18. Las grietas. #2
Nahira entraba en la tienda de Beltrán cada cinco o seis noches.
Nunca había una cadencia fija. A veces venía con un cuenco de algo que había hecho.
A veces venía con una hierba que había encontrado y que le serviría a Beltrán para el costado, que aún le tiraba algunas mañanas.
A veces venía sin nada, con las manos vacías y una jarra que llenaban entre los dos.
No había pasado nada entre ellos. No físicamente.
La distancia que Nahira mantenía era la distancia de quien ha decidido, sin discutirlo, que cierto tipo de cosas pueden esperar a que el momento, si llega, llegue por sí solo.
Beltrán entendía esa distancia y la respetaba.
Era una de las pocas cosas que un sicario de Tolusa y una mujer Oona-Gori podían entender entre los dos sin necesitar traducción.
Las conversaciones, sin embargo, sí cambiaban.
Una noche, Nahira le habló de su hermano.
Era la primera persona que Nahira le mencionaba que tuviera nombre.
Se llamaba Hekta. Había muerto cinco inviernos atrás, en una cacería al barranco del Tres Vientos.
Había salido con cinco compañeros y solo habían vuelto cuatro.
A Hekta lo encontraron tres días después colgado de un árbol del barranco, en una postura imposible, con los brazos abiertos y las piernas cruzadas, como si alguien lo hubiera puesto allí queriendo que se viera.
Nahira no dio más detalles. Beltrán no preguntó.
Esa fue la primera vez que Beltrán oyó hablar de algo en el barranco del Tres Vientos. La frase de Nahira se le quedó dentro como se quedan las frases que uno no entiende del todo y que sospecha que va a entender más tarde.
Otra noche, Nahira le preguntó por la mujer.
—¿Qué mujer?
—La tuya.
—No tengo mujer.
—¿Has tenido?
Beltrán pensó la respuesta. La pensó honestamente. No quería responderle a Nahira con una de las frases que le habría dicho a un cliente en Tolusa.
—Una vez, hace mucho. No salió bien.
—¿Por qué no salió bien?
—Porque las mujeres que salen bien no suelen elegir a hombres como yo. Y la que me eligió, lo hizo porque tampoco era de las que salen bien.
Nahira asintió. No le dijo nada. Pero la frase se quedó en el aire un rato, y Beltrán la oyó él mismo desde fuera, como si la hubiera dicho otro hombre, y entendió que era una frase que había estado dentro suyo durante años y que nunca había encontrado el momento de salir.
Era una frase fea. Y era cierta. Y era la primera vez que Beltrán le había contado a alguien la verdad sobre aquella mujer.
Bebieron.
Nahira se fue antes de que el silencio se hiciera incómodo.
La noche siguiente no vino. Tampoco la siguiente. La tercera noche apareció con un cuenco de salazón y se quedó hasta tarde sin volver a hablar de mujeres. Beltrán entendió que aquella conversación había sido una conversación de las que pasan, no de las que abren puerta.
Le parecía bien.
Con Turak, las cosas pasaron del modo en que pasan las cosas entre hombres jóvenes y hombres mayores que han tenido un primer enfrentamiento.
No se hicieron amigos. No se hablaron mucho. Pero Turak, semanas después de la pelea de las lanzas en el centro del campamento, dejó de evitar a Beltrán.
Entrenaban juntos en las Grietas dos veces por semana.
Vakar los emparejaba a propósito. Las primeras veces, Turak fue rígido, peleaba con la cabeza puesta en lo que había pasado en el círculo, no en lo que estaba pasando en el pasillo.
Beltrán le ganó dos asaltos seguidos sin esfuerzo.
Turak no dijo nada, pero la siguiente sesión vino con la cabeza más limpia, y peleó mejor.
Una mañana, Turak se equivocó en un giro y se quedó mal apoyado sobre el pie izquierdo.
Era una ventana que cualquier cazador habría aprovechado.
Beltrán la aprovechó. Pero en lugar de descargar el golpe y cerrar el asalto, golpeó suavemente al chico en el hombro con el extremo del palo, dos veces, en el sitio exacto donde Turak había abierto la guardia, lo justo para que Turak entendiera dónde había fallado.
Después retiró la lanza y dejó que Turak recuperara la posición.
Turak lo miró. Beltrán esperó. No esperaba nada en concreto. Solo esperaba.
Turak asintió una vez, muy breve, y volvió a la guardia.
Fue todo lo que pasó. Pero a partir de ese día Turak entrenaba con menos rabia.
Y a partir de ese día, también, Beltrán dejó de tratarlo como a un chico hostil al que había que ganar y empezó a tratarlo como a un cazador joven al que había que ayudar a que mejorara.
La diferencia entre las dos cosas era pequeña. El efecto, no tanto.
