Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 13. La rabia. #2
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13. La rabia. #2

Malcampo cojeaba. La rodilla le mandaba mensajes. El costado le mandaba otros. Pero caminaba. A donde fuera que iban, caminaba.

Cruzaron el barrio de los Plateros. Cruzaron la plaza donde antes estaban las patrullas del Comendador.

Cruzaron la calle estrecha que subía hacia el cerro de Santa Rita.

Tolusa de noche era otra Tolusa desde que Arcaluz había escapado, más soldados, más antorchas, más gente parada en las puertas de los portales con la mirada puesta en nada.

La ciudad tenía el aire de quien espera otra noticia mala y ya ha dejado de tener la energía para asustarse de ella.

Se detuvieron delante de una casa baja. De fachada lisa, sin escudo, sin ventanas en la planta de la calle.

No era una casa que Malcampo conociera. En un oficio como el suyo, uno conoce las casas de Tolusa por fuera, por dónde entran y salen los que importan.

Esta no entraba en esa cuenta. Era una casa que no existía en el mapa mental de nadie que trabajara para el Comendador.

El encapuchado llamó con los mismos tres golpes. Dos cortos, pausa, uno largo.

La puerta se abrió sola. O alguien la abrió desde dentro y se apartó antes de que Malcampo pudiera verle la cara.

Dentro había un pasillo largo, sin adornos, con el suelo de losa gastada y un olor que Malcampo no supo situar, ni incienso, ni humedad, era algo más seco, más limpio, como el olor de una habitación donde se guarda sal.

Al fondo del pasillo, otra puerta. De madera más oscura. Con herrajes negros.

El encapuchado se detuvo delante. Se volvió por primera vez desde que habían salido del cuarto.

—Desde aquí entras solo.

—¿Qué hay dentro?

—Tu respuesta.

—Concreto.

—Te he dicho lo concreto que iba a ser. —El encapuchado señaló la puerta con la barbilla—. Si cruzas, no vuelves a ser el mismo hombre. Si no cruzas, vuelves al cuarto. Es tu elección.

Malcampo miró la puerta.

Pensó en Arcaluz en la Torre. En la cara de Arcaluz al bajarle la espada de Valdecristán de un golpe con la guarda de la zurdona. En cómo Arcaluz no había perdido medio segundo en pasarle por encima, como si él, Malcampo, no fuera ni un obstáculo ni una persona, sino un objeto que había que rodear.

Eso lo decidió. No la oferta. No las promesas vagas del encapuchado. La imagen del viejo pisándole por encima.

Empujó la puerta.

Dentro había poca luz. Una mesa larga de madera, del tipo de las que usan los carniceros.

Una pared con ganchos de metal de los que no quiso saber el uso.

Dos hombres de pie al fondo, con la cara tapada como el encapuchado, con guantes negros y delantales de cuero.

Sobre la mesa había un manojo de instrumentos ordenados con la precisión de un hábito diario.

Algunos los reconoció, agujas, cuchillas finas, pinzas.

Otros no. Otros no se parecían a ninguna herramienta que hubiera visto.

Uno de los hombres levantó la cabeza.

—Siéntate.

Malcampo no se sentó. Se quedó en el umbral con una mano en el marco. La rodilla le temblaba. No del miedo. Del cansancio acumulado.

—¿Qué vais a hacerme?

—Te vamos a dar lo que has pedido.

—No he pedido nada todavía.

—Sí. Lo has pedido al cruzar la puerta.

El otro hombre del fondo cogió algo de la mesa.

Un instrumento largo, fino, con una punta que brillaba en la luz baja como brilla el filo de un acero bien cuidado.

No era un acero. Malcampo lo sabía sin saber por qué.

Pero la forma en que el hombre lo sostenía, con las dos manos, con cuidado, como se sostienen las cosas que cuestan más que una vida, le dijo a Malcampo que lo que le iban a meter en el cuerpo no era de este mundo.

Se acordó del Juramentado del que hablaban los veteranos. De las letanías de números. De los hombres que se movían más rápido de lo que un hombre tiene derecho a moverse.

Entendió, o creyó entender, una fracción de lo que había detrás de aquella puerta.

—¿Voy a ser como ellos?

—No.

—¿Entonces qué voy a ser?

El hombre del instrumento se acercó un paso. Su voz salió amortiguada por la tela de la máscara.

—Una prueba.

Malcampo se sentó en la mesa del carnicero, y lo que pasó en aquella habitación le costó al Malcampo que había entrado por la puerta una piel, una forma, una idea de sí mismo. El Malcampo que salió fue otro. Tardaría semanas en descubrir hasta qué punto.

Pero desde fuera, desde el pasillo, donde el encapuchado esperaba con las manos cruzadas y la paciencia intacta, lo único que se oyó fue esto.

Primero, silencio. Un silencio largo, de los que se instalan en los sitios inexplorados de tu cabeza.

Después, un grito.

No fue un grito largo. Fue corto, agudo, cortado como si alguien lo hubiera estrangulado a la mitad. Después hubo otro. Más grave. Y después otro, y después un sonido que ya no era exactamente un grito sino una cosa sorda, animal.

Los gritos duraron lo que duraron. El encapuchado del pasillo no se movió. No entró. No comprobó. Cuando los gritos empezaron a alargarse entre pausas cada vez más cortas, sacó de algún sitio un paño y se limpió el guante izquierdo, lento pero metódico.

La cosa detrás de la puerta oscura siguió. A veces gritaba. A veces no.