Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 9. Sangre ajena.
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9. Sangre ajena.

Lupe no se movió durante un tiempo que no supo medir.

Estaba de pie en el soportal de enfrente de la Torre del Comendador, pegada a la columna, con las manos planas contra la piedra fría y las piernas temblándole de una forma que no le había temblado nada desde el día que vio morir a su madre.

La seda del vestido se le había empapado de la humedad de la pared y le pesaba en los hombros como una penitencia.

Había visto todo.

Había bajado del carruaje después de que el hombre de la espada ensangrentada se llevara al niño dentro de la Torre.

Beatriz le había suplicado que no bajara, con el rosario apretado entre los dedos y la voz rota de las mujeres que saben que suplicar no sirve de nada pero que no saben hacer otra cosa.

Lupe había bajado igual. Había cruzado la calle.

Había encontrado la puerta de la Torre entornada y había subido la escalera pegada a la pared, con los chapines en la mano para no hacer ruido, siguiendo el rastro de gotas oscuras que el hombre había dejado en los peldaños.

Había llegado al rellano. La puerta del despacho estaba abierta, la había abierto él de una patada. Desde el hueco de la escalera, aplastada contra el muro, había visto lo que había dentro.

Había visto al Virrey atado a una silla. Lo había reconocido por la casaca, aunque la cara que había debajo ya no era la que salía en los bandos del cabildo. Era una cara rota, de hombre que ha dejado de ser hombre.

Había visto al Comendador sacar el cuchillo.

Había visto el corte.

La sangre contra el ventanal. El cuerpo sacudiéndose. El silencio que vino después, un silencio que tenía la densidad de algo sólido.

Y había oído las palabras del Comendador.

Cada una. El Virrey de Tolusa acaba de ser asesinado por un sicario llamado Beltrán Arcaluz.

Había oído el nombre y lo había guardado en la misma parte de la cabeza donde guardaba los nombres de los cuarenta y siete muertos que pagaban tasa de hogaza y los nombres de los niños que desaparecían del barrio de la Sal.

Después había visto al otro, joven, delgado, con cicatriz en la nariz, entrar con hombres armados.

Había oído el acero. Había oído gritos. Y había bajado la escalera corriendo, con los chapines en la mano y el corazón en la garganta, y se había escondido en el soportal de enfrente justo a tiempo de ver al hombre salir de la Torre con el niño del aspa roja agarrado del brazo y desaparecer en la oscuridad de los callejones.

Y ahora estaba allí sin saber desde hacía cuánto. De pie. Pegada a la piedra. Con las campanas de la catedral sonando a lo lejos.

Beatriz la encontró.

No supo cómo. Beatriz siempre la encontraba. Era un don que tenía, o una maldición, o las dos cosas a la vez. Llegó corriendo por la calle con el chal torcido, el pelo suelto y la cara de alguien que ha rezado todas las oraciones que sabe y ha descubierto que no le quedan más.

—Señora. Señora, por Dios. Señora.

Lupe la miró sin verla.

—Tenemos que irnos, señora. Ahora. Las campanas. Algo ha pasado. Tenemos que irnos.

Lupe asintió. Se separó de la columna. Le dolían las manos de apretar la piedra. Se las miró. Estaban blancas. Blancas y frías y limpias, que era más de lo que podía decirse de las manos del Comendador.

El carruaje estaba donde el cochero lo había dejado, a cien pasos, en la esquina de la calle de los Plateros. El cochero tenía la cara de un hombre que ha tomado la decisión de no haber visto nada durante el resto de su vida. Lupe subió. Beatriz subió detrás. La puerta se cerró.

—A casa —dijo Lupe.

El carruaje arrancó.

Beatriz la miraba con los ojos juntos muy abiertos, con el rosario enredado entre los dedos, con la boca abierta para preguntar algo que no terminaba de formular. Lupe no la ayudó. No podía ayudarla porque no podía hablar. Si hablaba, lo que salía iba a ser un sonido que no iba a sonar a palabra.

Miraron por la ventanilla. Tolusa se estaba despertando con la violencia de un animal al que sacuden del sueño.

Soldados corriendo por las plazas con las antorchas encendidas.

Puertas que se abrían. Puertas que se cerraban.

Y las campanas, las campanas que no dejaban de sonar con esa cadencia de fin del mundo que Lupe no había oído nunca pero que reconoció al instante.

Llegaron al palacio de los Morales cuando el cielo empezaba a clarear por el este.

Don Álvaro estaba en el zaguán. No estaba en la cama. No estaba en la galería. Estaba en el zaguán, de pie, con la casaca puesta sobre el camisón y las botas sin atar, como un hombre al que han despertado con una noticia que no le ha dado tiempo a vestirse entero.

