Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 20. Condiciones. #2
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20. Condiciones. #2

Beltrán cogió el brazalete otra vez. Lo miró.

La espiral grabada en el hueso era una espiral simple, sin floritura, que cualquier niño podría haber dibujado en la arena.

Pero el hueso estaba pulido por décadas de manos que lo habían tocado.

Vakar lo había llevado doce años. Su padre lo había llevado antes.

La espiral en la piel del pastor de la tarde no era casual. La espiral del brazalete tampoco.

—Nahira.

—¿Sí?

—La espiral del brazalete y la espiral del pastor. Son la misma.

Nahira tardó otra vez en contestar. Esta vez tardó más.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Ri’lyk es vieja. Más vieja que el clan.

Más vieja que las generaciones de las que tenemos nombre.

Algunos de los signos que ella usa los hemos cogido nosotros.

No para honrarla. Para reconocerla. Para que un cazador que vea la espiral en un cuerpo sepa lo que es y para que un cazador que lleve la espiral en el brazalete sepa por qué la lleva.

Es la forma que tienen los cazadores Oona-Gori, desde hace generaciones, de decirle al mundo que han visto lo que han visto y que no han apartado los ojos.

Beltrán pasó el pulgar por la placa de hueso.

—¿Lo llevo?

—Si quieres ir.

—¿Y si no quiero ir?

Nahira lo miró por primera vez en la conversación.

—Devuélvele el brazalete a Vakar. Gorath no te va a obligar. Eres extranjero. Has hecho ya por el clan más de lo que cualquier extranjero ha hecho. Nadie te culpará si dices que no.

Beltrán se quedó mirando el brazalete un rato largo.

—¿Tú qué harías?

—Yo no soy hombre. No me dejan ir.

—Si lo fueras.

Nahira sonrió. Fue una sonrisa breve, casi triste.

—Si lo fuera, ya habría ido. Hekta era mi hermano.

Beltrán se ató el brazalete a la muñeca izquierda. Era un poco grande para él, pero las tiras de tendón se ajustaban con un nudo simple. Cuando estuvo puesto, lo notó pesado de un modo que no tenía que ver con su peso real.

—Mañana se lo digo a Vakar.

—Vakar lo sabrá sin que se lo digas. Llévalo puesto. Es suficiente.

Nahira se levantó. Antes de irse le tocó el dorso de la mano izquierda, sobre el brazalete. Un instante. Después se fue hacia su tienda sin volverse.

Beltrán se quedó sentado en el umbral con el brazalete en la muñeca.

No entró a la tienda hasta que el frío le obligó.

Durmió mal.

No soñó con el pastor del peñasco, lo cual le sorprendió por la mañana cuando despertó.

Soñó con cosas tontas, fragmentos de Tolusa, conversaciones que no había tenido con gente que hacía años que no veía.

Una de las conversaciones era con Gaspar, su maestro, que llevaba muerto desde la noche del Juramentado.

Gaspar le decía algo que en el sueño tenía sentido y que al despertar Beltrán no recordaba.

Se despertó antes del amanecer. Rojo dormía pegado a su costado, lo cual era nuevo. El niño llevaba dos noches durmiendo más cerca de él, sin que ninguno de los dos lo hubiera hablado.

Beltrán se quedó mirando el techo de pieles un rato. No quería levantarse. La tienda, esa hora oscura, era uno de los pocos sitios que le quedaban en el mundo donde no había decisiones que tomar.

Finalmente se levantó.

Salió a la entrada. El campamento aún no había despertado del todo. La hoguera grande estaba en brasas. El cielo del este empezaba a clarear.

Nahira estaba ya fuera, sentada en la piedra de siempre junto al fuego. Lo estaba esperando.

—Pensé que vendrías.

—¿Cómo lo sabías?

—Llevas el brazalete desde anoche. Quien duerme con esto en la muñeca duerme mal. Y quien duerme mal sale temprano.

Beltrán se sentó en otra piedra.

Nahira había preparado un cuenco con la bebida tibia de las hierbas. Se lo pasó. Beltrán bebió.

—¿Cuándo sale la cacería? —preguntó.

