Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 19. Una Torre en las afueras. #2
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19. Una Torre en las afueras. #2

La segunda noche, sentada otra vez al borde de la cama, Lupe entendió que no iba a entrar en la Torre con paciencia. La paciencia exigía tres años. Ella no tenía tres años. Tenía, probablemente, semanas.

Iba a tener que arriesgar.

Lo que decidió hacer fue esto: presentarse en el Consejo como hija de Don Álvaro de Morales, consejero de Tributos del Imperi Solari en Tolusa.

El cálculo era simple. Don Álvaro era un nombre conocido en los Consulados de Aruan.

Había firmado tratados comerciales con la ciudad durante quince años.

El apellido Morales abría puertas que el de la viuda Aldain no abría.

Si Lupe se presentaba como noble del Imperi de visita en Aruan, con cartas de recomendación falsificadas pero plausibles, los Archiveros la recibirían.

Le permitirían las salas comunes. Quizá, con suerte y con tres semanas de cortejo intelectual, le permitieran acceso a las salas privadas.

Y quizá, con más suerte y más tiempo, encontrara una grieta hacia la sellada.

Era un plan malo. Lupe lo sabía. Pero era el único plan que tenía y el tiempo no estaba de su lado.

Lo más prudente habría sido escribir antes a su padre.

Pedirle, no perdón, eso no podía pedírselo todavía, sino apoyo.

Don Álvaro habría escrito él mismo cartas de recomendación verdaderas, y Lupe habría llegado al Consejo con las puertas abiertas.

Pero escribir a Don Álvaro implicaba decirle dónde estaba, y decirle dónde estaba implicaba que la Inquisición de Tolusa lo sabría en cuestión de semanas, y la Inquisición de Tolusa, si llegaba a saberlo, mandaría a alguien a recogerla.

No podía escribirle.

Iba a tener que entrar a la fuerza.

La mañana del tercer día, vestida con uno de los trajes nuevos, peinada por Beatriz al estilo de las nobles del sur, con el manto bueno sobre los hombros, Lupe bajó a la posada y le pidió a la posadera que le buscara un mozo de recados.

El mozo apareció en media hora. Lupe le dio una nota cerrada y dos cuartillos.

—Llévalo al Consejo de Archiveros. Espera respuesta.

La nota la había escrito ella esa madrugada. Estaba en la mejor caligrafía que Lupe sabía, en el tono más exacto que su educación le había enseñado, y firmada con su nombre verdadero.

Doña Guadalupe de Morales y Quesada, hija de Don Álvaro de Morales, consejero de Tributos del Imperi Solari, presenta sus respetos al ilustre Consejo de Archiveros de la Torre de las Nubes y solicita audiencia para tratar asuntos de conocimiento erudito que solo en esta sede pueden tratarse adecuadamente.

La nota era una mentira solo a medias. Lupe sí era hija de Don Álvaro.

Lupe sí venía a tratar asuntos de conocimiento erudito.

Lo que no decía la nota era que Don Álvaro no sabía que Lupe estaba en Aruan, y que el conocimiento erudito que ella buscaba estaba clasificado como herético por la Iglesia de las Tres Voluntades, que era la misma Iglesia que regía oficialmente la educación del Imperi al que pertenecía Don Álvaro.

El mozo se fue con la nota.

Lupe se sentó a esperar la respuesta en el comedor de la posada.

La respuesta que llegó no fue la que ella esperaba.

El mozo volvió a las dos horas. Traía un sobre cerrado, lacrado con un sello que Lupe no reconoció. No era el del Consejo. Pertenecía a un anillo personal, una piedra azul con una marca grabada que parecía un pájaro de alas largas.

Lupe abrió el sobre.

Dentro había una nota escrita con una caligrafía rápida y firme, sin floritura.

Doña Guadalupe. He sabido por azares de oficio que estaba usted en Aruan y he tomado la libertad de interceptar su solicitud al Consejo antes de que llegara.

