Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 10. La última puerta
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10. La última puerta

Corrieron.

Beltrán arrastraba al niño por el brazo a través de los callejones del barrio alto, pegados a las paredes, agachados bajo los aleros. El crío no se quejaba. Corría con esos pies descalzos sobre la piedra húmeda como si llevara toda la vida huyendo.

Detrás de ellos, Tolusa se despertaba. Las campanas de la catedral empezaron a sonar con esa cadencia frenética que no anuncia misa sino desastre.

Las ventanas se abrían en los pisos altos.

Las antorchas se encendían en las esquinas.

Y las voces de los soldados cruzaban la noche como pájaros negros: ¡El Virrey ha muerto! ¡Beltrán Arcaluz! ¡Cerrad las puertas!

Beltrán Arcaluz, asesino del Virrey de Tolusa.

La frase le daba vueltas en la cabeza con la inercia de una rueda de molino.

Pero no porque fuese injusta, la justicia era un concepto que no le servía de nada a las dos de la madrugada huyendo con un crío mudo por los callejones de una ciudad que acababa de declararlo enemigo público.

Le daba vueltas porque era perfecta. El Comendador no había dejado un solo cabo suelto.

El almacén, los guardias muertos, el niño secuestrado, y ahora el Virrey degollado: todo apuntaba a un mismo hombre, y ese hombre era él.

Hijo de puta.

La primera muralla la cruzaron por la puerta del Olivar. El guardián estaba dormido. Aún no había llegado la noticia. Dos coronas por no haber visto nada. El veterano cogió las monedas sin mirar al niño.

La segunda muralla fue más difícil. Las campanas habían llegado antes que ellos.

Las patrullas se movían con la urgencia del que sabe que alguien importante ha muerto y que la cabeza del culpable vale una fortuna.

Beltrán llevó al niño por las alcantarillas del barrio bajo, un laberinto de túneles húmedos que olían a mierda y a agua estancada.

Salieron por una boca cubierta de maleza junto a la puerta del Alfolí.

Si algún día necesitas salir de Tolusa sin que nadie te vea salir, tira hacia el Alfolí. La voz de Gaspar en el quicio de una puerta entre almendros.

La hostería del Sol Viejo estaba a doscientos pasos. El farol de Marcial encendido en la ventana.

Llamó con tres golpes.

Marcial Berruga abrió al cuarto. Bajito, lunar en la mejilla izquierda, cara de quien lleva treinta años sin sorprenderse de nada.

—Vengo de parte de Gaspar de Quintana.

Marcial lo miró. Miró al niño. Miró la sangre.

—Pasa.

Los llevó hasta la puerta del Alfolí. La llave entró. La cerradura giró con un chirrido de animal.

—Fuera están los campos del sur. Cien pasos y llegas al camino viejo. A la izquierda, los establos del matadero. Si necesitas un caballo, allí hay.

—Gracias.

—Dáselas al viejo. —Marcial se quedó mirándolo—. Si lo ves, dile que el vino sigue siendo una mierda.

Beltrán cruzó la puerta.

La tercera muralla era la última.

Robó un caballo del matadero. Un animal flaco, de pelaje pardo. Montó al niño delante. El crío se agarró a las crines sin que nadie le dijera que se agarrara.

La puerta sur de la tercera muralla estaba vigilada. Dos guardias, antorchas, portón cerrado. Pero la ronda del tramo Este no estaba. El tramo estaba oscuro. Sin antorchas, sin patrulla.

Alguien había movido fichas en algún sitio, y el resultado era un hueco de cien pasos en la tercera muralla de Tolusa.

Beltrán espoleó el caballo hacia el tramo oscuro.

No llegó.

Lo interceptaron a cincuenta pasos del muro. Un hombre solo.

Estaba de pie en medio del camino, quieto, con la naturalidad de una piedra.

Vestía oscuro de cuero marrón y negro con una máscara que recordaba a la de los verdugos.

No llevaba armadura. Solo dos hojas iguales, una en cada mano, más cortas que una ropera y más largas que una zurdona.

Las sostenía a los costados, con las puntas hacia abajo.

Scarpias.

Beltrán sintió que algo se le cerraba en el estómago.

Lo que Gaspar le había contado en el patio entre almendros, con vino bueno en la taza y el sol en la cara, acababa de materializarse frente a él en una vía oscura.

Caballeros del Rey-Sol. Los que protegen el trono de Valentis.

Cuatro latidos le había durado al mejor espadachín.

¿Qué hacía un guerrero del Rey-Sol en la tercera muralla de Tolusa a las tres de la madrugada? ¿Quién había movido esa pieza?

El hombre abrió la boca y empezó a murmurar.

No eran palabras. Eran números. Una secuencia larga, monótona, recitada con una cadencia monótona. Gaspar había dicho letanías . Pero Gaspar las había oído de lejos. De cerca eran números. Números que no correspondían a ninguna lengua que Beltrán conociera.

Y después de los números, el hombre se movió.

Beltrán apenas tuvo tiempo de saltar del caballo.

La primera scarpia pasó por donde había estado su cabeza con una velocidad que no correspondía a un cuerpo humano.

La segunda bajó en un arco imposible de encadenar con la primera.

Beltrán bloqueó con la zurdona. El impacto le recorrió el brazo entero y le aflojó los dedos.