Una noche, en la hoguera grande, Turak se sentó al lado de Beltrán en lugar de sentarse al lado de los otros jóvenes. No le habló. Bebieron de la misma jarra durante un rato. Cuando Turak se levantó para irse a su tienda, le hizo un gesto pequeño con la cabeza a Beltrán y se fue sin decir nada.
Beltrán entendió que por grandes que sean los árboles, en algún momento los ha mecido el viento.
Era todo lo que iba a haber. Era suficiente.
La noche en que oyó hablar de la araña por primera vez fue una noche de luna grande, de las que en la Estepa se llamaban lunas del cazador .
Beltrán había vuelto tarde de las Grietas porque Vakar le había hecho repetir un movimiento de cuchillo hasta que se lo aprendió.
Cuando llegó al campamento, los hombres ya estaban en torno a la hoguera grande, en una de esas reuniones de hombres mayores en las que hablan en voz baja y los críos no se acercan.
Gorath estaba allí. Vakar también. Otros tres cazadores que Beltrán conocía de vista, pero con los que casi no había hablado. Hablaban en su idioma. Beltrán entendía algunas palabras sueltas, había aprendido a base de oír a los Oona-Gori entre ellos durante semanas, pero no seguía la conversación.
Nahira estaba a un lado, sentada en una piedra, mirando el fuego sin participar.
Beltrán se sentó a una distancia respetuosa. No quería interrumpir. Simplemente quería estar.
La conversación duró un rato. Las voces eran graves, lentas, sin pausas largas, pero con esa cadencia que tienen las cosas que un hombre dice cuando está hablando de algo que no quiere alegrarse de tener que hablar.
Beltrán pescó una palabra. Tres Vientos.
La palabra que Nahira había dicho la noche que le había hablado de su hermano.
Más adelante pescó otra. Trenza. Eso lo extrañó. Trenza en boca de cazadores no le encajaba.
Más adelante, otra. Esta vez en boca de Gorath, dicha más despacio, con un peso particular.
Ri’lyk.
Los otros hombres no la repitieron. Eso fue lo que Beltrán notó. Cuando Gorath dijo Ri’lyk , los demás no la repitieron, pero sí cambiaron la forma de respirar. Vakar bajó la mirada. Uno de los cazadores escupió en la hoguera. Otro se sirvió más bebida sin mirar a la jarra.
La palabra había caído en el grupo como cae una piedra grande en agua quieta.
Gorath dijo algo más. Después se hizo silencio. Después uno por uno los hombres fueron levantándose y volviendo a sus tiendas, sin acabar de beber.
Vakar fue el último. Antes de irse, pasó cerca de Beltrán y se detuvo.
—Mañana entrenamos en otro sitio —dijo en lengua común—. Nadie va a las Grietas hasta que se diga.
—¿Por qué?
Vakar lo miró. Por primera vez desde que Beltrán lo conocía, el cazador parecía que iba a contestar algo y al final no contestó. Solo le puso la mano en el hombro un momento, breve, y siguió hacia su tienda.
Beltrán se quedó solo junto a la hoguera grande. Nahira seguía en la piedra, mirando el fuego.
—¿Qué es Ri’lyk?
Nahira tardó en contestar.
—Una vieja —dijo al fin—. Una de las viejas. La que mató a mi hermano.
—¿Una mujer?
—No.
Nahira no le dio más explicación. Se levantó, recogió el cuenco que tenía al lado, y se fue ella también. Antes de cruzar el círculo de las tiendas, se volvió un instante.
—No vayas al barranco del Tres Vientos —dijo, sin alzar la voz—. Aunque te lo pidan. No vayas todavía.
Desapareció entre las tiendas.
Beltrán se quedó solo junto al fuego un rato más.
La luna grande estaba ya en lo alto y proyectaba en el suelo del campamento las sombras largas de las cuerdas y los postes.
El viento del oeste, que durante semanas Beltrán no había sabido distinguir, aquella noche traía un olor distinto del que traía las otras noches.
Algo entre dulce y rancio. Algo que no era de animal vivo.
Beltrán entró en su tienda.
Rojo dormía. La cara del niño estaba vuelta hacia la entrada, como si lo hubiera estado esperando.
Beltrán se acostó a su lado. Se quedó mirando el techo de pieles un rato largo, escuchando el viento del oeste fuera, repitiendo en la cabeza la palabra que Gorath había pronunciado y que los demás no se habían atrevido a repetir.
Ri’lyk.
La palabra le sonaba a algo muy viejo. A algo que llevaba mucho tiempo en el mismo sitio, esperando a que llegara su turno. Y a algo que, esa noche, había mandado por el viento del oeste el primer aviso de que el turno se acercaba.
Se durmió tarde.