El Consejo de Archiveros no es la puerta correcta para lo que usted busca.

Si me hace el honor de aceptar mi invitación, podemos hablar de ello esta tarde a las cuatro en mi residencia, que está a las afueras de la ciudad. Mando a por usted un carruaje.

Asshai Gadir, Jhal de los Zafiros.

Lupe leyó la nota dos veces.

Después la leyó una tercera.

El nombre no le decía nada. No había oído hablar nunca de Asshai Gadir, ni del Jhal de los Zafiros, ni del título, que sospechó por la forma que era un título extranjero, ni de Aruan ni del Imperi. Jhal era una palabra que no había encontrado en ningún libro que hubiera leído en su vida.

Pero el contenido de la nota era inequívoco.

Quien la había escrito sabía dos cosas que solo podían saberse de tres formas.

Sabía que ella estaba en Aruan, lo cual podía haberlo sabido por el joyero del registro o por alguien del Consejo.

Y sabía que ella buscaba algo que no estaba en las salas comunes de la Torre, lo cual no podía haberlo sabido por nadie a quien ella se lo hubiera dicho.

A menos que la nota al Consejo hubiera sido ya leída por más personas de las que ella había imaginado.

O a menos que alguien la estuviera vigilando desde antes.

Lupe se quedó mirando la nota un rato largo.

La decisión sensata era no ir. La decisión sensata era hacer la maleta esa misma tarde, salir de Aruan, encontrar otra caravana, ir a otro sitio, replantearse todo.

Pero la decisión sensata implicaba renunciar al Azharov. Y a estas alturas Lupe había sacrificado demasiado para renunciar.

Miró a Beatriz.

—Vístete bien. Vamos a una visita.

—Mi señora.

—Lo sé.

—No.

—Lo sé, Beatriz.

Beatriz no insistió. Pero subió a la habitación y se vistió con la cara de quien sabe que está bajando a algo que no va a salir bien y que no puede impedirlo.

El carruaje que vino a recogerlas era discreto.

Negro, sin escudos, con dos caballos castaños y un cochero que no las saludó al subir.

Eso, en sí mismo, ya le dijo a Lupe varias cosas.

Quien las recogía no quería que el carruaje fuera identificable.

Quien las recogía tenía servidores entrenados en no hablar.

El carruaje las llevó por las cuestas de Aruan hacia el norte.

Pasaron las puertas de la ciudad. Salieron a un camino de campo que ascendía por la ladera.

El paisaje cambió a olivares cortos y a viñedos en terraza.

A media hora del centro de la ciudad, el carruaje torció por un camino lateral que llevaba a una propiedad privada cercada con un muro bajo.

La propiedad era una torre.

No grande. Tres pisos, de piedra clara, con un jardín cerrado alrededor y una fuente en el centro del jardín.

Una casa solariega de las que los nobles extranjeros adquirían en las afueras de Aruan para tener una residencia cuando los negocios los traían a la ciudad.

Era el tipo de propiedad que un hombre con fortuna y discreción se compraba para no tener que dormir en posadas.

El carruaje se detuvo ante la puerta principal. Un sirviente abrió el coche. Lupe bajó. Beatriz bajó detrás.

En el umbral de la torre las esperaba un hombre.

Lupe lo reconoció antes de que él hubiera dicho nada.

Era Ash.

Llevaba ropa distinta de la del viaje. Una túnica larga de lana fina, de color azul oscuro, sin floritura, pero de hechura cara.

Calzaba botas altas que no eran las botas gastadas que le había visto en la caravana.

Llevaba en el dedo anular de la mano derecha un anillo grueso, de oro, con una piedra azul que Lupe reconoció inmediatamente: era la piedra del sello que había lacrado la nota.

Ash la miró sin sorpresa. Le hizo una reverencia breve, formal.

—Doña Guadalupe.

Lupe no contestó.

