Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 25. La anciana tejedora.
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25. La anciana tejedora.

Los cinco que quedaban siguieron andando hasta el mediodía sin hablar.

El barranco se hundía despacio, como si el suelo del valle estuviera siendo tragado por la sierra desde algún punto más al sur.

Las paredes se oscurecieron. La vegetación rastrera de hojas oscuras se hizo más espesa, y a Beltrán le pareció, mirando con cuidado al andar, que las hojas no se mecían con el viento.

Respondían a otra cosa. Había zonas en las que la planta se erguía un dedo cuando los cazadores se acercaban, y se aplastaba contra el suelo cuando se iban.

No se lo dijo a nadie. No quería ser el extranjero que veía cosas raras donde los Oona-Gori veían terreno conocido.

A media tarde, Gorath levantó la mano y los detuvo en una hondonada protegida por dos paredes que formaban un ángulo cerrado.

Era un sitio razonable para descansar. La visibilidad era buena hacia delante, las paredes cubrían la espalda, y un saliente de roca por encima de las cabezas reducía las direcciones desde las que algo podía caerles.

Gorath se sentó. Los demás se sentaron también. Drahn sacó la cantimplora y bebió. Pasó la cantimplora a Beltrán. Beltrán bebió y la pasó a Tovak. Tovak bebió y la pasó a Roan. Roan no bebió. Tenía las manos apretadas contra las rodillas y la mirada fija en un punto del suelo entre sus botas.

—Bebe —le dijo Drahn.

Roan no bebió.

—Bebe, chico.

Roan levantó la cara. Tenía los ojos enrojecidos de no haber dormido. Cogió la cantimplora con las dos manos y bebió mal, atragantándose un poco. La devolvió.

Gorath miró a Beltrán.

—Tenemos que decidir.

—Di.

—Quedan cinco. Hemos perdido a Vasharkh y a Mern. Vasharkh era de los buenos. Mern era el mejor de los rastreadores que tenemos. Sin Mern, el barranco se nos vuelve más cerrado.

—Lo entiendo.

—Tenemos dos opciones. Salimos por donde hemos entrado y volvemos al campamento. O seguimos.

Drahn intervino.

—Si volvemos, vuelven los cuerpos. Y los cuerpos van a seguir apareciendo.

—Lo sé —dijo Gorath.

—Si seguimos, puede que no volvamos ninguno.

—Lo sé.

Se quedaron callados un rato. Beltrán miró a Roan. El chico no había levantado la vista de su punto del suelo. Tovak tampoco hablaba. Drahn esperaba a que alguien dijera algo más.

Gorath se giró hacia Beltrán.

—¿Qué dirías tú?

Beltrán pensó.

Yo no soy de los vuestros , era la primera respuesta, la honesta, la que un sicario habría dado a un cliente para que no le imputase la decisión después.

Pero esa respuesta ya no servía. Beltrán llevaba un brazalete con la espiral en la muñeca izquierda.

Beltrán había entrado al barranco con seis hombres.

Beltrán le había clavado la lanza en el cuello a uno de ellos esa misma mañana porque ningún Oona-Gori podía hacerlo sin que el clan le pasara cuenta.

La distancia que un sicario habría usado para no opinar ya no estaba ahí.

—Si volvemos hoy —dijo Beltrán—, mañana habremos perdido a Vasharkh y a Mern para nada.

Pasado mañana también. Y al cabo de unas lunas un cazador joven como Roan va a salir solo a perseguirla porque ningún hombre Oona-Gori soporta saber que se quedó atrás cuando los suyos murieron, y va a morir él también.

Eso lo he visto en mi oficio. Las muertes que no se completan se cobran tarde.

Drahn asintió despacio.

—Sigamos —dijo Beltrán—. Pero no como hemos seguido hasta ahora. Si la criatura viene a por nosotros otra vez, no la vamos a sorprender en la pared. Hay que cambiar la lógica.

—¿Qué propones? —preguntó Gorath.

Beltrán miró el saliente de la roca por encima de ellos. Después miró el suelo. Después la cantimplora vacía que Roan había devuelto.

—Vosotros la cazáis como cazáis lo demás.

Lectura del rastro, lectura del viento, paciencia.

Funciona con animales. Esto no es un animal.

Lleva treinta años poniendo cuerpos en el barranco para enseñaros qué encontráis.

Os ha estudiado más de lo que vosotros la habéis estudiado a ella.

La paciencia es su terreno, no el vuestro.

—¿Entonces?

—Entonces le quitamos la paciencia. Le ponemos una cosa por delante que la obligue a salir antes de tiempo.

—¿Qué cosa?

—A mí.

Nadie habló durante unos segundos.

Gorath fue el primero.

—Explica.

—La criatura sabe quién sois. Os lleva estudiando generaciones.

Sabe cómo os movéis, cómo cazáis, cómo respondéis cuando uno de los vuestros cae.

Yo no estoy en sus mapas. No sabe lo que voy a hacer.

Si me adelanto solo, voy a hacer cosas que ella no espera, y va a tener que reaccionar antes de tiempo.

Cuando reaccione, vosotros caeréis sobre ella desde donde no os esté mirando.

—Eso es un buen plan —dijo Drahn.

—Es un plan en el que el extranjero se muere primero —dijo Tovak. Era la primera frase que le decía a Beltrán en toda la cacería.

