19. Una Torre en las afueras.
La caravana cruzó las puertas bajas de Aruan a media mañana, y Lupe entendió en ese momento que no había visto una ciudad de verdad en toda su vida.
Tolusa era una ciudad. Eso lo había creído ella veintidós años.
Tolusa tenía murallas, gremios, mercados, un puerto, una catedral, una Inquisición.
Tolusa era la suma de todas las cosas que en los libros se llamaban ciudad.
Pero Aruan, vista desde dentro, era otra categoría.
Era lo que las ciudades intentaban ser cuando no se conformaban con la administración y la sal.
Las calles eran anchas. Eso fue lo primero que notó.
Las calles de Tolusa se inclinaban sobre uno como dientes flojos, y la luz nunca llegaba al adoquín.
Las de Aruan se abrían en abanicos de piedra blanca por los que cabían dos carros y un peatón sin tocarse, y la luz del norte caía limpia sobre las fachadas.
Los tejados eran dorados o blancos, según la hora.
Las plazas tenían fuentes que manaban agua sin que ningún sirviente la llevara.
Lupe pasó tres minutos mirando una de esas fuentes desde el carro y no entendió cómo funcionaba. Beatriz tampoco.
La caravana se detuvo en la plaza de los caravaneros, una explanada cuadrada con pórticos de columnas en los cuatro lados.
Brixán les dijo que aquí terminaba el viaje.
Las herencias se reclamaban en el barrio del registro, dos calles más arriba.
Las posadas baratas estaban en el barrio bajo, junto al río.
Las posadas decentes estaban en la cuesta de los gremios.
Las caras estaban más arriba, pero que no se molestara en preguntar precios si había venido en el último carro.
Lupe le dio las gracias a Brixán y le pagó la propina que correspondía. Brixán la cogió sin contarla. La miró un momento más de lo necesario y le dijo, en voz baja:
—Cuidado en Aruan, viuda. La ciudad come gente que viene del sur. No tiene por qué ser usted.
Lupe asintió. Brixán se despidió y se fue a desenganchar los caballos.
Ash, desde el otro lado de la plaza, también se despedía. Le hizo a Lupe un gesto breve con la cabeza, que ella le devolvió. Sus dos compañeros descalzos cargaban un fardo cada uno. Los tres se internaron por una de las calles del este sin volverse a mirar.
Lupe se quedó un momento mirando la dirección por la que se iban.
—Vamos —dijo Beatriz a su lado—. Hay que buscar techo.
La primera posada en la que entraron las rechazó sin descortesía.
La posadera era una mujer de mediana edad con la cara redonda y las manos manchadas de harina, y miró la ropa de Lupe y la de Beatriz y les sonrió con esa lástima profesional de quien ha despachado a muchas mujeres parecidas.
—Hijas, esta posada no es para ustedes. Bajen al río. Allí encontrarán cama por la mitad de lo que aquí les iba a costar.
Lupe le dio las gracias y salió.
Beatriz le habló en la calle.
—Mi señora.
—No me llames así aquí.
—Como quiera. Pero esto no va a funcionar.
—¿El qué?
—La ropa. La historia de la viuda. Hemos pasado siete días en la caravana y nadie nos ha mirado dos veces. Aquí dentro, la gente nos mira. Esto no es una ciudad de viajeros. Esto es una ciudad de ciudadanos. Una mujer de su clase con esta saya parece lo que parece.
Lupe entendió lo que Beatriz le estaba diciendo. Le costó admitirlo, pero lo entendió.
En Aruan, donde nadie las conocía, la coartada que las había protegido durante el viaje las marcaba como sospechosas.
Una mujer joven con ropa gastada que iba a reclamar una herencia podía ser cualquier cosa.
Una ramera. Una huida. Una embaucadora. Las dos primeras opciones eran corrientes.
La tercera era la que más miedo daba a las posadas decentes.
Lupe pensó.
La decisión que tomó esa mañana en la calle la repasaría muchas veces en los meses siguientes, y nunca llegaría a perdonarse del todo haberla tomado. Pero en aquel momento le pareció lógica, casi obvia, la única salida razonable.
—Vamos al barrio del registro —dijo—. Pero no a reclamar nada. Vamos a comprar ropa.
—¿Con qué?
—Con lo que llevo aquí.
Lupe se tocó el corpiño. Bajo la tela había una bolsa pequeña con las pocas joyas de su madre que había logrado llevarse del palacio antes de marcharse al convento.
No eran muchas. Pero eran de oro y eran reales, y en una ciudad como Aruan, donde los joyeros del registro tasaban metales con la honestidad de los gremios honrados, una sola de esas piezas le compraría tres trajes y diez noches en una posada decente.
Era el último recurso. Era todo lo que le quedaba de su madre. Y era, esa mañana, todo lo que tenía para no acabar la noche durmiendo en un colchón con piojos junto al río.
Beatriz no protestó.
El joyero del registro las atendió con la seriedad de un funcionario.
