Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 8. El Virrey
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8. El Virrey

Malcampo venía con tres hombres. Camisas oscuras, jubones sin marcas, acero al cinto. El equipo de recogida.

Su mirada recorrió el almacén: los cuatro cadáveres, la sangre, el cajón abierto. El niño de pie junto a Beltrán con las manos libres y el aspa roja en el pecho. Algo cruzó su cara. No sorpresa. Cálculo.

—Has mirado —dijo.

—Sí.

—Te dijeron que no miraras.

—Sí.

Malcampo asintió despacio. Uno de sus hombres dio un paso hacia delante; Malcampo lo paró con un gesto mínimo de la mano.

—Tu trabajo ha terminado, Arcaluz. Los guardias están muertos, el paquete está intacto. Nosotros nos encargamos. Puedes irte.

El paquete.

—¿Qué es esto, Malcampo?

—Es un encargo.

—Es un crío.

—Es un encargo que resulta ser un puto crío, joder. No es lo mismo, y tú lo sabes.

Beltrán lo sabía. Lo había sabido durante quince años. Había matado por encargo sin preguntar. Había cobrado y había dormido bien después.

Pero los cuatro guardias muertos le habían dicho algo con su forma de morir. Y la paga del triple. Y los agujeros de ventilación. Y el aspa roja.

—Quiero hablar con el Comendador.

Malcampo parpadeó. Fue un parpadeo corto y breve.

—¿Hablar?

—Hablar. Con el crío delante. Que me explique qué coño tiene en un cajón de mercancía del puerto sur.

—No funciona así, Arcaluz.

—Esta noche funciona así.

Malcampo lo miró un momento largo. La mandíbula apretada. Los ojos pardos haciendo lo que hacían siempre: medir distancias, calcular ángulos, contar salidas.

—No puedo dejarte salir de aquí con el crío, y lo sabes. —La mano derecha de Malcampo llegó al pomo de la espada de Valdecristán—. No me hagas esto, Arcaluz. Porque voy a elegir lo que me conviene.

—Siempre lo haces.

—Lo siento. —Y lo decía en serio, lo cual era lo peor de todo.

Beltrán puso a Rojo detrás de su cuerpo. El crío no pesó nada. Lo cogió porque en el medio segundo que tardó en decidir, su cabeza hizo el cálculo: el Comendador quería al crío vivo. Si lo tenía él, no podían matarlo sin riesgo de matar al crío. El niño era su escudo, su moneda, su única ventaja.

El primer hombre del Comendador entró por la derecha con más ganas que cabeza.

Beltrán lo recibió con un tajo descendente de la ropera que le abrió la cara del pómulo a la barbilla.

El hombre gritó y retrocedió llevándose las manos a la cara, y Beltrán usó ese segundo para avanzar hacia el segundo, que venía por la izquierda con la espada alta.

Lo trabó con la zurdona, le agarró la muñeca con la mano libre, lo giró y lo empotró contra una caja de madera que se rompió bajo el peso.

El hombre se quedó enredado entre tablas y arpillera.

El tercero dudó. Esa duda le costó un palmo de acero en el hombro, justo debajo de la clavícula, y un alarido que sonó peor de lo que era.

Tres menos. Le dolían los brazos. Le dolía la garganta del codo que le había puesto el guardia de la espada ancha. Le dolía el corte del antebrazo. Y el cansancio de la pelea con los guardias le pesaba en los hombros como un segundo herreruelo empapado.

Malcampo.

Lo vio venir antes de que se moviera. Lo vio en los ojos pardos, en la forma en que la mandíbula se le apretó y la mano derecha dejó de estar cerca del pomo para estar en el pomo, y luego el pomo ya no estaba en la mano, sino que la espada de Valdecristán estaba en el aire y venía hacia él como si llevase años ensayando este momento en su cabeza.

Entró por la línea alta. Una estocada de puño, ambiciosa, del tipo que hace un espadachín joven que quiere acabar rápido.

Beltrán la bloqueó con la zurdona levantada sobre la cabeza, un gesto feo, de emergencia, que le mandó una vibración desde la muñeca hasta el codo.

Malcampo encadenó con un revés bajo sin pausa.

La hoja de Valdecristán le pasó a un dedo del jubón.

Beltrán sintió el aire del acero en el estómago.

Retrocedió. Malcampo avanzó.

Era bueno. El cabrón era bueno de verdad.

Se movía con fluidez y economía. Tenía la espada cara y sabía usarla.

Los pies le bailaban sobre las losas manchadas de sangre sin resbalar.

La mano izquierda, llevaba zurdona también, más pequeña que la de Beltrán, cubría las líneas como un hombre que ha aprendido esgrima de manual.

Ese era el problema. El manual.

Malcampo pensaba los golpes antes de tirarlos. Cada combinación venía con medio segundo de lectura, una tensión en el hombro, un giro de cadera, una inclinación del peso, que Beltrán leía igual que un cartel en la puerta de una taberna. Malcampo tiraba acero perfecto. Beltrán tiraba acero sucio.

Cruzaron tres veces más. La primera, Malcampo le metió un tajo en el herreruelo que le arrancó un jirón de tela.

La segunda, Beltrán le pilló la zurdona fuera de posición y le metió la punta de la ropera en el muslo.

