15. La caravana. #2
Otra flecha. Otra. Algo de madera se astilló por encima de ella. Un guardia gritó. El grito se cortó a la mitad.
Lupe se arrastró. Sin saber muy bien hacia dónde, hacia el carro más cercano, hacia algo que tuviera madera entre ella y el oeste.
Se metió debajo del eje del carro de los pájaros.
La mujer estaba ahí al lado. Lupe no la miró.
No la miró durante toda la pelea. Era una de las pocas decisiones que tomó en aquella media hora y la cumplió.
La pelea, desde debajo del carro, fue otra cosa.
No fue una secuencia. Fue una sucesión de ruidos.
Acero contra acero. Cascos. Voces gritando palabras en un idioma que Lupe no había oído nunca, y otras voces, las de los guardias, gritando palabras en lengua común que Lupe entendía pero que sonaban igual de animales que las otras.
Cuando los hombres pelean en serio, la lengua deja de importar. Eso lo descubrió esa media hora.
Vio piernas. Vio botas. Vio una bota cortada por encima del tobillo con el pie todavía dentro.
Vio una mano tirada en el polvo a tres pasos de su cara, todavía agarrada a una espada corta.
La mano era de un guardia. Lupe lo supo porque la espada era de las de la caravana.
Eso fue lo único que pudo deducir y por un momento, debajo del carro, le pareció una victoria mínima de la cabeza sobre el cuerpo.
Lupe Morales seguía siendo capaz de deducir. Eso era importante.
La pelea siguió.
Los bandidos eran muchos y los guardias se fueron quedando pocos.
Lupe oyó caer a tres de los suyos sin verlos caer, porque los gritos de los moribundos sonaban distintos de los gritos de los atacantes y Lupe ya empezaba a distinguirlos.
Los de los suyos eran cortos. Los de los bandidos eran de furia.
La diferencia era el tiempo que les quedaba para gritar.
Y entonces algo cambió.
Al principio Lupe no entendió qué.
Hubo un grito de sorpresa de los bandidos. Después otro. Después uno de los caballos de los atacantes pasó a tres pasos del carro con un jinete muerto. Y después, por primera vez en la pelea, Lupe vio a alguien moverse con propósito en lugar de moverse en la confusión.
Vio a Ash.
Lo había visto antes, los días del viaje.
Era uno de los tres extranjeros del cuarto carro.
Un hombre alto, no joven, con el pelo gris muy corto y los ojos oscuros, que viajaba con dos compañeros más jóvenes y silenciosos.
Ash había hablado dos veces con ella en los siete días, las dos veces brevemente, las dos veces para preguntar si necesitaban algo Beatriz o ella.
Una cortesía sin presión. A Lupe le había parecido un hombre amable sin más.
Lo vio salir por el lado del cuarto carro a la velocidad de quien lleva pensándolo cuatro horas.
Llevaba una hoja curva en la mano. Larga.
Más larga de lo que un hombre normal puede empuñar a la vez.
El primer bandido que se le acercó a caballo perdió la cabeza antes de saber que la había perdido.
Lupe vio el cuerpo seguir en la silla durante tres pasos de caballo más antes de empezar a caer, y vio la cabeza salir disparada hacia un lado del camino con una expresión que aún no había tenido tiempo de cambiar.
Detrás de Ash venían sus dos compañeros.
También con hojas curvas. Los tres se movían con un orden silencioso que no se parecía a nada que Lupe hubiera visto.
Los guardias de la caravana peleaban como hombres prácticos.
Los tres extranjeros peleaban como hombres que llevaban tantos años haciéndolo que ya no necesitaban hablar entre ellos para coordinarse.
La pelea cambió de dueño en cuestión de minutos.
Lupe los contó. No pudo evitarlo. Era lo que hacía cuando algo la superaba.
Ash mató a cinco bandidos él solo en lo que ella tardó en respirar veinte veces.
Sus dos compañeros mataron a otros cuatro entre los dos.
Tres bandidos a caballo se dieron la vuelta y se fueron por donde habían venido.
Un cuarto se quedó tirado en el camino con una flecha en la espalda y los dedos arañando el polvo durante un rato más largo de lo que un hombre debería tardar en morir.
Después se hizo el silencio.
No fue un silencio limpio.
Quedaba el ruido de los caballos resoplando, el de algún herido que respiraba mal, el de los pájaros del carro destrozado que seguían dando vueltas sobre la caravana sin entender que ya no había jaula adonde volver.
