Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 12. La roca partida.
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12. La roca partida.

Lo primero que notó fue el olor.

No era el olor de Tolusa. No era salitre, ni taninos, ni grasa de cocina, ni la humedad rancia de un cuarto sobre una tahona.

Era un olor que no conocía. A humo de leña dulce, a tierra mojada, a algo vegetal y denso que le entraba por la nariz y le bajaba hasta el fondo de los pulmones como si quisiera quedarse.

Abrió los ojos.

Luz baja. Techo curvo de ramas entretejidas, tan apretadas que entre ellas apenas se colaban hilos de claridad.

Paredes de barro y paja. Un suelo de tierra apisonada cubierto con pieles de un animal que Beltrán no reconoció, pelo corto, grisáceo, con un olor ácido que picaba en la lengua.

Estaba tumbado sobre algo blando. Un jergón de hojas secas envuelto en una piel más grande, que crujía cada vez que respiraba.

Intentó moverse. El costado le protestó con una punzada que le subió desde las costillas hasta la mandíbula y le dejó los dientes apretados.

Se llevó la mano a la herida. Alguien se la había vendado.

Tiras de tela basta, apretadas, con una pasta verdosa debajo que olía a hierbas amargas y a algo más que no supo identificar.

Rojo estaba sentado a su lado.

Estaba en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos en el regazo, mirándolo con esos ojos oscuros que no pedían nada.

Tenía la misma camisola sucia con el aspa roja.

Los mismos pies descalzos. Pero alguien le había dado una manta de piel y un cuenco de barro con restos de algo que podía ser comida.

Beltrán lo miró. Rojo lo miró.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Beltrán. La voz le salió rota, como si las cuerdas llevaran días sin usarse.

Rojo levantó tres dedos.

Tres días.

Beltrán dejó caer la cabeza sobre el jergón.

El techo curvo de ramas le devolvió una oscuridad punteada de luz.

Tres días. Debería estar muerto. La scarpia le había entrado debajo de las costillas con la profundidad suficiente para perforar cosas que no se cosen.

Lo sabía. Había visto morir a hombres con heridas menores.

Y sin embargo estaba vivo, en una choza que olía a leña dulce, con un niño mudo que le enseñaba tres dedos.

La puerta de la choza era una cortina de cuero grueso. Se abrió sin aviso.

Entraron dos hombres. El primero era grande, más ancho que alto, con los brazos desnudos cubiertos de cicatrices y tatuajes que parecían raíces trepando por la piel.

Llevaba el pelo negro recogido en trenzas gruesas atadas con tiras de cuero y hueso.

El segundo era más viejo, más delgado, con la cara pintada de ocre en franjas horizontales y un bastón de madera curvada que usaba más como símbolo que como apoyo.

Se quedaron de pie mirando a Beltrán. El grande con los brazos cruzados. El viejo con una expresión que Beltrán conocía bien: la de alguien que está decidiendo si lo que tiene delante es un problema.

El viejo habló, pero en una lengua extraña. Era un idioma que Beltrán no había oído nunca, gutural, con consonantes que parecían golpes de piedra contra piedra y vocales largas que se arrastraban al final como el humo de una hoguera.

Beltrán negó con la cabeza.

—No os entiendo.

El viejo frunció el ceño. Dijo algo al grande. El grande salió de la choza. El viejo se quedó, apoyado en el bastón, mirando a Beltrán como si le estuviese perforando el alma.

Pasaron varios minutos. Beltrán los pasó intentando incorporarse. Consiguió sentarse en el jergón con la espalda contra la pared de barro. El costado protestó con cada movimiento. Rojo lo miraba desde el suelo sin moverse, como un perro que vigila a su dueño enfermo.

La cortina se abrió otra vez.

La mujer era joven. Treinta, quizá alguno menos.

Tenía la piel del color de la miel oscura, el pelo negro suelto hasta los hombros, y unos ojos rasgados que no eran del Imperi ni de las Estepas sino de algún sitio que Beltrán no podía ubicar.

Vestía como los otros, pieles, tela basta, sandalias de cuerda, pero llevaba un collar de cuentas de colores que los demás no llevaban.

