Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 7. El cajón
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7. El cajón

El almacén estaba donde le habían dicho.

Zona portuaria sur, pasado el muelle de las Ánimas, al final de un callejón sin salida que apestaba a mierda joven y a brea vieja.

Un edificio largo, de un solo piso, con paredes de piedra y tejado de madera que en algún momento había servido para guardar sal o grano o lo que fuera que se guardaba cerca de los muelles antes de que los muelles dejaran de funcionar como tal.

Beltrán llegó a la una de la madrugada. La luna estaba baja, como había dicho el recadero, y la niebla del río hacía el resto. Se apostó en un portal a treinta pasos de la entrada y esperó.

Esperar era la parte del trabajo que peor se le daba y la que mejor hacía.

Se le daba mal porque odiaba la inactividad.

La hacía bien porque Gaspar le había enseñado a los once años que la diferencia entre un profesional y un muerto es que el profesional espera antes, y el muerto esperará para siempre después.

Vio cuatro guardias. Dos en la puerta. Dos dentro, a juzgar por el resplandor tenue que se filtraba por las rendijas de los postigos.

Había algo raro.

Los guardias de la puerta no hablaban. Los mercenarios hablan siempre, aunque sea en susurros, aunque solo sea para protestar del frío o de la paga.

Estos no. Estaban de pie, juntos, pero no pegados, con la separación justa que permite al de la derecha desenvainar sin golpear al de la izquierda.

Llevaban lanza corta, no espada. Y la sostenían con las dos manos, vertical, como si la lanza fuera lo único que existiese en este mundo.

No eran mercenarios. Beltrán lo supo con la misma certeza con que se sabe que la leche está agria antes de probarla.

Treinta y seis coronas. El triple. Ahora entendía por qué.

Se quitó el herreruelo. Sacó la ropera y la zurdona. Respiró tres veces. En la tercera dejó de pensar.

Cruzó la distancia en ocho zancadas.

El primero lo vio llegar cuando ya era demasiado tarde para gritar. Beltrán le entró por el lado ciego y le metió la punta de la ropera por debajo del brazo, buscando el hueco entre la costilla y la axila. El hombre se dobló sobre sí mismo sin un sonido.

El segundo reaccionó. Rápido. Más rápido de lo que Beltrán esperaba.

Bajó la lanza y tiró una estocada corta que le pasó a un palmo del costado.

Beltrán la desvió con la guarda de la zurdona y le cruzó la garganta con un tajo de revés.

El guardia cayó de rodillas. Se quedó mirándolo con los ojos abiertos.

No eran los ojos del miedo. Eran los ojos de un hombre que había aceptado aquella muerte antes de que la muerte llegara, y que lo único que estaba haciendo en sus últimos segundos era confirmar que el plan se cumplía.

A Beltrán nunca le habían mirado así.

Empujó la puerta del almacén con el hombro.

Dentro había oscuridad y un farol bajo que daba una luz naranja y parpadeante. Cajas de madera apiladas hasta media altura. Fardos de arpillera con cuerdas viejas. El olor a salitre se mezclaba con otro más denso, a sudor humano y a comida frita hecha hacía horas.

Los otros dos estaban de pie, esperando. Habían oído lo de fuera. No habían huido.

El primero era un hombre bajo, ancho, con un hacha corta en cada mano.

El segundo era más alto, más delgado, con una espada de hoja ancha.

Se separaron sin hablar. Uno por la derecha, otro por la izquierda.

Cubrían los dos ángulos de aproximación al cajón del fondo.

Beltrán entendió en el primer segundo que aquellos dos habían ensayado sus movimientos.

Los habían ensayado para esto. Para esta noche.

Fue una pelea sucia. De las que duran más de lo que deberían y suenan peor de lo que se ven.

El del hacha le entró primero. Beltrán paró el primer golpe con la zurdona y desvió el segundo con la guarda de la ropera, pero los hombres con dos hachas no atacan en dos tiempos sino en tres, y el tercer golpe le rozó el muslo izquierdo.

Sangró. Le ardió. Beltrán bajó el peso a la cadera, dejó pasar al hacha de la derecha por encima del hombro, y le metió una patada en la rodilla al hombre.

La rodilla cedió con un crujido sordo. El del hacha se cayó hacia un lado y Beltrán le abrió el cuello con la zurdona antes de que tocara el suelo.

El de la espada aprovechó el segundo de descuido.

Le entró por la espalda. Beltrán giró sobre el pie sano lo justo para que la hoja le rozara las costillas en lugar de hundírsele entre ellas, pero la fuerza del impulso del otro lo empujó contra la pared del almacén.

El de la espada le puso un codo en la garganta y empezó a apretar.

Beltrán soltó la ropera.

La ropera se le cayó al suelo entre las botas con un golpe metálico que sonaba a derrota. El de la espada se confió. Se confió porque cuando un hombre suelta el arma larga es porque va a rendirse o se va a morir. Cogió la espada con las dos manos para terminar el asunto.

Beltrán cogió la zurdona con las dos manos también, por debajo, y se la hundió al hombre en el vientre por la única vía libre que le quedaba, desde abajo, por debajo de las costillas, hacia arriba.

El de la espada se quedó muy quieto.

Retrocedió un paso. Se miró el vientre. Después miró a Beltrán.

Y habló.

—Nosotros somos los buenos, imbécil…

Le cayó la sangre por la barbilla y aún tuvo tiempo de dar dos pasos hacia atrás antes de que las rodillas le fallaran. Cayó hacia delante. Beltrán retiró la zurdona a tiempo.