Pero los gritos se acabaron. La pelea se acabó.
Lupe lo entendió porque las botas que veía desde debajo del carro dejaron de moverse con prisa y empezaron a moverse con la lentitud de los hombres que comprueban quién está vivo y quién no.
Una de las botas se acercó al carro de los pájaros. Era una bota baja, de cuero gastado, sin espuelas. Lupe la reconoció antes de ver el resto. Ash se agachó.
—¿Estás herida?
Lupe no contestó al primer intento. Lo intentó otra vez.
—No.
—Sal de ahí. Despacio.
Lupe salió. Las rodillas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en el eje del carro para incorporarse.
Ash no la sujetó. Esperó a que se irguiera sola.
Cuando Lupe estuvo de pie, Ash le miró la cara, le miró las manos, le miró la falda manchada de polvo y de algo más oscuro que el polvo. Después asintió una vez y se apartó.
—Tu compañera está bien. Está en el carro. Asustada, pero entera.
Lupe asintió. No supo qué más decir. Las palabras se le habían ido a algún sitio que no encontraba.
Ash se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el frente de la caravana, donde Brixán y los pocos guardias que quedaban se reagrupaban entre los cuerpos.
Sus dos compañeros lo seguían a tres pasos.
Los tres con las hojas curvas todavía en la mano, las hojas mojadas hasta la guarda.
Los tres caminando como hombres que no acababan de hacer nada extraordinario, porque para ellos no lo había sido.
Lupe los miró irse.
Después miró a la mujer de los pájaros, que seguía donde había caído, con el ojo que ya no era un ojo y la frase que no había podido terminar congelada en la boca abierta.
Allí solo hay halc. Halcones, supuso Lupe.
Halcones era la palabra que le faltaba a esa mujer para terminar de existir.
Lupe se prometió que se acordaría de la palabra. No sabía por qué.
Beatriz salió del carro y la abrazó. Lupe la dejó hacer.
La caravana enterró a sus muertos al borde del camino, con las prisas de los que no pueden parar mucho tiempo en un terreno expuesto.
Cinco viajeros, tres guardias. La mujer de los pájaros entre ellos.
Brixán dijo unas palabras que ni Lupe ni nadie escuchó del todo y la caravana se puso en marcha otra vez antes de que cayera la tarde.
Lupe se quedó en el carro mirando hacia delante.
Ash y sus dos compañeros volvieron a su carro, el cuarto, sin hablar con nadie.
Brixán intentó pagarles. Ash rechazó el pago con un gesto de la mano y Brixán no insistió.
La caravana entendió, sin que nadie lo dijera, que esos tres extranjeros viajaban gratis a partir de ese momento, y la caravana entendió también, sin que nadie lo dijera tampoco, que era mejor no preguntar quiénes eran.
Lupe pensó en lo que había visto.
Pensó en cómo se mueve un hombre cuando ha matado a tantos otros hombres que el gesto se le ha vuelto economía pura.
Pensó en cómo la mano que limpia una hoja después de cortar un cuello no tiembla ni por el cansancio ni por el remordimiento.
Pensó en que en Tolusa, durante veintidós años, había vivido rodeada de hombres que jugaban a ser peligrosos.
Esa tarde había visto por primera vez a tres hombres que lo eran.
Y pensó, por último, en la mujer de los pájaros.
En que la mujer le había dicho que los machos viejos cantan mejor por las mañanas.
En que esa frase, que dos horas antes había sido una opinión de una mujer cualquiera sobre unos pájaros cualquiera, era ahora una de las últimas cosas que aquella mujer había dicho en su vida.
El mundo no avisaba. Eso era lo más cruel de todo.
Si el mundo avisara, las últimas frases de los muertos serían frases más grandes.
Frases que merecieran ser últimas. Pero el mundo no avisaba, y por eso las últimas frases eran sobre pájaros, sobre tiempo, sobre el cansancio de las tardes.
Lupe miró el horizonte hasta que se le secaron los ojos.
Esa noche acamparon en un recodo del camino, al pie de las primeras montañas de verdad. Beatriz se durmió pronto. Lupe no.
Se sentó al borde del carro, con el manto sobre los hombros, mirando el fuego principal de la caravana.
Ash estaba allí. Sus dos compañeros también, pero más apartados, casi fuera del círculo de luz.
Brixán y otro de los guardias compartían una bota de vino con ellos.
