21. Encerrada.
Lupe no volvió a la posada a esperar tres días con las manos quietas.
Volvió a trabajar.
Si Asshai conocía el edificio por dentro, ella iba a llegar a la cena sabiendo lo suficiente para no depender de él.
Esa fue la decisión que tomó esa noche, otra vez al borde del colchón, otra vez con la Torre recortándose tras los cristales.
No iba a sentarse a su mesa como una mujer que solo tenía una puerta.
Para eso tenía que leer la ciudad. Y Aruan, descubrió en esos tres días, se dejaba leer si uno sabía dónde poner el ojo.
Empezó por el barrio del Archivo.
No empezó por la Torre, a la Torre no se acercaba todavía; mirarla de cerca era avisar, sino por las calles de alrededor.
Las imprentas. Los talleres de copia. Las tiendas de los que vivían de la sombra de la Torre sin entrar en ella.
En Tolusa, su madre le había enseñado que una biblioteca no termina en sus muros: derrama oficios a su alrededor, y esos oficios saben cosas que dentro se callan.
«Los archiveros guardan los libros, le decía su madre. Los encuadernadores los abren. Pregúntale siempre al que los abre.»
Lupe paseó el barrio con el manto bueno y el paso de una dama del sur que mata el tiempo antes de un compromiso.
Miró tenderetes. Entró en una papelería a comprar tinta que no necesitaba.
Dejó caer ante el tendero, que su padre coleccionaba historias antiguas de las ciudades del Imperi y que ella buscaba algo digno de llevarle de vuelta a Tolusa.
El tendero, halagado de que una dama le pidiera consejo, habló.
Le habló de la Torre como hablan de ella los que viven a su sombra: con respeto y con rencor a partes iguales.
Siete Archiveros. Cinco dentro, dos fuera.
Salas comunes para los gremios, salas privadas para los invitados, y por encima de las privadas algo que el tendero llamó, bajando la voz sin que viniera a cuento, «lo que no se enseña».
Lupe no preguntó qué era lo que no se enseñaba.
Preguntó, en cambio, quién le podía vender a su padre un buen libro viejo de verdad.
—Embross —dijo el tendero—. En el barrio de los plateros. Compra y vende lo que otros no tocan. Pero con tiento, señora. Embross sabe mucho y habla con muchos. Lo que se le cuenta a Embross lo sabe medio Aruan antes de la cena.
Lupe pagó la tinta.
Al salir de la papelería, una mujer que vendía naranjas en la esquina la miró. Lo hizo de una forma diferente a la que se miraría una posible clienta. Lupe siguió andando sin cambiar el paso. Podía ser nada. En una ciudad nueva, casi todo podía ser nada.
De momento.
Embross era un hombre pequeño, calvo, con dos lentes encajados en la nariz y los dedos manchados de la tinta de los libros que restauraba. La tienda olía a piel vieja, a cola y a polvo de años. Estanterías hasta el techo, una escalera de mano, una mesa al fondo con una lámpara de buena luz.
Lupe no fue de cara.
Le enseñó primero una pieza menor, un anillo de su madre, sin valor sentimental, con la excusa de tasarlo, y dejó que Embross hablara mientras lo miraba con la lupa.
Embross hablaba como una cotorra de Esplentia: mucho, de todo, sin que se lo pidieran.
En un cuarto de hora Lupe sabía qué libros se vendían en Aruan, cuáles estaban prohibidos, y cuáles estaban prohibidos, pero se vendían igual.
Entonces, cambiando de conversación, mencionó que en una historia vieja de su padre había leído una palabra que nunca había sabido traducir. Una palabra de Aruan, de las de antes. La pronunció como la recordaba del diario del médico de Tolusa, deformada por dos copias y un viaje.
Embross dejó el anillo sobre el paño.
—¿Dónde ha leído usted esa palabra?
—En un libro. De mi padre.
Embross la miró por encima de los lentes. No la creyó. Pero tampoco insistió, porque los anticuarios que sobreviven aprenden a no insistir.
—Es palabra vieja —dijo—. De antes de que la Iglesia pusiera orden en la ciudad.
Significa, más o menos, lo que se guarda dentro de lo que se guarda.
—Juntó las yemas de los dedos—. Un cofre dentro de un cofre.
Una verdad dentro de una doctrina. Los viejos archiveros la usaban para nombrar una cosa que no figura en ningún catálogo de la Torre. Hay quien jura que no existe.
—¿Y usted?
—Yo restauro libros, señora. No juro sobre los que no he tenido en las manos.
Lupe sostuvo la mirada el tiempo justo.
—¿Tiene nombre, esa cosa que no existe?
