Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 16. El kah-dem. #2
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16. El kah-dem. #2

Desapareció con la bandada por la boca oeste.

El ruido del Kah-Dem se fue alejando. La vibración se fue apagando. Las piedras volvieron a estar quietas. Y entonces, en el istmo, se hizo un silencio que Beltrán reconoció, el silencio que se hace cuando alguien acaba de cometer una falta que todo el mundo ha visto.

Turak se quedó solo en su puesto, con la mano todavía abierta donde había estado la lanza.

No bajó la cabeza. Eso le costó más de lo que habría costado bajarla.

Beltrán lo observó desde la piedra. Las rodillas tirantes.

Los hombros echados atrás. La barbilla más alta de lo necesario.

La furia de saber que la furia no le sirve.

Nadie le habló.

Esa fue la peor parte. Los otros cazadores se acercaron a sus presas, cada uno a la suya.

Nahira había bajado de algún sitio que Beltrán no había visto y caminaba entre los Kah-Dem caídos con un cuenco de barro y una hoja pequeña.

Se arrodillaba al lado de cada uno. Le tocaba la frente al animal con la palma abierta.

Decía algo en el idioma del clan. Mojaba la hoja en el cuenco y le marcaba el costado con una raya corta.

Después se levantaba y pasaba al siguiente.

Beltrán no entendió las palabras. Entendió el tono. No era una despedida. Era una disculpa.

Gorath bajó de la piedra y empezó a caminar entre los cazadores, sin hablar tampoco.

A Turak no se le acercó. El joven se quedó solo con la mano vacía hasta que Nahira terminó de rezar por los siete venados y solo entonces se acercó a él, le puso la mano en el hombro un momento, y siguió caminando hacia el campamento.

Turak se quedó el último.

Cuando empezó a andar de vuelta, llevaba la cara sin expresión. Beltrán bajó de la piedra con Rojo de la mano y los siguió a doscientos pasos.

En el campamento, las mujeres ya habían empezado a preparar lo que harían cuando los cazadores volvieran con las presas.

Hervidores grandes. Cuchillas curvas. Pieles tendidas para recibir la sangre.

Trabajo de toda la tarde y de toda la noche siguiente, calculó Beltrán.

Siete Kah-Dem alimentaban al clan durante dos lunas si se hacían bien las salazones.

Los cazadores fueron volviendo. Cada uno con su animal a lomos de un caballo bajo. Los Kah-Dem pesaban menos de lo que parecían. Esa era una de las gracias de la diosa, le explicó Nahira más tarde, los animales que se ofrecían no le pesaban demasiado a quien los recogía.

Turak entró el último. Sin presa. Caminó hasta el centro del campamento y allí se quedó quieto, con las manos vacías, mirando un punto del suelo. Las mujeres no le hablaron al pasar a su lado. Los niños se apartaron sin que nadie se lo dijera.

Beltrán se sentó en el tronco que había cerca de la hoguera grande con Rojo en las rodillas. No buscaba estar visible. Estaba donde había estado todas las mañanas desde que se le había permitido moverse por el campamento, y tampoco le pareció el día de cambiarlo.

Fue Turak quien fue a buscarlo a él.

El joven cruzó la plaza del campamento con la trenza pegada a la espalda y se plantó delante del tronco. No miró a Rojo. Solo a Beltrán. Habló en su idioma.

Beltrán no entendió las palabras. Entendió el tono. Era un desafío.

Nahira había aparecido en la entrada de su tienda con una jarra en la mano. La dejó en el suelo y caminó despacio hacia la hoguera, sin prisa, como si no estuviera viniendo a interrumpir lo que estaba a punto de pasar.

—Dice que todo es culpa tuya, que la Diosa no está contenta con la llegada del extranjero, que están malditos desde que llegaste. Quiere pelear contigo —dijo Nahira en voz baja al llegar al lado de Beltrán—. Sin acero. Solo lanzas de práctica. Hasta que uno de los dos rinda.

Beltrán miró a Turak. El joven no tenía cara de furia. Tenía cara de cosa peor, de hombre que necesita un sitio donde poner una vergüenza que no puede poner en la diosa, ni en el viento, ni en el animal que le ha fallado. Beltrán había sido ese hombre alguna vez. Sabía qué había detrás de esa cara.

Miró después a Gorath. El Dhal estaba sentado en el tronco grande del otro lado de la hoguera, con un cuenco de bebida en las manos. No hizo ningún gesto. No miró a Beltrán. No miró a Turak. Bebió un trago.

Beltrán entendió. No interviniendo, autorizaba. Para Gorath, esto era cosa entre dos hombres y dos hombres se la arreglaban.

Le bajó a Rojo de las rodillas. El niño se apartó solo, sin hacer ruido, y fue a sentarse al lado de Nahira, que lo cogió en brazos en cuanto llegó.

Beltrán se levantó.

—Bien —dijo.

Turak no esperó traducción. Le tendió una de las dos lanzas de práctica que llevaba en la mano izquierda. Eran más cortas que las del Kah-Dem, con la punta envuelta en cuero apretado. No mataban. Pero rompían huesos.

Beltrán cogió la suya.

Medio clan se reunió alrededor sin que nadie llamara a nadie. Las cosas importantes en la Estepa se llamaban solas.

