23. El barranco de los Tres vientos. #2
—Guerreros. De los más letales que existen.
Viven en los márgenes de la Ciudad Antigua, entre ruinas cuyas piedras llevan nombres que nadie osa pronunciar.
No comercian, no pactan, no se mezclan con otras Tribus.
Mi abuelo vio a uno partir en dos a una mantícora con un solo tajo.
La bestia pesaba como tres caballos juntos.
Beltrán apretó los labios.
—Mi espada no es nada de eso —dijo, con la voz áspera—. Es más resistente de lo que parece y pesa menos de lo que aparenta. Corta bien, sí, pero la guardo solo por quien me la dio.
Gorath lo examinó con calma, midiendo cada palabra, y exhaló:
—Las armas Jinyuraki llevan Luz, Beltrán. No es una metáfora. Es magia antigua, Sacrilegio.
Se detuvo un momento y clavó la vista en Beltrán:
—Has hecho bien en no traerla aquí.
Al oírlo, Beltrán sintió un nudo en la garganta. Se dio cuenta de que hacía tiempo que no pensaba en Gaspar; le ardieron los ojos y bajó la cabeza en silencio.
El barranco recayó en un mutismo más denso que cualquier sombra, como si la vida hubiera decidido no volver jamás a esas piedras.
Cuando la luna alcanzó un cuarto del cielo, Drahn y Vasharkh los relevaron.
Beltrán se envolvió en su manto, se tumbó cerca del fuego moribundo y se hundió en un sueño profundo.
Soñó con imágenes borrosas que se desvanecieron al despertar, salvo una: Rojo sentado en la piedra de la entrada de la tienda de Nahira, con la piedra del río en el puño, mirando al oeste, aguardando a alguien que nunca llegaba.
Un grito rasgó la noche y lo arrancó de su sueño.
Vasharkh estaba en el suelo de la cornisa, gritando, cuando Beltrán salió del manto.
No era un grito largo. Era un grito repetido, corto, agudo, como el de un hombre al que algo le está pasando demasiado rápido para que pueda decir palabras.
Drahn ya estaba a su lado intentando entender qué pasaba.
La hoguera pequeña se había apagado, no se sabía cómo, y la única luz era la de la luna y la de un farol cubierto que Mern había encendido al despertarse.
A la luz del farol, Beltrán vio.
Vasharkh tenía algo en la pierna derecha, justo por encima de la rodilla.
Era un hilo. Un hilo grueso, blanquecino, brillante.
El mismo hilo de la cuelga de Karam, pero este estaba vivo.
Se movía. Se enrollaba alrededor de la pierna del cazador con una velocidad que a Beltrán le pareció absurda, una velocidad que ninguna cuerda debería poder tener.
El otro extremo del hilo desaparecía por el borde de la cornisa, hacia el valle.
Alguien estaba tirando.
Vasharkh se agarraba a la piedra del suelo con las dos manos. La pierna ya estaba medio fuera de la cornisa. Los hilos de la criatura no eran cuerdas, eran palancas. Lo estaba arrancando.
Gorath llegó con el cuchillo curvo en la mano y se lanzó contra el hilo.
Lo cortó al primer tajo. El hilo se rompió con un chasquido seco y la pierna de Vasharkh quedó libre.
Pero Vasharkh no se levantó. No se levantó porque algo en el hilo, la fibra, lo que fuera que recubriera la fibra, le había abierto la pierna a través del cuero del calzón.
La sangre era oscura a la luz del farol y salía mucho más rápido de lo que debería.
Mern le ató un torniquete con la rapidez de un cazador que ha visto bastantes piernas heridas en su vida. Pero Beltrán, mirando la cara de Vasharkh, supo que no iba a bastar.
—Hay otro —dijo Tovak desde el borde de la cornisa.
Beltrán se giró.
Un segundo hilo había aparecido por el otro lado, el de la pendiente de aproximación, y se enroscaba ya en una de las piedras grandes que ellos habían usado para acotar el fuego.
Si tiraba con la fuerza con la que había tirado del primero, la piedra se iba a venir sobre la hoguera y, de paso, sobre Drahn que estaba todavía agachado al lado de Vasharkh.
Beltrán saltó.
No pensó. La mano sabía. Cortó el segundo hilo con la zurdona, no con el cuchillo curvo Oona-Gori, que era lo que Vakar le había enseñado, sino con la zurdona que llevaba veinte años cortando cosas en Tolusa, y el hilo se fue hacia el valle con un siseo enfermizo.
Se acercó al borde de la cornisa.
