13. La rabia.
La rodilla izquierda le había dejado de doler al cuarto día, pero solo porque había dejado de poder doblarla.
Malcampo se despertó con ese dato en la cabeza, sin haberlo pensado la noche anterior.
De esa manera le dicen a uno las cosas los cuerpos, cuando la cabeza se ha hartado de escucharlas.
Estaba en el suelo. En algún momento de la madrugada se había caído de la cama intentando orinar y se había quedado ahí, boca arriba, con la mejilla pegada a la madera del cuarto y el olor del vino derramado subiéndole por la nariz.
Lo sabía porque había una botella volcada a dos palmos de su cara y porque el charco le había mojado el pelo.
Se incorporó con la mano buena. La otra, la izquierda, también respondía, pero peor. El costado donde Arcaluz le había metido el acero aún supuraba por debajo del vendaje, y cada vez que giraba el tronco sentía que algo se movía dentro que no debería moverse.
La habitación apestaba. A él, sobre todo.
Llevaba dos semanas sin lavarse bien. La camisa era la misma.
Los pantalones eran los mismos. El vendaje lo había cambiado él solo tres veces, mal, con trapos hervidos en la cocina del patio porque no iba a pagar a un médico, y no iba a pagar a un médico porque no tenía con qué.
Esa era la parte graciosa.
Malcampo, que hacía dos semanas llevaba coleto nuevo de Sotogrande con costura doble, espada de Valdecristán con guarnición de lazo, botas de tacón reforzado, ahora no tenía con qué pagar a un boticario de barrio.
El Comendador le había hecho llegar un mensaje al tercer día.
Cinco palabras. No vuelvas por aquí todavía.
El «todavía» era lo peor. El «todavía» era la correa.
Si hubiera puesto «nunca», Malcampo habría podido odiarlo limpiamente y largarse.
Pero no. «Todavía». Que significaba: estás fuera hasta que yo decida.
Estás vivo porque no merece la pena matarte.
Esperas en tu cuarto como un perro al que han castigado y no sabe cuándo puede volver a la cocina.
Llevaba trece días esperando.
En trece días se había bebido siete botellas, había vendido la espada de Valdecristán por menos de la mitad de lo que le había costado, y había descubierto que cuando uno deja de ser útil para el Comendador deja de ser útil para el resto de Tolusa en una cadena tan veloz que no da tiempo a ver caer las piezas.
El tabernero del callejón ya no le servía fiado.
El sastre le había mandado recado pidiendo lo que le debía.
Dos de los que habían estado con él en el almacén, los que Arcaluz no mató, los que se fueron contando la historia, lo habían cruzado en la Plaza de los Batanes y habían mirado para otro lado como se mira para otro lado a los leprosos.
Los lebreles. La puta fábula de los lebreles.
Se la había contado él a Arcaluz en el vestíbulo del Comendador aquella noche, con las piernas estiradas y el aire de quien sabe algo que el otro no sabe.
Cuando muere el amo, los lebreles se mueren de hambre frente a una puerta que ya no se abre para ellos.
Se había creído listo. Se había creído el que se queda con la casa.
Y ahora era él el lebrel.
Se rio. Solo. En el suelo. Con el pelo mojado de vino y la rodilla que no doblaba. Fue una risa seca, corta, que le dolió en el costado.
Luego dejó de reír y se quedó mirando el techo.
Arcaluz.
El nombre le latía dentro como una muela podrida.
Lo masticaba por la mañana cuando se despertaba.
Lo masticaba al mediodía cuando intentaba comer algo que no fuera vino.
Lo masticaba por la noche cuando se metía en la cama y no podía dormir porque la herida del costado le pulsaba con el latido del corazón.
Arcaluz en el almacén, apartándolo con una finta que no había visto venir.
Arcaluz en la Torre del Comendador, pasándole por encima como se pasa por encima de un fardo tirado.
Arcaluz saliendo por la puerta con el crío de la marca roja mientras él, Malcampo, se desangraba en el suelo frente a la guardia y gritaba órdenes que ya nadie obedecía porque todo el mundo en aquella habitación había entendido antes que él que el juego se había terminado.
Dos veces en una noche. Dos veces. La primera en el almacén podía contársela a sí mismo como un accidente. La segunda no. La segunda era pública. La segunda la había visto la guardia del Comendador al completo, y lo que ve la guardia del Comendador al completo lo sabe Tolusa en tres días.
Malcampo había sido el que se quedaba con la casa. Ahora era el chiste de la semana en la guardia.
No era solo la rabia. La rabia era limpia.
La rabia la entendía. Lo que no entendía era lo otro, esa cosa más lenta, más pesada, que le crecía en el pecho cuando pensaba en Arcaluz y que no se iba con vino ni con sueño ni con nada.
Vergüenza, supuso. Nunca la había sentido antes. No sabía que se quedaba pegada así.
Olvidar las ofensas es la mejor venganza. Y una mierda.
Se sentó en el borde de la cama. Le tembló la pierna buena del esfuerzo. Miró la habitación.
