22. Los seis días. #2
—Porque tenía veinticinco años y ningún hijo todavía. La regla de Gorath de ahora es la regla de Gorath de siempre. A esa cacería de hace cinco inviernos fueron seis hombres sin hijos. Hekta era uno.
—¿Lo intentaste detener?
Nahira se rio. Fue una risa corta, sin alegría.
—A Hekta nadie lo detenía de nada. Esa era una de las razones por las que la gente se reía con él. Le decías una cosa, te oía, te decía sí, y hacía lo que iba a hacer.
—¿Y cuando volvió la cacería sin él?
Nahira tardó más en contestar esta vez.
—Cuando volvió la cacería sin él, yo ya lo sabía.
Lo había soñado dos noches antes. No te voy a explicar cómo se sueñan esas cosas en mi pueblo, porque tú no las creerías y no quiero malgastar la conversación.
Pero lo había soñado. Cuando vi a Gorath entrar en el campamento sin Hekta, lo único que pensé fue ya está .
No lloré ese día. Lloré la noche siguiente.
Bebieron.
—Nahira.
—Dime.
—¿Has soñado algo esta semana?
Nahira tardó tanto en contestar que Beltrán pensó que no iba a hacerlo.
—Sí.
—¿Conmigo?
—No.
—¿Con Gorath?
—Tampoco.
—¿Con quién?
—Con el niño.
Beltrán se giró a mirarla. La cara de Nahira estaba a medias en la luz del fuego, y no pudo leerla del todo.
—¿Qué soñaste?
—Que el niño hablaba. Una sola palabra. Pero hablaba.
—¿Qué palabra?
Nahira lo miró.
—Tu nombre.
Beltrán no contestó.
Se quedaron en silencio un rato largo. Beltrán pensó en el niño dormido dentro de la tienda, en la mano pequeña que esa tarde le había recorrido la espiral del brazalete, en la cara seria del crío al entender que Beltrán se iba a marchar.
—¿Eso significa algo? —preguntó al cabo.
—Los sueños siempre significan algo. Lo que pasa es que solo se entienden después.
—¿Bueno o malo?
—No lo sé. Que un niño hable nunca es malo. Que llame a su nombre tampoco. Pero la voz con la que el niño te llamaba en mi sueño no era la de un niño. Era una voz adulta. Una voz cansada. Eso ya no sé qué significa.
Beltrán bebió el último trago.
Devolvió el cuenco a Nahira. Antes de que ella se levantara, puso la mano sobre la mano libre de la mujer. No la apretó. La dejó allí, posada sobre los nudillos, que estaban más callosos de lo que las manos de una mujer deberían estar a su edad. Nahira no la apartó. Tampoco la cerró.
—Si no vuelvo —dijo Beltrán—, encárgate de él.
—No hace falta que me lo pidas.
—Lo sé. Pero quería decírtelo.
Nahira asintió una vez. Después retiró la mano y se levantó, y Beltrán se quedó solo en la entrada de la tienda con el cuenco vacío y un peso en el pecho que no tenía nada que ver con la cacería.
El quinto día fue el peor.
No pasó nada en concreto. Ese fue precisamente el problema.
El campamento se quedó suspendido en una espera que no tenía nada que hacer salvo esperar.
Los siete cazadores tenían ya las armas listas, las raciones empaquetadas, las botas reparadas.
Las mujeres habían preparado las hierbas que se llevaban a las cacerías largas, las que cortaban la fiebre y las que cerraban heridas pequeñas.
Los niños del campamento habían sido apartados sin que nadie se lo explicara del modo en que los niños son apartados de las cosas que los adultos no saben cómo nombrar.
Beltrán pasó la mañana sin saber qué hacer consigo mismo.
Vakar había suspendido el entrenamiento con una frase que no admitía réplica: hoy descansas, mañana sales .
Gorath estaba encerrado en su tienda con los ancianos del clan.
Las mujeres trabajaban con esa eficiencia silenciosa con la que las mujeres trabajan cuando no quieren tener tiempo para pensar.
