Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 16. El kah-dem.
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16. El kah-dem.

Beltrán se despertó antes del amanecer porque algo había cambiado en el ruido del campamento.

Llevaba semanas suficientes en la Roca Partida para conocer los sonidos de cada hora.

La Estepa tenía su propia gramática nocturna y los Oona-Gori se acoplaban a ella sin hablarlo.

Las hogueras bajas a partir de medianoche.

Los caballos resoplando antes del primer azul del este.

El roce de las pieles cuando alguna mujer se levantaba a atender a un crío.

Beltrán había aprendido a dormir entre todo eso.

Dormía como un hombre que no está seguro de despertar.

Lo que había cambiado esa noche eran las hogueras. Estaban más altas que de costumbre. Y había hombres ya despiertos, hablando en voz baja, con una urgencia ordenada.

Beltrán abrió los ojos en la oscuridad y se quedó tumbado.

A dos pasos de él, en el rincón opuesto de la tienda, Rojo dormía hecho un ovillo bajo la manta de pieles que Nahira le había dejado.

El niño dormía profundamente. Beltrán lo había observado dormir muchas veces y había acabado por reconocer las dos clases de sueño que tenía.

La superficial, en la que se encogía y respiraba con prisa, y la honda, en la que se estiraba y la cara se le abría. Esa noche era la honda.

Beltrán se levantó sin hacer ruido. Antes de salir, le subió la manta hasta el cuello al niño.

Era un gesto que no había hecho hasta esa misma semana.

No lo había decidido. Le había salido la primera vez al ver que la manta se había ido cayendo, y al hacerlo había descubierto que la mano se le movía sola, como si supiera algo que él aún no había aprendido. Esa mañana lo hizo otra vez.

Salió a la luz fría.

El campamento estaba en plena actividad y aún era de noche.

Las mujeres acarreaban cestos de sal y de hierbas secas.

Los hombres se untaban la cara con grasa y ceniza, con economía de gestos.

La rutina del año. Algunos cantaban en voz baja.

La canción no la entendía. Llevaba la cadencia de las canciones serias, y eso era toda la información que Beltrán necesitaba.

Nahira apareció a su lado sin que la oyera llegar. Llevaba el pelo recogido con una cuerda trenzada y una mancha de ceniza en la mejilla. Le tendió un cuenco de barro. Dentro había una bebida tibia que olía a hierbas y a algo más oscuro que las hierbas.

—Bebe —dijo.

Beltrán bebió. Sabía a tierra y a algo dulce que no supo nombrar.

—Hoy pasa el Kah-Dem por el istmo del Velmar —dijo Nahira sin mirarlo, mirando hacia el este por encima de las tiendas—. No todos los años pasan por aquí. Depende del viento. Cuando pasan, se cazan.

—¿Puedo mirar?

Nahira sonrió. Fue una sonrisa breve, casi privada, la primera que Beltrán le veía. Hasta esa mañana la había visto seria, atenta, alguna vez divertida.

—Mirar puedes. Cazar no.

Beltrán entendió el matiz y no insistió. Le devolvió el cuenco vacío. Nahira lo cogió.

—¿El niño? —preguntó ella.

—Duerme.

—¿Come?

—Sí. Despacio. Pero come.

—¿Ha hablado?

—No.

Nahira asintió. Se quedó un momento más a su lado, mirando el campamento moverse, y dijo algo que Beltrán no esperaba.

—El silencio de los niños no es como el de los adultos. No es vacío. Está esperando.

Beltrán no contestó. Nahira se fue antes de que hubiera tenido tiempo de pensar qué decir. La frase, sin embargo, se le quedó dentro como se queda dentro una piedra dentro de un zapato.

Está esperando.

Beltrán se quedó mirando hacia donde Nahira se había ido, hasta que el primer azul del cielo le obligó a apartar la vista por el frío del aire.

Rojo se despertó al rato. Salió de la tienda envuelto en la manta. Beltrán le dio una hogaza pequeña que Nahira había dejado en la entrada. El niño se la comió en cuclillas, junto al fuego pequeño que Beltrán mantenía con leña de espinos.

Cuando los cazadores empezaron a reunirse en el centro del campamento, Beltrán le tendió la mano al niño.

—Vente.

Rojo se la cogió.

Beltrán no había dado nunca la mano a un niño.

Había dado la mano a mujeres y a algunos hombres y a algún caballo herido.

La mano de un niño era distinta. Pequeña, caliente, firme.

Se agarraba sin reservas. Beltrán cerró los dedos alrededor de la mano del crío y caminó hacia el grupo de los cazadores con Rojo a su lado, el niño tirando un poco hacia atrás cada cuatro pasos para mirar algún detalle del camino.

Se calló cualquier cosa de lo que le estaba pasando por dentro. Solo lo sintió, sin examinarlo: hacía mucho que no ajustaba su paso al de nadie, y ajustarlo no le costaba.

El istmo del Velmar estaba a una legua escasa del campamento, hacia el este, donde la Estepa se estrechaba entre dos formaciones de roca alta.

Era un paso natural de unos cien pasos de ancho en su parte más estrecha, con las rocas cayendo a pico a ambos lados.

Los Oona-Gori lo habían usado durante generaciones porque los Kah-Dem, una vez metidos en él, no podían torcer.

