24. Carceleros y tutores.
Primero llegó la sed.
Una sed seca, mineral, que le había vaciado las encías.
Lupe respiró por la nariz y no abrió los ojos todavía.
El segundo dato fue el peso. La cabeza le pesaba más de lo razonable, y algo se le había hinchado entre los pómulos durante la noche y empujaba hacia fuera con un latido lento.
El tercero, la manta. Pesaba. Era suave.
Olía a un jabón que ella no usaba. Lavanda.
Y algo más debajo, algo cítrico, que no le dio tiempo a nombrar.
Abrió los ojos.
Madera oscura por encima. Un dosel tallado, cuatro postes labrados con motivos que no reconoció.
Hojas largas como puñales, animales exóticos que no reconocía.
La cama era ancha. Sobre una mesilla de patas finas ardía una vela, y la llama se mantenía recta, sin moverse, lo que significaba que en el cuarto no entraba aire.
Aire quieto. Aire cerrado.
Se incorporó sobre los codos. La habitación se ladeó un instante y volvió a su sitio. Lupe esperó a que terminara de hacerlo.
Tablones color miel. Una alfombra geométrica con un motivo que se repetía en bandas.
Una jofaina sobre una mesa baja. Un armario alto, cerrado.
Las paredes pintadas de un crema mate que devolvía la luz amarilla de la vela.
Una ventana con reja de hierro labrado, demasiado bonita para no ser una reja.
Y, al fondo, una puerta de madera maciza con un cerrojo del otro lado.
El cerrojo lo entendió antes que el resto.
Se llevó la mano a la garganta. Estaba intacta. El camisón, porque llevaba un camisón limpio que no era el suyo, le caía hasta los tobillos, con la cinturilla suelta y los puños cerrados con un cordón fino. Le habían cambiado la ropa mientras dormía.
Las manos se le quedaron quietas sobre el regazo.
Cerró los ojos un momento. El último recuerdo no llegó entero.
Llegó por trozos. La casa estrecha junto al canal.
Las velas mal puestas que goteaban sobre los candelabros con un ruido pequeño que se le había metido en la nuca.
El último Jhal de los Zafiros, la última fortuna que aún se atrevía a salir de Rowandia, le había dicho él, con la cortesía baja de quien se está despidiendo de algo grande.
La copa contra los dientes. El gusto fino, vegetal.
Y debajo, al final del trago, un segundo gusto que ella no había sabido nombrar a tiempo.
La habitación del Jhal. El pasillo. Las velas se le habían torcido en la vista, sin viento.
Y luego nada.
Tragó saliva. Le costó. Volvió a abrir los ojos y se ordenó pensar.
Lo que tenía: el cuerpo entero, la ropa cambiada, una vela que alguien había mantenido viva mientras ella dormía.
Lo que no tenía: la bolsa, el cuaderno, el cuchillo pequeño que llevaba siempre debajo del jubón.
Lo que faltaba era el ruido. Una casa con vela encendida y nadie dentro no es una casa.
Apartó la manta. Puso los pies en el suelo y notó que el suelo estaba tibio. Tibio como si lo hubieran calentado para ella. Esperó a que la habitación dejara de oscilar. Se quedó sentada en el borde de la cama, con las palmas planas contra el embozo.
Escuchó.
Lejos, abajo, un cubo contra piedra. Más lejos, una voz de mujer y otra que contestaba. Hablaban en una lengua que no era la suya.
Lupe se quedó muy quieta.
Tardaron en venir lo que le pareció una pequeña eternidad.
Llamaron a la puerta. La cortesía la cogió a contrapelo. Encerrada en una habitación con cerrojo por fuera, lo último que esperaba era que llamaran. Buscó algo con qué cubrirse y no encontró nada. Se sentó otra vez en el borde de la cama, las rodillas juntas, el camisón ajustado contra los muslos.
El cerrojo cedió con un chasquido limpio. Entraron dos mujeres.
La primera era joven. Dieciocho años, veinte como mucho.
Llevaba una bandeja con una jarra humeante y un plato cubierto con un paño de lino.
Sonrió al ver a Lupe. Una sonrisa abierta, sin pliegues, una sonrisa de las que se aprenden en una casa donde se sirve sonriendo.
La segunda era mayor. Treinta y pico. Alta.
Tenía las manos largas de quien sabe usarlas para varias cosas.
Llevaba ropa doblada en los brazos. No sonrió.
—Buenos días, señora —dijo la joven. Tenía un acento que arrastraba las eses como si las quisiera sacar de la frase con la lengua—. Soy Tessana. Esta es Mara. Le traemos agua, ropa y desayuno.
Lupe no contestó.
Tessana dejó la bandeja en la mesa baja. Olía a hierbas calientes y a pan recién hecho. El olor llegó a Lupe antes que el hambre, y el hambre llegó como un golpe seco en el centro del pecho.
Mara se quedó atrás, con la ropa en los brazos.
—¿Dónde estoy? —La voz le salió áspera.
Tessana miró a Mara. Mara no se movió. Tessana volvió la cara a Lupe.
—En la casa del señor Asshai Gadir, señora.
Lupe dejó pasar el nombre por dentro.
—¿Aruan?
—Sí, señora. En el distrito alto.
Mara se acercó, dejó la ropa doblada a los pies de la cama y se retiró. Movimientos cortos, exactos. Ni un gesto que no fuera necesario, ni un gesto que faltara.
