Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 11. Las hermanas de Alur
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11. Las hermanas de Alur

El convento de las Hermanas de Alur olía a pan tostado y a jabón de sal.

Lupe llevaba nueve días allí. Nueve días de maitines a las cuatro de la mañana, laudes al amanecer, pan con aceite, sopa de cebolla, silencio obligatorio entre vísperas y completas, y un catre de tabla con un jergón tan fino que podía sentir los nudos de la madera en la espalda.

Don Álvaro lo había llamado «un retiro espiritual después de los tumultos».

Lupe lo había llamado, para sí misma, encierro.

No estaba allí por la ansiedad. Estaba allí porque su padre no le había dado a elegir.

El Convento de las Hermanas de Alur era un edificio bajo, de piedra gris, encajado en la ladera sur del cerro de las Ánimas como una muela en una encía vieja.

Tenía un claustro con un pozo, un huerto con tres hileras de coles que las monjas cuidaban con devoción, y una capilla pequeña donde la luz entraba por una vidriera de colores que representaba a los tres rostros del Uno.

Serre a la izquierda, con la cara descompuesta en fragmentos: el Caos, la fuerza que deshace lo viejo para que lo nuevo pueda nacer.

Naruan a la derecha, sereno, con las manos abiertas mostrando las palmas: el Orden, la fuerza que sostiene lo que existe.

Y Alur en el centro, con los ojos cerrados y una media sonrisa que no era paz ni indiferencia: la Neutralidad, el equilibrio entre destruir y sostener.

Los tres eran Uno. El Uno no tenía nombre porque nombrarlo era reducirlo, y reducir al Uno era la primera herejía.

Lo que la Iglesia llamaba las Tres Voluntades eran los tres impulsos del Uno manifestándose en el mundo: deshacer, sostener, equilibrar.

Una flor que crece es Naruan. Una flor que se marchita es Serre.

Una flor que es semilla, flor y abono al mismo tiempo es Alur.

Eso decía la doctrina. Lupe la conocía de memoria porque la habían obligado a aprenderla a los ocho años, y porque las Hermanas de Alur se la estaban haciendo recitar otra vez, como si nueve días de sopa de cebolla no fueran suficiente penitencia.

Le recordaba a cuando su vieja nodriza le cantaba la nana del cubo Trino.

Los tres son uno,

el uno es dos,

el Dos es tres,

y volvemos otra vez.

Lo que la doctrina no decía, lo que se susurraba en las celdas cuando las monjas más viejas hablaban entre ellas creyendo que nadie las oía, era lo otro.

El Hijo del Uno había venido a purificar la Tierra.

Eso sí estaba en los textos sagrados. La civilización de los antiguos había avanzado tanto que quiso competir con los dioses, y la soberbia del hombre atrajo el Cataclismo.

El Hijo del Uno limpió la Tierra con fuego y enfermedad para que los supervivientes pudieran empezar de nuevo, libres del pecado de la ambición.

Pero antes de purificar, el Hijo tuvo que arrancarse algo de dentro.

La parte mala. Lo peor de la humanidad concentrado en una sola forma: la crueldad, la codicia, la capacidad de hacer daño sabiendo que se hace daño.

Se lo arrancó del pecho como se arranca un tumor, y a esa cosa le dio un nombre que después se prohibió pronunciar.

Umai, el Innombrable.

El Innombrable era también hijo del Uno, pero era su reverso. Se le encomendó custodiar las almas de los que se creyeron dioses, encerrarlas en la Fosa y asegurarse de que nunca volvieran. El carcelero, no el prisionero. El guardián del pozo, no lo que había dentro.

Eso enseñaban.

Lo que Lupe nunca había entendido era por qué, si el Innombrable era un carcelero cumpliendo una función, la Iglesia hablaba de él con tanto miedo.

Pero esas eran preguntas de las que no se hacen en un convento.

La celda de Lupe tenía una ventana que daba al sur.

Desde ella se veía el camino de tierra que bajaba del cerro hacia la llanura, y más allá, difuminada por la calima, la línea gris de la tercera muralla de Tolusa.

Detrás de la muralla estaba lo que Lupe ya no podía ver, pero sabía que seguía allí: las Estepas Nubladas.

Beatriz dormía en la celda de al lado. Don Álvaro había insistido en que la acompañara, lo cual significaba que no confiaba en las monjas para vigilarla, o que no confiaba en Lupe para quedarse.

Eran las tres de la tarde. La hora muerta entre la comida y las vísperas. Lupe estaba sentada en el catre con los ojos cerrados, repitiendo lo que llevaba nueve noches repitiendo en la oscuridad para no olvidar ni una línea.

Las notas del médico.

Los nombres de los niños. Las fechas. Las observaciones clínicas que oscilaban entre la precisión y el pánico. Los cortes que se cerraban en minutos. La niña que se levantó de la cama después de tres días de fiebre y dijo que se sentía como nunca.

Y al final de las notas, casi como una ocurrencia tardía, el Azharov y Aruan.

Aruan.