—No te asomes —dijo Gorath detrás de él.
Beltrán se asomó.
La vio.
No del todo. No con claridad. Pero la vio, y eso era ya más de lo que había visto Hekta cinco inviernos atrás, según lo que le había contado Nahira.
Estaba en la pared opuesta del barranco, a unos cuarenta pasos.
La luna del cuarto menguante caía sobre la pared y dejaba ver una superficie irregular, llena de salientes y grietas, y entre los salientes había una forma.
Una forma grande. Beltrán no logró determinar el tamaño exacto porque la forma se movía despacio, plegándose sobre sí misma, ajustándose a la pared como si la pared fuera parte de su cuerpo.
Lo que vio con seguridad fueron las patas.
No las contó. No le dio tiempo. Eran muchas.
Más de cuatro. Más de seis. No supo si eran ocho o diez o doce.
Eran patas largas, finas, que se articulaban en ángulos imposibles para cualquier animal que Beltrán hubiese visto antes.
Y en la parte donde debería haber cabeza, si aquello tenía cabeza, que Beltrán no llegó a confirmar, había algo más oscuro, una concentración de masa que se reflejaba en la luz de un modo que las cosas vivas no se reflejan.
Lo miró.
Eso fue lo peor. Beltrán había mirado antes a animales peligrosos. Había mirado a hombres dispuestos a matarlo. Había mirado, una vez, a un Juramentado en pleno trance. Pero ninguno de aquellos había devuelto la mirada como lo hizo aquella forma en la pared opuesta del barranco.
La cosa lo miró durante dos respiraciones de Beltrán. Después, sin prisa, sin movimiento brusco, plegó las patas hacia el cuerpo y desapareció en una grieta de la pared.
Desapareció era poco. Se metió. La grieta no era grande. La cosa sí era grande. Pero la cosa entró en la grieta como si la grieta y ella fueran la misma cosa.
Beltrán se apartó del borde.
Le temblaban las manos. Las miró. Le temblaban de un modo que no le habían temblado en veinte años. Cerró los puños hasta que dejaron de temblar.
—¿La has visto? —preguntó Gorath, en voz baja.
—Sí.
—¿Entera?
—No.
Beltrán miró a Gorath. El Dhal estaba a su lado, sin asomarse al borde, con la cara cansada y vieja de un hombre que ha decidido que no va a mirar más de lo que ha mirado ya.
—¿Tú la has visto entera alguna vez? —preguntó Beltrán.
Gorath tardó.
—Una vez.
—¿Y?
—Y por eso no la miro otra vez.
Beltrán no preguntó más.
Vasharkh se murió antes del amanecer.
No gritó. No se quejó. Se fue apagando con la pierna abierta y el torniquete que no le había bastado, y al final se quedó muy quieto con los ojos abiertos mirando el techo invisible de la cornisa.
Drahn estuvo a su lado todo el tiempo. Le habló al oído al final, en el idioma del clan, palabras que Beltrán no entendió y que sospechó que eran las que un cazador Oona-Gori le decía a otro cazador Oona-Gori cuando uno de los dos se moría y al otro le tocaba seguir.
Lo enterraron al amanecer en un hoyo que cavaron en un cruce de raíces, en un sitio del barranco donde el suelo era lo bastante blando para abrirlo con los cuchillos.
No pusieron piedra encima. Eso, en los Oona-Gori, era una marca.
Las tumbas con piedra eran las de los muertos que no se quería que se movieran.
Las sin piedra eran las de los que se aceptaba que la tierra reabsorbiera del modo en que la tierra reabsorbe a los suyos.
Gorath dijo unas palabras. Las dijo en lengua común, lo cual a Beltrán le sorprendió hasta que entendió que las decía precisamente para que él las oyera.
—Vasharkh era de los que no hablaban mucho. Salió a esta cacería sabiendo que era posible no volver. Sabiendo era lo que él hacía siempre. No vamos a echarlo de menos por sus palabras. Lo vamos a echar de menos por su silencio, que nos servía a los demás para hablar más a gusto.
Los otros cazadores asintieron. Roan estaba llorando, sin sonido, con la cara apartada hacia la pared del barranco para que los demás no se lo notaran. Beltrán fingió que no lo veía.
Cuando terminaron, Gorath miró a los seis que quedaban.
—Seguimos.
Nadie protestó.
La columna se reorganizó. Mern delante, como antes.
Gorath en segunda posición. Drahn ascendió a la tercera.
Beltrán pasó a la cuarta. Tovak quinta. Roan cerrando, ahora solo.
