Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 15. La caravana.
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15. La caravana.

Salir del convento fue lo más fácil de toda esa semana.

Lupe se lo había imaginado complicado. Había repasado planos mentales del claustro, había contado los pasos del oratorio al portón, había estudiado los cambios de turno de la portera vieja.

Había escondido la pequeña bolsa con las pocas monedas que su padre le había dejado bajo el jergón, esperando el momento en que tuviera que jugársela a fondo.

Y al final no se la jugó. Al final salió por la puerta de servicio una mañana cualquiera, con el cesto de las hortalizas y la cabeza cubierta como cualquier mujer del pueblo que acudía al mercado del valle, y la portera vieja ni siquiera levantó la vista del rosario.

Las Hermanas de Alur no eran carceleras.

Eran mujeres a las que su padre había pagado para que la mantuvieran a salvo.

La diferencia entre las dos cosas era inmensa, y Lupe la entendió esa misma mañana, andando por el camino que bajaba al valle, con el sol todavía bajo y Beatriz callada a tres pasos por detrás.

Nadie las siguió.

Eso era, también, parte del trato. Don Álvaro había pagado para que su hija estuviera resguardada de la Inquisición y del Comendador, no para que estuviera presa.

Si la hija de Don Álvaro decidía marcharse, la hija de Don Álvaro se marchaba.

Las hermanas escribirían a Don Álvaro al cabo de un día o dos, y Don Álvaro tomaría las decisiones que un padre toma cuando descubre que ya no puede tomarlas.

Lupe lo sabía. Pero por la noche pensaría en su padre. Por la mañana solo había camino.

La ropa era de una mujer del valle que había trabajado en el convento dos años atrás y se había muerto sin que nadie reclamara sus cosas.

Una saya de lana gruesa color tierra, una camisola de lino áspero, un manto de viaje que olía a baúl.

Lupe se lo puso sin remilgos. Las manos, en cualquier caso, ya no eran las de hacía tres meses.

Las hermanas cocineras le habían dado tareas que Lupe no había rechazado, y las tareas le habían dejado en los nudillos esa rojez que hace creíble a una mujer que dice ser viuda de un labriego del sur.

La historia se la había contado a Beatriz tres veces durante las últimas semanas.

Viuda joven. Apellido inventado, Aldain, un apellido común de los pueblos del este.

Iba a Aruan a reclamar la herencia de un primo lejano que había muerto sin descendencia.

Era una historia mediocre y eso era exactamente lo que necesitaba ser.

Las historias buenas levantan sospechas.

Las mediocres se olvidan en cuanto el siguiente viajero cuenta la suya.

La caravana salía cada lunes desde la posta de Sotofuente, en el cruce de los dos caminos del valle, y Lupe llegó allí al amanecer del lunes que tocaba con el cesto colgado del brazo y Beatriz envuelta en un pañuelo más oscuro que el suyo.

El caravanero se llamaba Brixán. Era un hombre bajo, ancho, con la cara cuadrada y los ojos pequeños de quien ha negociado precios de trigo durante treinta años.

Miró a Lupe, miró a Beatriz, miró el dinero.

Le importaron las tres cosas y no en ese orden.

Una viuda joven que pagaba por adelantado y no hacía preguntas era el tipo de pasajera que un caravanero no investigaba.

Las pasajeras que se investigaban traían problemas.

Las que pagaban y se sentaban en el último carro no traían ninguno hasta que los traían.

Brixán les asignó el último carro. Les explicó las reglas en treinta segundos. No bajarse del carro sin avisar. No hablar con los guardias durante la marcha. Si había problemas, agacharse y callarse. Si los problemas seguían, agacharse más. Lupe asintió. Beatriz también.

A media mañana la caravana se puso en marcha.

Los primeros tres días Lupe los pasó casi en silencio.

Beatriz hablaba lo justo. La caravana eran nueve carros, treinta y dos pasajeros, doce guardias contratados con armas viejas y caras que ya no miraban ni el paisaje.

Comerciantes de telas del este. Una familia del valle que iba a un funeral en una aldea del norte.

Dos hombres que decían ser frailes mendicantes pero que llevaban espadas cortas debajo del hábito.

Una mujer mayor con una jaula de pájaros.

Un par de muchachos que iban a buscar trabajo en las canteras.

Tres extranjeros que viajaban juntos y se mantenían cuidadosamente apartados de los demás.

El paisaje cambió despacio. Los olivares enfermos del valle de Tolusa fueron quedando atrás.

El camino subió por un altiplano de pastizales secos donde el viento soplaba constante y donde las nubes pasaban tan bajas que en algún tramo la caravana cruzaba dentro de ellas, con la visibilidad reducida a tres carros y los ruidos amortiguados por la humedad.

Lupe miraba el paisaje desde el último carro y no decía nada.

Beatriz le ofrecía pan a media mañana y a media tarde. Lupe se lo comía sin hambre.

Estaba pensando.