Embross la miró un rato largo. Lupe vio el cálculo pasarle por la cara: cuánto valía la respuesta, cuánto le costaría darla, quién más pagaría por saber que la había dado.
—Tiene nombre —dijo al fin—. Pero ese no se lo voy a decir yo, ni aquí, ni a una dama del sur que tasa anillos que no piensa vender.
—Le devolvió el anillo sin comprarlo—. Le doy un consejo gratis, que es más de lo que suelo dar.
Lo que usted anda buscando lo buscan otros desde hace mucho más tiempo y con muchas más manos.
Si ha llegado sola hasta mi puerta, no es porque sea buena. Es porque alguien la ha dejado llegar.
Lupe salió de la tienda de Embross con una certeza y un frío en la nuca.
La certeza: el Azharov era real, tenía nombre en lengua vieja, y la Iglesia había levantado su doctrina encima para taparlo. Lo que se guarda dentro de lo que se guarda.
El frío: ella no estaba cazando. La dejaban cazar.
Esa noche hizo cuentas tumbada, con Beatriz respirando hondo en la cama de al lado.
La naranjera de la esquina. El consejo de Embross.
La nota de Asshai, que sabía lo de su padre antes de que ella escribiera al Consejo.
Tres piezas. No encajaban en una sola mano, la naranjera no trabajaba para el anticuario, ni el anticuario para Asshai, o quizá sí, no podía saberlo, pero apuntaban todas a lo mismo.
Llevaba vigilada desde antes de pisar la torre de los olivos. Puede que desde el joyero del registro. Puede que desde la caravana.
Luego Asshai no la había encontrado por azar de oficio, como decía su nota.
Lupe se quedó mirando el techo.
La conclusión sensata era la de Beatriz: no volver a la casa de los olivos.
Hacer el equipaje, buscar otra caravana, irse.
Pero irse era renunciar al libro, y renunciar al libro era haber enterrado al médico de Tolusa, haber cruzado medio Imperi y haber dejado a su padre sin una nota, todo para nada.
No iba a irse.
Iba a sentarse a la mesa de un hombre que la vigilaba, sabiendo que la vigilaba, y a sacarle más de lo que él pensaba sacarle a ella.
Era un plan malo. Lupe lo sabía.
No tenía otro.
El tercer día, a media tarde, el carruaje negro volvió a la posada.
No era el mismo carruaje. Mejor. Dos caballos negros en vez de castaños, un cochero de librea discreta, faroles de bronce en los costados.
El detalle no se le escapó a Lupe: la primera vez Asshai la había recogido con un coche que no quería que se identificara.
Esta vez la recogía con uno que decía, sin gritarlo, lo que él era.
Ya no se escondía de ella. La estaba cortejando.
La casa tampoco era la de los olivos.
Eso la descolocó nada más subir. El carruaje no tomó el camino del norte, hacia la torre de las afueras.
Bajó hacia el agua, hacia los canales del barrio viejo, donde las casas de los comerciantes ricos se apretaban con los pies metidos en el agua verde.
Se detuvo ante una casa estrecha y alta, de tres ventanas de frente, con un embarcadero privado y un farol encendido sobre la puerta, aunque aún era de día.
—Mi señor recibe esta noche en la casa del canal —dijo el cochero, la primera frase que le dirigía—. La de los olivos es para los negocios. Esta es para los amigos.
Lupe se quedó con la palabra. Amigos.
Beatriz, a su lado, no dijo nada. Pero le buscó la mano en el asiento y se la apretó una vez, fuerte, y Lupe supo que era lo más cerca que Beatriz iba a estar de decirle, otra vez, no entremos.
Entraron.
La casa por dentro era una sola pieza larga de luz baja.
No había gente de Aruan. Eso fue lo primero que contó Lupe, y lo contó con un peso en el estómago: Asshai le había prometido una cena con gente de la ciudad que le convenía conocer, y en la sala no había más que él, dos sirvientes callados y una mesa puesta para dos.
La promesa de los invitados había sido el cebo para que ella aceptara venir. Una vez dentro, el cebo sobraba.
Lupe lo entendió al cruzar el umbral. Y aun así cruzó, porque marcharse en ese punto era cerrar la última puerta al libro, y porque una parte de ella, la parte que se odiaría por esto durante mucho tiempo, quería quedarse.
Asshai se levantó al verla. Llevaba la túnica azul oscuro de la primera tarde, el anillo de la piedra azul en la mano derecha. La izquierda, la de la cicatriz, la llevaba abierta, a la vista, como quien deja las cartas boca arriba para que el otro se confíe.