—Pase, por favor. Su acompañante también. Hay té preparado en el patio.

Lupe miró a Beatriz. Beatriz le sostuvo la mirada con la cara que ponía cuando entendía que ya no había vuelta atrás. Las dos pasaron al interior de la torre.

El patio del primer piso era una sala circular abierta al cielo, con una fuente pequeña en el centro y un brasero encendido en una esquina contra el frío de la tarde. Una mesa baja con tres asientos de cojín. Una bandeja con tazas de un metal que Lupe no había visto nunca, claro como el agua.

Ash les indicó que se sentaran. Sirvió té con la mano derecha.

La izquierda no la usó. Lupe la miró un instante.

La izquierda tenía una cicatriz vieja entre el pulgar y el índice, una línea blanca limpia que ella no había visto en el viaje porque Ash había llevado las manos cubiertas casi todo el tiempo.

—Es de hace muchos años —dijo Ash, sin mirarla, mientras servía—. Una espada que llegó antes de que yo aprendiera a apartarme. Pasa.

Lupe no contestó.

Ash terminó de servir. Se sentó. Bebió primero él. Era un gesto antiguo de cortesía, de los tiempos en que los anfitriones probaban antes de los invitados para demostrar que no había veneno.

—Le debo una explicación —dijo Ash al fin—. Sobre el viaje. Sobre el nombre. Sobre haberle interceptado la nota.

—Sí.

—Mi nombre verdadero es Asshai Gadir. Soy el Jhal de los Zafiros, lo cual es un título de mi tierra que aproximadamente significa Señor.

Mi tierra es Rowandia, la ciudad-estado del norte.

Soy comerciante de piedras preciosas, entre otras cosas.

Vine a Aruan a tratar asuntos de mi gremio.

Viajé sin escolta oficial porque viajar sin escolta me permite enterarme de cosas que con escolta no me enteraría.

Asshai bebió otro trago de té.

—La he interceptado la nota porque tengo un acuerdo de informantes con el escribano del Consejo.

Cualquier comunicación dirigida al Consejo que mencione asuntos eruditos relacionados con la sección sellada me llega antes que llegue al Consejo.

No es legal, pero es eficaz. Llevo veinte años pagando por ese acuerdo.

Es la primera vez en cinco años que llega una nota de interés.

Lupe sostuvo la taza sin beber.

—¿Por qué le interesa lo que yo busco?

—Soy una persona con influencias, y me gusta ayudar a la gente, especialmente a las mujeres hermosas.

Lupe lo miró.

La cara de Asshai era la misma cara de Ash.

La misma estructura, los mismos ojos oscuros, el mismo pelo gris muy corto.

Pero el hombre que tenía delante no era el hombre del fuego de campamento que le había dicho ahora vale .

El hombre del fuego no la había mirado nunca con la atención clínica con la que la miraba Asshai esa tarde.

El hombre del fuego no le había servido té en una sala circular con tazas de un metal que Lupe no había visto nunca.

El hombre del fuego no llevaba un anillo de oro con una piedra azul.

Asshai bebió otra vez. Esperó.

Lupe sopesó. Lo más sensato era levantarse y marcharse. Lo más sensato era dejar la taza en la bandeja, agradecerle el té, salir al jardín, montar en cualquier carruaje que pasara, volver a la posada, hacer la maleta, salir de Aruan.

Lupe sostuvo la taza. No bebió.

—Le diré lo que sí puedo darle hoy —siguió Asshai—.

El Consejo no la va a recibir. Si la recibe, la entretendrá.

Le pedirá cartas, residencia, exámenes. Le hará perder los meses que usted no tiene.

Lo sé porque llevo veinte años viéndolo hacer con hombres más poderosos que usted.

El Consejo no es una puerta. Es un modo educado de no abrir ninguna.

—¿Y usted sí es una puerta?

