23. El barranco de los Tres vientos.
El barranco del Tres Vientos no se llamaba así por capricho.
Los siete cazadores llegaron a la boca norte al mediodía del segundo día de marcha, después de cubrir terreno duro a paso largo y de dormir una noche al raso, sin fuego, en una hondonada al pie de la sierra.
Beltrán había dormido mal, pero había dormido.
Era una de las cosas que un sicario aprendía pronto.
Dormir cuando se podía, comer cuando se podía, mear cuando se podía.
Las cosas que se posponían en el oficio luego no encontraban hueco.
La boca norte del barranco se abría entre dos paredes de piedra clara que ascendían en vertical durante doscientos pasos.
El paso entre ellas era estrecho, no más ancho de lo que cabían tres hombres hombro con hombro.
El suelo, arena dura mezclada con cantos sueltos.
El aire, dentro de aquella entrada, tenía un comportamiento raro.
Beltrán lo sintió enseguida. Se metieron veinte pasos y el viento del sur, que durante todo el camino les había soplado en la espalda, desapareció de pronto.
Otros veinte pasos y volvió, pero llegaba ahora desde el oeste, lateral, atravesando el corredor en ráfagas cortas. Otros veinte y volvió a desaparecer.
Gorath levantó una mano. Los siete se detuvieron.
—Tres vientos —dijo el Dhal en voz baja—. Por eso se llama así. Aquí dentro nunca sopla del mismo sitio. Cambia cada cien pasos. A veces más a menudo.
—¿Eso ayuda o estorba? —preguntó Roan, el más joven, que era la primera vez que entraba.
—Estorba. A nosotros más que a ella.
Gorath no añadió por qué. No hizo falta.
Un cazador que no podía leer el viento no podía oler a la cosa que lo cazaba. Una cosa que llevaba generaciones viviendo entre tres vientos sí.
Avanzaron en fila india. Mern delante, abriendo paso.
Después Gorath, después Drahn, después Beltrán, después Tovak, después Vasharkh, y Roan cerrando.
Era un orden estudiado. Los dos más viejos primero y al final.
El extranjero en medio. Los jóvenes intercalados.
Si algo caía sobre la columna desde alguno de los flancos, no caería sobre los menos preparados.
A Beltrán le dieron la cuarta posición. Eso significaba que Gorath confiaba en él lo justo para colocarlo donde cualquier cazador joven Oona-Gori se habría colocado. Ni más arriba, ni más abajo. La medida era exacta.
El barranco se ensanchó al cabo de quinientos pasos.
Las paredes se separaron y dieron lugar a un valle interior, irregular, con paredes de altura desigual y suelo cubierto en algunos tramos por una vegetación rastrera de un verde demasiado oscuro.
Beltrán no había visto nunca esa planta.
La pisó con cuidado en el primer cruce y notó que cedía bajo la bota con una blandura extraña, casi pulposa.
—No la toques con la mano —dijo Vasharkh detrás de él—. Quema.
Beltrán asintió y siguió.
Fue Mern quien encontró el primer cuerpo.
Estaba a unos trescientos pasos dentro del valle interior, colgado de la rama baja de un árbol que no parecía un árbol.
La especie no la conocía Beltrán. Tenía corteza pálida, ramas largas que se curvaban hacia abajo en lugar de hacia arriba, y hojas finas como cuchillas que se mecían sin que hubiera viento.
El cuerpo era de un hombre joven. Pastor, a juzgar por la ropa.
Llevaba al menos dos semanas muerto, calculó Beltrán al acercarse.
La piel se había secado contra los huesos, dándole a la cara una expresión de sorpresa retenida.
No había olor. El barranco se comía los olores como se comía los vientos.
El hombre estaba colgado por los pies.
Más que una cuelga apresurada, una composición.
Las dos piernas atadas a la rama con una sustancia blanquecina que no era cuerda, una especie de fibra densa, brillante, que parecía endurecida con algo.
Los brazos no colgaban hacia abajo, como caerían los brazos de un cuerpo invertido.
Estaban extendidos hacia los lados, en cruz, sostenidos por dos hilos de la misma fibra que iban desde las muñecas hasta dos ramas distintas del mismo árbol.
Los hilos eran finos. Beltrán no los habría visto si Mern no se hubiera detenido.
La cabeza estaba erguida.
Un tercer hilo, este más grueso, atravesaba la nuca del cadáver y la sujetaba contra el tronco principal del árbol, manteniendo el cuello tenso, la barbilla levantada, los ojos, vacíos, por supuesto, los ojos no aguantaban dos semanas, mirando hacia un punto del barranco que estaba más adelante.
La figura entera componía algo. Beltrán tardó un momento en reconocerlo. Era una flecha. El cuerpo del hombre, con los brazos en cruz y la cabeza apuntando hacia delante, formaba una flecha humana que señalaba hacia el interior del valle.
Una indicación.
Gorath llegó al lado de Beltrán y se quedó mirando la composición sin decir nada.
