24. Carceleros y tutores. #2
Silencio. Lupe escuchó la respiración de Mara al otro lado de la puerta. El tipo de respiración medida que una mujer mantiene cuando lleva años escuchando del otro lado de las puertas.
—Está usted en mi casa —dijo Asshai—. Es mi huésped. La palabra le va a sonar a burla. No lo es, en lo que de mí depende.
—Las puertas con cerrojo no se cierran a los huéspedes.
—No. Por eso mi nombre no le va a quedar limpio.
Lo dijo sin teatro. Sin pose. Lo dijo igual que se admite el peso de una piedra.
Lupe cogió la copa. Bebió un sorbo corto. El agua sabía a agua. Agua de pozo bueno, con esa redondez mineral que tienen los pozos viejos del norte. Eso, por algún motivo que no examinó, le ayudó.
—¿Qué quiere de mí?
Asshai la miró un instante más de lo que dictaba la cortesía.
—Tiempo —dijo—. Con usted.
Dejó pasar el aire que la frase necesitaba para aterrizar.
—No espero nada hoy. Ni mañana. Mis cocineros sirven la cena abajo a las nueve. Si baja, será mi invitada. Si no baja, le subirán la cena. No la voy a obligar a nada. Tampoco la voy a dejar salir.
Lupe oyó la última frase entera.
—¿Beatriz?
—Está bien. Está con mis cocineras.
—Quiero verla.
Asshai inclinó la cabeza un grado.
—Lo voy a pensar.
No se movió. La negativa estaba dentro de la respuesta, pero la dejaba abierta. Como se deja abierta una puerta cuando no se quiere cerrar. Lupe no insistió.
Asshai dejó la copa sobre la mesa.
—Mara va a estar siempre cerca. Tessana cuando haga falta. Pídales lo que necesite. Libros también, si quiere. Tengo una biblioteca decente.
Inclinó otra vez la cabeza y fue hacia la puerta.
—Doña Lupe —dijo, ya en el umbral, sin volverse del todo—. Tenemos tiempo.
Salió. Mara cerró por fuera.
Lupe no se movió.
Miró la copa que él había llenado y dejado sobre la mesa. Miró la otra, la suya, con un sorbo de menos. Miró su propia mano sobre el reposabrazos.
Los dedos no le temblaban.
Eso la sorprendió.
Pensó: huésped. Lo ha dicho tres veces. La palabra le importa.
Pensó: no me ha tocado. Tenía dos noches y no me ha tocado.
Pensó: tiempo.
Cortó ahí.
No bajó.
Le subieron la cena en una bandeja distinta a la del desayuno.
Bandeja de madera oscura con incrustaciones de hueso, plato hondo de cerámica vidriada, copa de cristal grueso.
Cordero estofado con una salsa color tabaco.
Arroz amarillo. Azafrán, probablemente, lo cual le dijo algo sobre la casa que la guardaba.
Una verdura larga y verde que ella no conocía, cortada en bastones.
La copa de agua que Asshai le había llenado seguía donde la había dejado, intacta.
Comió sin hambre. Comió porque comer era no dejar de existir.
Cuando se fueron, hizo el segundo inventario. El de la habitación con detenimiento, no el de la mañana, que había sido por encima.
La reja de la ventana tenía cuatro barrotes verticales y dos horizontales. Hierro forjado, retorcidos en espiral hacia el centro. Bonitos. Gruesos. Probó cada uno con los dedos. Ninguno cedía.
La puerta era de madera maciza. Bisagras por dentro, eso al menos. Pero la puerta abría hacia fuera. No podía atrancarla.
El armario tenía fondo. Lo comprobó golpeando con los nudillos. Madera maciza contra muro de yeso. El espejo de bronce tenía marco, y el marco estaba clavado a la pared con cabezas de hierro.
No había cuchillos en la bandeja. Solo cuchara.
Sopló la vela.
La oscuridad olió otra vez al jabón limpio de la manta. Lavanda. Y algo cítrico que ahora identificó. Bergamota. Una manta que olía a una casa rica del sur.
Se quedó muy quieta hasta que el sueño la cogió.
