Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 14. Las cuentas.
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14. Las cuentas.

El Comendador llevaba, desde hacía once años, dos libros distintos en los cajones del mismo escritorio.

El de arriba era el de los tributos del Imperi Solari, y las tasas internas de Tolusa.

Lo abría a diario. Lo firmaba Don Álvaro de Morales y los otros consejeros lo veían cada lunes.

En ese libro las cifras eran lo que las cifras suelen ser: verdaderas dentro de los márgenes que la administración permite, falsas en lo que la administración decide ignorar, equilibradas al final del trimestre porque para eso le pagaban.

El de abajo era el otro.

El otro libro lo había empezado el invierno en que su mujer murió.

Ese invierno la niña tenía cinco años y ya había dejado de subir las escaleras sin descansar a la mitad.

Los médicos del Imperi, dos de Aruan, uno traído desde Valentis con licencia del Rey-Sol, los tres habían dicho lo mismo con palabras distintas.

No es una dolencia que se cure. No es un mal que se revierta.

Solo se gestiona. Se le hace más cómoda. Hasta donde se pueda.

El Comendador había firmado los honorarios de los tres médicos y los había despedido con la misma cortesía con que se despide a un proveedor que no ha cumplido.

Después se había sentado en su despacho a escribir el primer asiento del segundo libro, aquel mismo invierno, con la pluma temblando muy poco y la letra perfectamente legible.

1 de Naruan. La niña sigue viva.

Ese era el primer asiento. Y ese era, con variaciones de fecha y de pulso, el asiento de cada noche durante once años.

Esa noche escribió el de hoy.

La niña sigue viva.

Después dejó la pluma en el tintero y se quedó mirando la entrada hasta que la tinta se secó.

Las otras anotaciones del libro eran más complejas.

Entregas a la Orden. Promesas recibidas a cambio.

Niños identificados, niños buscados, niños perdidos.

Notas sobre el avance del programa que la Orden no le contaba pero que él iba reconstruyendo a partir de lo que oía a los encapuchados cuando creían que no escuchaba.

El Comendador había sido contable antes de ser administrador, y un contable bueno reconoce un patrón, aunque le tapen las columnas.

El patrón era este: hacía once años la Orden le había prometido que existía un niño cuya sangre podía revertir lo que la medicina daba por perdido.

Hacía once años que ese niño no aparecía.

Hacía once años que cada nueva entrega traía la misma frase.

Estamos cerca, Comendador. Lo encontraremos pronto.

Solo seguimos necesitando su colaboración.

Y entonces, hacía un poco más de dos semanas, el niño había aparecido.

El Comendador apartó la pluma. Esa parte del libro era la que más le costaba revisar.

La página estaba escrita a primera tinta, sin tachaduras, con la mano firme de un hombre que por fin podía permitirse esperanza después de once años de no permitírsela.

El asiento decía, con la misma letra clara de siempre, que el sujeto buscado había sido localizado en un cargamento del puerto sur, bajo custodia de cuatro hombres dispuestos a morir por él, y que la entrega a la torre estaba prevista para esa misma noche.

Debajo, con otra tinta y la mano ya no tan firme, había una sola línea más.

Beltrán Arcaluz se llevó al niño.

El Comendador había escrito esa línea cinco semanas atrás y aún no se había permitido subrayarla.

Subrayarla habría sido reconocer que era importante.

Y reconocer que era importante habría sido reconocer también lo que llevaba reconociendo en silencio cada noche desde entonces, cuando entraba en el cuarto de su hija a contar las respiraciones: que la única oportunidad que había tenido en once años se le había escapado por la puerta de un almacén, en brazos de un sicario insubordinado, y que cada día que pasaba sin recuperarla era un día que la niña perdía sin saber que lo perdía.

Pasó la página.

Apartó el libro de abajo y abrió el de arriba.

Las cifras del trimestre eran las de siempre.

Lo que entraba por el puerto, lo que salía por la puerta de Aruan, las tasas de hogaza y de sal, los tributos de las cofradías, las multas que rara vez se cobraban.

El Comendador firmó tres páginas seguidas sin fijarse mucho.

La parte tributaria de Tolusa se le daba bien hacía tanto tiempo que ya no requería pensamiento.

