17. Solomon. #2
La tercera, cuatro meses después. Esta vez, los dos meñiques a la vez.
La cuarta, hacía tres meses, había sido distinta.
Estaba intentando recalentar el agua de la bañera con la mente, una operación que hacía cada noche desde antes de tener memoria, y el agua se había enfriado en lugar de calentarse.
Solomon había repetido la letanía. El agua se había enfriado un poco más.
Solomon había salido de la bañera, se había vestido, se había sentado en su sillón, y se había quedado mirando la pared de la biblioteca durante seis horas.
Los huéspedes no habían fallado. Los huéspedes habían hecho lo contrario de lo que él había querido.
Durante las semanas siguientes, Solomon había hecho los experimentos más cuidadosos de su vida sobre su propio cuerpo.
Se había medido el pulso a distintas horas.
Se había hecho cortes pequeños en el antebrazo y había cronometrado la cicatrización.
Se había privado de comida durante tres días.
Se había privado de agua durante uno. Había anotado todo en un libro nuevo, con tinta roja, en una letra más pequeña que la habitual.
La conclusión había llegado al cabo de seis semanas y era esta: los huéspedes seguían trabajando.
Seguían recitándose con la perfección de siempre cuando él los activaba.
Seguían moviéndole los libros, calentándole el aire, manteniéndole la cara de los cincuenta años.
Pero algo, dentro de él, había empezado a degradarse a un nivel que los huéspedes no podían reparar.
No era una enfermedad. No era una toxina.
Era el envejecimiento real, el deterioro celular que Solomon había leído descrito en tratados pre-cataclísmicos, el desgaste acumulado de ciento veinte años de vida en un cuerpo que jamás había sido diseñado para durar tanto.
Los huéspedes podían arreglar daños agudos.
No podían rehacer el sustrato sobre el que trabajaban.
Solomon había entendido, mirando la pared de su biblioteca a las tres de la madrugada, que se estaba muriendo.
Las señales pequeñas se iban a multiplicar. Las grandes vendrían después. Calculó, con la frialdad de quien lleva ochenta años calculando, que le quedaban entre seis meses y un año. Probablemente menos. La degradación tendía a acelerarse cuando empezaba.
Esa noche, en su biblioteca a las tres de la madrugada, Solomon Suliman había descubierto una cosa que no había experimentado nunca.
Miedo.
Volvió a poner las dos manos en el espejo y se miró los ojos.
Era una cara que conocía mejor que cualquier otra cosa del mundo.
La había visto cambiar despacio durante un siglo.
La había visto pasar de la juventud al término medio que llevaba ahora.
La había visto, sobre todo, no envejecer.
Cada arruga que se le insinuaba, los huéspedes la corregían.
Cada línea de expresión que el tiempo le marcaba, los huéspedes la borraban en cuestión de días.
Solomon, durante ochenta y cuatro años, había vivido con la certeza de que su cara era una cara congelada.
Una de las pocas constantes de un mundo cambiante.
Esa noche, mirando las dos arrugas finas bajo los ojos, descubrió que la certeza se había acabado.
Lo que tenía delante en el espejo no era el cuerpo de Solomon Suliman.
Era una versión ligeramente envejecida de ese cuerpo.
Y sería más envejecida en tres semanas, y más todavía en dos meses, y para cuando llegara el verano habría que mirarse menos en los espejos porque el cuerpo del espejo iba a empezar a no parecerse a la idea que Solomon tenía de sí mismo.
Se vistió. Se puso la camisa. La túnica. Se anudó el cinturón con las manos un poco temblorosas.
Volvió a la biblioteca. No podía dormir.
Hacía tres meses que no podía dormir bien, y en las últimas dos semanas había abandonado completamente la pretensión de intentarlo a una hora razonable.
Dormía cuando dormía. Eran ratos cortos, espaciados, al amanecer o a media mañana.
Solomon había vivido siempre con la noche, y la noche, ahora, había dejado de ser un refugio para ser otra cosa.
Se sentó en el sillón. Se quedó mirando el hueco del Azharov.
Durante ochenta y cuatro años había querido el libro por curiosidad.
Por orgullo. Por la idea de que un hombre como él debía tenerlo todo, y mientras le faltara una sola cosa importante, su biblioteca no estaría completa.
Era una motivación de hombre que cree que el tiempo es infinito.
Solomon había sido ese hombre durante mucho.
Esa noche, lo quería por otra razón.
En algún sitio de las anotaciones del Azharov, según el fraile borracho del puerto y según los rumores de tres siglos, había pasajes que describían la naturaleza de los huéspedes con un detalle que ningún otro texto del mundo conocido contenía.
Solomon llevaba un siglo conviviendo con sus huéspedes y no entendía del todo lo que eran.
Entendía lo que hacían. Entendía cómo activarlos.
Entendía cómo morían (algunos) y cómo se reproducían (otros) y cómo, en circunstancias raras, podían pasar de un cuerpo a otro.
Pero la naturaleza última de los huéspedes, qué eran, de dónde venían, cómo se relacionaban con el sustrato corporal que los albergaba, por qué fallaban cuando fallaban, eso era una página que Solomon llevaba ochenta años intentando leer sin éxito.
Era posible, solo posible, pero la posibilidad existía, que en el Azharov estuviera la respuesta a la pregunta que lo iba a matar.
