Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 17. Solomon.
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17. Solomon.

Solomon Suliman, miraba el cadáver de un mono que humeaba sobre la mesa.

Se levantó del taburete y fue al libro pequeño de la mesa. Mojó la pluma. Anotó tres líneas con la letra exacta que llevaba ochenta y cuatro años usando para estas cosas.

Setenta y tres. Mono pequeño, pardo. Calor selectivo en franja lateral. Muerte por colapso cardíaco a los cuarenta y siete minutos. Sin migración detectable.

Cerró el libro.

Bajó del laboratorio por la escalera de caracol que conectaba el piso superior de la torre con la biblioteca.

La torre era suya entera. Cinco pisos, cada uno con una función distinta.

Hacía cuarenta años que había dejado de tener sirvientes vivos en la torre.

Los sirvientes vivos envejecían y se iban y volvían y eran reemplazados por otros sirvientes vivos que también veían y hablaban.

Solomon había decidido, hacía cuarenta años, que era más sencillo prescindir.

La biblioteca ocupaba el tercer piso. Era circular, con tres niveles de estanterías que llegaban hasta la cúpula, conectados por escaleras de hierro forjado que los gremios de Aruan le habían instalado dos siglos atrás.

La cúpula tenía un óculo en el centro por el que entraba la luna esa noche.

La luz caía sobre la mesa de lectura del centro y dejaba el resto de la biblioteca en una penumbra tibia.

Solomon se sentó en su sillón.

Quería un libro del tercer nivel, el de las estanterías más altas. No se levantó.

Lo miró.

El libro era un volumen pequeño, de tapas azules, que había bajado quizá quince veces en su vida.

Solomon notó la presión detrás de los ojos otra vez, breve, casi un parpadeo interior.

El libro se desprendió de su sitio. Cayó cuatro dedos.

Se detuvo. Bajó por el aire en línea recta, atravesó dos niveles de estanterías sin rozar nada, y aterrizó en su mano abierta con un golpecito seco.

Solomon lo abrió por la página que necesitaba sin pensarlo. La memoria del cuerpo era esa también. Una página exacta, en un libro exacto, en un piso exacto, sin haberlo planificado.

Leyó tres minutos.

Mientras leía, se le enfrió la taza de té que tenía al lado del codo. Era la cuarta taza de la noche y había estado dejándola enfriar mientras hacía el experimento. Solomon levantó la vista del libro un instante. Miró la taza.

El té volvió a humear.

No lo había decidido. La taza era una más de las cosas pequeñas que su cuerpo arreglaba sin consultarle.

Igual que un hombre normal, al sentir frío, se cierra el cuello de la camisa sin mirarlo, Solomon recalentaba el té sin mirarlo.

Llevaba tantos años con sus huéspedes que la frontera entre lo que él hacía y lo que ellos hacían se había desdibujado en algún punto que Solomon ya no recordaba.

Siguió leyendo.

Del otro extremo de la biblioteca, una vela del candelabro de la pared se apagó sola. Cinco segundos después, se encendió. Solomon no levantó la vista. Era un tic. Sucedía cuando estaba concentrado.

Un hombre que no fuera Solomon habría descrito todo aquello como hechicería.

Solomon, las pocas veces que pensaba en lo que hacía, lo describía con una palabra que se había inventado para sí mismo y que no le había dicho nunca a nadie.

Doméstico . Lo que hacía con el aire, con los libros, con las velas, con el agua, con las pequeñas cosas físicas del mundo cercano, era doméstico.

Era lo que hacía un hombre con su casa cuando llevaba un siglo viviendo en ella y la conocía mejor que a sí mismo.

Solomon era propietario de una casa que se extendía dos palmos alrededor de su cuerpo. Dentro de esa casa, mandaba.

Fuera, no.

Levantó la vista del libro al cabo de un rato. No por nada concreto. Por costumbre.

La biblioteca se desplegaba a su alrededor como una galaxia pequeña.

Diecisiete mil volúmenes, había contado la última vez que se había molestado en contar, hacía treinta años.

Algunos del Imperi Solari. Muchos no. Tratados de filosofía natural en cuatro lenguas.

Crónicas de reinos que ya no existían. Códices de medicina anteriores al Cataclismo, copiados por monjes que no habían entendido lo que copiaban y por eso habían copiado bien.

Manuales de óptica. Tablas astronómicas.

Diarios de viajeros que habían visto cosas que ya no había forma de ir a ver.

Solomon los había leído casi todos. Algunos, dos veces.

La mirada se le fue, sin querer, al hueco de siempre.

Estaba en el segundo nivel, en la sección este, entre dos volúmenes encuadernados en piel oscura.

Un hueco de tres dedos. El espacio que ocuparía un libro de tamaño medio si alguien lo hubiera puesto allí.

Solomon llevaba ochenta y cuatro años con ese hueco a la vista y nunca lo había llenado con nada más, aunque le habrían bastado cinco minutos para reorganizar la sección y disimularlo.