—Doña Guadalupe. Ha venido.
—Me prometió invitados.
—Le prometí gente que le conviene conocer.
—Apartó una silla para ella—. Me he dado cuenta esta mañana de que la única persona en Aruan que le conviene conocer de verdad soy yo.
He suprimido a los intermediarios. Es un hábito de comerciante.
—Miró a Beatriz—. Su doncella puede cenar en la cocina. Se la tratará bien. Tiene mi palabra.
Lupe dudó medio segundo. Miró a Beatriz. Beatriz le sostuvo la mirada con cara de vinagre.
—Creo que es mejor que no nos separemos, señora.
—Ve —le dijo Lupe en voz baja—. Come y espérame.
Beatriz enarcó un poco las cejas, dio un profundo suspiro y se fue. Un sirviente la acompañó por una puerta lateral. Lupe oyó los pasos de los dos perderse hacia el fondo de la casa, y luego una segunda puerta, y luego nada.
Se sentó.
La cena fue la mejor conversación que Lupe había tenido en su vida fuera de la biblioteca de su madre.
Eso era lo peligroso. Asshai no preguntaba por el libro.
No preguntaba por su padre, ni por Tolusa, ni por la Inquisición.
Hablaba de Aruan, de la Torre, de los Archiveros viejos y sus mezquindades, de las Tres Voluntades como invención política de un rey que necesitaba un dios con tres caras para gobernar siete ciudades.
Hablaba como un hombre que había leído todo lo que ella había leído y veinte años más.
Lupe se descubrió contestando. Discutiendo. Corrigiéndole una fecha y viéndole sonreír cuando lo hizo. Se descubrió, a media cena, hablando con las manos, inclinada sobre la mesa, y tuvo que recordarse de golpe dónde estaba y con quién.
Se enderezó. Bebió agua.
Asshai lo notó. Lo notaba todo.
—Le he robado dos horas sin darme cuenta —dijo, recostándose—.
Discúlpeme. Hace mucho que no tengo con quien hablar así.
—Hizo una seña y un sirviente trajo una bandeja con una jarra y dos copas—.
Un último brindis y la dejo volver a su posada.
Por las personas que buscan lo mismo y deciden no estorbarse.
Sirvió él. Las dos copas, de la misma jarra, a la vista. Bebió él primero, el gesto antiguo, el del anfitrión que prueba antes para mostrar que no hay veneno. Lupe lo había visto hacer el mismo gesto con el té, la primera tarde. Lo imaginó entonces como cortesía. Ahora igual.
Fue su último error de la noche.
Lupe bebió.
El vino estaba bueno. Fino, vegetal, con un punto de resina al final que no supo nombrar y que atribuyó a una uva del norte que no conocía.
Brindaron. Asshai dijo algo que la hizo sonreír. Ella contestó. Él sirvió otra media copa, y ella la aceptó porque marcharse de golpe habría sido descortés, y porque, se dio cuenta con un retraso que ya no le sirvió de nada, le costaba seguir el hilo de lo que él decía.
Las velas de la mesa empezaron a multiplicarse. Una llama se volvió dos, dos se volvieron una mancha. Lupe parpadeó. Posó la copa con un cuidado excesivo, el cuidado de quien ya no se fía de su propia mano.
—Beatriz —dijo. La palabra le salió espesa—. Quiero ver a Beatriz.
—Beatriz está bien —dijo Asshai. No se había movido.
Seguía recostado, con la copa en la mano de la cicatriz, mirándola con la atención clínica del primer día, la atención que ella había preferido no nombrar—.
Beatriz está muy bien. Tú también vas a estarlo.
Te lo prometo, y yo cumplo lo que prometo. Es lo único mío que vale algo.
Lupe quiso levantarse. La silla pesaba. El suelo pesaba. Las piernas le habían dejado de pertenecer.
Porque el gesto del anfitrión que bebe primero solo prueba que la jarra es limpia. No prueba nada de la copa. Y la copa de Lupe había salido de la bandeja ya servida en el fondo, con un dedo de algo que el vino dulce de Aruan tapaba bien.
—Usted me ha…
—Sí —dijo él, con una suavidad que era casi ternura—. Te pido disculpas por la forma. —Dejó la copa—. No por el fondo.
Lo último que vio Lupe con los ojos en su sitio fueron las velas mal puestas del candelabro, goteando cera sobre el bronce con un ruido pequeño, repetido, que se le quedó metido en la nuca mientras la sala se inclinaba despacio hacia un lado y la mano de Asshai, la de la cicatriz, se extendía para sostenerle la cabeza antes de que diera contra la mesa.
Después, nada.