Asshai volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Llegaba siempre al final de la tarde, siempre llamaba antes de entrar, siempre traía un libro o un objeto. El primero fue una historia de Aruan en dos volúmenes. Dos volúmenes gruesos, encuadernados en piel verde, con letras de oro gastado en el lomo. La dejó sobre la mesa sin pedir nada a cambio.
—Es la mejor que hay —dijo—. Si la lee, podemos comentarla. Si no, se queda ahí.
Se quedaba media hora. A veces menos. Le preguntaba por el viaje, por Tolusa, por lo que recordaba de la noche del Jhal.
Lupe contestó al principio con monosílabos.
La cabeza le funcionaba al ralentí. Una mezcla de los restos del fármaco y de la certeza, todavía nueva, de que cada palabra que dijera podía servir contra ella.
Al cuarto día se sorprendió a sí misma corrigiéndole una cifra sobre las exportaciones de cobre de Tolusa.
Asshai sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha sin mostrarse, que se quedó más tiempo en sus ojos que en su boca.
Lupe se odió un poco esa noche.
Se odió más al día siguiente, cuando Mara abrió la puerta a la hora de siempre y Lupe se dio cuenta de que estaba peinada.
Asshai hablaba como nadie le había hablado fuera de su propia biblioteca.
Sabía de las Tres Voluntades antes de su mestizaje político.
Sabía de las Tres como tres dioses orientales separados, antes de que la Iglesia las soldara.
Sabía de los Cazadores de Mithrah sin folclore.
Sabía de Aruan como solo se sabe de la propia ciudad, con el detalle pequeño que delata que uno ha caminado por una calle, no que la ha leído.
Lupe le hizo preguntas. Él las contestó.
—La Iglesia las soldó —le dijo una tarde, hablando de las Tres—porque tres dioses sirven peor a un rey que uno con tres caras. Lo que era teología pasó a ser administración. Es muy difícil rezar al Uno y obedecer al Rey. Es muy fácil rezar a tres caras del Uno cuando una de las caras es el Rey.
Lupe se dio cuenta de que había dejado de respirar.
—¿Eso lo dice usted en su biblioteca, o lo dice también en la calle?
—En la calle no. —Asshai sonrió, y esta vez sí mostró la sonrisa—. Tampoco usted, supongo.
Lupe no contestó.
—Tenemos tiempo —dijo él. Y se fue.
Bajó al sexto día.
Lo decidió por la mañana, mientras se peinaba.
Y no admitiría hasta dos días después que el hecho de peinarse hubiera sido la primera decisión.
Necesitaba ver más casa. Necesitaba contar puertas, contar criados, contar ventanas que dieran a la calle.
Eso era todo. Eso se dijo a sí misma con la convicción con la que se mienten las personas inteligentes a sí mismas: con argumentos limpios.
Mara le subió un vestido distinto al de los días anteriores. Más limpio de líneas, más oscuro, sin escote.
—Hay invitados —dijo Mara—. Dos comerciantes. El señor le pide que sea su sobrina.
—No soy su sobrina.
—Hoy sí.
Lupe la miró. Mara le sostuvo la mirada un segundo de más. Luego bajó los ojos al vestido y siguió alisándolo con el canto de la mano.
—Si baja vestida así y dice ser su sobrina, los invitados no van a saber que está cerrada por dentro. Es información que el señor prefiere guardar.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces sabe por qué le he traído este vestido.
Mara salió. Lupe se vistió.
En la mesa había cinco platos. Asshai en la cabecera. Dos hombres a un lado. Uno gordo, uno enjuto, los dos con barbas recortadas a la moda de Aruan. Lupe a la derecha de Asshai. Al otro lado, la mujer del enjuto, que apenas hablaba y miraba sobre todo el centro del mantel.
Asshai se levantó cuando Lupe entró.
—Mi sobrina, doña Lupe de Morales y Quesada —dijo—. Acaba de llegar de Tolusa. Está convaleciente. Tuvo una mala fiebre en el camino. Por eso no la habían visto antes.