—Cuando Gorath decida. No será hoy. Quizá tampoco mañana. Pero esta luna sí. No se puede esperar otra luna. Si esperamos otra luna ella va a llevarse a alguien del campamento.

—¿A los niños?

—No directamente. Ella prefiere a los hombres adultos. Pero las criaturas muertas no le pasan desapercibidas. Si come bien con los pastores, no necesita venir más cerca. Si dejamos de tener pastores en el límite, tendrá que acercarse.

Beltrán pensó en eso.

—Entonces los pastores son cebo.

Nahira asintió despacio.

—Sí.

—¿Lo saben?

—Algunos lo sospechan. La mayoría no. Los pastores siempre han sido pastores. Salen al límite porque así se ha hecho siempre.

Beltrán bebió el resto de la bebida en silencio.

Los Oona-Gori no eran nobles salvajes. Eso lo había aprendido en los días anteriores.

Pero tampoco eran inocentes. Tenían sus cálculos, sus equilibrios fríos, sus formas de aceptar muertes a cambio de otras muertes.

Los pastores del límite mantenían a Ri’lyk lejos del corazón del campamento.

Era una decisión vieja, repetida durante generaciones, que probablemente nadie había decidido nunca explícitamente y que el clan llevaba ejecutando sin cuestionarse desde antes de que ninguno de los presentes hubiera nacido.

No era un horror que viniera del exterior. El clan lo integraba.

Lo que el oficio de Tolusa le había enseñado a Beltrán durante veinte años, en otra escala, era exactamente eso.

La muerte como gestión. Algunos cuerpos se aceptaban para que otros cuerpos no cayeran.

Lo único que cambiaba entre Tolusa y la Roca Partida era el lenguaje con el que la decisión se vestía.

—Nahira.

—¿Qué?

—¿Y si vamos a por ella y no la encontramos?

—Entonces volvemos. Y al cabo de unas lunas otro pastor desaparece y volvemos a salir.

—¿Cuántas veces habéis ido a por ella?

Nahira tardó en contestar.

—Tres veces en mi vida. Hekta murió en la segunda.

—¿Y la tercera?

—La tercera fue hace seis años. No la encontramos. Pero ella no volvió a aparecer durante cuatro lunas. Esta vez nos toca otra vez.

—¿Y nunca habéis pensado en marcharos?

La pregunta le salió antes de que la pensara.

Era la pregunta que un hombre de Tolusa habría hecho en cualquier momento de los últimos cuatro días.

¿Por qué no se mudaban? ¿Por qué no levantaban el campamento, se iban al norte, dejaban a Ri’lyk con su barranco vacío y construían sus tiendas en otra parte de la Estepa?

Nahira lo miró con una mezcla de paciencia y algo más que Beltrán no supo nombrar.

—Eres extranjero. Te está permitido preguntarlo.

—Te lo pregunto.

—La Roca Partida es nuestra desde hace doce generaciones.

La diosa de la naturaleza nos da lo que nos da en este sitio.

El agua del manantial. Los Kah-Dem que pasan por el istmo.

Las hierbas que crecen donde crecen. Si nos marcháramos, dejaríamos de ser Oona-Gori de la Roca Partida y seríamos otra cosa que ya no sabe lo que sabe.

Hay clanes que se han marchado de sus sitios huyendo de lo que tenían que enfrentar. Esos clanes ya no existen.

—¿Murieron?

—No todos. Algunos siguen vivos. Pero ya no son lo que eran. Y el día en que dejas de ser lo que eras es un día peor que el día en que te mueres.

Beltrán pensó en aquello.

Lo pensó honestamente. Le había salido la pregunta del ciudadano del Imperi que llevaba dentro y que no había acabado de morirse.

La habría hecho un consejero de Tolusa, un comerciante de Aruan, cualquier hombre acostumbrado a tratar las ciudades como bienes intercambiables y la pertenencia como una formalidad administrativa.

Pero los Oona-Gori no pensaban así. Y al pensarlo, Beltrán entendió por qué los pastores aceptaban ser cebo, por qué Hekta había salido al barranco del Tres Vientos sabiendo que podía no volver, por qué Vakar le había entregado a un extranjero el brazalete que su padre había llevado.