Fue lo primero que vio Lupe. No le sonrió cuando entró. No la trató como a una sospechosa. La trató como a una clienta, sin más. Lupe sacó una sola pieza de la bolsa, un broche pequeño de oro con un zafiro central, y se la puso al joyero sobre el paño de terciopelo negro de la mesa.
El joyero la cogió. La examinó con una lupa de un solo ojo. La pesó en una balanza diminuta. Anotó algo en un papel. Volvió a mirarla.
—Pieza del taller de Berdún —dijo, sin alzar la vista—. Tolusa, posiblemente cuarenta años atrás. El zafiro es de Rowandia. La piedra está bien tallada, no excelente. El oro es de ley alta. La hechura tiene una pequeña reparación en el alfiler que rebaja un poco el valor de mercado.
Lupe asintió.
—¿Cuánto?
El joyero le dijo una cifra. Lupe la sopesó. Era menos de lo que la pieza valía en Tolusa, pero más de lo que ella había esperado escuchar. Y para lo que necesitaba, era de sobra.
—Acepto.
El joyero contó las monedas en la mesa. Lupe las pasó a una bolsa nueva. Salieron.
En la calle, Beatriz le dijo en voz baja:
—Mi señora.
—Que no.
—Lupe. Acaba de decirle a un joyero del registro que es de Tolusa. La pieza la ha identificado él. Si alguien le pregunta más adelante por una mujer joven que vendió un broche de Berdún esta mañana, va a recordar la conversación.
Lupe se detuvo.
Era cierto. No lo había pensado. Lo había hecho deprisa, para resolver un problema inmediato, sin pensar en el rastro que iba a dejar. El joyero del registro tasaba honestamente. Pero los joyeros del registro también informaban. Era parte del oficio.
—No podemos hacer nada ya —dijo Lupe al cabo de un momento—. Lo hecho está hecho. Compremos la ropa, busquemos posada, y mañana decidimos.
Beatriz no contestó. Pero Lupe vio en su cara que Beatriz, en silencio, había llegado a una conclusión que no quería decir en voz alta.
La conclusión era esta: Lupe acababa de cometer su primer error de viajera de verdad, y los primeros errores de los viajeros de verdad eran siempre los más caros.
La ropa la compraron en una sastrería del barrio del registro que cosía deprisa. Dos vestidos de viaje para Lupe, uno para Beatriz, mantos buenos para las dos, calzado decente. La sastra prometió tener todo listo al día siguiente al mediodía. Lupe pagó por adelantado.
La posada que las aceptó por la tarde, ya mejor vestidas, era una casa de tres pisos en la cuesta de los gremios, con vistas a una plaza pequeña donde un escribano público escribía cartas para los analfabetos en una mesa bajo una higuera.
La posadera de esta no le hizo preguntas.
Una habitación doble, dos comidas al día, agua para lavarse cada mañana. Lupe pagó cinco días por adelantado.
Esa noche, en la habitación con dos camas estrechas y una ventana que daba a la plaza, Lupe se sentó en el borde del colchón y miró por primera vez el Azharov en su cabeza.
La Torre de las Nubes se veía desde la ventana, a tres calles de distancia, subiendo y subiendo hasta perderse.
La sección sellada estaba en alguna parte de aquella torre.
El libro estaba en alguna parte de la sección sellada.
Y ella, esa noche, estaba a tres calles del libro y no tenía ni la menor idea de cómo entrar.
Beatriz se durmió pronto. Lupe no.
Se quedó mirando la Torre desde la cama hasta que las luces de la plaza se apagaron una por una y la oscuridad le permitió, por primera vez desde que había salido del convento, sentir lo cansada que estaba.
Los dos días siguientes los pasó investigando.
No lo hizo torpemente. Lupe había crecido en una casa donde la información se obtenía a base de preguntas oblicuas y servidores leales, y aplicó esa educación a Aruan.
Hizo amistad con el escribano de la plaza, un anciano que cobraba en cuartillos por carta y que conocía a media ciudad.
Charló con la posadera durante las cenas.
Mandó a Beatriz al mercado de las telas a oír lo que se hablaba allí.
En dos días, sin haber preguntado nunca directamente por la Torre de las Nubes, Lupe tenía un mapa razonable de cómo funcionaban los accesos.
El mapa no era alentador.
La Torre de las Nubes no era propiedad de la ciudad.
Era propiedad de un Consejo de Archiveros que se renovaba por cooptación cada quince años.
Los Archiveros eran siete. Cinco vivían en la Torre.
Dos vivían fuera. Para acceder a las salas comunes de la biblioteca había que ser miembro de uno de los gremios eruditos de la ciudad, lo cual exigía exámenes, recomendaciones, y al menos tres años de residencia en Aruan.
Para acceder a las salas privadas había que ser miembro del Consejo o invitado expreso de un miembro.
Para acceder a la sección sellada no había procedimiento conocido.
Algunos decían que el Archivero Mayor tenía la única llave.
Otros decían que la sección sellada no se abría desde hacía dos generaciones.
Lupe había venido a buscar un libro al que ningún viajero llegaba.