Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 18. Las grietas.
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18. Las grietas.

La primera mañana en las Grietas, Beltrán entendió que llevaba veinte años matando con la técnica equivocada.

No equivocada para Tolusa. Equivocada para allí.

Las Grietas eran una formación rocosa al sur del campamento, un laberinto de pasillos estrechos entre paredes de piedra de tres y cuatro pasos de altura.

Los Oona-Gori la usaban desde hacía generaciones para entrenar.

La razón era práctica: ningún animal grande de la Estepa sobrevivía dentro de aquellos pasillos, así que los cazadores podían pelearse entre ellos sin tener que vigilar el horizonte.

Y la pelea entre paredes era distinta de la pelea en campo abierto. Más cercana, más rápida, más fea.

Beltrán llegó con los otros cazadores al amanecer. Eran ocho, contándolo a él. Los siete restantes lo miraron sin saludarlo. No hubo hostilidad. Hubo curiosidad de profesionales que se encuentran con un colega de otro oficio.

Un hombre alto, de unos treinta años, con la trenza recogida con un cordel rojo, fue el que se acercó.

—Soy Vakar —dijo en lengua común con un acento grueso—. Gorath dice que te enseñe.

Beltrán inclinó la cabeza.

—Te enseño las Grietas —siguió Vakar—. No te enseño a matar. A matar ya sabes. Te enseño a no morir aquí.

La diferencia, comprendería Beltrán a lo largo de las semanas siguientes, era inmensa.

La primera lección fue sobre el suelo.

Vakar le señaló las piedras de los pasillos sin decir nada.

Beltrán miró. El suelo de las Grietas no era piedra lisa.

Era un mosaico irregular de losas planas y cantos sueltos y zonas de arena de río que el viento de los siglos había acumulado en las esquinas.

Cada superficie reaccionaba distinto al peso.

Las losas planas eran fiables. Los cantos sueltos rodaban bajo la bota.

La arena se hundía y absorbía el impulso del paso siguiente.

Vakar lo hizo cruzar el primer pasillo a paso normal. Beltrán cruzó. A media distancia, un canto se le movió bajo la suela y casi se cae. Lo recuperó. Llegó al final.

—Otra vez.

Beltrán lo cruzó otra vez. Esta vez se cayó.

—Otra vez.

La tercera vez no se cayó, pero pisó arena en el peor momento posible y perdió el ritmo.

Vakar no le dijo nada. Le hizo cruzar el pasillo siete veces más.

Para la séptima Beltrán empezaba a leer el suelo sin mirarlo, identificando por el rabillo del ojo qué piedras se moverían y qué piedras no, ajustando el peso de la cadera antes de pisar.

No era todavía el paso del cazador Oona-Gori, que era una cosa que llevaba toda una vida.

Pero era el paso de un hombre que había dejado de pisar el suelo como un imperial y había empezado a pisarlo como otro.

—Bien —dijo Vakar al final del primer cruce limpio—. Mañana, otra cosa.

Las semanas siguientes fueron, para Beltrán, una de las cosas más raras que le habían pasado en la vida.

Aprendía. A los cuarenta y tantos años, después de dos décadas de oficio en Tolusa, aprendía.

No se acordaba de la última vez que había aprendido algo nuevo, sin retocar nada anterior, partiendo de cero como si fuera un mozo.

Le sorprendió descubrir que el cuerpo todavía le daba para eso.

Y le sorprendió aún más descubrir que el cuerpo lo agradecía.

Ya no era joven, pero como decía Gaspar, la Juventud es un defecto que afortunadamente se cura con el tiempo.

Vakar le enseñó la lanza Oona-Gori en serio.

La diferencia con la lanza imperial era de filosofía completa.

La imperial era un arma de empuje frontal, se clavaba, se sacaba, se volvía a clavar.

La Oona-Gori era un arma de látigo, se lanzaba sin soltarla, en un giro que partía de la cadera y descargaba en la punta a través de un movimiento de muñeca que Beltrán tardó dos semanas en entender.

Cuando lo entendió, descubrió que la lanza pesaba la mitad cuando se manejaba bien.

Cuando se manejaba mal, pesaba el triple.

Le enseñó el cuchillo de cazador. Curvo, corto, con el filo solo en una cara.

No era un cuchillo de pelea. Era un cuchillo de despiece.

Pero los Oona-Gori sabían usarlo en pelea cuando hacía falta, y la técnica era distinta de cualquier cuchillo que Beltrán hubiera empuñado.

No se apuñalaba. Se cortaba. Cada movimiento del filo aprovechaba la curva del arma para abrir, no para penetrar.

Beltrán necesitó tres semanas para no querer apuñalar con él en los entrenamientos.

Le enseñó el viento. Esa fue la lección más difícil.

El viento de la Estepa no era un viento.

Eran cuatro vientos a la vez, cada uno desde una dirección, cada uno con su olor y su temperatura y su mensaje.

Vakar le mandaba sentarse en lo alto de las Grietas durante una hora cada amanecer y solo decirle qué olía cada viento.