—¿Lo conoces? —preguntó Beltrán al cabo.
—Sí. Es Karam. Un pastor de la aldea de los molinos. Desapareció hace tres semanas.
—Está apuntando hacia algo.
—Sí.
—¿Vamos hacia donde apunta?
Gorath miró el cuerpo un rato más.
—Vamos hacia donde habíamos decidido ir antes de verlo. No vamos a dejar que ella nos elija el camino.
La columna avanzó. Beltrán pasó al lado del cuerpo de Karam y lo miró un instante de cerca, lo justo para confirmar lo que ya había sospechado. Las dos heridas en la base del cuello estaban allí. Limpias. Espaciadas. La firma.
No era el primero. Y no iba a ser el último.
Encontraron tres cuerpos más durante el resto de la tarde.
El segundo era una mujer. La habían dispuesto sentada en una piedra plana, con las piernas cruzadas y las manos posadas sobre las rodillas, en la postura de las mujeres que tejen al fresco a la entrada de las tiendas.
Llevaba en las manos un fardo de fibra blanquecina.
Una madeja. Como si la criatura le hubiera dejado labor.
El tercero era otro hombre, más viejo. Lo habían colocado de pie contra una pared del barranco, con los brazos encogidos en el pecho en posición de súplica, y arrodillado en el suelo. Tenía la barbilla ligeramente erguida y un extraño rictus en la cara.
El cuarto cuerpo era el peor.
Era un niño.
No más de doce años. Pastor también, por la ropa basta.
Lo habían puesto sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una piedra, las piernas estiradas hacia delante, las manos juntas sobre el regazo.
Le habían dejado al lado un cuenco de madera vacío.
Y en las manos juntas, sostenido entre los dedos rígidos, un trozo de pan duro que el barranco no había terminado de pudrir.
Un niño esperando a que le sirvieran la comida.
Gorath se detuvo delante del cuerpo y, por primera vez desde que habían entrado, Beltrán le vio la cara cambiada.
Algo más viejo que el miedo, y más quieto.
La cara de un hombre que ha aceptado que lo que está mirando es exactamente lo que pensaba que iba a mirar, y que aceptarlo no lo hace más fácil.
—Vamos —dijo Gorath al rato.
—¿No lo enterramos? —preguntó Roan. La voz le tembló al decirlo.
—No.
—Es un niño.
—Lo sé.
Gorath siguió andando. La columna lo siguió. Roan se quedó un momento más, mirando al niño. Drahn lo cogió del hombro y tiró de él con suavidad. Roan no protestó. Pero Beltrán, que iba detrás de él, vio que el chico apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
La primera regla del barranco era no detenerse. La cosa que ponía cuerpos contaba con que algunos cazadores se detuvieran.
Acamparon al anochecer en un saliente de la pared este del barranco.
Era una cornisa estrecha, a unas cinco varas del suelo del valle, accesible por una pendiente lateral de piedra.
Mern había localizado el sitio en cacerías anteriores.
Tenía dos ventajas: visibilidad sobre buena parte del valle, y un solo punto de aproximación.
Encendieron una hoguera muy pequeña, tapada por tres lados con piedras. Comieron sin hablar. La carne seca del campamento se había vuelto correosa con dos días de marcha, pero la masticaron y la tragaron porque comer también era una de las cosas que un cazador hacía cuando podía.
Gorath organizó los turnos de guardia: siempre dos hombres despiertos. Beltrán arrancó el primero con Tovak, mientras Gorath se quedaba de centinela junto al rescoldo de las brasas.
Se sentaron en los extremos de la cornisa, espalda con espalda, mirando el valle.
El aire helado olía a polvo y pino, y la luna menguante apenas pintaba de plateado las rocas.
Bajo ellos, el barranco era un océano de sombras, cada grieta más oscura aún que la anterior.
Beltrán sintió cómo el frío calaba en los huesos, pero no se movió: durante dos horas no oyó nada vivo, ni un murmullo de criaturas, ni el tenue roce de un insecto.
Tovak inclinó el torso hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y, con voz gutural, susurró unas palabras en su idioma. Gorath alzó la mirada de las brasas, clavó los ojos en Beltrán y luego tradujo con voz grave:
—Quiere saber por qué tienes un arma Jinyuraki y por qué no la has traído.
Beltrán ladeó la cabeza, apartó un mechón de la frente y escudriñó el suelo de piedras dispersas entre sus botas.
—¿Una qué?
—Dice que cuando te sacaron de las Nubladas revisaron todo lo que llevabas. Encontraron un arma sagrada Jinyuraki.
Beltrán frotó el pulgar contra la callosidad de la palma izquierda, allí donde la empuñadura le había marcado la piel.
—¿La espada negra? —musitó—. Un amigo me la dio antes de morir. ¿Qué coño es un Jinyuraki?
El silencio que siguió era tenso, como el cordaje de un arco. Tovak volvió la cabeza hacia Gorath, y Gorath miró el fuego unos instantes antes de hablar: