22. Los seis días.
Los seis días pasaron.
Beltrán se despertaba antes del amanecer cada mañana con los ojos ya abiertos, sin el momento de confusión que precede al despertar de un hombre descansado.
Salía a la entrada de la tienda, comprobaba el viento del oeste, comprobaba la luna del este, que cada noche se afilaba un poco más, perdiendo la mitad gorda hasta quedarse con la curva fina del cuarto menguante, y después volvía dentro para mirar dormir a Rojo hasta que el campamento empezaba a moverse.
Las mañanas seguían siendo de Vakar, aunque ya no tenían la paciencia de las semanas anteriores.
Los entrenamientos se hacían en el círculo plano cerca del campamento, con la vista abierta en todas direcciones y las armas siempre a mano.
Vakar ya no le enseñaba técnica nueva. Le hacía repetir lo que sabía, una vez y otra y otra más, hasta que las manos respondían antes que la cabeza.
—Cuando estés ahí dentro —le dijo la cuarta mañana—no vas a tener tiempo de pensar. Lo que la mano sabe, sabes. Lo que la mano no sabe, no existe.
Beltrán repetía. Lanza en la izquierda, cuchillo curvo en la derecha, paso corto, giro de cadera, retirada, cambio de peso.
La ropera y la zurdona se las había llevado Vakar a su tienda el segundo día, sin pedirle permiso, y se las devolvió el tercero envueltas en un paño con tres ungüentos distintos para los filos.
—No vas a usarlas —dijo—. Pero llévalas. A veces, cuando una cosa no funciona, otra cosa que tampoco funcionaba sí funciona.
Era la frase más larga que Vakar le había dicho nunca, y Beltrán la guardó con el mismo cuidado con que guardó las armas.
El tercer día, Gorath reunió a los siete cazadores en su tienda.
No fue una reunión larga. El Dhal había desplegado sobre el suelo, en un cuero curtido, un mapa del barranco del Tres Vientos hecho a mano, con marcas añadidas por cazadores anteriores que habían vuelto.
El mapa era impreciso. Las distancias estaban anotadas en pasos y en respiraciones, las elevaciones dibujadas con líneas onduladas que no respetaban escala, y algunos pasos del barranco aparecían señalados con pequeñas muescas que Beltrán no supo interpretar.
Pero era todo lo que tenían. Lo miró y entendió que aquel cuero no era un mapa para llegar a un sitio.
Era la memoria de los hombres que habían conseguido salir.
Gorath señaló tres puntos.
—Aquí entramos —dijo, tocando una boca estrecha al norte del barranco—. Aquí estaba ella la última vez que la vimos, hace seis años. Aquí perdió la vida Hekta.
Los tres puntos formaban un triángulo dentro del barranco. El lugar donde Hekta había caído estaba a unos doscientos pasos del punto donde la habían visto. La entrada quedaba más lejos, en el extremo norte del valle.
—¿Por qué entramos por el norte? —preguntó Drahn, un cazador maduro de barba corta que Beltrán había visto siempre callado hasta entonces.
—Porque el viento sopla del sur en cuarto menguante. Si entramos por el sur, ella nos huele antes de vernos. Si entramos por el norte, el viento se le va a ella primero.
—¿Y si cambia el viento?
Gorath miró a Drahn.
—Entonces ella nos huele. Y empieza a jugar.
Nadie pidió aclaración sobre la palabra jugar .
Beltrán pensó que era extraño que un hombre como Gorath, que nunca elegía las palabras por adorno, hubiese elegido esa. Se la guardó.
Las tardes eran de Rojo.
Beltrán había decidido, sin habérselo dicho a nadie, que esa semana iba a estar con el niño todo el tiempo posible.
Si la cacería salía mal y él no volvía, Rojo se quedaría en la Roca Partida con poco más que la memoria de un hombre que se había ido, y Beltrán quería que esa memoria tuviera algo más que sangre, caminos y tiendas levantadas deprisa.
Lo llevaba con él a las afueras del campamento por las tardes.
Le enseñaba cosas pequeñas. Cómo se ataba un nudo de marinero, que no servía para nada en la Estepa pero que Beltrán había aprendido de niño en el puerto de Tolusa y nunca se le había olvidado.
Cómo se afilaba una pieza de metal contra una piedra de río.
Cómo se distinguía la corteza buena de un álamo de la corteza enferma.
Rojo lo miraba todo con esa atención fija que tenía siempre, sin parpadear, sin preguntas, registrando con una memoria que Beltrán empezaba a sospechar más exacta que la de cualquier adulto del campamento.
Una tarde, sentados en una piedra junto al manantial, Rojo cogió la mano izquierda de Beltrán y le tocó el brazalete con un dedo. La espiral grabada en el hueso pulido. La recorrió dos veces, despacio, como si aprendiera el dibujo por debajo de la piel.
Beltrán lo miró.
—Es un brazalete —dijo, sin saber muy bien por qué le hablaba al niño como si el niño necesitara la palabra para entender la cosa—. De los cazadores. Lo llevaba el hombre que me ha enseñado, y antes de él lo llevó su padre. Lo llevan los que han ido al barranco y han vuelto.
Rojo no apartó el dedo. La espiral seguía bajo la yema.
—Cuando yo vuelva —siguió Beltrán—, te lo dejaré un rato. Para que lo veas de cerca.
Cuando yo vuelva. No si vuelvo. Beltrán se oyó decirlo y notó la diferencia sutil. Era una mentira pequeña, de las que un hombre se permite con un crío porque no tiene derecho a entregarle todas las verdades a la vez.
Rojo tocó el brazalete una vez más y soltó la mano.
No lloró, ni hizo gesto alguno, ni buscó refugio en la manga de Beltrán como habría hecho semanas atrás.
Pero Beltrán supo, mirando la cara del niño en la luz baja de la tarde, que Rojo había entendido perfectamente que él se iba a marchar a un sitio del que tal vez no volviera, y que había decidido no usar ninguna de las pocas formas que tenía de protestar contra esa decisión.
La cuenta interna de Beltrán cambió otra vez. No la de los hombres muertos. La otra. La nueva.
El cuarto día apareció un segundo cuerpo.
Lo encontró un grupo de mujeres que había salido a recoger raíces en un barranco menor al oeste del campamento. Era una mujer mayor, de un asentamiento de pastores que estaba a media legua. Llevaba muerta dos días.
Gorath salió a verlo con tres cazadores.
Beltrán no fue invitado esta vez, de modo que esperó a que el grupo volviera y buscó a Vakar.
Lo encontró sentado en un tronco junto a su tienda, afilando una lanza con una piedra plana.
La cría de su mujer no había salido aún, el parto se estaba retrasando, y el cazador había cogido la costumbre de pasar las tardes fuera de la tienda, dándole espacio a la partera y a los gritos amortiguados que salían cada cierto rato del interior.
—Cuéntame qué habéis visto —dijo Beltrán.
Vakar tardó en contestar. La piedra siguió raspando el metal un rato más.
—La mujer estaba puesta —dijo al fin—. Como el pastor.
—¿En qué postura?
—De rodillas. Con las manos juntas. Como si rezara.
Beltrán esperó.
Vakar dejó la lanza sobre las rodillas y añadió, con la voz igual de baja:
—Le habían metido piedras pequeñas bajo los tobillos para que no cayera hacia un lado.
Dos bajo la rodilla izquierda. Una bajo la derecha.
Tenía la cabeza sostenida con una rama por detrás del cuello.
Las manos estaban atadas entre sí con una hebra blanca.
Muy fina. Casi no se veía si no sabías mirar.
Beltrán imaginó la postura y le desagradó más que muchas heridas abiertas que había visto en su vida. Había una paciencia en aquello que no pertenecía al hambre. Una voluntad de corregir el cuerpo muerto hasta que obedeciera una imagen.
—¿Miraba al campamento?
—Esta vez no. Esta vez miraba hacia el barranco del Tres Vientos.
El sonido de la piedra contra el metal regresó. Regular, monótono, como si Vakar necesitara que algo en el mundo siguiera haciendo siempre lo mismo.
—Vakar.
—Dime.
—¿Por qué hacia el barranco?
Vakar dejó de afilar. Miró a Beltrán a los ojos por primera vez en la conversación.
—Porque sabe que vamos.
—¿Cómo lo sabe?
—No sé cómo. Pero lo sabe. La de la mujer es una invitación.
Beltrán pensó en eso un momento.
—¿Y la del pastor?
—La del pastor era una advertencia. La de hoy es una invitación. Es distinto.
—¿En qué?
Vakar volvió a coger la piedra.
—Una advertencia te dice quédate. Una invitación te dice ven. Las dos vienen del mismo sitio, pero son cosas distintas.
Volvió a afilar.
Beltrán se quedó un rato más sentado al lado de Vakar sin decir nada, oyendo el sonido de la piedra contra el metal. En el interior de la tienda, alguien gimió. Vakar no levantó la vista.
Nahira venía a la tienda cada noche desde el día del brazalete.
No entraba. Se sentaba en la entrada, fuera, con un cuenco o con una jarra o con las manos vacías. Hablaban poco. La mayor parte del tiempo bebían y miraban el fuego del centro del campamento, que no necesitaba conversación para decir lo que estaba diciendo.
La noche del cuarto día, después de que Vakar le hubiera contado lo de la mujer del barranco menor, Beltrán se sentó al lado de Nahira con menos ganas que otras noches. Ella lo notó. No le preguntó. Le sirvió el cuenco y bebieron.
—Háblame de Hekta —dijo Beltrán al rato.
Nahira tardó en contestar. Cuando lo hizo, no fue a la muerte directamente, como si la muerte de un hombre no tuviera derecho a ser lo primero que se contaba de él.
—Hekta era cinco años más joven que yo. Nuestra madre lo tuvo tarde, cuando ya habían dado por hecho que no iba a tener más. Él fue el último.
—¿Cómo era?
—Era de los que se reían. No todos en el clan se ríen.
Los Oona-Gori somos un pueblo serio, las cosas son como son.
Hekta no. Hekta encontraba algo gracioso en cualquier cosa.
Las viejas se quejaban de que no respetaba lo bastante las costumbres y los hombres se quejaban de que se reía durante las cacerías.
Pero todos lo querían. Las viejas y los hombres.
Porque cuando Hekta se reía, otros se reían con él, y eso es una cosa rara entre nosotros.
Beltrán miró el fuego.
—¿Por qué fue al barranco?