No quería disimularlo. Lo prefería visible. Era un recordatorio.

Le había puesto el nombre del libro que faltaba, mentalmente, encima del hueco. El Azharov.

La primera vez que oyó hablar de él fue a los treinta y seis años, en una conversación con un fraile retirado que vivía cerca del puerto y que tenía la costumbre de hablar de más cuando bebía.

El fraile le contó que, en la Torre de las Nubes, en la sección sellada, había un volumen escrito por un investigador pre-cataclísmico que describía con detalle clínico cosas que la Iglesia clasificaba como herejía, demonios y abominaciones.

Le contó que el libro existía. Le contó que nadie lo abría desde hacía generaciones.

Le contó que un fraile más viejo que él había leído tres páginas y se había vuelto loco.

Solomon no le creyó del todo, pero anotó el nombre.

A los cuarenta intentó entrar en la Torre de las Nubes la primera vez.

No pudo.

La Torre tenía algo dentro, una propiedad, una emanación, una cosa para la que Solomon nunca encontró palabra precisa, que apagaba a sus huéspedes.

Cruzar el umbral era para Solomon como sumergirse en agua helada.

La presión detrás de los ojos desaparecía.

La activación se cortaba. Las pequeñas magias domésticas dejaban de responder.

Su cuerpo, durante el tiempo que estuviera dentro, era el cuerpo de un hombre normal de cuarenta años.

Un hombre que envejecería desde el momento en que cruzara la puerta, que ya no tendría la regulación interna que le mantenía la temperatura, el riego, la viscosidad de la sangre.

Solomon no había sabido entonces qué iba a pasarle si se quedaba muchas horas dentro. No había querido averiguarlo.

Se había marchado a la media hora, mareado, con la sensación de que algo se le había desconectado por dentro y necesitaba volver a casa para reconectarlo.

Lo intentó cinco veces más a lo largo de los siguientes cuarenta años. Las cinco veces le pasó lo mismo. La sexta vez, hacía treinta años, decidió no volver a intentarlo. Su cuerpo no estaba diseñado para cruzar el umbral de aquella torre, y su cuerpo era todo lo que tenía.

El Azharov se había quedado dentro.

Solomon había aprendido a vivir con el hueco.

Cerró el libro azul sobre las rodillas y se levantó del sillón.

Las piernas le respondieron bien. Eso, esa noche, lo notó. Las piernas le respondían bien la mayoría de los días. Pero llevaba tres meses notando los días en que no, con una precisión que antes no había necesitado.

Fue al cuarto. El cuarto estaba en el segundo piso de la torre, un cuarto pequeño con relación al resto de la torre, con una ventana orientada al oeste por la que se veía la bahía de Aruan a esa hora completamente oscura, y una cama estrecha, y un espejo grande de bronce pulido que cubría toda la pared de enfrente de la ventana.

El espejo lo había mandado hacer cuarenta años atrás y nunca lo había movido.

Se quitó la túnica. La camisa interior. Se quedó desnudo de cintura para arriba.

Se miró.

Lo que el espejo le devolvía era el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años.

Hombros estrechos, brazos sin marca, vientre algo flojo, pero sin redundar.

La piel tirante donde tenía que estar tirante.

Los pelos del pecho a medias entre el negro y el gris.

Una cicatriz vieja en el costado izquierdo, recuerdo de cuando era joven y todavía iba a sitios donde lo apuñalaban.

Nada que un hombre de cincuenta años no hubiera podido tener.

Lo veía Solomon, lo veían los pocos visitantes que cruzaban a veces por la torre, lo veían los servidores invisibles que en otro tiempo habían pasado por allí.

Era el cuerpo de Solomon Suliman, un hombre de mediana edad con buena salud y una postura ligeramente encorvada que le venía de pasarse las noches leyendo.

Solomon sabía lo que había debajo.

Se acercó al espejo. Apoyó las dos manos en el bronce frío.

La cara, vista de cerca, le devolvía un detalle que él era el único en el mundo que sabía leer.

La piel del pómulo izquierdo, en la zona de bajo del ojo, tenía una arruga muy fina que hacía tres meses no estaba.

Otra, simétrica, en el lado derecho. Llevaba tres meses comparando las dos arrugas con una regla pequeña que tenía en el cajón de la mesilla.

Habían crecido un cuarto de pulgada en doce semanas.

Las arrugas eran de un hombre de su edad real.

Los huéspedes no las estaban borrando.

La primera señal había sido el invierno pasado.

Un dedo de la mano izquierda, el meñique, le había dejado de responder durante medio segundo.

Solomon estaba sirviendo té en la biblioteca y de pronto, en mitad del gesto, el meñique se había quedado quieto.

Medio segundo. Después había vuelto. Solomon había dejado la tetera en su sitio, había ido al laboratorio, se había hecho una serie de pruebas básicas. No había encontrado nada anormal.

La segunda señal, dos meses después. La misma, en otro dedo.