.
Beltrán esquivó rodando. Gorath desvió el suyo con el astil de la lanza, pero el hilo se enrolló en el astil y tiró.
Gorath soltó la lanza antes de que lo arrastrara.
Drahn no tuvo tanta suerte. El hilo le enganchó el antebrazo izquierdo y se tensó.
Drahn plantó los pies e intentó cortarlo con el cuchillo curvo.
El filo resbaló contra la fibra sin cortarla.
—¡La junta! —gritó Beltrán—. ¡El hilo sale de una junta!
Gorath lo entendió. Cogió la lanza del suelo y cargó hacia el flanco izquierdo de la criatura. Apuntó al hueco articular entre dos patas. La lanza entró hasta la mitad del astil. La pata se dobló. La criatura se desequilibró.
El hilo que sujetaba a Drahn se aflojó un instante. Drahn se lo arrancó del brazo. Le quedó una marca roja en espiral.
La criatura giró sobre sus siete patas funcionales. Rápida. Más rápida de lo que un animal herido debería ser.
Roan disparó la segunda flecha.
Le dio. En otra junta articular. La pata se contrajo. La criatura se tambaleó, ahora con dos patas comprometidas, y por un momento pareció que iba a caer.
No cayó.
Se estabilizó sobre las seis restantes y lanzó un hilo directo hacia Roan.
El chico lo vio venir. Intentó rodar. El hilo le enganchó el tobillo derecho. Roan cayó de bruces. El arco se le escapó de las manos. El hilo tiró. Roan empezó a deslizarse por el suelo del valle hacia la criatura, las manos abiertas arañando la tierra, las uñas rompiéndose contra la piedra.
—¡Roan!
Beltrán corrió. Llegó al chico cuando este estaba a diez pasos de la masa central. Le agarró el brazo con la mano izquierda y clavó la zurdona en el suelo con la derecha, usando la hoja como ancla. El hilo tiró. Beltrán sintió que el hombro izquierdo se le salía del sitio. Aguantó.
—¡Córtalo! —gritó Roan.
Beltrán no podía soltar ni el brazo de Roan ni la zurdona. Si soltaba una de las dos cosas, el hilo los arrastraba a los dos.
Drahn llegó por detrás. Se lanzó sobre el hilo con el cuchillo curvo, buscando el ángulo. El filo encontró una hebra suelta. Cortó. El hilo se deshilachó, pero no se rompió. Drahn cortó otra vez. Y otra. A la cuarta, el hilo se partió.
Roan se quedó en el suelo, jadeando. La marca del hilo alrededor del tobillo estaba negra, no roja.
Gorath cargó otra vez. Segunda lanza. La hundió en la misma junta que la primera, ampliando el agujero. La pata herida se desplomó del todo. La criatura cayó sobre el flanco izquierdo.
—¡Ahora! —gritó Gorath.
Los cuatro avanzaron.
Y la criatura hizo algo que ninguno esperaba.
Se encogió. Las siete patas restantes se plegaron debajo del cuerpo, la masa central se contrajo sobre sí misma, y durante un segundo la criatura se convirtió en algo más pequeño, más compacto, más bajo. Beltrán pensó que estaba muriendo. Después vio los hilos.
Salieron de todas partes. Docenas. Decenas de hilos blancos y oscuros que brotaron de la parte inferior de la masa central como las raíces de un árbol que crece en un segundo.
Se desplegaron en todas las direcciones, a ras de suelo, cubriendo la tierra del valle en un radio de quince pasos con una red de fibras que se movían y buscaban y se tensaban.
Era una trampa.
La criatura se había dejado caer para convertir el suelo del valle en un campo de hilos.
Drahn saltó. Gorath saltó. Beltrán tiró de Roan hacia atrás.
Un hilo le enganchó la bota a Drahn. Se la arrancó del pie. Otro le rozó el muslo a Gorath y le abrió un surco en la carne. Beltrán sintió que un hilo le tocaba la pantorrilla izquierda y se apartó de un salto, arrastrando a Roan consigo.