—¿Me entiendes? —dijo en la lengua del Imperi. Con acento. Pronunciaba las eses como si fueran dos sílabas.

—Sí.

—Bien. —Se sentó en el suelo frente a él, con las piernas cruzadas, como Rojo—. Me llamo Nahira. Soy la que habla entre los dos mundos. —Señaló al viejo del bastón—. Este es Gorath. Es el que decide. Lo que yo te diga es lo que él dice, y lo que tú me digas es lo que él oirá.

Beltrán asintió.

Gorath habló. Una frase larga, con pausas que parecían deliberadas, como si midiera el peso de cada palabra antes de soltarla.

Nahira tradujo.

—Dice que te encontraron hace tres días al pie de la Colina de los Huesos.

El caballo estaba muerto. El niño estaba sentado a tu lado, sujetándote las riendas de un caballo que ya no se movía.

Tú deberías estar muerto también. La herida que tienes mata a un hombre en menos de un día.

A ti no te ha matado en tres. Los nuestros no entienden por qué.

Beltrán no dijo nada. Porque no tenía nada que decir. Él tampoco lo entendía.

Gorath habló otra vez. Más corto esta vez.

—Dice que algunos creen que los dioses te quieren vivo. Que la tierra te ha protegido porque vienes con un propósito. —Nahira hizo una pausa—. Otros creen que eres un karadu . Un hombre de la ciudad de piedra que trae el olor de la sangre y que va a atraer a los Haruk.

—¿Haruk?

—Las bestias impuras. Las que no son obra de los dioses.

Las que viven en la niebla y en las ruinas y que cazan lo que no debería ser cazado.

—Nahira lo miró con esos ojos rasgados que no juzgaban pero que tampoco perdían detalle—.

Los Oona-Gori viven con la tierra. La tierra nos da y nosotros le devolvemos.

Pero los Haruk son lo que la tierra vomitó cuando los antiguos la envenenaron.

No son naturales. No pertenecen. Y los Cazadores Sagrados existen para asegurarse de que no se acerquen.

—¿Cazadores Sagrados?

—Los que matan lo que no debería vivir. —Nahira señaló al grande de los tatuajes, que había vuelto a entrar y se había apostado junto a la puerta con los brazos cruzados—. Turak. Es uno de ellos. No confía en ti. Si fuera por él, te habría dejado en la Colina de los Huesos.

Turak lo miraba como se mira a un animal que aún no se sabe si hay que matar.

Gorath habló de nuevo. Una frase corta. Con un tono que Beltrán reconoció, aunque no entendiera las palabras: el tono de alguien que hace una pregunta cuya respuesta ya ha decidido.

Nahira tradujo.

—Dice: ¿quién eres?

Beltrán miró al viejo. Miró a Turak. Miró a Nahira.

—Un hombre que venía huyendo.

—¿De qué?

—De una ciudad que quiere matarme.

Nahira tradujo. Gorath escuchó. No cambió de expresión.

Habló otra vez.

—Dice que la ciudad de piedra siempre quiere matar a alguien. Que eso no le dice nada. Que quiere saber por qué los dioses te mantienen vivo.

—No tengo ni puta idea.

Nahira lo miró un momento antes de traducir. Como si estuviera decidiendo si creía esa respuesta.

Tradujo a su manera.

Gorath escuchó. Asintió una sola vez. Dijo algo a Turak. Turak contestó, una sola palabra, seca, que sonó a protesta. Gorath repitió lo que había dicho, esta vez sin el tono de pregunta. Turak apretó la mandíbula, se giró y salió de la choza dejando la cortina batiéndose detrás de él.

Nahira sonrió. Fue la primera vez que algo parecido a una sonrisa cruzó una cara desde que Beltrán había despertado.

—Te quedas. Por ahora. Gorath dice que, si los dioses te quieren vivo, los Oona-Gori no van a llevarle la contraria a los dioses. Pero si traes problemas, Turak te devolverá a la Colina de los Huesos. Y esta vez no habrá caballo.

Nahira le trajo agua y un cuenco de sopa gris con trozos de algo que podía ser carne o podía ser raíz. Beltrán se lo comió sin preguntar. Sabía a humo y a tierra y además tenía hambre de tres días.