—Soy alguien que conoce el edificio por dentro. —Inclinó la cabeza—. Es distinto. Y es más de lo que tiene usted ahora mismo.

Lupe dejó la taza, por fin, en la bandeja. El gesto le dio un segundo para pensar y él se lo concedió sin llenarlo.

Lo que decía Asshai era cierto, y eso era lo que le molestaba.

Ella había llegado a la misma conclusión dos noches antes, sentada en el borde de la cama, mirando la Torre: el plan del Consejo era malo, exigía un tiempo que no tenía.

Que un desconocido se lo dijera en voz alta, con la calma de un resultado ya sabido, no la tranquilizaba.

La ponía en guardia. Las personas que confirmaban tus propios miedos con tanta facilidad suelen querer algo a cambio de la confirmación.

—No le voy a decir hoy lo que busco —dijo Lupe.

—No se lo he pedido hoy.

—Y no le voy a decir que sí a nada.

—Tampoco se lo he pedido. —Asshai se levantó, sin prisa, y con él se levantó la señal de que la visita había llegado a donde él quería llevarla—.

Le pido una cosa sola, doña Guadalupe. Que vuelva.

Una vez más. Con la cabeza fría y el camino pensado.

Doy una cena dentro de tres días, aquí, con gente de Aruan que a usted le conviene conocer más de lo que cree.

Si después de esa cena decide que no, mi cochero la lleva de vuelta a la ciudad y no vuelve usted a oír mi nombre.

Tiene mi palabra, que es lo único que un hombre como yo puede ofrecer a estas alturas de la tarde.

Lupe se levantó también. Beatriz, que no había abierto la boca en toda la visita, se levantó medio paso por detrás.

—Lo pensaré —dijo Lupe.

—Es todo lo que le pido.

Los acompañó él mismo hasta el patio, y desde el patio hasta la puerta, caminando a la distancia exacta a la que se camina junto a alguien a quien no se quiere incomodar.

En el umbral, la luz de la tarde le dio de lleno en la cara, y Lupe le vio por primera vez sin la penumbra del patio: las canas en las sienes, las arrugas finas alrededor de los ojos, una cara que no era joven y que llevaba la edad como una herramienta bien usada.

—Una última cosa —dijo Asshai, ya con ella a un pie del carruaje—.

El joyero del registro. El que le compró el broche de Berdún esta mañana.

—Hizo una pausa breve—. No vuelva a venderle nada.

No porque la engañe; tasa honradamente. Sino porque informa a tres personas distintas, y solo una de ellas soy yo.

Las otras dos no la invitarían a tomar té.

Lupe se quedó quieta con la mano en la portezuela.

—¿Me está advirtiendo o me está amenazando?

—La estoy informando —dijo Asshai—. Es lo que hago con las personas que me interesan. Buen viaje de vuelta, doña Guadalupe. Tres días.

Cerró él mismo la portezuela.

El carruaje arrancó. Lupe miró por la ventanilla cómo la torre de piedra clara se empequeñecía entre los olivos, con la figura de Asshai todavía en el umbral, inmóvil, hasta que una curva del camino lo borró.

Beatriz habló por fin, en voz muy baja, mirando al frente.

—No vamos a volver a esa casa.

Lupe no contestó.

—¿Lupe?

—Sabe lo del joyero —dijo Lupe—. Sabía lo de mi padre antes de que yo escribiera la nota.

Sabe a qué he venido. —Apoyó la sien en el marco frío de la ventanilla—.

Un hombre que sabe todo eso y aun así me deja subir a un carruaje y volver a la ciudad es un hombre que cree que voy a volver por mi propio pie.

—Eso es justo lo que me da miedo.

—A mí también. —Lupe cerró los ojos—. Por eso vamos a volver.

Beatriz no dijo nada más. Fuera, el camino bajaba hacia Aruan, y la Torre de las Nubes empezaba a recortarse otra vez sobre los tejados, lejana, sellada, esperando.