La ausencia de Vasharkh se notaba en la cadencia de los pasos.
Un cazador menos no era simplemente un cazador menos.
Era un cambio en la respiración del grupo entero.
Beltrán pensó, mientras avanzaba, en lo que Gorath le había dicho la noche anterior a salir.
Si en algún momento de la cacería piensas que no vas a volver, te vuelves antes.
La frase había sonado entonces como un recurso de jefe.
Esa mañana, después de mirar a la cosa de la pared y de ver cómo Vasharkh se había muerto sin gritar, Beltrán entendió por primera vez que la frase de Gorath no era un recurso. Era una concesión.
Un cazador podía decidir volverse en cualquier momento.
Beltrán pensó en el brazalete que llevaba en la muñeca. En la piedra del río en el puño cerrado de Rojo. En la mano de Nahira sobre la suya en la entrada de la tienda. En el hueso pulido de tres muescas que llevaba en la bolsita del cuello. En la cuenta nueva, que llevaba tres.
No se volvió.
A media mañana, el barranco se estrechó otra vez.
Las paredes, que durante el valle interior se habían separado, volvieron a juntarse.
El suelo se fue hundiendo en una pendiente suave.
La vegetación rastrera de hojas oscuras se hizo más densa, hasta cubrir tramos enteros del paso.
Los cazadores tuvieron que andarlos pisando con cuidado, sabiendo que tocar la planta con la mano era una herida y caer encima de ella era peor.
Fue Mern el segundo en caer.
No fue un ataque. Fue mucho peor. Mern, abriendo paso, pisó una zona del suelo que parecía sólida y que se hundió bajo su peso.
Una trampa. Una de las que el barranco, o lo que vivía en él, había estado preparando con tiempo.
Mern desapareció con un grito corto. La columna se quedó congelada un instante.
Gorath corrió hasta el agujero. Beltrán fue detrás.
El agujero no era profundo. Cuatro varas, quizá cinco.
Pero el fondo no era tierra. El fondo estaba lleno de la fibra blanquecina, acumulada en una telaraña densa que cubría todo el espacio.
Mern había caído sobre la telaraña y se había quedado pegado en ella como una mosca en miel.
Gritaba. No de dolor. De pánico. Y mientras gritaba, la telaraña se le movía alrededor, ajustándose a su cuerpo, envolviéndolo despacio con la lentitud de una cosa que sabe que la presa ya no se va a escapar.
Gorath sacó una cuerda de la mochila. Beltrán le ayudó a sostenerla. La bajaron hasta Mern.
Mern intentó coger la cuerda. No pudo. Las manos se le habían quedado pegadas a la telaraña. Levantó los brazos y las manos no le siguieron. Los brazos se le estiraron y se le quedaron en una posición imposible, sostenidos por la fibra que los sujetaba.
—Mern —dijo Gorath—. Las piernas. Mueve las piernas.
Mern lo intentó. Las piernas también estaban pegadas.
Gorath se quedó muy quieto. Beltrán también. Los dos mirando hacia abajo a un hombre que se hundía en una telaraña sin moverse, atrapado en una postura que se iba a convertir en composición en cuanto la criatura volviera a recogerlo.
—Gorath —dijo Mern.
—Aquí estoy.
—No me dejéis así.
Gorath se quedó un momento sin contestar. Después miró a Beltrán. Beltrán entendió la mirada antes de que llegara la palabra, y adivinó, con una claridad fría, que Gorath le estaba pidiendo a él lo que un Dhal Oona-Gori no podía pedirle a otro Oona-Gori sin que el clan le pasara cuenta.
A un extranjero sí podía pedírselo.
Beltrán cogió la lanza corta de Vakar.
La lanzó al fondo del agujero con la precisión que veinte años de oficio le habían dado.
La lanza entró por el cuello de Mern, limpia, exacta, en el punto donde Vakar le había enseñado a entrarla.
Mern dejó de gritar al instante. Los ojos se le quedaron abiertos.
La telaraña, indiferente, siguió ajustándose alrededor de su cuerpo.
Gorath cerró los ojos un momento. Después los abrió.
—Vamos —dijo.
Los cinco que quedaban se apartaron del agujero y siguieron andando.
Nadie le agradeció a Beltrán lo que acababa de hacer. Nadie le habría agradecido tampoco si lo hubiera hecho otro. Era una cosa que un cazador hacía por otro, en silencio, y el silencio era el agradecimiento.
Beltrán siguió andando con la lanza vacía en la mano y la cuenta vieja, la de los muertos, subida a sesenta y tres.