No iba a leerlo él. Eso lo había decidido hacía rato. Su cuerpo no soportaría las horas dentro de la Torre de las Nubes, y aunque las soportara, los huéspedes dormidos durante demasiado tiempo eran probablemente la patada definitiva al sistema que ya estaba fallando.
Necesitaba a alguien.
A alguien sin huéspedes, un humano corriente, cualquier humano corriente, esos eran fáciles de encontrar, que tuviera además dos cosas que no eran fáciles de encontrar a la vez.
Una: la inteligencia para leer un texto pre-cataclísmico en una lengua olvidada, distinguir lo importante de lo accesorio, y traerle los pasajes que él necesitaba.
Dos: la disposición o la necesidad de hacerlo.
La primera era rara. La segunda era más rara aún.
Solomon Suliman, que llevaba sesenta años trabajando solo, que había despedido a los últimos sirvientes vivos cuarenta años atrás, que se preparaba el té y se vestía sin ayuda y se hacía las cuentas sin escribano, descubría esa noche que iba a tener que buscar a otra persona.
Era una idea que le costaba.
Pero la urgencia no le iba a dejar muchas opciones, y la urgencia, eso lo sabía bien, siempre acababa ganando los argumentos que el orgullo había estado defendiendo durante años.
Se quedó sentado en el sillón hasta que el primer gris de la madrugada empezó a colarse por el óculo de la cúpula.
La luna se había puesto. La biblioteca pasó de la luz lechosa a la luz fría, y los libros del tercer nivel, que durante la noche habían sido sombras, se fueron resolviendo en lomos individuales con sus letras grabadas.
Solomon se levantó. Le dolían las rodillas. Eso también era nuevo.
Caminó hacia el ventanal grande del este.
Aruan se desplegaba en la ladera bajo la torre, todavía dormida, con las primeras luces de las cocinas empezando a encenderse en los pisos bajos.
Era una ciudad que Solomon había visto despertar miles de veces.
La conocía mejor que a sus huéspedes. La había visto crecer, cambiar, perder edificios y ganar otros, soportar cuatro plagas y una guerra y dos cambios dinásticos.
Solomon era más viejo que la mayoría de las piedras de algunas plazas de abajo.
Apoyó la frente en el cristal frío.
En ciento veinte años había visto morir a todos los que había conocido en su juventud.
A los otros dos magos, sus únicos pares en el mundo conocido.
Marech, devorado por una infección que sus huéspedes no consiguieron contener; Nivén, suicida a los noventa y ocho años en el muelle de Aruan, sin que Solomon llegara a entender nunca por qué.
A los tres reyes de Aruan que había visto coronar y que había visto enterrar.
A las dos mujeres a las que había llegado a querer, las dos hacía tanto tiempo que sus caras se le confundían en la memoria.
A los amigos que tuvo cuando aún tenía amigos.
A los aprendices que rechazó cuando le pidieron, jóvenes con talento que se habrían dejado morir por una sola de sus letanías, y a los que Solomon había despachado siempre con la misma frase educada y vacía: no es el momento, vuelve dentro de cinco años.
Cuando volvían, Solomon les decía lo mismo.
Cuando dejaban de volver, se moría una posibilidad sin que Solomon la registrara.
Llevaba sesenta años solo.
Hasta hacía tres meses, no había sentido la soledad como una cosa. Era el aire que respiraba. No la notaba, igual que no notaba las paredes de su torre.
Desde hacía tres meses, sí.
La notaba todas las noches, con una claridad que no le dejaba dormir. La notaba al ver la cara que le devolvía el espejo. La notaba al cruzar la biblioteca de un extremo a otro y darse cuenta de que en tres semanas ninguna voz humana había sonado entre los muros.
Era posible, pensó esa madrugada con la frente en el cristal, que los hombres no se construyeran torres como aquella en las que vivir, sino para que nadie los molestara mientras se moría dentro la única persona que les importaba, que en su caso eran ellos mismos.
La frase le sonó tonta cuando la pensó. La dejó pasar de todos modos. A esa hora ya no le importaba lo tonto.
Se apartó del cristal.
Fue a la mesa de la biblioteca. Cogió pluma y papel.
Empezó a escribir una carta, la primera de varias que iba a escribir esa semana calculó, a sus pocos contactos en la ciudad y a los menos contactos que aún tenía fuera de ella.
La carta no diría nada concreto. Pediría, en términos vagos, información sobre cualquier viajero culto que llegara a Aruan en los próximos meses.
Solomon Suliman, el último mago de la Torre Azul, leyenda de la ciudad, hombre al que casi nadie veía, pero del que casi todo el mundo había oído hablar, no podía permitirse anunciar lo que buscaba. Tenía que cazar de oído.
Escribió tres frases.
La pluma se le quedó quieta en mitad de la cuarta.
Miró la mano que sostenía la pluma. La mano estaba quieta. Solomon la quiso mover. La mano no se movió.
Medio segundo.
Después, sí.
La mano completó la frase con una lentitud que no era la suya. Solomon dejó la pluma en el tintero, despacio. Se quedó mirándose la mano que ya volvía a ser la suya. Estaba completamente normal. La doblaba, la estiraba, le daba la vuelta a la palma. Funcionaba. Como hacía treinta segundos.
No iba a funcionar siempre.
Solomon tragó saliva. Le costó. Eso también, en algún punto, iba a empezar a costarle más.
Volvió a coger la pluma.
Terminó la carta.