—Es un plan en el que el extranjero se muere primero solo si la criatura es más rápida que el extranjero —contestó Beltrán—. Y yo llevo veinte años haciendo que las cosas más rápidas que yo no me alcancen.

Tovak no respondió.

Gorath miró a los otros. Drahn asintió una vez. Roan no levantó la cara. Tovak apartó la mirada.

—Entonces lo hacemos así —dijo Gorath—. Pero hay condiciones.

—Dilas.

—Una. Te adelantas, pero no te alejas. No quiero perderte de vista más de cien pasos. Si te ataca, queremos llegar.

—De acuerdo.

—Dos. Si te coge con un hilo, no esperas. Te cortas tú mismo. Aunque te lleves la pierna por delante. Es preferible un cazador con una pierna a un cazador en una composición.

—De acuerdo.

—Tres. Si en algún momento decides volverte atrás, lo dices y nos volvemos los cinco. No quiero a un cazador con miedo abriendo paso. El miedo huele.

—De acuerdo.

Gorath se levantó.

—Vamos.

Beltrán se adelantó cien pasos. Los otros cuatro lo seguían en formación cerrada, con Drahn tomando la cabeza del grupo y Gorath en segunda. Roan iba en tercer lugar, donde el muchacho podía ver a un hombre delante y a un hombre detrás sin perder de vista a ninguno. Tovak cerraba.

El ritmo cambió por completo.

Beltrán no caminó como un cazador. Caminó como un sicario que se sabe perseguido por dos calles a la vez.

Cambiaba de paso cada veinte zancadas. A veces se detenía sin previo aviso, fingía mirar el suelo, esperaba diez segundos, seguía.

A veces se desviaba un metro a la derecha o a la izquierda sin que el camino lo pidiera.

Era la forma en que un hombre rompía los patrones predecibles, y era lo opuesto a lo que un cazador Oona-Gori habría hecho.

Lo notó al cabo de cuatrocientos pasos.

Una sombra en una grieta de la pared izquierda.

Más alta que la pared. Más rápida también.

Estuvo allí durante medio segundo y desapareció.

Beltrán no giró la cabeza ni se detuvo. Pero contó.

La sombra había aparecido cuando él rompió el ritmo por séptima vez.

La criatura lo estaba leyendo y se había adelantado a un patrón que Beltrán no había seguido.

La había sacado de su tiempo.

Un poco. Bastaba un poco.

Siguió. Cien pasos más. Cambió otra vez de ritmo. La sombra apareció por la derecha esta vez, en una grieta distinta, más cerca del suelo. Beltrán no movió la cabeza. Pero la contó.

La criatura ya no estaba esperando. La criatura estaba siguiendo.

Fue en el sexto cuerpo donde Beltrán entendió lo que tenía que hacer.

El sexto cuerpo apareció en una concavidad de la pared derecha, a unos quinientos pasos del lugar donde habían descansado al mediodía.

Era el cuerpo de un cazador. No de pastor, esta vez.

Ropa de cazador Oona-Gori, vieja, marrón, con un cinturón de cuero gastado y unas botas que en algún momento habían sido buenas.

No era Hekta. Otro.

Un hombre que llevaba muerto mucho más tiempo. Tantos años que la piel se había convertido en una membrana fina pegada a los huesos, conservada por la sequedad del barranco.

Era de la cacería de hace seis años , pensó Beltrán. La cacería que volvió sin encontrarla. Solo que aquella cacería no había vuelto entera. Aquel era un cazador del que la criatura se había llevado el cuerpo a tiempo, sin que los demás supieran nunca dónde había acabado.

Estaba puesto sentado, con las piernas cruzadas, las manos en las rodillas. La cabeza erguida. Los ojos vacíos miraban hacia el oeste.

Y tenía la mano derecha levantada en una postura que Beltrán reconoció.

Era el saludo Oona-Gori.

La palma abierta, los dedos juntos, el codo a la altura del hombro. El gesto que los cazadores se hacían entre ellos al cruzarse en el campamento. La criatura había puesto al cazador muerto a saludarlos.

Beltrán se quedó muy quieto.

Gorath llegó detrás de él al cabo de unos segundos. Vio el cuerpo. Vio el saludo. La cara del Dhal cambió de un modo que Beltrán no le había visto cambiar antes. Fría. Concentrada. Decidida.

—¿Lo conoces? —preguntó Beltrán en voz baja.

—Sí.

—¿Quién era?

—Mi hermano pequeño.

Beltrán no contestó.

Gorath se quedó mirando el cuerpo del hermano.

Llevaba seis años pensando que el cuerpo había sido devorado, o enterrado en algún hueco del barranco, o simplemente perdido.

Ahora estaba puesto en una concavidad de la pared, con la mano levantada en el gesto que se hacían los hombres del clan al cruzarse, mirando al oeste.

No era casualidad. La criatura sabía exactamente quién era y exactamente quién iba a venir.

Lo había puesto allí para Gorath.

Gorath se giró hacia Beltrán.

—Cambio de plan.

—¿Qué plan?

—El tuyo. Ya no sirve.

—¿Por qué?

—Porque hasta este cuerpo ella no sabía que íbamos a entrar.

Después de este cuerpo, sabe que vamos a seguir.

Lo ha puesto aquí para que yo siga. Si seguimos como hemos venido siguiendo hasta ahora, la criatura va a estar lista para nosotros en el siguiente recodo, y va a haber matado a tres antes de que la veamos.

—¿Entonces?

—Entonces dejamos de seguir.