8. El Virrey #2
Beltrán conocía esa casaca. La había visto en los estandartes, en los bandos, en las monedas de la ceca. Era la casaca del Virrey de Tolusa.
El Comendador se volvió despacio. No había sorpresa en sus ojos. Solo la mirada mineral del hombre que ya ha calculado todo lo que va a pasar.
—No te esperaba tan pronto, Arcaluz.
—¿Qué mierda es esto?
—Eso depende de quién lo cuente. —Señaló al hombre de la silla—. Para el cabildo, es el Virrey enfermo. Para Tolusa, es el gobernante que no gobierna. Para mí, es un problema que lleva demasiado tiempo sin resolverse.
—Está atado a una silla.
—Sí.
—¿Qué coño está pasando en esta ciudad?
El Comendador miró al niño. Miró el aspa roja. Y algo cruzó su cara: satisfacción. La satisfacción del que ve que las piezas caen exactamente donde tenían que caer.
—Te dije que no miraras, Arcaluz.
—No me dijiste que había un puto crío dentro.
—Ya. —Abrió un cajón de la mesa. Sacó un cuchillo de caza, corto, ancho, con mango de hueso—. Sabía que lo harías. Eres demasiado curioso para ser un buen perro.
—¿Qué vas a hacer con eso?
—Tú observa las consecuencias de tus actos.
El Comendador se acercó al Virrey. Se puso detrás de la silla. Cogió al hombre del pelo y le levantó la cabeza. El Virrey abrió los ojos. Eran ojos vacíos, de alguien que ya ha aceptado lo que viene.
—Mira bien, Arcaluz. Quiero que veas esto.
—Comendador, que coj…
El cuchillo cruzó la garganta del Virrey de lado a lado. La sangre saltó contra el ventanal y bajó por el cristal en hilos gruesos que distorsionaron la vista de Tolusa. El cuerpo se sacudió una vez y se quedó flácido.
Beltrán se quedó helado. Principalmente por la cara del Comendador. No había emoción.
Se limpió las manos en un paño que tenía preparado. Con método.
—Ahora escucha, Arcaluz, porque solo lo voy a decir una vez.
El Virrey de Tolusa acaba de ser asesinado en su despacho por un sicario llamado Beltrán Arcaluz.
El mismo que anoche mató a cuatro guardias en un almacén del puerto sur y secuestró a un niño bajo custodia del distrito.
—Una pausa—. Esta noche eres un regicida, Arcaluz.
Lo eras desde el momento en que abriste ese cajón.
Beltrán lo entendió todo de golpe. El almacén. El triple. La prohibición de mirar. Todo estaba diseñado para que él estuviera allí aquella noche, con sangre en las manos y un crío robado, mientras el Comendador mataba al Virrey y le ponía su nombre a la factura.
No era un sicario que había abierto un cajón que no debía. Era una pieza que había cumplido su función.
—Hijo de puta.
El Comendador levantó la voz. No mucho. No hacía falta.
—¡Guardia!
La puerta del despacho se abrió. No fueron los hombres de Malcampo. Fueron otros. La guardia personal del Comendador, los que custodiaban la Torre: cuatro veteranos con corazas, lanza corta y la mirada vacía del que obedece.
Detrás de ellos, apoyado contra el marco de la puerta con la mano en el costado y la camisa empapada de sangre oscura, apareció Malcampo. Habían llegado en los caballos. Herido, pálido, con la mandíbula apretada y los ojos ardiendo, pero había llegado.
—Beltrán Arcaluz —dijo el capitán de la guardia con la voz plana de quien lee una sentencia—, quedáis arrestado por el asesinato del Virrey de Tolusa.
Beltrán miró a los cuatro guardias. Miró a Malcampo en el marco de la puerta, sangrando, con la espada en la mano que no se sujetaba la herida. Miró al Comendador, que se había apartado hacia el ventanal con una tranquilidad enfermiza.
Los cuatro guardias cerraron la distancia. Beltrán puso a Rojo detrás.
No tenía salida. Tenía cuatro veteranos con corazas y lanzas en un espacio cerrado, un Malcampo herido, pero aún de pie, y un niño mudo que no podía correr más rápido que él. No tenía salida y lo sabía.
Pero Beltrán Arcaluz se había pasado veinte años sin salida y había salido vivo de todas, porque peleaba mejor asustado que tranquilo.
Entró al primero por debajo de la lanza, le metió la zurdona entre la coraza y el cuello.
El hombre cayó. El segundo le tiró una estocada que Beltrán esquivó echando la cadera.
La punta de la lanza arrancó una tira de cuero del jubón.
Beltrán le devolvió un tajo con la ropera que le abrió el antebrazo.
El tercero y el cuarto vinieron juntos. Beltrán volcó la silla del Virrey muerto contra sus piernas, los desestabilizó medio segundo y usó ese medio segundo para agarrar a Rojo y lanzarse hacia la puerta.
Malcampo estaba en el marco. Herido. Con la espada.
Se miraron. Un instante.
Malcampo levantó el acero de Valdecristán. Era un gesto lento, de hombre que sabe que no puede pelear pero que necesita intentarlo.
Beltrán le bajó la hoja de un golpe seco con la guarda de la zurdona. Malcampo perdió la espada y cayó de rodillas por segunda vez aquella noche. La herida del costado se le abrió y la sangre le empapó los pantalones.
Beltrán pasó por encima de él y bajó la escalera con el niño.
A su espalda, la voz de Malcampo, rota pero clara:
—¡Cerrad las puertas! ¡Que nadie salga de la ciudad! ¡Beltrán Arcaluz ha asesinado al Virrey!
Beltrán salió a la calle.
Corrió.