Roan no se apartó lo bastante.
Tres hilos le encontraron a la vez. Uno en el tobillo quemado. Otro en la muñeca. Otro en la cintura. Se tensaron los tres al mismo tiempo. Roan fue arrancado de la mano de Beltrán con una fuerza que le dislocó el hombro al propio Beltrán.
—¡No!
Roan fue arrastrado hacia la masa central.
Rápido. Tan rápido que Beltrán solo vio una mancha de ropa y pelo y brazos que se agitaban.
El chico gritó una vez. Un grito corto, alto, que se cortó antes de terminar.
Los hilos lo envolvieron. La masa central se abrió por debajo, una apertura oscura, húmeda, que Beltrán no quería ver, y Roan desapareció debajo de la criatura.
El grito se cortó.
Beltrán se quedó con la mano extendida hacia donde Roan había estado un segundo antes.
Gorath le gritó algo. Beltrán no lo oyó. Tenía la sangre en los oídos y el hombro dislocado y la mano vacía donde había estado el brazo de un chico de diecinueve años.
Gorath le gritó otra vez.
—¡La herida! ¡Métele el acero en la herida!
Beltrán reaccionó.
La criatura estaba ocupada con Roan. Los hilos del suelo se habían replegado hacia la masa central. El flanco izquierdo estaba en el suelo, con la junta articular abierta por las dos lanzas de Gorath. Era un agujero del tamaño de un puño. Oscuro. Húmedo.
Beltrán corrió.
Fue una decisión de sicario. Fría. Sucia.
Sin honor y sin alternativa. Corrió hacia el flanco caído de la criatura mientras Drahn la atacaba desde el otro lado y Gorath tiraba la tercera lanza desde atrás.
Se deslizó de rodillas las últimos tres varas sobre la tierra del valle, con el hombro dislocado colgándole del brazo izquierdo como un peso muerto, y metió la zurdona en el agujero de la junta articular.
La hundió hasta la guarda.
La criatura vibró. Un temblor que le subió a Beltrán por el brazo y le llegó al pecho y le sacudió los dientes en las encías.
Beltrán giró la hoja. La giró con la muñeca, como giraba la zurdona en los callejones de Tolusa cuando necesitaba abrir una herida que no se cerrara.
La segunda piel se rasgó. La hoja entró más.
Beltrán sintió que la zurdona encontraba algo más blando debajo, algo que cedía, que se abría, que empezaba a soltar un líquido oscuro y caliente que le empapó el antebrazo.
La criatura intentó levantarse. Las patas funcionales arañaron el suelo. La masa central se sacudió. Un hilo suelto le cruzó a Beltrán la espalda y le abrió un surco ardiente desde el omóplato hasta el riñón. Beltrán no soltó la zurdona.
Gorath llegó. La tercera lanza entró por el mismo agujero que la zurdona, ampliándolo. Drahn atacó desde el otro flanco. Le clavó el cuchillo curvo en otra junta y cortó tendón o lo que fuera que aquella cosa tuviera en lugar de tendones.
La criatura dejó de sacudirse.
Fue gradual. Las patas se aflojaron una a una. La masa central se desinfló un poco. El líquido oscuro seguía saliendo por la herida de la junta, empapando la tierra del valle, mezclándose con la sangre de Beltrán y con la sangre de Gorath y con el polvo.
La vibración se apagó.
El silencio que vino después fue el silencio más largo que Beltrán había escuchado en su vida.
Drahn fue el primero en hablar.
—¿Está muerta?
Nadie contestó.
Beltrán sacó la zurdona de la herida. La hoja salió cubierta de un líquido que no parecía sangre del todo, era más espeso, más oscuro, con una textura que le recordó a la resina caliente. Se apartó del cuerpo arrastrándose con un brazo porque el otro no le respondía.
Gorath se acercó al flanco. Cortó un trozo de la segunda piel, apartó la armadura cristalina con las manos, y miró dentro de la herida durante un rato largo.
—Está muerta —dijo.