Las voces se oían de lejos, sin que las palabras llegaran.
Al cabo de un rato, Ash se levantó del fuego y caminó hacia el carro de Lupe.
Llevaba la bota de vino. Se sentó en el suelo a tres pasos del carro, sin pedir permiso, pero sin invadir el espacio, y le ofreció la bota con un gesto.
Lupe la cogió. No la había probado nunca. Se atragantó con el primer trago.
Ash se rio. Era una risa corta, sin maldad.
—Es vino del sur —dijo—. Se aprende a bebérselo. Como casi todo.
Lupe asintió y le devolvió la bota. Ash bebió a su vez, sin atragantarse.
—Has aguantado bien —dijo después—. Mucha gente que no ha visto morir antes se queda sin habla durante días.
—Yo también me he quedado sin habla.
—Pero estás aquí. Sentada. Hablando.
—Ahora.
—Mejor que nunca.
Lupe miró el fuego. Pensó si decir algo más. Decidió que sí.
—¿Cómo te llamas?
—Ash.
—¿Solo Ash?
—Solo Ash. Los apellidos sirven para los lugares donde la gente te conoce. Aquí no.
—Eso es una respuesta de hombre que no quiere dar el apellido.
Ash se rio otra vez. La misma risa corta. Lupe pensó que era una risa de las que no se daban a cualquiera. Era una risa que un hombre reservaba para los momentos en que algo le caía bien sin esperarlo.
—¿Y tú? —preguntó él.
—Aldain. Viuda. Voy a Aruan a reclamar una herencia.
—Ah.
Eso fue todo lo que Ash dijo. Ah. Una sílaba sin tono particular.
Pero Lupe, que llevaba veintidós años descifrando lo que la gente decía y lo que no decía, supo en ese momento que Ash no se había creído una sola palabra de lo que ella acababa de contarle.
Lo supo con la misma certeza con que sabía que estaba a punto de oscurecer del todo.
Y supo también, por la calma con que Ash había dicho aquella sílaba, que tampoco le importaba.
Que, si ella iba a Aruan a reclamar una herencia o iba por cualquier otra razón, Ash lo aceptaba como un hombre acepta el clima, sin discutirlo, sin cuestionarlo, sin pedir explicaciones.
Esa indiferencia era, en ese momento, lo más parecido a la libertad que Lupe había sentido en meses.
Bebieron en silencio un rato. Después Ash le devolvió la bota, se levantó, y volvió al fuego principal.
Lupe no se durmió hasta muy tarde.
Al amanecer del octavo día, la caravana coronó el último puerto.
Lupe se asomó por delante del toldo del carro porque Beatriz le tiró del manto y le dijo que mirase. Y ella miró.
Aruan la Bella estaba en la ladera de la montaña enfrente, al otro lado de un valle ancho que el sol todavía no había acabado de alumbrar.
La ciudad subía por la falda en terrazas, con tejados blancos y dorados que recogían la luz del este y la devolvían en mil reflejos sobre el aire frío.
Las murallas eran bajas, casi simbólicas.
Los edificios crecían unos encima de otros sin que nada pareciera sostenerlos, y aun así se sostenían.
Lupe veía mercados, plazas, jardines colgantes de los que goteaba agua que evaporaba en el aire de la mañana.
Y por encima de todo, en el punto más alto de la ciudad, una torre.
Era la torre más alta que Lupe había visto en su vida. Subía y subía y subía, hasta que, en algún punto, demasiado arriba para distinguir dónde acababa la piedra y empezaba lo demás, la torre dejaba de existir porque las nubes se la tragaban.
La Torre de las Nubes.
Lupe se quedó un rato largo mirando hacia arriba, intentando ver dónde terminaba. No terminaba. Esa era la cosa. La torre no tenía cima visible. Había sido construida tan alta que el cielo parecía devorarla.
Beatriz le apretó el brazo.
—Mi señora —susurró—. Mire la torre.
—La estoy mirando.
—No tiene final.
—No.
Y eso fue lo que Lupe supo, mirando una torre que se perdía en las nubes a la entrada de una ciudad que no era la suya, después de haber visto morir a una mujer por una palabra que no había podido terminar y de haber compartido vino con un hombre cuyo nombre no era el que le había dado: que el mundo era mucho más grande de lo que Tolusa le había dejado imaginar, y que ya no había forma de volver a ser pequeña.
La caravana empezó a bajar hacia el valle.