Pensaba en su padre, sobre todo. En los doce años que Don Álvaro había pasado intentando ser un padre y un viudo a la vez, sin saber del todo cómo se hacían ninguna de las dos cosas.

En que la última conversación que habían tenido había sido una conversación de despedida que ninguno de los dos había sabido nombrar como tal.

En que los hijos siempre se van antes de tiempo, y los padres siempre se enteran después de tiempo.

Esa era una de las pocas leyes humanas que se cumplían sin excepciones.

Y pensaba en el diario. En la página doblada del cabecero, en los Shainohais, en el Azharov.

En la promesa que se había hecho a sí misma una noche en su cuarto y que esa noche, sentada en el último carro de una caravana que avanzaba por un altiplano frío, le parecía a la vez más pequeña y más grande de lo que le había parecido entonces.

Más pequeña porque ya no estaba sola, ya no estaba en su cuarto, ya no era una promesa secreta.

Más grande porque ya no había forma de no cumplirla.

Una promesa hecha en silencio puede romperse en silencio.

Una promesa que ya te ha sacado de tu casa, ya no.

Al cuarto día, en el horizonte oeste, empezaron a verse las montañas.

Eran azules al principio, una mancha apenas distinguible del cielo.

El quinto día se volvieron grises. El sexto día tuvieron forma.

Lupe llevaba tres días sin haber visto una montaña real, y eso era ya tres días más de los que había visto en toda su vida.

Tolusa estaba en una llanura. El convento estaba en una colina.

Las cordilleras del norte eran algo que aparecía en los mapas del despacho de su padre, dibujadas con tinta marrón, sin escala.

Lo que ahora veía no se parecía a la tinta.

Era piedra. Era altura. Era la promesa de un mundo que tenía relieve.

A media tarde del séptimo día, Lupe se bajó del carro a estirar las piernas durante una de las paradas cortas que Brixán hacía cada cuatro horas.

Beatriz se quedó dentro, durmiendo. Lupe caminó hasta el carro de delante, donde la mujer mayor de la jaula de pájaros estaba dándoles agua a los animales con una pipeta de hueso.

Lupe le hizo un comentario tonto sobre uno de los pájaros, un pinzón con el pecho rojo que daba vueltas al palo.

—Es un macho viejo —dijo la mujer—. Los machos viejos cantan mejor por las mañanas. Por las tardes ya están cansados. Como todo el mundo.

Lupe se rio.

—¿Los llevas a Aruan para venderlos?

—A Aruan los llevo, sí. En Aruan pagan más por los pájaros del sur. Allí no los hay. Allí solo hay halc—

La flecha le entró por el ojo izquierdo.

Lupe vio el ojo de la mujer estallar.

No oyó el chasquido, o no lo oyó hasta después, porque lo que hizo el cerebro de Lupe en el primer segundo fue intentar entender qué le acababa de pasar a la cara de la mujer con la que estaba hablando.

La mujer abrió la boca. No para gritar. Para terminar la palabra.

Y el resto de la cabeza ya no estaba ahí, o estaba ahí pero ya no era una cabeza, era un objeto del que sobresalía una vara de madera con plumas y del que goteaba algo rojo y amarillento que cuando bajara los pocos pasos hasta el camino sería sangre y otra cosa que Lupe no podría nombrar nunca.

La mujer se cayó. Se cayó hacia ella.

Lupe no la sostuvo. Lupe dio un paso atrás por puro reflejo del cuerpo. La mujer cayó al suelo del camino con un golpe sordo que sonaba menos a persona y más a saco. La jaula de los pájaros cayó al lado. Se rompió. Los pájaros salieron volando.

Y entonces oyó los gritos.

Los bandidos venían del oeste, por el flanco abierto del camino donde la caravana no tenía protección de roca.

Eran muchos. Lupe, que en mitad del primer segundo todavía no podía contarlos, los vio como una mancha en movimiento.

Veinte, treinta. Algunos a caballo, los más a pie.

Llevaban arcos cortos y espadas y mazas y caras que no eran caras todavía porque estaban demasiado lejos para distinguirlas.

Brixán gritó algo. Los guardias de la caravana se movieron deprisa.

Sacaron las armas. Se desplegaron alrededor de los carros con un orden que Lupe no había esperado.

Eran hombres viejos, pero eran hombres que sabían lo que hacían, y eso era una cosa distinta de lo que había pensado en los primeros tres días del viaje.

Una segunda flecha cruzó el aire por encima del carro de los pájaros. Esta vez Lupe sí oyó el chasquido. Sonó como una rama partiéndose.

Lupe se tiró al suelo.

Lo hizo sin pensarlo. Lo hizo del modo en que los cuerpos hacen las cosas cuando la cabeza está en otro sitio.

Cayó de bruces en el polvo del camino, con la cara a tres dedos del cuerpo de la mujer de los pájaros, viendo de cerca lo que era un ojo cuando ya no era un ojo.

Se obligó a apartar la cara. Se obligó a respirar.

Se obligó a no mirar. Tres órdenes simultáneas que ninguna obedeció.