Era todo el mismo cálculo. La pertenencia tenía un precio, y el clan llevaba doce generaciones pagándolo a plazos.

Beltrán había vivido cuarenta y tres años sin haber pertenecido nunca a nada que costara algo.

Esa madrugada, sentado en una piedra junto a una hoguera apagada, con un brazalete de espiral en la muñeca izquierda y una mujer Oona-Gori al lado que le había contado lo que ningún imperial había sabido nunca, descubría por primera vez la diferencia entre estar en un sitio y ser de él.

No era una diferencia que se aprendiera leyendo. Se aprendía quedándose el tiempo suficiente en un sitio donde quedarse costara.

No dijo nada. Bebió el último trago de la bebida. Devolvió el cuenco vacío a Nahira.

El este empezó a aclarar.

Gorath lo llamó a media mañana.

Beltrán entró en la tienda del Dhal con el brazalete a la vista. Gorath estaba sentado en su sitio de siempre, sobre un cojín de pieles, con un cuenco de algo caliente al lado. Le indicó a Beltrán que se sentara enfrente.

—Vakar te ha entregado el brazalete.

—Sí.

—¿Lo llevas por respeto a Vakar o lo llevas porque vienes con nosotros?

Beltrán lo pensó antes de contestar. Había aprendido, en las semanas con los Oona-Gori, que las preguntas directas merecían respuestas directas.

—Vengo con vosotros.

Gorath asintió una vez.

—Bien.

No le dio más explicación. Le sirvió un cuenco de la bebida que tenía al lado y se la pasó. Beltrán la cogió.

—Tres cosas —dijo Gorath—. Una. La cacería sale dentro de seis días. Antes no podemos. Hay que esperar a que la luna esté en cuarto menguante porque el barranco del Tres Vientos en luna llena es peor. Hay luz, pero la luz que entra ahí no ayuda. Da reflejos que confunden.

Beltrán asintió.

—Dos. Vamos siete hombres. Yo. Tú. Y cinco cazadores más, todos sin hijos pequeños. Esa es la regla. Hombres que pueden no volver y dejar a alguien atrás, sí; hombres que pueden no volver y dejar a un crío sin padre, no.

—Entiendo.

—Tres. Si volvemos sin ella, volvemos. No es la primera vez que hemos vuelto sin ella.

Si volvemos con ella, mejor. Lo que no se puede es no volver.

Si en algún momento de la cacería piensas que no vas a volver, te vuelves antes.

Eso no te hace cobarde. Te hace inteligente.

Un cazador que no vuelve no alimenta al clan.

La supervivencia de los que vamos no es nuestra cosa, es del clan. Eso lo entiendes o no lo entiendes.

Beltrán lo pensó.

—Lo entiendo.

—Bien.

Gorath terminó la bebida. Beltrán terminó la suya.

Antes de salir, Beltrán se detuvo un momento en la entrada de la tienda.

—Una pregunta.

—Dime.

—¿Habéis pensado alguna vez que podríais no encontrarla nunca?

Gorath tardó. Lo miró.

—Sí.

—¿Y aun así vais?

—Vamos porque no ir es peor. Las cosas que sabes que están y te niegas a buscar te crecen por dentro hasta que ya no sabes qué es lo que tienes dentro. Es mejor ir y volver con las manos vacías que quedarse y vivir con la cabeza llena de algo que no se mira.

Beltrán asintió.

—Ve a por el chico —dijo Gorath antes de que Beltrán cruzara la cortina—. Llévatelo a las Grietas un rato, ya que las Grietas siguen prohibidas. Le hará bien estar lejos del campamento un día. Y a ti también.

—¿Las Grietas no estaban prohibidas?

—Hoy te las desprohíbo. Ve con el cuchillo y la lanza. Si ves algo, vuelves. Pero no creo que veas nada. Ella no se acerca a las Grietas. Demasiado expuesto para alguien a quien no le gusta que se la vea trabajar.

Beltrán salió de la tienda con el brazalete en la muñeca, la conversación en la cabeza, y la idea de pasar una mañana en la roca con Rojo desplegándose dentro como una pequeña promesa contra todo lo que venía después.

No era una gran promesa, pero esas alturas ya le bastaba.