Los comerciantes inclinaron la cabeza. El gordo sonrió enseñando una corona de diente partida. Lupe les devolvió la sonrisa medida que se les devuelve a los hombres adultos cuando una es joven, noble, y está siendo presentada.
Comieron. Hablaron. Asshai dejó que Lupe hablara.
Le pasaba la palabra con frases cortas. «Doña Lupe sabe de eso», «doña Lupe ha vivido cerca», «doña Lupe corrija si me equivoco».
Lupe se descubrió cómoda. Se descubrió útil.
Se descubrió siendo lista delante de tres hombres y de la mujer del enjuto.
Eso le gustó.
Eso le gustó y eso le dolió.
Cuando los comerciantes se fueron, Asshai la acompañó al pie de la escalera.
—Gracias por bajar.
—No he bajado por usted.
—Lo sé. Aun así.
Lupe subió la escalera sin contestar. Mara la esperaba en el rellano, sin sonrisa y sin reproche. Le abrió la puerta y le pasó el cerrojo por detrás con un chasquido limpio.
Lupe se sentó frente al espejo de bronce.
Estaba sonriendo.
Se borró la sonrisa con la mano. Lentamente, con el dorso, como se borra una mancha de aceite que no quiere irse a la primera.
Tessana le enseñó las primeras palabras al séptimo día.
No fue una clase. Tessana entraba con la bandeja del desayuno y nombraba las cosas.
Naa , el agua. Aram , el pan. Misi , la miel.
Esperaba a que Lupe lo repitiera, y se reía con todo el cuerpo cuando le salía mal.
Un reír alto, sin malicia, que en otro contexto Lupe habría agradecido.
Después kha , sí. Kheh , no. Mara-tu , gracias.
—¿Eso último?
—Es como decir «agradecida estoy». —Tessana se encogió de hombros—. No se traduce.
—¿Cómo se llama la lengua?
—Salgharr. La hablan al norte de Aruan y por toda la franja hasta las Montañas.
A los tres días Lupe ya pedía agua en salgharr sin pensarlo. Descubrió que era muy parecido al Antiguo Serren, que ella dominaba a la perfección. Posiblemente vengan de la misma raíz idiomática.
Mara la escuchaba sin participar. A veces corregía a Tessana. Una pronunciación, una vocal alargada. Tessana le hacía caso sin discutir. Lupe entendió que Mara hablaba salgharr de otra manera. Más cerrada. Menos del norte de Aruan. Menos del norte.
Asshai concedió a Beatriz al octavo día.
Una hora. En el patio interior. Mara las acompañaba, sentada al otro extremo con una labor en las manos, con la cabeza inclinada sobre la aguja. No escuchaba, o fingía bien que no escuchaba, lo cual a efectos prácticos era lo mismo.
El patio era un rectángulo con un naranjo en el centro y un banco de piedra contra la pared del fondo.
La luz entraba por arriba, recortada por las galerías de los pisos altos.
El naranjo tenía dos azahares pequeños abriéndose en una rama baja.
El primer azahar de la temporada, y Lupe no había sabido hasta ese momento que el azahar le gustara.
Beatriz esperaba sentada, con las manos en el regazo y la cofia un poco ladeada. Se levantó cuando vio a Lupe. No corrió. Se quedó al lado del banco, esperando a que Lupe llegara hasta ella.
—Señora.
—Beatriz.
Se sentaron en el banco. Mara se sentó al otro extremo del patio. Su aguja entraba y salía de la tela con un ritmo lento.
Beatriz era la misma. Más delgada. Se le notaba la clavícula por encima del cuello del vestido nuevo, que no le quedaba bien. Pero entera. No tenía cardenales visibles. No tenía esa quietud rota que las criadas adquieren cuando han pasado por manos malas.
—Las cocineras me hablan, señora. Una poca cosa. La mayor, Ifrida, me trata bien.
—¿Te tocan?
—No, señora. Ni eso ni el señor. Ni siquiera me han mirado raro.
Lupe le cogió la mano. La piel de los nudillos estaba reseca y tenía dos cortes finos. Cortes de pelar verdura con cuchillo gastado, no cortes malos.
—Voy a sacarnos de aquí.
