Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 16. El kah-dem. #3
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16. El kah-dem. #3

Era una pluma. Pequeña, marrón con la punta blanca. La pluma era de un Kah-Dem. Beltrán había visto plumas como esa enredadas en los cuernos de los animales caídos en el istmo. Rojo la había recogido del suelo en algún momento sin que él lo viera.

El niño se la dio.

Beltrán la cogió con dos dedos. La miró.

La pasó por la palma para sentir la textura.

Después se levantó y la puso, despacio, sobre la pequeña madera plana que tenía al lado del jergón.

Allí ya había otras cosas. Una piedra pulida que Rojo le había traído del río la segunda semana.

Una cuerda trenzada que había aparecido sobre la manta sin que él hubiera visto al niño hacerla.

Un trozo de hueso tallado con tres muescas que no significaban nada para Beltrán y que probablemente significaban algo para Rojo.

La pluma fue la cuarta cosa de la repisa.

Beltrán se dio la vuelta para decirle al niño que era una pluma bonita. No lo dijo nunca, porque cuando se dio la vuelta Rojo ya estaba contra él, abrazado a su cintura, con la cara apretada contra el lateral del jubón.

Beltrán se quedó muy quieto.

El abrazo duró poco. El niño se apartó tan rápido como había venido, con la torpeza de los niños sorprendidos de sus propios gestos.

Volvió a su rincón y se sentó como si no hubiera pasado nada.

Empezó a colocar tres piedras pequeñas en una hilera, concentrado, como si las piedras fueran lo más importante del cuarto.

Beltrán seguía de pie en mitad de la tienda. Las manos le colgaban a los lados. No las había levantado a tiempo para devolver el abrazo, y ahora ya no las podía levantar porque el momento se había terminado.

Se sentó en el jergón.

Llevaba la cuenta de los hombres que había matado en su vida.

La cuenta exacta, sin mentirse. Sesenta y dos.

Lo sabía porque era la clase de cosa que un sicario lleva por dentro como un médico lleva las cuentas de los pacientes.

Uno tiene que saber qué peso lleva. Esa tarde, mientras miraba al niño colocar tres piedras en una hilera, descubrió que también llevaba, sin saberlo, una segunda cuenta.

La cuenta era cero. No había abrazado a nadie ni nadie lo había abrazado a él en mucho tiempo.

Tantos años que no tenía sentido contarlos.

Hoy era uno.

No era una cuenta importante. Pero era una cuenta nueva.

Nahira apareció en la entrada de la tienda cuando ya era de noche.

No entró. Se quedó en el umbral con una jarra en una mano y dos tazas en la otra. El fuego de fuera se le marcaba en un lado de la cara y el otro lado se le quedaba en sombra, lo cual le daba un aire que en otra mujer habría sido teatral y en ella era simplemente lo que era.

—El niño duerme —dijo, mirando al rincón donde Rojo se había acurrucado bajo la manta hacía un rato.

—Sí.

—¿Sales?

Beltrán salió.

Se sentaron los dos en el suelo, junto a la entrada, con la espalda contra el faldón de la tienda. Nahira sirvió en las tazas. Era la bebida fermentada del clan. Beltrán había aprendido a beberla sin atragantarse al cabo de la tercera semana. Bebió la suya despacio.

Estuvieron callados un rato.

—Hoy te has portado bien con Turak —dijo Nahira al fin.

—No me he portado bien. Le he ganado.

—Le has ganado sin humillarlo. Es lo mismo cuando se trata de él.

Beltrán pensó en eso. Era posible que tuviera razón.

—¿Cómo se llama tu tierra? —preguntó Nahira después de otro rato—. La tuya, no la del niño. La tuya.

—Tolusa.

—¿Cómo es?

Beltrán bebió un trago largo antes de contestar. La bebida estaba más fría que cuando habían empezado.

—En Tolusa hay piedra encima de piedra. Gente encima de gente. Las estrellas no se ven desde casi ningún sitio porque las hogueras del puerto no se apagan nunca y la luz sube al cielo y se las traga.

—¿Y por eso te fuiste?

—No. Me fui por otras cosas.

—¿Cuáles?

Beltrán miró el fuego del centro del campamento, que ardía bajo, y los hombres que se habían ido sentando alrededor a charlar las últimas conversaciones del día.

—Me convertí en un estorbo.

Nahira asintió. No le pidió que le aclarara la frase. Eso le gustó.

Bebieron el resto en silencio. Cuando Nahira terminó, dejó la taza al lado de la jarra y se puso de pie.

Antes de irse le tocó el brazo. Solo un instante.

Los dedos secos, callosos, cálidos por la bebida.

Una presión mínima, exacta, sin segunda intención.

Después recogió la jarra y las dos tazas y caminó hacia su tienda sin mirar atrás.

Beltrán se quedó sentado un rato más en el suelo.

Miraba en la dirección por la que ella se había ido sin saber muy bien por qué seguía mirando.

Era la primera vez en años que una mujer le tocaba el brazo sin querer cobrarle por ello, y aunque el gesto había durado un instante, Beltrán sabía que iba a seguir notándolo en el sitio exacto durante un rato más largo del que el gesto merecía.

No se movió hasta que el frío le obligó.

Dentro de la tienda, Rojo seguía dormido. Las tres piedras que había colocado en hilera antes de dormirse seguían allí, junto a su rincón.

Beltrán se tumbó en su jergón. Una distancia respetuosa del niño, pero más cerca de la que había mantenido las semanas anteriores.

Se quedó mirando el techo de pieles. Oía la respiración corta del crío, el viento bajo de la Estepa contra las cuerdas de la tienda, alguna voz lejana de los hombres que aún no se habían acostado.

Pensó que hacía años que no se sentía en ningún sitio.

Que en Tolusa había estado siempre de paso, aunque no se hubiera movido en veinte años.

Que hasta esa noche el mundo había sido para él un sitio en el que se entraba por una puerta y se salía por otra, y todo lo que pasaba entre las dos puertas era trabajo a destajo.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía exactamente fuera.