Beltrán hizo un círculo lento con la lanza para probar el peso. Era distinto del que conocía. Más al frente, menos centrado. La punta tiraba abajo. Bien. Se acomodó.

Turak no esperó.

Entró derecho, con un golpe alto que era más rabia que técnica.

Beltrán le dejó pasar el primero por encima del hombro y se desplazó un paso a la izquierda.

El segundo, más bajo, le rozó el costado.

Beltrán lo encajó y no contestó. No quería contestar todavía.

Quería ver qué tenía el chico debajo de la rabia.

Turak tenía técnica. No mucha, la que aprende un cazador joven en un campamento donde la lanza es para los Kah-Dem, pero tenía. Manejaba bien la pierna de apoyo, se recolocaba rápido, no soltaba la lanza en los giros. Si Beltrán hubiera sido un Oona-Gori joven de su edad, Turak le habría ganado.

Beltrán no era un Oona-Gori joven.

Dejó que Turak le pegara una tercera vez en el costado, a propósito, para que se confiara.

El golpe le dolió. Beltrán encajó el dolor sin moverse y siguió leyendo.

Turak estaba cogiendo el ritmo. Estaba empezando a sentirse en lo suyo.

Beltrán contó tres latidos y supo qué iba a venir a continuación.

Un golpe alto, a la cabeza, que Turak siempre lanzaba después de tres bajos. Lo había visto en el primer minuto.

Cuando llegó, Beltrán entró por debajo.

No fue rápido. Fue exacto. Bajó la rodilla, metió la lanza por debajo del brazo de Turak, la giró noventa grados con la muñeca, y bloqueó el palo del joven contra su propio cuerpo.

En la misma continuación del giro, sacó la punta envuelta en cuero por encima del codo de Turak y se la apoyó suavemente, sin presión, en el cuello.

El filo no estaba. El cuero tampoco mataba. Pero los dos sabían lo que la posición significaba.

Turak se quedó muy quieto.

Medio clan también.

Beltrán mantuvo la lanza ahí dos latidos. No más. Después la retiró, dio un paso atrás, y bajó el arma.

—Tienes razón en no fiarte de mí —dijo en voz baja, en lengua común, sabiendo que Turak no le entendería las palabras pero que entendería el tono—. Pero esto no era el momento de demostrarlo.

Le ofreció la mano para ayudarlo a recomponerse.

Turak no la cogió. Pero tampoco le escupió a la cara, que era una opción.

Se quedó mirando a Beltrán un momento largo, con esa cara que tenía un hombre joven cuando descubre que el hombre mayor sabe algo que él no va a aprender en un día.

Después dio media vuelta y se fue hacia las tiendas del fondo del campamento, sin pasar por la hoguera grande.

Nadie lo siguió.

Gorath dejó el cuenco en la roca de al lado y se levantó.

Caminó por la plaza hasta donde estaba Beltrán y le puso la mano en el hombro. Solo eso. La mano del Dhal era pesada, callosa, con esa temperatura particular de las manos de los hombres que pasan el día al raso. La dejó ahí cuatro o cinco latidos y la quitó.

—Mañana —dijo Gorath sorprendentemente en su idioma—. Entrenas con los cazadores.

Beltrán inclinó la cabeza.

—Una cosa —añadió el Dhal—. No con los guerreros. Aquí no tenemos guerreros. Tenemos cazadores. Es una diferencia. Los guerreros aprenden a matar hombres. Los cazadores aprendemos a no ofender a la diosa cuando matamos lo que nos da de comer. Tú sabrás cuál de las dos cosas necesitas.

Beltrán no contestó.

Gorath le sostuvo la mirada un momento más y se fue hacia su tienda.

Beltrán se quedó solo en mitad de la plaza con la lanza de práctica en la mano y el costado dolorido por los tres golpes que había encajado a propósito.

Medio clan ya se había vuelto a sus tareas.

Algunas mujeres lo miraban de reojo al pasar.

Los niños habían vuelto a jugar entre las tiendas.

Rojo seguía en los brazos de Nahira, mirándolo desde lejos sin parpadear.

Beltrán pensó, sin decirlo, que acababa de cruzar una línea que durante semanas no había sabido ni dónde estaba.

No era una línea de aceptación. Los Oona-Gori no iban a aceptarlo nunca como suyo.

Era otra cosa. Era la línea entre que te toleren y que te necesiten.

La primera era barata. La segunda costaba.

Devolvió la lanza al hombre que se la había dado y caminó hacia la tienda de Nahira para recoger al niño.

Volvió a su tienda con Rojo de la mano cuando el sol empezó a caer por el oeste.

Dentro, el niño no se separó de él como otras tardes.

Se sentó al lado del jergón mientras Beltrán se quitaba el jubón para revisarse el costado.

Tenía un moratón largo, oscuro, donde Turak le había golpeado tres veces.

Beltrán se lo apretó con los dedos. Dolía.

Pero estaba ya más curado de lo que un moratón de tres golpes debería estar al cabo de una tarde, y Beltrán lo guardó sin examinarlo, junto con las otras cosas raras que le habían pasado en el cuerpo desde la noche del Juramentado.

Rojo le tendió la mano.

Beltrán bajó la vista. El niño tenía algo en el puño cerrado.

Lo abrió.