No profundo, solo cuero y la primera capa de carne, pero Malcampo gruñó y la pierna le falló medio paso.

La tercera, Malcampo volvió a entrar por arriba, esta vez con una combinación de dos tiempos que era de libro, que era perfecta, que estaba exactamente donde debía estar. Y Beltrán la dejó pasar.

La dejó pasar por dentro porque sabía, sin pensar, con el tipo de saber que vive en los tendones y no en la cabeza, que Malcampo iba a terminar la combinación exactamente donde el manual dice que se termina.

Y en ese punto, en ese instante preciso en que el acero de Valdecristán llegó al final de su arco y empezó a volver, el costado de Malcampo quedó abierto.

Un palmo de piel entre el borde del coleto y la cadera.

Un palmo que Malcampo sabía que existía pero que el manual le decía que estaría cubierto por el retorno de la hoja.

El manual no contaba con que Beltrán no esperara al retorno.

La zurdona entró por ese palmo. Filo contra piel, contra músculo, contra la capa fina de grasa que cubre las costillas flotantes.

Beltrán sintió cómo la hoja se hundía dos dedos, sintió la resistencia del tejido, sintió el momento en que el acero llegó a donde quería llegar y paró.

No profundo. Lo justo para que sangrara, para que doliera, para que el cuerpo de Malcampo decidiera por su cuenta que aquella noche ya había terminado.

Malcampo cayó de rodillas. Se llevó la mano al costado. La sangre le salió entre los dedos, oscura en la luz del farol. La espada repiqueteó contra las losas.

Levantó la cara. Miró a Beltrán.

No había odio. Había algo peor. Había un hombre joven de rodillas mirando a un hombre viejo de pie, y calculando, con la precisión de un cambista sopesando una moneda, cuánto tiempo tiene que pasar antes de que los papeles se inviertan.

Había paciencia. La paciencia del perro joven que espera su turno.

—Esto no termina aquí, Arcaluz.

Beltrán no lo remató. No tenía tiempo. No tenía ganas. Y no remató porque en algún lugar debajo del cansancio y de la sangre y de la rabia, había un rinconcito viejo que sabía que Malcampo tenía razón.

Cogió al niño del brazo y salió del almacén.

Corrieron. Callejones del distrito portuario, pegados a las paredes, agachados bajo los aleros. Beltrán sangraba por el antebrazo y la garganta le ardía del codo que le había puesto el guardia de la espada ancha. El niño corría detrás, descalzo, silencioso.

Necesitaba transporte. Necesitaba llegar a la Torre del Comendador antes de que Malcampo se recuperara y mandara aviso. A pie con un crío descalzo no lo conseguiría.

Oyó cascos sobre el empedrado. Un carruaje apareció por el extremo de la calle, balanceándose sobre los adoquines. El cochero cabeceaba en el pescante.

Beltrán se plantó en medio de la calle con la ropera en la mano.

El cochero despertó a tiempo de ver el acero. Tiró de las riendas con un grito ahogado.

—La Torre del Comendador. Sin paradas. Sin gritos.

Abrió la puerta del carruaje y metió al niño dentro.

Había alguien dentro.

Una mujer joven, vestida con seda verde oscura, con un abanico cerrado en una mano y un rosario de madera en la otra.

Tenía la mandíbula de un padre con carácter y los ojos de alguien que no se asusta con facilidad.

Pero ahora estaba asustada. Le temblaba el labio inferior con un temblor fino, controlado.

—No voy a haceros daño. Necesito el coche. Nada más.

La mujer no gritó. No habló. Lo miró con ojos grises profundos, ojos que miraban demasiado y entendían demasiado poco, que le provocaron a Beltrán una sensación incómoda.

De la otra mujer, más vieja, más bajita, cara de susto permanente, salió un gemido que se cortó cuando Beltrán la miró.

—Callad. Las dos.

El carruaje arrancó.

Doce minutos. Beltrán los contó.

Rojo estaba quieto a su lado, tenía sangre en las manos de los zarandeos con los cajones, que ahora se mezclaba con la de Beltrán.

Se sentaba con los pies descalzos encogidos debajo del banco.

La mujer joven lo miraba a él. No al niño.

A Beltrán. Leyendo la sangre del jubón, la zurdona cruzada sobre las rodillas, el corte del antebrazo.

Catalogando. Y Beltrán supo que aquella mujer iba a recordar cada detalle de aquella noche durante el resto de su vida.

El carruaje se detuvo frente a la Torre del Comendador. Beltrán bajó con el niño.

—Id a casa. No le contéis a nadie lo que habéis visto.

La mujer no asintió. Pero sus ojos se quedaron fijos en el aspa roja del pecho del crío.

Beltrán cerró la puerta y entró en la Torre.

El vestíbulo estaba vacío. Las velas a media mecha.

Subió los escalones arrastrando al niño. Abrió la puerta del despacho de una patada.

El Comendador estaba de pie junto al ventanal. No estaba solo.

Había un hombre atado a una silla. Pálido, delgado, con la ropa arrugada de quien lleva días sin cambiarse. Tendría treinta y pocos. Llevaba una casaca que en otro momento había sido cara y que ahora estaba manchada de sudor. Tenía los ojos cerrados y la barbilla contra el pecho.