Era casi un consuelo. Una de esas tareas que un hombre puede hacer mientras dentro de él pasan otras cosas.

A media página recordó que la noche en que su mujer empeoró, él había estado revisando precisamente este libro.

Lo había dejado sobre la mesa con la pluma cargada cuando la criada vino a buscarlo.

Había subido las escaleras sin pensar y al volver, dos horas más tarde, la tinta de la pluma se había secado en un manchón sobre el folio.

Aún se podía ver el manchón si se buscaba.

El Comendador no lo había arrancado. Le servía para acordarse.

Cerró el libro de arriba.

Se levantó.

La habitación de la niña estaba al otro lado del corredor.

El Comendador caminó descalzo, como hacía cada noche, con una vela en la mano. La criada se levantó del taburete cuando lo vio entrar. El Comendador le hizo un gesto y la criada volvió a sentarse y a coger la labor que había dejado en el regazo.

La niña dormía.

Era pequeña para sus dieciséis años. Eso era una de las cosas que la enfermedad hacía.

La cara, en cambio, era la cara de su madre, y el Comendador tenía que apartar los ojos los primeros segundos cada vez que entraba, porque mirarla en la oscuridad era mirar a la mujer que había enterrado hacía once años.

Se acercó. Le tocó la frente. Estaba fría, lo cual ya no era buena noticia ni mala, era simplemente la temperatura que la niña tenía las noches en que la criada conseguía bajarle la fiebre.

Las noches malas la frente quemaba. Las noches peores la frente quemaba y la respiración se entrecortaba cada cuatro inspiraciones.

Esta noche era una noche aceptable. El Comendador llevaba once años clasificando noches.

Le arregló la manta. No le habló. No la besó.

Las palabras que había dicho un padre a una hija eran cosas que se guardaban para los padres que no firmaban lo que él firmaba.

Él había perdido el derecho a ese tipo de palabras hacía mucho.

Lo sabía con la misma claridad con que sabía que los tributos del trimestre cerraban en superávit.

Un hombre podía ser muchas cosas a la vez.

Padre y verdugo. Administrador y traidor.

Las casillas no se contradecían entre sí.

El problema no era ser todas esas cosas.

El problema era ser todas esas cosas a la vez y mirarse al espejo después.

El Comendador había dejado de mirarse hacía mucho.

Tampoco era vergüenza, era más bien una cuestión de economía.

La vergüenza era un sentimiento útil cuando había tiempo de actuar sobre ella, y a esas alturas el tiempo se le iba en otras cosas.

Se quedó al lado de la cama hasta que contó cien respiraciones.

Era una manía vieja. Cien respiraciones eran, según un médico que le había caído mejor que los otros, la prueba mínima para certificar que un sueño era sueño y no agonía.

El Comendador contaba cien cada noche. Algunas noches contaba doscientas.

Esta contó cien y se obligó a salir, porque sabía que si se quedaba más tiempo se quedaría hasta el alba, y al alba no se podía firmar lo que tenía que firmar al día siguiente.

Salió.

De vuelta en el despacho encontró dos cartas sobre la mesa que no estaban allí cuando se había marchado.

La primera era de la Orden. La reconoció antes de leerla por la calidad del papel, por la falta de membrete y por la forma del doblez.

La leyó. Pedían lo de siempre con palabras distintas.

Estamos cerca, Comendador. Otro candidato identificado.

Si nos lo entregáis al amanecer, esta vez no se nos escapará.

El Comendador la acercó a la vela y la dejó arder sobre el cuenco de bronce hasta que las cenizas se posaron junto a las de las anteriores.

El cuenco no se vaciaba. Era la única ceremonia privada que se permitía.

La segunda carta no la quemó.

Era el parte semanal de su capitán de mercenarios.

Letra rápida, sin floritura, la del hombre práctico que se ha pasado treinta años escribiendo informes a superiores que no querían leer detalles.

El parte enumeraba las patrullas activas, las bajas del mes, los pagos pendientes a viudas.

En la última página, con la misma letra rápida, había una nota más corta que el Comendador llevaba dos semanas esperando.