Gorath, el Dhal del clan, esperaba en una piedra alta sobre el istmo.

Era un hombre ancho, de pelo gris recogido en una sola trenza, con la cara curtida por inviernos que Beltrán no podía contar.

Lo saludó con un gesto de la cabeza al verlo llegar.

Descubrió que chapurreaba un poco su lengua, aunque seguía usando a Nahira para lo importante.

—Mira sin estorbar —dijo—. Los Kah-Dem pasan rápido. Si te pones donde no debes, te llevan por delante.

Beltrán asintió. Subió a la piedra y se acomodó al lado de Gorath. Rojo se sentó entre los dos, con las piernas colgando.

Desde allí veía a los nueve cazadores distribuidos a lo largo del istmo, en posiciones que parecían arbitrarias hasta que uno empezaba a entender que cada hombre cubría exactamente un sector que el siguiente no podía cubrir.

Iban con la cara untada de ceniza. Cada uno tenía una sola lanza.

Beltrán contó. Una por hombre. Nueve lanzas para una bandada que, según Nahira, podía traer doscientos animales.

—¿Una sola lanza por hombre? —preguntó.

Gorath asintió sin mirarlo.

—Una.

—¿Y si fallan?

—Entonces el Kah-Dem se va. Y el cazador se queda con la mano vacía.

—¿Y los heridos?

Gorath tardó un momento en contestar. Cuando lo hizo, hablaba más despacio. Era la forma en que se hablaba a los extranjeros: midiendo las palabras.

—Un Kah-Dem cazado es un Kah-Dem muerto al primer lanzazo. Si el animal cae herido y sigue corriendo, el cazador ha deshonrado al clan. Las heridas que no matan ofenden a la diosa. La sangre de un animal que sufre la huele ella desde lejos y se entristece.

Beltrán no contestó.

Pensó, sin permitirse decirlo, en las decenas de hombres que él había dejado morir mal en su vida.

En los que habían agonizado dos minutos por una estocada que él podría haber rematado y no había rematado por falta de tiempo o de ganas.

Aquí, en una formación de rocas en mitad de la Estepa, nueve hombres cargaban una sola lanza por respeto a un animal que no sabía que iba a morir.

Beltrán había pasado cuarenta años matando hombres con menos ceremonia.

No era una conclusión cómoda. La dejó sin terminar.

Se oyó primero.

El Kah-Dem llegaba como llega una tormenta lejana, un rumor bajo en el suelo que primero se notaba por las patas de los caballos del campamento, que estaban atados muy lejos, y que ahora desde aquí se notaba en las piedras.

Beltrán sintió la vibración subirle por las botas.

Rojo se agarró a la manga de su jubón sin decir nada.

Después el aire cambió. Olor a sudor de animal, a hierba pisada, a cuerno. Un olor antiguo, espeso, que llegó al istmo unos segundos antes que la bandada.

Después apareció.

La bandada entró por la boca este del istmo y la llenó.

Eran venados emplumados y pequeños, de patas cortas y ágiles, con cornamentas anchas y planas que se entrelazaban armoniosamente sobre las cabezas.

Doscientos, quizá más. Avanzaban a la velocidad del viento.

No corrían por miedo. Corrían porque eso era lo que hacían en esas dos semanas del año, y nada de lo que pasara alrededor podía interrumpirlo.

Si un cazador se les ponía delante, lo embestían. Si una piedra caía, la saltaban.

Las lanzas empezaron a moverse.

Beltrán no había visto cazar nunca de aquella manera.

Los cazadores Oona-Gori no apuntaban al cuerpo del animal, apuntaban a un punto del aire por donde el animal iba a pasar dos latidos después.

Las lanzas salían de la mano con un giro corto, casi displicente, y atravesaban el aire en un arco bajo.

Cada lanza encontraba su Kah-Dem en pleno galope, un metro antes de la roca, y lo derribaba con la limpieza de quien apaga una vela.

Uno. Beltrán contó.

Dos.

Tres.

Cuatro. Cinco.

Seis.

La séptima lanza falló. Rebotó en la cornamenta de un macho grande y se perdió contra la roca del fondo.

El cazador que la había lanzado se quedó muy quieto, con la mano vacía, mirando cómo el Kah-Dem que no había muerto cruzaba el istmo y desaparecía por la boca oeste con los demás.

No era una vergüenza grande. Beltrán entendió que fallar limpio se aceptaba.

Nadie le iba a reprochar al cazador haber tirado y haber errado. La ofensa era otra.

La otra llegó dos cazadores después.

La novena lanza salió de la mano precisamente del mejor entre ellos.

Beltrán lo reconoció por la trenza más oscura del clan.

Turak. Hubo un gran revuelo cuando Turak bajó la cinta de su pelo y se tapó los ojos: quería repetir la hazaña del legendario Abrakas, que había cobrado todas sus piezas siendo ciego.

La lanza voló bien al principio. Pero el ángulo era equivocado por un nudo y cuando alcanzó al Kah-Dem el animal recibió la punta en el lomo, no en el corazón.

El venado dio un brinco corto, recuperó el equilibrio, y siguió corriendo con la lanza clavada saliéndole por encima de la espalda.