25. La anciana tejedora. #2
Gorath organizó a los cinco en un círculo, junto al cuerpo del hermano. No en el sentido literal, sino con la disposición ovalada que los Oona-Gori usaban cuando los cazadores tenían que decidir algo deprisa.
—Ella nos espera —dijo el Dhal—. Sabe que vamos a seguir el camino del valle.
Si seguimos, perdemos. Si volvemos por donde hemos venido, ya no es por debilidad.
Es por estrategia. Volvemos hasta la última intersección que hemos visto, la del paso lateral que sube a la pared este.
Subimos por allí. Llegamos a la cornisa alta.
Desde la cornisa alta podemos ver el barranco entero por arriba.
Si la cornisa es lo bastante ancha, la cazamos desde arriba.
—¿Y si no es lo bastante ancha? —preguntó Drahn.
—Entonces volvemos. Y aceptamos que esta cacería no se ha podido cerrar.
Nadie protestó.
La decisión, esta vez, no era retirada. Era reposicionamiento. Había una diferencia, en los Oona-Gori, entre las dos cosas. La retirada era una pérdida de honor que el clan tardaba generaciones en perdonar. El reposicionamiento era una habilidad de cazadores viejos que el clan respetaba.
Gorath miró al cuerpo del hermano por última vez. No lo movió. No lo enterró. Le hizo el saludo de respuesta, palma abierta, dedos juntos, codo a la altura del hombro, y dio la vuelta.
Los cinco volvieron sobre sus pasos al trote.
El paso lateral estaba a doscientos pasos de donde habían descansado al mediodía. Era una grieta vertical en la pared este del barranco, ancha en la base, estrechándose hacia arriba en una serie de salientes que un cazador podía usar como escaleras si tenía piernas y manos para escalar.
La cornisa alta estaba a unas quince varas sobre el suelo del valle.
Drahn subió primero. Después Tovak. Después Roan, que escaló mejor de lo que Beltrán habría esperado del muchacho, el miedo, descubrió Beltrán, también enseñaba cosas. Después Gorath. Beltrán cerró.
La subida les tomó media hora. Durante esa media hora, Beltrán no apartó la vista del fondo del valle por más de tres segundos cada vez.
Esperaba ver la sombra. Esperaba ver los hilos.
Esperaba que la criatura se diera cuenta de que estaban abandonando el camino que ella había preparado para ellos y los atacara antes de que llegaran arriba.
No lo hizo.
O bien la criatura no había entendido lo que estaban haciendo, o bien había entendido perfectamente y estaba esperando arriba.
Drahn llegó a la cornisa primero. Levantó la mano y la mantuvo levantada un rato, la señal de los cazadores Oona-Gori para despejado.
Beltrán llegó el último. La cornisa era una repisa de roca de unas cuatro varas de ancho, con la pared del barranco subiendo en vertical detrás de ellos y el vacío del valle a un paso por delante.
Desde allí, todo el barranco se abría debajo.
Beltrán miró.
Lo primero que vio fue la luz. La cornisa estaba más alta que las paredes del valle por el oeste.
La luz del sol, que en el fondo del barranco había sido una luz gris y aplastada, allí arriba era luz limpia.
Eso ya era una ventaja. La criatura se movía mejor en la penumbra. Le habían quitado la penumbra.
Lo segundo que vio fueron los cuerpos.
Desde la cornisa alta se veían, dispuestos a lo largo del valle, todos los cuerpos que la criatura había compuesto en los meses anteriores.
Los cuatro de la primera tarde. El del cazador hermano de Gorath.
Otros que ellos no habían pasado de cerca, en zonas laterales del barranco.
Beltrán contó. Once cuerpos en total visibles desde la cornisa.
Once composiciones distintas, dispuestas como las figuras de un tablero gigantesco que solo se entendía desde arriba.
No eran figuras al azar.
Desde la cornisa, Beltrán vio que las once composiciones formaban un dibujo.
Una espiral.
La espiral del brazalete que llevaba en la muñeca.
La espiral de los antebrazos de los muertos.
La espiral que se enseñaba a los cazadores que volvían del Tres Vientos.
La criatura llevaba meses dibujando con cuerpos humanos, en el suelo del valle, un símbolo que solo era legible desde la única posición de la que un cazador no la había mirado nunca.
Desde arriba.
La criatura no había compuesto cuerpos. Había compuesto un mensaje.
Beltrán no tuvo tiempo de pensar en lo que el mensaje quería decir. El centro de la espiral estaba en una zona del valle a unos doscientos pasos al sur de la cornisa. Y en ese centro, en el momento en que Beltrán miró, había algo moviéndose.
—Allí —dijo en voz baja, sin levantar la mano.
Los otros cuatro siguieron la dirección de su mirada.
La criatura estaba en el centro de la espiral.
Era grande.
Más grande de lo que Beltrán había calculado por la sombra de la noche anterior.
El cuerpo, visto desde arriba, era una masa irregular de unas tres varas de longitud, con las patas plegadas debajo y la masa central alargada en una dirección que no se correspondía con la forma de los animales que Beltrán conocía.