Mientras comía, Nahira le contó dónde estaba.

Los Oona-Gori vivían en la ladera de lo que ella llamaba la Roca Partida, una colina desgajada por la mitad, como si un gigante le hubiera dado un hachazo y las dos mitades se hubieran separado dejando un tajo vertical de cien varas.

En la cara interior del tajo, protegidas del viento y de los Haruk, las chozas colgaban de la roca sujetas con cuerdas de fibra vegetal y vigas de madera clavadas en la piedra.

Desde fuera no se veían. Desde dentro parecían nidos de pájaros grandes construidos por gente que no le tenía miedo a la altura.

Beltrán escuchaba. Nahira hablaba con economía: traducía entre dos mundos y sabía que las palabras de más eran las que causaban problemas.

—¿Cuántos sois? —preguntó.

—Aquí, en esta roca, sobre doscientos. Hay otros grupos. Nos movemos. Los Oona-Gori no se quedan donde la tierra se cansa de tenerlos.

—¿Y tú? ¿De dónde eres?

Nahira se tomó un momento.

—De un sitio que ya no existe. Mi padre era comerciante.

Viajaba entre las ciudades del Imperi y las tribus del sur.

Me enseñó la lengua de la piedra. —Señaló a Beltrán con la barbilla—.

Tu lengua. Cuando murió, los Oona-Gori me acogieron porque les era útil saber lo que dicen los de la ciudad de piedra.

Y porque Gorath es un viejo listo que sabe que el mundo es más grande que la Roca Partida.

—¿Y Turak?

—Turak es un Cazador Sagrado. Es lo mejor que tenemos para matar lo que hay que matar. Pero no es listo como Gorath. Turak piensa con el hacha. Si no puede cortarlo, no confía en ello.

—Me recuerda a alguien.

—A ti, probablemente.

Beltrán la miró. Nahira le sostuvo la mirada sin parpadear. Había algo en esos ojos rasgados, una franqueza que en Tolusa le habría costado una bofetada o un matrimonio, dependiendo de a quién se la dirigiera.

Cuando Nahira se fue, Beltrán se quedó solo con Rojo.

El crío no se había movido en toda la conversación. Había escuchado sin reaccionar, con la manta de piel sobre los hombros y el cuenco vacío en el regazo. Pero sus ojos habían ido de una cara a otra sin perderse nada.

Beltrán se recostó en el jergón. El costado pulsaba con un dolor sordo que iba y venía como una marea. Miró el techo de ramas.

Tres días.

Gaspar estaba muerto. Tolusa quería su cabeza.

Tenía una herida que debería haberlo matado y no lo había hecho, y nadie sabía por qué, y él menos que nadie.

Estaba en una choza colgada de una roca en mitad de las Estepas Nubladas, con un niño mudo, una mujer que hablaba dos idiomas, un viejo que creía en dioses, y un Cazador Sagrado que quería dejarlo en una colina a morirse.

No tenía ropera. No tenía zurdona. No tenía herreruelo ni coronas ni taberna del Sordo ni cuarto con ventana a la tahona. Ni siquiera veía por ningún lado el fardo que llevaba el niño. No tenía nada de lo que había sido su vida durante los últimos veinte años.

Solo tenía al crío.

Miró a Rojo. Rojo lo miró.

—Deberías dormir —dijo Beltrán.

Rojo no se movió.

—Duerme, Rojo.

El niño cerró los ojos. No porque Beltrán se lo dijera. Porque llevaba tres días esperando a que alguien le diera permiso.

Beltrán se quedó mirando el techo de ramas hasta que la luz que se colaba por las rendijas se apagó y la choza se llenó de una oscuridad que no era la de Tolusa. Era más limpia. Más callada. Una oscuridad sin faroles ni patrullas ni campanas de catedral.

Fuera, alguien tocaba un tambor.

El sonido era bajo, lento, con una cadencia que no se parecía a nada que Beltrán hubiera oído. Más que música, un pulso. Como si la roca tuviera corazón y alguien estuviera marcándole el ritmo.

Beltrán cerró los ojos.

No soñó. No parecía apropiado para los hombres que deberían estar muertos.