—El señor vendrá a verla esta tarde —dijo Mara. Tenía la voz baja, plana, sin grumos—. Hasta entonces, descanse. Si necesita algo, la campanilla está sobre la mesa.
Lupe miró la mesa. Una campanilla pequeña de bronce, colocada como se coloca en cualquier cuarto de huésped. No la había visto antes.
—Mi doncella.
Mara la miró. Esperó.
—Vino conmigo una doncella. Beatriz. ¿Dónde está?
Tessana abrió la boca antes que Mara.
—En las cocinas, señora. Está bien. El señor pensó que era mejor separarlas.
—¿Por qué?
—No lo sé, señora.
Lupe la creyó. Tessana hablaba sin pliegues. Mara no había hablado, y Mara era la que sabía.
Mara fue hacia la puerta.
—¿Puedo verla? —La voz le salió más baja de lo que quería.
—Eso se lo tendrá que preguntar al señor —dijo Mara, sin volverse. Y salió.
Tessana se quedó un momento más, jugueteando con el paño de la bandeja.
—Coma algo, señora. El pan está recién hecho. Hay miel.
Salió detrás de Mara. El cerrojo se cerró del otro lado con el mismo chasquido limpio.
Lupe esperó a oír los pasos bajar. Las pisadas de Tessana eran ligeras, casi de prisa. Las de Mara, no. Mara bajaba cada escalón con la misma cadencia, sin acelerar, sin apoyarse.
Se acercó a la bandeja.
Pan tibio. Un cuenco pequeño de miel oscura, casi marrón. Agua en una jarra de barro vidriado. Una infusión que olía a anís y a algo más leñoso que no supo nombrar. Comió poco. Bebió mucha agua. El agua le bajó por la garganta y le devolvió a la boca algo parecido a la saliva.
Se vistió con la ropa doblada al pie de la cama. Lino limpio, costura cuidada, sin marca de bordadora. Le quedaba bien. Demasiado bien. Las costuras le sentaban en los hombros como si se las hubiesen hecho a la medida, lo cual la asqueaba profundamente.
Hizo el inventario del cuarto.
Ocho pasos por seis. La cama, la mesa baja, una mesilla, el armario, una silla de respaldo bajo, una jofaina con su jarra, un espejo de bronce pulido.
La ventana enrejada daba a un patio interior con un naranjo.
El naranjo estaba dos pisos por debajo. Ninguna enredadera por la pared.
Ningún balcón. Ningún canalón. Ni siquiera una cornisa que un pie pudiera aprovechar.
El armario estaba lleno. Tres vestidos, dos camisones, ropa interior, un cinturón estrecho. Toda la ropa olía al mismo jabón que la manta. La habían preparado antes de meterla en el cuarto. No después.
No había libros.
No había nada con lo que cortar.
Se sentó frente al espejo de bronce. Tenía la cara hinchada por el sueño y un cardenal pequeño en la sien derecha que no recordaba haberse hecho.
Eso quería decir algo.
Esperó.
Llegó al final de la tarde.
La luz había cambiado de color tres veces en el patio del naranjo. El dorado del mediodía, el ámbar de la tarde alta, y ese rosa lento y sucio que es ya casi noche en una ciudad que mira al este. Lupe llevaba dos horas sentada en la silla, frente al espejo de bronce, sin mirarse.
Llamaron.
—Adelante.
Mara abrió desde fuera. Entró Asshai Gadir solo, y Mara cerró la puerta detrás de él. Lupe oyó cómo se quedaba al otro lado.
Era alto. Llevaba un caftán oscuro hasta las rodillas, abierto sobre un jubón liso, cinturón estrecho, botas blandas que no hacían ruido en los tablones.
Las manos largas, los dedos finos, sin anillos.
El pelo negro recogido en la nuca con una cinta que apenas se veía.
Canas en las sienes. Cuarenta años, tal vez algunos más.
Una cara que en una taberna habría pasado desapercibida y que en una biblioteca habría detenido la conversación.
Esto último Lupe no lo pensó del todo. Se le quedó a la altura de la garganta, en el sitio donde uno guarda las cosas que es mejor no terminar de pensar.
Lupe lo miró desde la silla. No se levantó.
Asshai inclinó la cabeza. La cortesía justa, ni más ni menos.
—Doña Lupe.
Tenía una voz baja, sin prisa, que dejaba todo el espacio a la palabra siguiente. Una voz que sabía esperar.
Cruzó la habitación con cinco pasos sin sonido y se detuvo a tres del borde de la mesa. Sobre la mesa había una jarra de agua y una sola copa. Miró la copa. Miró la jarra. Salió al pasillo. Volvió con otra copa y la dejó junto a la primera. Llenó las dos. Le tendió una.
Lupe no la cogió.
Asshai la dejó sobre la mesa, dentro de su alcance, y cogió la suya. No bebió.
—Estoy seguro de que tiene preguntas. Las contestaré todas. Si me deja preguntarle yo primero una.
Lupe asintió apenas.
—¿Cómo se encuentra?
Lo preguntó como lo hubiese hecho un médico.
—Encerrada.
Él miró la copa que le había servido. No insistió.
—El vino de la otra noche tenía algo que no debió tener. No la dañará. Mara puede confirmárselo, si lo prefiere. Pero le va a pedir agua durante un día o dos. Bébala cuando se la pida.