A media tarde, Beltrán cogió a Rojo de la mano y salieron del campamento.
Fueron a las Grietas. Gorath le había dado permiso otra vez. Las Grietas estaban a una hora de paso largo, lo suficientemente lejos del campamento para que Beltrán pudiera respirar el aire de algo que no fuera la espera, y lo suficientemente cerca para volver antes del anochecer.
Subieron juntos por la formación rocosa hasta la piedra alta donde Vakar se había sentado durante semanas a enseñarle a leer los vientos.
La piedra era plana, ancha, y desde allí se veía la Estepa abierta hacia el oeste.
El viento del sur empezaba a soplar fuerte, lo cual confirmaba el cálculo de Gorath sobre el cuarto menguante.
Bueno para la cacería. Bueno y malo a la vez.
Beltrán se sentó. Rojo se sentó al lado.
Estuvieron callados un rato.
—Mira —dijo Beltrán al fin, señalando hacia el oeste—. Allí está el barranco. ¿Lo ves? Esa raja oscura en la sierra de allí.
Rojo siguió la dirección de su brazo.
—Mañana voy ahí.
El niño no se giró. Sus ojos se quedaron fijos en la raja oscura del horizonte durante mucho rato.
Beltrán sacó del cinturón una piedra pequeña, redondeada, que había recogido del manantial esa mañana. Era una piedra de río, lisa, gris, del tamaño de la palma de un niño. Se la dio a Rojo.
El crío la cogió con las dos manos.
—Te la quedas —dijo Beltrán—. La guardas. Cuando vuelva, me la devuelves.
Rojo cerró las manos sobre la piedra, la apretó y la metió en el bolsillo de la camisola.
Beltrán pensó en lo que estaba haciendo.
Era una superstición tonta, de las que un sicario de Tolusa habría despreciado en otros.
Cosas de mujeres del campo, habría dicho entonces, con la arrogancia seca de un hombre que aún no había necesitado ninguna.
Pero esa tarde, en la piedra alta de las Grietas, con el viento del sur soplando y un niño mudo de diez años a su lado, Beltrán entendió algo que había oído alguna vez en una taberna y que en su momento había dejado pasar: las supersticiones existían porque eran lo que los hombres tenían cuando ya no les quedaba nada más.
Volvieron al campamento al anochecer.
Rojo se durmió pronto. Tenía la piedra pequeña apretada en el puño cerrado.
La noche del quinto día, Nahira no fue a la entrada de la tienda.
Beltrán esperó hasta tarde. La luna del cuarto menguante salía hacia las dos de la madrugada, y a esa hora todo el campamento estaba ya dormido. Salió de la tienda con cuidado para no despertar al niño y se sentó solo junto al fuego pequeño.
Nahira estaba en su tienda. Beltrán veía la silueta moviéndose tras la lona, recortada contra una lámpara baja. Estaba haciendo algo con las manos. No se distinguía qué.
Era la primera noche en seis días en que ella no había venido. Beltrán entendió por qué. Habían pasado la línea que ella se había permitido cruzar, y a partir de esa línea cada noche más era una despedida. Nahira no era mujer de gastar despedidas en hombres que iban a partir al día siguiente.
No le molestó. Le pareció justo.
Se quedó solo junto al fuego pequeño hasta que la luna salió.
La luz fría y delgada del cuarto menguante le cayó sobre las manos.
Beltrán se miró las manos durante un rato largo.
Eran las manos que conocía, manos de hombre de cuarenta y tres años, con cicatrices pequeñas en los nudillos, callos en los dedos, una mancha de nacimiento en la base del pulgar izquierdo.
Las manos que habían matado a sesenta y dos hombres.
Las manos que esa tarde habían puesto una piedra de río en las manos pequeñas de un niño que no hablaba.
Entró a la tienda antes de empezar a pensar las cosas que un hombre no debería pensar la noche antes de salir.
Los siete cazadores se reunieron en la entrada del campamento al amanecer del sexto día.
Gorath estaba allí. Drahn, el de la barba corta, llevaba una mochila grande con las raciones del grupo.
Otro cazador joven respondía al nombre de Tovak, y Beltrán lo había visto poco durante las semanas anteriores.
Había también dos hombres mayores, Mern y Vasharkh, que habían vuelto vivos de cacerías anteriores y a los que el clan miraba con un respeto distinto del que se le tenía a Gorath.
El último era Roan, el más joven de todos, que iba al barranco por primera vez.
Beltrán hacía siete.
Las mujeres no salieron a despedirlos. Esa era la regla.
La cacería al barranco del Tres Vientos no se despedía como se despedían las cacerías de Kah-Dem o las salidas a recoger pieles.
Despedir a un cazador que iba al Tres Vientos era una cosa que se evitaba en los Oona-Gori por una razón que Nahira no le había explicado y que Beltrán no había preguntado.
Vakar sí salió. Estaba apoyado contra el poste de la tienda principal con el brazo izquierdo en cabestrillo.
Se lo había hecho un caballo en algún momento de los últimos dos días, aunque Vakar no había contado cuándo, y con Vakar era mejor aceptar que ciertas heridas no venían acompañadas de historia.
Beltrán se acercó. Vakar le puso la mano sana en el hombro.
—Ten —dijo.
Beltrán no entendió. Vakar le metió en la palma de la mano un trozo pequeño de hueso pulido, no más grande que una uña, con tres muescas grabadas. Era una pieza igual a una de las que Beltrán le había visto en su brazalete durante semanas y nunca le había preguntado qué era.
—Es para cuando ya no haga falta llevar el brazalete entero —dijo Vakar—. Si vuelves, lo coses al cinturón. Si lo coses al cinturón, eres uno más. Si no vuelves, alguien te lo quita y se lo da a otro.
Beltrán cerró el puño sobre el trozo de hueso.
—¿Y si vuelvo y no quiero serlo?
Vakar lo miró un momento.
—Entonces me devuelves los dos. El brazalete y la muesca. Y nadie te dice nada.
—Bien.
Beltrán se guardó el hueso en la bolsita pequeña que llevaba colgada del cuello, junto a las treinta y seis coronas que aún le quedaban de Tolusa y a un trozo de tela de la camisola de Rojo que el niño le había dado el segundo día sin que Beltrán le preguntara qué significaba.
Vakar le quitó la mano del hombro.
—Vuelve, Beltrán.
—Lo intentaré.
—Eso no me vale.
—Es lo único que te puedo prometer.
Vakar asintió. Era todo lo que un hombre como él podía pedirle a un hombre como Beltrán, y los dos lo sabían.
La columna salió al paso largo, hacia el oeste, antes de que el sol asomara por el este.
Beltrán se volvió una vez. Solo una. Lo justo para mirar la entrada del campamento y registrar lo que había en ella.
Nahira estaba allí.
No había salido a despedirlos. Estaba en la entrada de su tienda, a treinta pasos, con la silueta recortada contra el primer azul del este. No se movía. No hacía ningún gesto.
A su lado, agarrado a su falda con la mano izquierda y con el puño derecho cerrado sobre la piedra de río que Beltrán le había dado, estaba Rojo.
Beltrán los miró durante el tiempo que un hombre se permite mirar las cosas que cree que no va a volver a ver. Después se volvió hacia el oeste y siguió caminando.
El viento del sur soplaba fuerte y limpio. La luna del cuarto menguante todavía no se había puesto del todo. La sierra del Tres Vientos era una raja oscura en el horizonte, cada vez más cerca con cada paso.
Beltrán pensó, mientras caminaba, una sola cosa.
La cuenta nueva, la de los abrazos, llevaba tres. La cuenta vieja, la de los muertos, seguía en sesenta y dos. Era posible que esa diferencia fuera lo único que le quedaba para llevarse al barranco.
A esa hora, ya le valía.