20. Condiciones.
El viento del oeste tardó tres días en cambiar de olor.
La primera noche, después de la conversación junto al fuego grande, Beltrán había salido de la tienda al amanecer y había olido aquel matiz dulce y rancio que no se parecía a nada que hubiera olido antes.
La segunda noche el matiz estaba más fuerte.
La tercera, más todavía. Al cuarto día había desaparecido.
Beltrán salió esa mañana esperando reconocerlo y no encontró nada, solo el viento del oeste de siempre, frío y seco, con olor a roca y a hierba quemada del verano.
Le pareció peor que el olor.
Vakar lo encontró de pie en la entrada del campamento, mirando hacia el oeste con la cara levantada, oliendo el aire como un perro viejo. Se acercó sin hacer ruido. Esperó a que Beltrán lo notara.
—Ya no está —dijo Vakar.
—No.
—Es peor cuando ya no está.
Beltrán lo miró.
—¿Por qué?
Vakar se encogió de hombros con esa economía de gestos que tenían los Oona-Gori cuando hablaban de cosas importantes.
—Cuando sopla el olor, sabes dónde está. Cuando deja de soplar, sabes que ha cambiado de sitio. Y una cosa que se mueve es peor que una cosa que no.
Beltrán asintió. Era una lógica de cazador. Y era exactamente la lógica que había aplicado durante veinte años en Tolusa al rastrear hombres por las callejas. Había olvidado que también se aplicaba a otras cosas.
Volvieron al campamento juntos. No hablaron por el camino.
Las mañanas dejaron de ser de las Grietas.
Gorath había prohibido los entrenamientos en la formación rocosa hasta nuevo aviso.
Las Grietas estaban demasiado lejos del campamento, demasiado expuestas, y los pasillos estrechos eran trampas para hombres si alguien decidía cazarlos allí.
Lo había explicado en voz baja al grupo de cazadores una mañana, sin nombrar a Ri’lyk, sin decir nada que un niño escondido en una tienda pudiera repetir.
Pero la palabra estaba en el aire del campamento desde la noche del fuego grande, y los cazadores la entendían sin necesidad de oírla otra vez.
Los entrenamientos se trasladaron a un círculo plano cerca del campamento, donde la visibilidad era buena en todas direcciones y donde una emboscada habría sido difícil.
Vakar siguió enseñándole. Pero el tono cambió.
Ya no era el aprendizaje paciente de las primeras semanas.
Era una compresión, una urgencia. Vakar le repasaba ahora movimientos que normalmente se enseñaban a lo largo de meses, en sesiones cortas, intensas, mal explicadas, con la cara de un hombre que piensa que el alumno necesita saber lo máximo en el menor tiempo posible.
A la quinta sesión Beltrán se lo dijo.
—Estás enseñándome demasiado deprisa.
Vakar se quedó quieto.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque puede que no haya tiempo.
No dijo más. Beltrán no le pidió más. Esa tarde Vakar le enseñó tres movimientos de cuchillo que llevaban tres semanas pendientes en la lista, y Beltrán los aprendió con la cabeza puesta en lo que Vakar no le había dicho.
El tercer día sin olor en el viento, el cazador encontró el cuerpo.
No era el primero. Beltrán se enteró esa misma tarde, cuando la noticia recorrió el campamento de tienda en tienda con la rapidez con que se mueven las cosas que asustan a la gente.
Los cuerpos llevaban tres lunas apareciendo, le dijo después Nahira, en distintos puntos del límite del territorio Oona-Gori.
Pastores de aldeas vecinas. Un cazador de un clan menor que había salido demasiado al sur.
Un mercader que cruzaba la Estepa por una ruta que ya nadie usaba.
El cuerpo de esa tarde lo encontró un cazador joven al que mandaron a recoger leña a una legua al oeste del campamento.
Volvió corriendo, sin la leña, con la cara del color del barro seco.
Habló con Gorath delante de varios cazadores que se reunieron al verlo llegar.
Beltrán estaba entre ellos. Entendió la mitad de lo que el chico decía en su idioma, pero la mitad bastaba.
Gorath organizó una partida en cinco minutos. Cuatro cazadores, él mismo y Vakar. Beltrán dio un paso al frente sin pensarlo. Gorath lo miró un instante. Asintió.
—Vienes —dijo en lengua común—. Pero no te separas de Vakar. Y miras y callas.
Salieron del campamento al paso largo de los cazadores Oona-Gori, que era un trote eficiente que cubría terreno sin agotar al hombre. Beltrán lo siguió bien. Llevaba semanas entrenando ese paso sin saber que estaba entrenándolo.
El cuerpo estaba sobre un peñasco bajo, a unos quinientos pasos del campamento.
No lo vieron desde lejos porque no estaba puesto donde se vería desde lejos.
Estaba en una hondonada al pie del peñasco, en una posición que solo se descubría si uno bordeaba la roca por el lado correcto.
El cazador joven lo había encontrado por casualidad, había bajado a recoger una rama caída y había levantado la cabeza y había estado a un paso del cuerpo sin verlo, hasta que el cuerpo le había mirado.
Beltrán entendió a qué se refería el chico cuando llegaron.