La piel era oscura, con una textura que reflejaba la luz del sol en pequeñas chispas, como si estuviera cubierta de algo cristalino.
Las patas, plegadas, eran ocho. Beltrán las contó esta vez.
La criatura estaba quieta. Pero estaba quieta de una manera que no era reposo. Era una quietud activa, de una cosa que sabía exactamente dónde estaba cada uno de los cinco cazadores que habían entrado en su valle y que esperaba, con la calma de algo viejo, a que alguno de ellos cometiera un error.
Gorath le hizo a Beltrán un gesto.
No se ha dado cuenta.
Beltrán asintió.
La criatura seguía esperándolos en el camino del valle. No los había buscado por encima. La cornisa alta era una posición que ningún cazador anterior había usado, porque ningún cazador anterior había sobrevivido lo suficiente para entender que se podía usar.
Era la única ventaja que iban a tener.
Gorath se acercó a Beltrán. Habló al oído, en voz tan baja que solo Beltrán y los otros que estaban a un paso podían oírlo.
—Drahn y Tovak van a bajar por el otro extremo de la cornisa.
Hay otra grieta a doscientos pasos hacia el sur que baja al fondo del valle, justo detrás de donde está ella.
Yo me quedo aquí con Roan y contigo. Cuando ellos lleguen abajo y empiecen a moverse, ella va a girarse hacia ellos.
Cuando se gire, yo tiro la lanza desde aquí. Tú esperas con el arco.
—No tengo arco.
—Roan sí.
Roan llevaba un arco corto Oona-Gori atado a la espalda. Beltrán lo había visto durante los días anteriores y no había pensado en él. Los Oona-Gori no usaban arco para los Kah-Dem ni para las cacerías normales. El arco era un arma que se reservaba para cosas concretas.
—¿Sabes tirar? —preguntó Beltrán a Roan.
Roan asintió. Tenía los ojos enrojecidos. Pero la postura del cuerpo había cambiado. El miedo seguía ahí. La parálisis ya no.
—Bien.
Gorath miró a los cinco una última vez.
—Si esto sale mal —dijo—, los que sigan vivos vuelven al campamento. No se buscan los cuerpos. No se vuelve a por nadie. Eso es regla.
Nadie protestó.
Drahn y Tovak empezaron a moverse hacia el extremo sur de la cornisa.
La criatura se dio cuenta cuando Drahn estaba a la mitad del descenso por la segunda grieta.
Fue un cambio mínimo. La masa central, que había estado quieta, giró un cuarto de vuelta sin que las patas se movieran. La cabeza, si aquello era una cabeza, se orientó hacia el sur.
Gorath no esperó.
Lanzó la lanza desde la cornisa con la fuerza de un brazo que llevaba treinta años haciendo eso mismo. La lanza voló en un arco descendente, recta. Beltrán la siguió con la vista. Cayó sobre la masa central de la criatura con el ángulo exacto.
No entró.
Beltrán lo vio con una claridad que después le costaría aceptar. La lanza golpeó la piel oscura de la criatura, rebotó como rebota una piedra contra un cristal grueso, y cayó al suelo del valle a tres pasos de donde había golpeado.
La criatura ni siquiera se movió.
La piel cristalina no era cristalina por adorno. Era armadura.
Gorath sacó una segunda lanza.
—Roan —dijo Beltrán—. El ojo. Si tiene ojos, son débiles. Tienen que serlo. Ninguna armadura cubre los ojos.
Roan tensó el arco.
La criatura empezó a moverse. Las ocho patas se desplegaron en un orden que Beltrán no logró seguir... En tres latidos del corazón, la criatura ya estaba a quince pasos del lugar donde había estado.
Corría hacia la grieta sur. Hacia Drahn.
Roan disparó.
La flecha salió del arco con un sonido seco. Voló sobre el valle. La criatura no la vio venir, estaba orientada hacia la grieta sur, hacia Drahn. La flecha entró en la zona blanda de la masa central, en el hueco entre dos placas cristalinas donde Beltrán había calculado que estarían los ojos.
La criatura emitió un sonido.
No era un grito. No era un siseo. Era una vibración que subió desde el suelo del valle, atravesó la pared de roca y le llegó a Beltrán por las plantas de los pies antes de llegarle por los oídos.
Las hojas oscuras de la vegetación rastrera se aplastaron contra la piedra en todas las direcciones, como si el aire del barranco entero se hubiera contraído un instante.
La criatura no huyó.
Se giró hacia la cornisa. Hacia arriba. Hacia ellos.
El movimiento fue tan rápido que Beltrán perdió medio segundo intentando procesarlo.
Las ocho patas se desplegaron a la vez y el cuerpo entero se elevó del suelo con una aceleración que las cosas de tres varas no deberían tener.
Pero no corrió horizontalmente. Corrió hacia la pared.
Hacia la pared este. Hacia la roca que sostenía la cornisa en la que estaban los tres.
Subía.
—¡Atrás! —gritó Gorath.
No les dio tiempo.