La primera mañana Beltrán no olió nada. La séptima distinguía entre el viento del este (frío, seco, con olor a roca) y el viento del sur (más cálido, con humedad de bosque quemado, con un fondo de algo que Vakar llamaba piel de Haruk ).

El viento del oeste se le seguía resistiendo.

El del norte casi nunca soplaba en aquella época del año, y eso lo descubrió también solo.

Le enseñó a leer el rastro. A leer las cagadas.

A leer las plumas caídas. A leer cómo el rocío de la mañana se rompía donde algo había pasado a la madrugada.

Cosas que en Tolusa no había necesitado nunca.

Cosas que, en la Estepa, descubrió, eran la diferencia entre comer y no comer, entre vivir y no vivir.

Una tarde de la cuarta semana, Vakar lo llevó a una piedra alta sobre las Grietas y le dijo, sin más:

—Ya no te enseño paso. Ya no te enseño lanza. Ya no te enseño cuchillo. Eso ya lo sabes a medias, y el resto se aprende solo.

—¿Entonces?

—Ahora aprendes a no morir cuando te encuentres con algo que sí quiere matarte.

Beltrán entendió. Lo que llevaba cuatro semanas haciendo había sido, todo, preámbulo.

Las semanas pasaron sin que Beltrán las contara con precisión.

Esa fue una de las cosas que más le extrañaron de su nueva vida.

En Tolusa había contado los días. Cada día era un día de trabajo o un día sin trabajo, un día de paga o un día sin paga, un día con vino bueno o un día con vino malo.

Llevaba en la cabeza, sin querer, un calendario interno que le marcaba la diferencia entre semanas, estaciones, años.

Era una forma de no morirse de aburrimiento entre encargo y encargo.

En la Roca Partida, los días dejaron de contarse.

Las mañanas eran las Grietas. Los mediodías eran la comida con los otros cazadores, en silencio o con las pocas frases que el idioma común del campamento permitía.

Las tardes eran el campamento, ayudar a las mujeres con el secado de las pieles, despiezar carne con el cuchillo curvo, reparar lanzas, acarrear leña.

Las noches eran la tienda con Rojo. Algunas noches, Nahira pasaba por la entrada y se quedaba un rato. La mayoría de las noches no.

El ritmo se le metió en el cuerpo sin preguntarle.

Una mañana, despertando antes que los demás, Beltrán se dio cuenta de que hacía nueve días que no pensaba en Tolusa.

Nueve días de que la ciudad no había aparecido en su cabeza para nada.

Ni para insultarla, ni para añorarla, ni para preguntarse cómo estaba lo que había dejado allí.

Simplemente, en nueve días de su vida, Tolusa no había existido.

Fue un descubrimiento que no le supo bien ni le supo mal. Fue solo un descubrimiento.

Lo apuntó internamente, igual que apuntaba todo lo importante. Sin examinarlo demasiado.

Rojo, mientras tanto, cambiaba.

No hablaba todavía. Beltrán había llegado a aceptar que quizá el niño no hablara nunca, o que tardara años en hablar, y que ese acuerdo entre los dos, el acuerdo del silencio quizá fuera lo único que el cuerpo del crío aceptaba ofrecerle al mundo después de lo que había vivido.

Pero el silencio de Rojo se había vuelto más rico.

Beltrán lo notaba en cosas pequeñas. En que Rojo, al despertar, ya no esperaba a que Beltrán le hablara para empezar el día.

Se levantaba, doblaba la manta de pieles con una torpeza concentrada, salía a la entrada de la tienda y se quedaba mirando hacia el este hasta que Beltrán lo seguía.

Era una rutina suya, autónoma. Beltrán nunca había visto al niño hacer rutinas en Tolusa.

Cuando Beltrán volvía de las Grietas al mediodía, Rojo ya tenía preparado un cuenco con agua para que se lavara las manos y la cara. Beltrán no se lo había pedido nunca. Una mañana lo encontró así y entendió que llevaba haciéndose días sin que él se hubiera dado cuenta.

El niño jugaba ahora con otros niños del clan.

No mucho. No con la confianza de los zagales que se habían criado juntos.

Pero los niños Oona-Gori lo habían adoptado a su modo, sin preguntas, y Rojo se acercaba a ellos por las tardes y participaba en los juegos sin hablar y los otros niños se habían acostumbrado a su silencio del mismo modo en que se acostumbran los niños a las cosas que no entienden, sin examinarlas, sin discutirlas, simplemente integrándolas en el paisaje.

Una tarde, volviendo Beltrán de las Grietas, vio a Rojo desde lejos.

El niño estaba en un círculo de cinco críos Oona-Gori, sentado en el suelo, dibujando algo en la arena con un palo.

Los otros lo miraban. Una niña pequeña le señalaba el dibujo y se reía de algo que el dibujo decía.

Rojo la miró. No se rio. Pero hizo, con la boca, una mueca breve que Beltrán reconoció después de unos segundos como lo más parecido a una sonrisa que el niño le había mostrado nunca a nadie.

Beltrán se quedó mirando la escena hasta que Rojo se dio cuenta de que estaba allí y vino a buscarlo.

No se dijeron nada al volver a la tienda.

No había nada que decirse.