Lupe abrió los ojos.

Había oído aquel nombre desde niña, siempre dicho con una mezcla de admiración y fastidio.

Aruan la Bella, la llamaban los mercaderes cuando hablaban de sedas, especias y piedras que brillaban incluso bajo luz pobre.

Aruan la Erudita, decían los profesores de historia, con ese tono que usaban para las ciudades que habían aprendido a rendirse sin parecer vencidas.

La Torre de las Nubes de Aruan era otra cosa.

La biblioteca más grande y más custodiada del mundo.

Lupe se levantó del catre y cruzó hasta la mesa estrecha de la celda.

Allí no había más que un candil, una jarra de agua y un libro de historia que había tomado prestado de la biblioteca del convento.

Lo había abierto tres veces aquella semana.

Las tres lo había cerrado con la sensación de que los libros escritos para enseñar solían estar escritos, sobre todo, para ocultar.

Volvió a abrirlo y leyó.

Aruan había aceptado la Reunificación sin levantar las armas. Valentis la había llamado pacto. Otros, con menos cortesía, la llamaban anexión.

La Reunificación, según los libros, había unido las siete grandes ciudades-estado bajo el ala protectora de Valentis, capital del Rey-Sol. De las seis ciudades llamadas a firmar. Rowandia, Aruan, Tolusa, Azhor, Esplentia y Tarkos, solo Tarkos se negó.

Lupe recordaba esa parte de las lecciones. La recordaba porque incluso los maestros más grises se volvían extraños al contarla.

Tarkos, la ciudad de los pasos altos, de los jinetes duros y de las fortalezas casi inaccesibles. Tarkos, que resistió durante años a los ejércitos de Valentis. Ni siquiera las decenas de Juramentados que el Rey-Sol tenía entonces bastaron para someterla.

Hasta que Vichenso I ordenó usar el Sol Negro.

Nadie sabía exactamente qué era el Sol Negro. O, si alguien lo sabía, llevaba generaciones callándolo. Los libros se limitaban a decir que pertenecía a los restos de antes del Cataclismo, de cuando los hombres se creyeron dioses y llenaron el mundo de cosas que no entendían del todo.

Después del Sol Negro, Tarkos no cayó por hambre ni por espada.

Cayó enferma.

En cuestión de días, sus habitantes comenzaron a morir de formas que las crónicas evitaban describir. También murieron soldados de Valentis. Muchos. Demasiados para que aquello pudiera llamarse victoria sin mancharse la boca.

Unos meses después, Tarkos firmó la Unión.

Unos meses después, Vichenso I se proclamó primer Rey-Sol.

Lupe apoyó la espalda contra la pared desnuda de la celda. A veces las clases de historia eran más increíbles que las novelas malas.

Volvió a mirar la página.

La Torre de las Nubes.

Si aquel archivo existía, estaría allí. Si alguien había guardado respuestas sobre los niños, sobre las marcas, sobre lo que el médico había visto y no se había atrevido a nombrar, tenía sentido que acabaran en Aruan.

Las ciudades escondían sus vergüenzas en sótanos.

Los imperios las guardaban en bibliotecas.

En el margen inferior del libro, con una letra más reciente que el cuerpo del texto, alguien había dejado una nota casi borrada por el roce de los años.

Todos temen la brujería de Valentis. Pero hay quien dice que el poder verdadero ya no está en la capital, sino en la Torre Azul de Aruan.

Lupe frunció el ceño.

La Torre Azul.

Conocía el nombre, por supuesto. Todo el mundo lo conocía. Tres magos, decía la leyenda. Tres hombres capaces de doblar el fuego, llamar al viento y mover la piedra sin tocarla. Hacía años que no se sabía nada de dos de ellos. Del tercero se hablaba todavía en voz baja.

Solomon Suliman.

El Archimago.

Lupe no sabía cuánto había de verdad en aquellas historias.

Tolusa estaba llena de hombres que llamaban milagro a cualquier truco que no entendían y herejía a cualquier verdad que les incomodaba.

Pero si la Torre de las Nubes estaba en Aruan, y si la Torre Azul también, quizá las dos sombras se tocaban de algún modo.

No tenía respuestas.

Pero ya tenía un nombre.

Y un camino.

Fue la hermana Úrsula quien le dio el último empujón.

Úrsula era la más vieja del convento. Tenía ochenta y tantos años, una espalda curva como un signo de interrogación y la costumbre de aparecer en los sitios sin que nadie la oyera llegar. Llevaba cuarenta años allí, había enterrado a tres abadesas y se acordaba de un mundo que ya no existía.

Lupe la encontró en el claustro una tarde, sentada junto al pozo, con las manos en el regazo y los ojos cerrados. No estaba dormida. Estaba en ese estado que las monjas viejas llaman oración y los demás llaman estar en las berzas.

—Hermana Úrsula.

La monja abrió los ojos.

Lupe se sentó en el borde del pozo. El agua estaba lejos, abajo, negra. Olía a piedra fría.