El muerto era un pastor, a juzgar por la ropa.
Hombre mayor, delgado, con la barba blanca corta.
Llevaba muerto, calculó Beltrán, dos o tres días.
La piel estaba todavía firme. El olor era leve.
El olor no era el del viento del oeste. Llegaba distinto, más limpio, casi controlado, como si quien hubiera puesto el cuerpo allí hubiera elegido el momento exacto para dejarlo.
Lo que Beltrán nunca olvidó fue la postura.
El pastor estaba sentado contra el peñasco, con la espalda apoyada en la roca y las piernas estiradas hacia delante.
Los brazos los tenía cruzados sobre el regazo, las manos entrelazadas, como un hombre que se ha sentado a descansar al sol.
La cabeza la tenía erguida, no caída sobre el pecho como cae la cabeza de los muertos.
Alguien le había puesto detrás una piedra plana que la sostenía.
Los ojos estaban abiertos. Miraban exactamente al sur, hacia el campamento.
Las heridas no se veían a primera vista.
Beltrán se acercó por orden de Vakar, que se quedó atrás, y las buscó con la mirada profesional que veinte años de oficio le habían dado.
Las encontró. Estaban en la base del cuello, dos pinchazos finos, limpios, espaciados con una precisión que no era casual.
La sangre se había secado dentro. No había caído por la ropa.
Levantó una manga del pastor. La piel del antebrazo tenía un dibujo. Beltrán no lo entendió al principio. Después lo entendió.
Era una espiral. Trazada en la piel con algo fino, una aguja o una espina, sin profundidad, no para hacer daño, sino para marcar.
La espiral arrancaba en la muñeca y ascendía por el brazo en una curva exacta que terminaba en el codo.
La habían trazado después de muerto. La piel estaba marcada pero no había sangrado.
Beltrán bajó la manga. Se enderezó.
—Está mirando al campamento —dijo Vakar a su espalda.
—Sí.
—Eso es lo que hace.
—¿Qué hace?
—Los pone donde sabe que los vamos a encontrar. Y los pone mirando hacia donde sabe que estamos. Es su forma de decirnos que sabe dónde vivimos.
Beltrán se quedó callado.
El peñasco. La hondonada. El pastor sentado al sol con los brazos cruzados, los ojos abiertos, la espiral en el antebrazo.
La economía cuidadosa con la que alguien lo había compuesto.
La elección del lugar para que el descubrimiento fuera improbable pero no imposible.
La precisión de las dos heridas en la base del cuello, hechas para que el hombre muriera deprisa y la sangre quedara contenida.
Todo aquello no era el trabajo de un animal.
Tampoco era el trabajo de un asesino. Lo había hecho alguien que entendía la composición.
Beltrán había matado a sesenta y dos hombres en su vida. Había visto a otros matar a muchos más. Nunca había visto a nadie hacer aquello.
—Vámonos —dijo Gorath desde más atrás—. No lo movemos.
—¿No lo enterramos? —preguntó Beltrán.
Gorath lo miró.
—No. Si lo movemos, ella sabrá que hemos venido. Si lo dejamos, sabrá que nos lo ha mostrado. Es mejor que nos lo haya mostrado.
Volvieron al campamento al mismo paso largo. Beltrán llevaba detrás de los ojos la imagen del pastor sentado mirando al sur. Le acompañó toda la tarde. Le acompañó la noche.
Nahira pasó por la tienda esa misma noche, más tarde de lo habitual. No traía cuenco ni jarra. Traía un objeto pequeño envuelto en un trapo.
Se sentó en la entrada, como siempre. Beltrán salió a su lado. Rojo dormía dentro.
Nahira no abrió el trapo. Lo dejó en el suelo entre los dos.
—Vakar te ha pedido que te entregue esto.
—¿Qué es?
—Ábrelo y lo ves.
Beltrán lo abrió.
Dentro había un brazalete de cuero negro, ancho, con tres tiras de tendón cruzadas en la cara externa. En la cara interna, contra la piel, llevaba cosida una placa pequeña de hueso pulido con un símbolo grabado. El símbolo era una espiral. Idéntica a la del antebrazo del pastor.
Beltrán lo dejó en el suelo, despacio.
—¿Qué es esto, Nahira?
—Es un brazalete de cazador. Vakar lo ha llevado durante doce años. Antes lo llevó su padre. Antes su tío. Es el brazalete que se pasa entre los hombres que han salido al barranco del Tres Vientos y han vuelto.
—¿Y por qué me lo da?
Nahira tardó en contestar.
—Porque Gorath ha decidido esta tarde que vas a ir con la cacería cuando salga.
Beltrán se quedó mirando el brazalete.
—No me lo ha dicho.
—Te lo va a decir mañana.
—¿Y por qué Vakar me da el suyo?
Nahira se ajustó el manto sobre los hombros antes de responder. No lo miraba.
—Porque Vakar no va a ir a esta cacería. Tiene a su mujer pariendo. Gorath no manda a hombres que van a ser padres a los lugares de los que la mayoría no vuelve.
—Entiendo.
—Vakar quiere que el hombre al que ha entrenado lleve su brazalete. Es la forma que tiene de ir contigo sin ir.