Se quedó de pie en el centro del almacén, jadeando, con cuatro hombres muertos a su alrededor.

Cuatro hombres que no habían huido. Cuatro hombres que no habían negociado.

Cuatro hombres que no habían pedido cuartel.

Cuatro hombres que habían muerto como si morir fuera parte del trabajo, y las palabras del último se le habían quedado a Beltrán en algún sitio del cráneo donde se quedan las cosas que un hombre no consigue olvidar después.

Recogió la ropera. Se limpió la sangre del antebrazo con un trapo del cinturón. Respiró.

Las instrucciones eran claras. No se abre nada. No se toca nada. No se mira nada.

Beltrán miró el almacén.

Al fondo, contra la pared, un cajón grande. Más grande que los demás. Madera gruesa, herrajes de hierro, tapa encajada pero no clavada. Un cajón de transporte de los que se usaban para mercancía valiosa.

Tenía agujeros. Pequeños, regulares, perforados a intervalos en los laterales. Agujeros de ventilación.

Uno no le pone agujeros de ventilación a la sal.

Beltrán se acercó al cajón.

Lo miró un momento antes de tocarlo. La parte del trabajo que decía no se mira nada le pasó por la cabeza una última vez y se le fue por algún sitio.

Sotogrande había muerto por saber que el cajón existía.

Cuatro hombres acababan de morir por que el cajón no se abriera.

El Comendador había pagado el triple por un trabajo en el que el silencio era parte del precio.

La economía moral del oficio le decía a Beltrán que abrir el cajón era la única decisión profesional sensata que le quedaba esa noche, porque un sicario que no sabe lo que ha matado es un sicario al que se le puede culpar de cualquier cosa que aparezca después en los cuadernos del Comendador.

Levantó la tapa.

El niño estaba sentado en el suelo del cajón con las rodillas contra el pecho y la cabeza cubierta por un saco de tela basta.

Tenía las manos atadas por delante con una cuerda de cáñamo, no excesivamente apretada, como un fardo que no quieres que se dañe.

Iba descalzo. Llevaba una camisola de lino sucio con un aspa roja pintada en el pecho, grande, tosca, del tipo de marca que se le pone a una res para que el comprador sepa cuál es la suya.

Beltrán se quedó mirando el aspa.

La pintura era reciente. Aún estaba húmeda en algunos sitios. El olor era el del mismo bote de pintura que había usado quien la hubiera puesto. Una marca de identificación para alguien que iba a recoger al crío más tarde y que necesitaba reconocerlo entre otros bultos. Una marca de inventario.

Beltrán le quitó el saco al niño.

El crío lo miró.

No lloró. No gritó. No suplicó. Lo miró con unos ojos oscuros, demasiado grandes para aquella cara flaca.

Tenía diez años, quizá menos. El pelo negro, cortado a trasquilones por una mano que nunca se había dedicado a cortar pelo.

La piel morena. Rasguños viejos en los brazos.

Una palidez bajo los ojos de algo más viejo.

Había miles como él en Tolusa. Miles a los que nadie contaba y a los que nadie buscaba cuando dejaban de estar.

Por este habían muerto cuatro hombres.

—¿Cómo te llamas?

Nada. La boca cerrada, los ojos abiertos.

—¿Me oyes? ¿Cómo te llamas?

Nada. La boca cerrada, los ojos abiertos, quietos, como los de un animal que sabe que hablar no le ha servido antes.

—Rojo —dijo Beltrán, mirándole el aspa del pecho—. Te llamo Rojo.

Le cortó la cuerda de las manos con la zurdona.

El crío se frotó las muñecas. Despacio, sin urgencia, con esa lentitud de los niños que han aprendido a no llamar la atención.

Después, sin que Beltrán le hubiera dicho nada más, salió del cajón.

No se quedó mirándolo a los ojos. No le agradeció.

Simplemente bajó del cajón y se quedó de pie en el suelo del almacén, descalzo, con las manos sueltas, esperando lo que viniera.

La palma de la mano izquierda del crío rozó la mano de Beltrán cuando bajó del cajón. Fue un instante. Beltrán lo notó porque la piel del niño estaba caliente, demasiado caliente para alguien que llevaba horas en una caja de madera fría. Apartó la mano.

Se quedó de pie en el almacén con el crío al lado.

No había vuelta atrás.

Las opciones eran dos y Beltrán las pesó deprisa.

Podía cerrar el cajón. Dejar al crío dentro.

Salir. Cobrar. Esa era la opción profesional.

Pero el crío había salido del cajón. El crío lo había mirado a los ojos.

Volverlo a meter después de eso era una cosa que un hombre podía hacer una vez en la vida, y Beltrán había usado ya esa cuota hacía mucho.

O podía llevárselo al Comendador. Era el siguiente eslabón de la cadena.

Pero le ardía algo en el pecho. No era compasión. Era rabia. La rabia fría del profesional al que han mentido. Le habían pagado el triple para que matara a cuatro hombres que protegían a un crío, y no le habían dicho que dentro había un crío. Lo habían usado.

No se abre nada. La frase no era un consejo. Era una orden de un hombre que sabía exactamente lo que iba a haber dentro.

Beltrán había obedecido sin preguntar muchas veces en veinte años. Esa noche no.

—Vente conmigo —dijo Beltrán al crío.

El niño no asintió. No negó. Simplemente lo miró con esos ojos de quien ha aprendido a no esperar nada y a no rechazar nada. Fuera, en la noche de Tolusa, se oyó un ruido. Pasos. Varios. Acercándose por el callejón. El equipo de recogida. O algo peor.