Miró a Lupe. La miró de arriba abajo. Vio la seda empapada, los chapines en la mano, la cara que tenía su hija.

—¿Dónde has estado?

—Fuera.

—¿Dónde?

—Fuera, padre.

Don Álvaro la cogió del brazo. La apretó. Lupe sintió los dedos de su padre clavarse en la carne con una fuerza que no le conocía.

—El Virrey ha muerto, Lupe. Lo han asesinado esta noche. El asesino es un sicario del barrio bajo. ¿Dónde has estado?

Lupe lo miró a los ojos. Los ojos de su padre estaban inyectados en sangre, como siempre, pero ahora había algo más en ellos. No miedo. Terror. El terror de un padre que no sabe dónde ha estado su hija la noche que han matado al gobernante de la ciudad.

—Padre. —Lupe habló despacio, porque si hablaba despacio podía controlar lo que decía, y si controlaba lo que decía podía controlar lo que no decía—. El sicario no mató al Virrey.

Don Álvaro se quedó quieto.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que el sicario no mató al Virrey.

El silencio que siguió duró cinco latidos. Lupe los contó porque contar latidos era lo único que la mantenía de pie.

Don Álvaro la soltó del brazo. Se apartó un paso. Se llevó las manos a la cara y se la frotó como si quisiera quitarse algo de la piel que no se iba con agua. Cuando bajó las manos, tenía la cara de un hombre que acaba de envejecer diez años en cinco latidos.

—No vuelvas a decir eso —dijo—. Nunca. A nadie. ¿Me oyes? Nunca a nadie.

—Padre, lo vi—

—¡Nunca a nadie, Lupe!

Fue la primera vez que Don Álvaro le gritó. No un grito de padre. Un grito de hombre que ve el borde del precipicio y que tiene a su hija de pie en él.

Lupe se calló.

Don Álvaro le puso las manos en los hombros. Le temblaban. A Don Álvaro de Morales y Quesada, caballero del cabildo de Tolusa, cabeza de un linaje de cuatrocientos años, le temblaban las manos.

—Sube a tu cuarto. Métete en la cama. Mañana, cuando vengan a preguntar —y van a venir, Lupe, van a venir—, estabas en casa toda la noche. Beatriz estaba contigo. El cochero estaba en la cochera. Nadie salió. ¿Me has entendido?

—Sí.

—Repítelo.

—Estaba en casa toda la noche.

Don Álvaro asintió. La soltó. Retrocedió. Se quedó de pie en el zaguán, con la casaca sobre el camisón y las botas sin atar, mirándola subir la escalera de mármol con la misma expresión con que había mirado el ataúd de su mujer veintitrés años atrás.

Lupe se metió en la cama sin desvestirse.

La seda mojada le enfrió las sábanas. No le importó. Miró el techo. Las vigas del techo eran las mismas vigas que había mirado de niña cuando tenía miedo de la oscuridad y su madre le ponía la mano en la frente hasta que se dormía.

Su madre estaba muerta.

El Virrey estaba muerto.

Y ella era la única persona en Tolusa que sabía quién lo había matado.

Pensó en el hombre del carruaje. En la sangre que le goteaba de la espada sobre la tapicería. En sus ojos, ojos cansados, ojos de alguien que ha visto demasiado y que ya no intenta disimularlo. En el niño que iba con él, descalzo, mudo, con un aspa roja en el pecho.

Beltrán Arcaluz. El nombre del hombre que no había matado al Virrey, pero al que iban a perseguir como si lo hubiera hecho. El nombre que mañana estaría en boca de toda la ciudad, en los bandos del cabildo, en los sermones de la Iglesia.

Y ella no podía decir la verdad. Porque decir la verdad significaba decir que había estado en la Torre del Comendador a las tres de la madrugada, y decir eso significaba preguntas, y las preguntas significaban la Inquisición, y la Inquisición significaba la destrucción de su familia.

La verdad era una piedra que le habían puesto en las manos y que no podía soltar ni podía guardar.

Fuera, las campanas seguían sonando.

Lupe cerró los ojos y apretó las manos contra el estómago y pensó en los cuarenta y siete muertos que pagaban tasa de hogaza, y en los nueve niños que habían desaparecido, y en el médico que había escrito en un cuaderno que las heridas de los críos se cerraban solas, y en un hombre que había subido a su carruaje con un niño marcado como una res y una espada que goteaba sangre ajena.

Todas las piezas estaban en la misma mesa.

Todas apuntaban al mismo sitio.

Y Lupe de Morales y Quesada, tumbada en una cama mojada de seda y de niebla, supo que su vida acababa de dividirse en dos mitades: lo de antes de aquella noche y lo de después. Y que en lo de después no cabía el silencio, aunque el silencio fuera lo único que podía salvarla.