Sobre la persecución del sujeto en territorio Oona-Gori: ningún hombre acepta. Cinco capitanes consultados. Cinco negativas. Las Estepas Nubladas no son un cobro de paga, son un viaje sin regreso. No insisto. Si lo quiere, búsquelo en otra parte.

Eso era, en el lenguaje de un capitán que conocía a su empleador, una negativa final.

El Comendador dejó el parte sobre la mesa y se quedó mirándolo un rato.

Las Estepas no eran un sitio adonde un hombre pidiera ir por dinero.

Eso lo sabía. Lo había sabido desde el principio, desde la noche misma en que Arcaluz cruzó la tercera muralla con el niño y un caballo robado.

Había mandado a tres jinetes detrás del rastro las primeras horas.

Dos volvieron. El tercero no. Los que volvieron contaron lo de la niebla y lo de las cosas que se movían en la niebla, y el Comendador entendió esa misma mañana que las patrullas convencionales no servirían para esto.

Había esperado dos semanas a ver si la situación cambiaba sola. La situación no cambia sola. Lo había aprendido siendo contable.

Abrió el cajón inferior izquierdo del escritorio. Dentro había un fajo de hojas en blanco con su sello personal en seco, sin tinta. Eran las hojas que usaba para las autorizaciones que no quería que pasaran por su secretario. Cogió una. La extendió sobre la mesa. Hundió la pluma.

Escribió tres líneas.

Por la presente autorizo el procedimiento solicitado sobre el sujeto Malcampo, a discreción de los que sepan llevarlo adelante. La urgencia justifica la intervención. La responsabilidad última asumo yo.

Firmó. Selló con el lacre rojo. La cera tardó en cuajar y el Comendador la miró cuajar sin apartar los ojos.

Una de las pocas cosas que le quedaban como administrador eran los gestos del oficio.

El lacre, la firma, el sello. Cosas que se hacían bien o se hacían mal.

En el caso del lacre, había aprendido hacía décadas a esperar al punto exacto, ni un segundo antes ni uno después.

Esta vez esperó al punto exacto.

Después dobló el papel y lo dejó en el cajón derecho, donde el encapuchado que vendría por la mañana sabría buscarlo sin necesidad de que le abrieran la puerta.

Volvió a abrir el libro de abajo.

Apuntó la autorización en la columna correspondiente.

La fecha, el sujeto, la naturaleza del procedimiento descrita en la lengua mínima que él utilizaba para no tener que pensar en lo que estaba escribiendo.

Once años de la misma letra. El Comendador llevaba la cuenta de todas las cosas que había firmado.

Lo hacía porque alguna vez, si todo aquello acababa, alguien tendría que saber lo que se había hecho y en nombre de qué se había hecho.

Y esa persona iba a necesitar las cuentas.

Mientras escribía, pensó en Malcampo.

No lo conocía mucho. Lo había visto dos o tres veces en el vestíbulo cuando esperaba a Arcaluz, con esa indolencia calculada que era casi su único oficio.

Un sicario joven con ambición de viejo. El Comendador no le había prestado más atención de la que se le presta a un perro guardián que cumple.

Esta noche, sin embargo, le dedicó un pensamiento más largo, porque era lo mínimo que un hombre debía a otro al firmar lo que él acababa de firmar.

Le dedicó la cantidad exacta de pensamiento que la decisión requería. Ni un segundo más.

Después cerró el libro.

Se quedó sentado en el despacho con las dos velas encendidas. Apagó la primera. Dejó la segunda.

Pensó en sus decisiones.

Los hombres no firmaban contratos malvados por convicción.

Los firmaban por una operación aritmética muy simple, en la que en un lado estaba todo lo malo del mundo y en el otro lado estaba una sola persona que amaban.

La aritmética siempre daba el mismo resultado.

Nunca había sorprendido a nadie que la hubiera hecho.

Apagó la segunda vela.

Se quedó sentado en la oscuridad del despacho, oyendo a través de las paredes finas la respiración de la niña en el cuarto del fondo.

Llevaba una pausa más larga que las demás.

Después la siguiente. Después otra normal.

Después dos seguidas un poco apresuradas.

El Comendador siguió contando hasta perder la cuenta y, cuando la perdió, ya no sabía si había dejado de contar porque se había dormido o porque había dejado de querer saber.