Un baúl sin nada dentro. Un aguamanil con agua sucia. La camisa que había sido del primer dinero que ganó en los muelles, hacía seis años, antes de que el Comendador se fijara en él. La ventana que daba al patio del cordelero, donde un perro ladraba por las mañanas hasta que alguien le tiraba algo.
Todo lo demás, vendido, empeñado o perdido.
Tenía veinticinco años.
Llamaron a la puerta justo cuando empezaba a oscurecer.
Malcampo no esperaba a nadie. Nadie lo visitaba.
El casero había pasado dos veces esa semana a cobrar y se había ido con una promesa que los dos sabían que no iba a cumplir.
Los tres golpes no eran del casero. Eran otros, dos cortos, una pausa, uno más largo.
Deliberados. De alguien que posiblemente no venía a cobrar
Cogió el cuchillo de la mesilla. Era el único acero que le quedaba. Un cuchillo corto, de los de cortar pan, pero tenía filo y en su estado era mejor que las manos.
—¿Quién?
Silencio.
Los tres golpes otra vez. Iguales. Dos cortos, pausa, uno largo.
Malcampo se levantó. La rodilla le contestó. Cruzó la habitación pegado a la pared, del modo en que se cruzan las habitaciones cuando uno ha vivido demasiado tiempo esperando que alguien entre por la puerta con malas intenciones.
Abrió.
El hombre que había al otro lado no tenía cara.
Eso fue lo primero que pensó Malcampo, aunque era estúpido, porque todo el mundo tiene cara.
Lo que pasaba era que la capucha le caía lo suficientemente baja como para tapárselo todo menos la línea de la mandíbula, y la mandíbula no decía nada, ni joven, ni vieja, ni de ningún sitio.
Vestía oscuro. Las manos enguantadas. No llevaba armas visibles, lo cual en Tolusa significaba que las llevaba en sitios donde Malcampo no iba a encontrarlas antes de morir.
—¿Malcampo?
—Según quien pregunte.
—Yo.
Malcampo se quedó con el cuchillo en la mano, bajo, pegado al muslo.
—No te conozco.
—No. Pero te conozco yo. Y vengo a ofrecerte algo.
—La gente que me ofrece cosas suele querer algo a cambio.
—Sí.
El encapuchado no entró. Tampoco se quedó en el umbral.
Se quedó en el pasillo, a dos pasos de la puerta, con las manos cruzadas por delante y una paciencia que le puso a Malcampo algo raro en la nuca.
No era la paciencia de un matón. Era otra.
Era la paciencia de alguien que ya sabe cómo va a terminar la conversación.
—¿Qué ofreces?
—Lo que quieres.
—No sabes lo que quiero.
—Quieres a Beltrán Arcaluz muerto. Y quieres poder hacerlo tú. No mandarlo hacer, hacerlo. Con tus manos. Mirándolo a la cara.
Malcampo apretó el mango del cuchillo.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie. Se te ve en la cara.
Un silencio. Malcampo sintió la rodilla pulsándole.
—Sigue.
—Arcaluz es mejor que tú con el acero. Lo era hace dos semanas y lo es ahora más, porque tú has perdido músculo y él ha ganado miedo, y un hombre con miedo pelea mejor que un hombre con orgullo.
—El encapuchado hablaba sin inflexiones, como quien recita una cuenta—.
En un cruce normal te mata en cuatro movimientos.
Tú lo sabes. Por eso estás en este cuarto con una botella volcada y un cuchillo de pan.
Malcampo no contestó.
—Te ofrezco la diferencia. Fuerza. Velocidad. Las dos cosas que te faltan para ponerte a su altura. No te voy a decir cómo. No lo entenderías. Pero cuando salgas por la puerta que te voy a enseñar, vas a poder alcanzarlo. Y cuando lo alcances, vas a poder terminar lo que empezó en el almacén.
—¿A cambio de qué?
—De servir.
—¿A quién?
—A lo que esté detrás de la puerta.
Malcampo se rio. La risa volvió a dolerle en el costado.
—Muy concreto.
—Todo lo concreto que voy a ser contigo esta noche.
—El encapuchado inclinó un poco la cabeza—.
Tienes dos opciones, Malcampo. Una: cierras la puerta y sigues bebiéndote lo poco que te queda hasta que el casero te eche a la calle y te encuentren muerto en un soportal con la herida del costado abierta. Dos: vienes conmigo.
—¿Y si digo que no?
—No vas a decir que no.
Lo dijo sin desafío. Lo dijo como se dice mañana va a llover . Segura. Ya había visto caer esa lluvia antes.
Malcampo miró el pasillo. La luz del farol del rellano se movía con una corriente que venía de algún sitio.
Pensó, no mucho, porque no había mucho que pensar, en las cosas que le quedaban por perder.
La camisa de los muelles. El aguamanil con agua sucia.
El perro del cordelero ladrando por las mañanas.
Pensó en Arcaluz pasándole por encima como se pasa por encima de un fardo.
—¿Dónde está la puerta?
—Acompáñame.
Bajaron a la calle. El encapuchado no habló durante el trayecto. Caminaba dos pasos por delante, sin mirar atrás, sin comprobar si Malcampo lo seguía. Ya había calculado que lo seguiría.