Beatriz asintió. No preguntó cómo. No preguntó cuándo. Se quedó con la mano de Lupe entre las suyas, apretándola, confiada, porque sabía que cuando su señora dice algo así, es porque ya está pensando cómo.
Ese era el contrato. Lo había sido siempre.
La hora se les pasó rápida.
Cuando Mara dijo que se acababa, Lupe se levantó. Beatriz se levantó. Se separaron sin abrazarse. Mara estaba allí, y Lupe no quiso gastar contacto delante de Mara.
Subiendo la escalera, Lupe se dio cuenta de que llevaba algo en la mano cerrada. Un azahar. Beatriz se lo había puesto en la palma, con un movimiento corto, mientras se levantaban, sin que Mara lo viera.
Lupe lo apretó hasta el primer piso. En el rellano lo guardó en el bolsillo del vestido, todavía caliente del calor de Beatriz.
Al undécimo día Lupe había empezado a contarlos con una raya diminuta detrás del armario. Una raya por noche, y al duodécimo había decidido seguir contándolos, aunque la cuenta ya no le sirviera de nada. Asshai entró con un libro nuevo y se sentó frente a ella.
—Es de mi familia —dijo, dejando el libro sobre la mesa con cuidado de cosa que pesa más de lo que aparenta—. Pocos lo entenderían. Usted lo va a entender. Si quiere.
Lupe lo abrió.
Era un libro de mapas. Mapas viejos, dibujados a mano, sobre vitela amarillenta.
Anotaciones en una lengua que no conocía y comentarios al margen en la lengua del Imperi por una mano posterior.
Tinta sepia, letra apretada, abreviaturas que Lupe sabía reconocer porque eran las mismas abreviaturas que usaba su padre en sus márgenes.
—¿Estos comentarios?
—Los hizo un erudito de la familia hace dos generaciones. —Asshai se inclinó por encima de la mesa, señalando un mapa—. Aquí. Este barrio ya no existe. Lo cubrieron con el mercado nuevo.
Lupe siguió el dedo de Asshai. Sus dedos coincidieron sobre el pergamino. El dedo de él rozó el de ella. Piel cálida, seca, sin sudor, el tipo de piel que no traiciona.
Asshai no movió la mano.
Lupe no movió la suya.
Pasó un segundo. Pasó otro. Lupe oyó el reloj del piso de abajo, un reloj de mesa con timbre de cobre que sonaba cada hora con tres notas, marcando media tarde con su sola nota suave.
Asshai puso la palma sobre el dorso de la mano de Lupe. Sin agarrar, sin apretar. Solo descanso. La mano de él pesaba un poco más de lo que Lupe había imaginado que pesaba.
—¿Le incomoda? —dijo, en voz baja.
—Sí.
Retiró la mano.
Lupe sintió el aire frío que volvía a entrar entre sus dedos. Sintió, también, una segunda cosa, más vergonzante, que no se permitió nombrar.
—Discúlpeme.
—Disculpado.
—Tenemos tiempo —dijo Asshai. Y por primera vez en doce días, Lupe oyó la frase como lo que era. Un calendario.
Se levantó. Se fue.
El libro de mapas se quedó abierto sobre la mesa.
Esa noche Lupe no leyó.
Tenía el libro de mapas abierto sobre el regazo y miraba la página sin verla. El azahar de Beatriz, ya marchito, estaba sobre la mesilla.
Hizo cuentas.
Doce noches. Catorce con las dos primeras, las dos del sueño. Asshai no había forzado nada. Asshai había pedido y se había retirado. Asshai era educado, era culto, era cuidadoso.
Asshai había puesto la mano sobre la suya y había preguntado.
La próxima vez no preguntaría.
Cerró el libro.
Apagó la vela.
Se quedó muy quieta en la oscuridad. Su propia respiración le sonaba como la de otra persona.
Una persona despierta, una persona que pensaba.
Una persona que se había acostado en su misma cama, con su mismo camisón limpio, y que esperaba el día catorce con una calma que no había aprendido en su casa.
Cerró los ojos.
El olor a bergamota de la manta volvió a llegar.