—¿Conocéis un lugar que se llame la Torre de las Nubes?

Úrsula no se movió. No cambió de expresión. Pero algo le cruzó los ojos: un destello breve, como el que hace una moneda al caer al fondo de un pozo.

—¿Dónde has oído ese nombre?

—En unas notas de un médico.

Úrsula asintió despacio, y por un momento entrecerró los ojos como rescatando algo que una vez estuvo ahí.

—La Torre de las Nubes está en Aruan. A siete jornadas al noreste.

Es una biblioteca. La más antigua del Imperi, según dicen los que saben de esas cosas.

—Se rascó la barbilla con un dedo que temblaba por la edad, pero que apuntaba con precisión—.

Una torre tan alta que las nubes le tapan la punta.

Los clérigos de Aruan la custodian desde hace siglos.

Dicen que tiene plantas que nadie abre. Secciones selladas desde antes de que la Iglesia existiera.

—¿Habéis estado?

—Tengo ochenta y cuatro años, hija. No he estado en ningún sitio en cuarenta.

Pero una hermana que vino de Aruan me habló de ella.

Decía que los clérigos la tratan como un templo, no como una biblioteca.

Que hay cosas dentro que no enseñan a nadie.

—Úrsula la miró con esos ojos acuosos que desmentían la edad—.

Si tu médico mencionó ese nombre, debía de ser muy culto.

—¿Qué cosas hay dentro?

—No lo sé. Y la hermana que me lo contó tampoco.

Solo sabía que los que subían a las plantas superiores no hablaban de lo que veían.

—Úrsula cerró los ojos otra vez—. Hay lugares en este mundo, hija, que guardan lo que quedó de antes del Cataclismo.

La Iglesia dice que el Hijo del Uno limpió la Tierra, y es verdad.

Pero limpiar no es borrar. Siempre queda algo.

Y lo que queda, alguien lo guarda. Y lo que alguien guarda, alguien más lo busca.

Lupe se quedó callada. El agua del pozo goteaba abajo, en la oscuridad, con una cadencia que sonaba a reloj.

—Hermana Úrsula.

—Dime.

—¿Qué sabéis de Solomon Suliman?

La vieja abrió los ojos de nuevo, más despacio esta vez.

—Menos de lo que dicen los cuentos y más de lo que conviene decir en voz alta.

—Dicen que vive en la Torre Azul.

—Dicen muchas cosas. Que nació la noche en que una estrella cayó sobre los tejados de Aruan. Que no lloró al venir al mundo. Que abrió los ojos antes de que la comadrona pudiera limpiarle la sangre y miró a su madre con la tristeza de los ancianos.

Úrsula hizo una mueca. No llegaba a ser sonrisa.

—La gente embellece lo que teme.

—¿Y vos lo teméis?

La monja miró hacia la arcada del claustro, donde una hilera de hormigas cruzaba la piedra cargando migas de pan.

—Temo más a los hombres que escriben leyes que a los hombres que mueven piedras. Pero sí. Si existe la mitad de lo que cuentan de Solomon Suliman, conviene temerlo. Y si solo existe la cuarta parte, también.

Lupe bajó la vista al brocal del pozo.

—¿Y la Torre Azul tiene algo que ver con la Torre de las Nubes?

—En Aruan todo tiene algo que ver con todo. Las bibliotecas, los magos, los mercaderes, los clérigos, los nobles que sonríen demasiado. Una ciudad culta no es una ciudad inocente, hija.

Se levantó despacio, el esfuerzo de ochenta años peleando contra la gravedad, y se alejó por el claustro sin hacer ruido.

Lupe se quedó sola junto al pozo.

Aruan estaba a siete jornadas al noreste. Con dinero para postas, quizá cinco. Sin dinero, quizá diez. Sola, era un suicidio. Con Beatriz, era un suicidio lento.

Pero los nombres de los niños seguían en su cabeza.

Y las notas del médico seguían en su cabeza.

Y la sangre del Virrey bajando por el ventanal seguía en su cabeza.

Y ahora, encima de todo eso, había un nombre, la Torre de las Nubes; una ciudad, Aruan; y la certeza de que el médico había estado buscando lo mismo que ella y que lo había encontrado en un sitio donde un fraile le dijo que no volviera a preguntar.

Don Álvaro la había mandado al convento para protegerla.

Don Álvaro no sabía que el convento estaba en la ruta de Aruan.

Lupe miró el camino por encima del muro del claustro. El camino de tierra que bajaba del cerro hacia la llanura, y después hacia el norte, y después hacia donde fuera que estuviera la torre de la que hablaban los médicos que acababan en las celdas de la Inquisición.

Mañana era día de mercado en la aldea del cerro. Beatriz solía bajar con la hermana portera a comprar hilo y jabón. El carretero que subía las provisiones al convento los jueves hacía la ruta hasta el cruce de caminos del norte, donde paraban las postas.

Lupe no tomó una decisión.

Lo que hizo fue dejar de resistirse a algo que llevaba nueve días creciendo dentro de ella.