Retrocedió. Intentó leer al hombre. Pero no había nada que leer. El Juramentado no tenía guardia. No tenía patrón. Se movía con las dos hojas a la vez, sin distinguir entre ataque y defensa. Como intentar leer el agua, había dicho Gaspar. Y tenía razón.

Beltrán tiró una estocada al pecho. El Juramentado la esquivó sin mover los pies. Contraatacó con un tajo doble que le abrió el jubón del hombro al codo. Beltrán sintió el frío primero y la sangre después.

Intentaron cruzar tres veces más. En las tres, Beltrán perdió. No como se pierde contra un espadachín mejor. Como se pierde contra algo que no debería existir.

Era un pez grande en una charca pequeña. Y acababa de salir al mar.

La scarpia le entró debajo de las costillas. Limpio, rápido. Beltrán sintió que algo se le rompía por dentro. Cayó de rodillas. La ropera se le escapó de la mano. La zurdona la conservó, pero el brazo ya no respondía.

El Juramentado se movió sin prisa.

Beltrán levantó la vista. Rojo estaba a diez pasos, pegado al caballo, mirándolo con esos ojos que no pedían nada.

Así es como acaba.

Una voz salió de la oscuridad.

—Eh, tú. Sí, tú, el de la máscara de leproso. ¿Te importaría darte la vuelta?

El Juramentado se volvió.

Gaspar de Quintana estaba de pie a veinte pasos, con la ropera en la mano derecha, la rodela en la izquierda, y la postura de alguien que lleva medio siglo matando.

Vestía el jubón viejo. Las botas de los tercios. El pelo blanco. Había venido solo. Había venido porque Beltrán Arcaluz había asesinado al Virrey de Tolusa y Gaspar sabía que era mentira, y porque conocía exactamente por dónde intentaría escapar.

Beltrán intentó hablar.

—Gaspar, no.

Gaspar no lo miró.

—Muchacho —dijo, mirando a Rojo—. Ven aquí.

El niño se acercó. Gaspar se sacó de la espalda un bulto alargado envuelto en tela aceitada y atado con una cuerda de cáñamo. Lo puso en los brazos del crío.

—Ayúdale a montar en el caballo.

El crío obedeció. Dejó el fardo sobre la silla, volvió, cogió a Beltrán del brazo bueno y tiró. Beltrán se levantó. El dolor le llenó la cabeza de blanco.

Gaspar miró al Juramentado. El Juramentado lo miró a él.

—Venga —dijo Gaspar.

Se movió.

Fue rápido. Más rápido de lo que un hombre de setenta y dos años tiene derecho a ser.

La ropera entró por una línea que Beltrán no había visto nunca, una diagonal que no empezaba donde debía empezar y que terminaba donde nadie la esperaba.

Un golpe que venía del interior del brazo y que usaba la rodela como contrapeso para generar una rotación que ningún manual de esgrima había descrito jamás.

La estocada infalible.

Funcionaba.

La punta encontró al Juramentado en el costado izquierdo, justo debajo del corazón. El Juramentado se detuvo. Por primera vez, se detuvo. Se miró el costado con la expresión de un hombre que no recordaba cómo era sangrar y dio dos pasos atrás como desconcertado.

Sangró.

Un segundo. Dos.

Después las scarpias se movieron.

Beltrán no vio lo que pasó. El niño lo había ayudado a levantarse y se habían montado en un caballo que ya se movía. Oyó acero contra acero. Oyó algo que podría haber sido la rodela al caer contra la tierra. Oyó un sonido más suave, el tipo de sonido que hace un cuerpo cuando deja de ser un cuerpo.

No miró atrás.

No hacía falta.

El caballo cruzó la brecha en la muralla a un medio galope. Nadie los detuvo.

Las Estepas Nubladas se abrieron frente a ellos como una boca.

Más que un paisaje, una ausencia de paisaje. La niebla se levantaba del suelo como un sudario gris. El camino desaparecía a treinta pasos. Los árboles eran formas negras que la bruma desdibujaba hasta convertirlas en ideas de árboles.

Beltrán se agarraba a las crines del caballo con la mano que aún le respondía.

La otra colgaba a un costado, mojada de sangre que ya no sentía.

La herida del Juramentado debería haberlo matado.

Lo sabía. Una scarpia debajo de las costillas, con esa profundidad, perforaba cosas que no se pueden coser.

Pero algo lo sostenía. Un calor bajo, lento, que le pulsaba en la herida como un segundo corazón.

La cabeza le pesaba. Las imágenes se le mezclaban. La cara del Comendador limpiándose las manos en un paño después de degollar al Virrey. La cara de Malcampo bajando los ojos medio segundo. La cara de Gaspar en el quicio de la puerta.

Come mejor. Duerme más. Vuelve pronto.

Vuelve antes.

Beltrán se desplomó sobre el cuello del caballo.

El niño no paró. Cogió las riendas con las dos manos. Se inclinó sobre el cuello del animal y lo guio hacia la niebla sin mirar atrás.

Diez años. Mudo. Descalzo. Marcado con un aspa roja. Con un fardo envuelto en tela aceitada apretado contra la espalda. Llevando a un hombre moribundo hacia un lugar donde nadie entraba.

La Estepa se cerró tras ellos. La niebla se tragó el camino, las luces, los sonidos. Tolusa quedó atrás.

El caballo siguió andando.

El niño siguió sujetando las riendas.

Beltrán siguió respirando, porque algo dentro de él había decidido que aún no era su hora.

Negro.