6. Médicos y símbolos. #2
4 de Naruan. Otro niño. Esta vez del barrio bajo con una astilla de madera larga clavada.
Le abro un corte controlado en el antebrazo, con bisturí esterilizado.
Sangrado abundante. A los nueve minutos, el sangrado cesa por completo.
A los veintidós, la herida se ha cerrado.
A los cuarenta y siete, la cicatriz es casi indistinguible del tejido sano.
El niño no manifiesta dolor durante el procedimiento ni después.
Sus pupilas no se dilatan. Cuando le pregunto qué siente, se encoge de hombros y dice: bien.
9 de Naruan. Tercer caso esta semana. Empieza a hablarse en el barrio. Me llaman para ver a niños cuyas madres saben que algo no está bien y no encuentran las palabras. Yo tampoco las encuentro. Les digo a las madres que sus hijos están sanos. Es verdad. Es una verdad que no les sirve.
Lupe pasó la página.
15 de Naruan. La madre del sujeto 7 me lo trae envuelto en mantas a media tarde.
Dice que algo le pasa al pelo del niño. El niño tiene seis años y un pelo rubio de paja, basto, que se le mete por los ojos.
Estoy a punto de decirle a la madre que es niño y los niños tienen el pelo así, cuando el niño se enfada porque le he tirado del flequillo para examinarle y yo veo lo que la madre no se atreve a contarme.
El pelo se mueve. Pero no por el viento ni por el gesto del niño.
Se mueve por sí solo, como si tuviera vida propia, y se desplaza hacia mi mano.
Tengo que apartar los dedos. Cuando el niño se calma, el pelo vuelve a ser pelo.
La madre me pregunta si se va a curar. Yo le digo que sí.
Le doy un cocimiento de tilo y la mando a casa. No sé qué otra cosa hacer.
19 de Naruan. Sujeto 11. Niña, ocho años.
La madre me la trae porque dice que la cría se traga las piedras de los dátiles enteras.
Cuando la examino le pido que abra la boca.
La cría me obedece. En el paladar superior tiene una segunda hilera de dientes, pequeños y agudos, dispuestos detrás de los normales.
La cría no sabe que los tiene. La madre tampoco.
He cerrado la boca de la cría y le he dicho a la madre que tiene salud de hierro.
23 de Naruan. Sujeto 14. La piel se le vuelve traslúcida cuando llora. Vi el corazón latir bajo la grasa del pecho durante un cuarto de hora. La madre no sabía. Le dije que no era nada.
Lupe levantó la vista del diario.
Se quedó mirando la pared mucho rato.
Lo que estaba leyendo era un catálogo de monstruosidades. Distintas en cada caso. Pero con un patrón, porque todas estas anomalías no aparecían en un siglo seguidas en cuatro semanas en el mismo barrio.
Y el médico lo sabía. Por eso anotaba en sangre. Por eso lo anotaba en una lengua muerta. Por eso había vivido los últimos tiempos con la cabeza vuelta hacia atrás, esperando los pasos.
Lupe siguió leyendo.
A partir de la cuarta página la caligrafía cambió. Más rápida, más sucia, con tachaduras y vueltas atrás. El médico había dejado de redactar y había empezado a apuntar.
Vinieron a buscar a la niña del primer caso. No vinieron los padres. Vinieron tres hombres con cara de no haber dormido y que pagaron en monedas de oro. La madre los siguió porque no tenía otra cosa que hacer. La cría no se quejó. Los hombres se la llevaron.
El más alto de los tres no parpadeaba al ritmo. Lo conté. Yo parpadeé veintidós veces en lo que duró nuestra conversación. Él, dos. Era un Shainohais.
Lupe se detuvo ahí.
Volvió atrás. Releyó la palabra. Shainohais. En antiguo Serren, shai era cara, semblante. Nohais era hueco, vacío. Compuesto: los rostros vacíos .
Levantó la cabeza y miró la pared. La pared estaba vacía menos por la sombra de la vela. La sombra hacía lo que hacen las sombras cuando uno está cansado y tiene un libro en el regazo y la noche por delante.
Pensó en el mercado de la Concepción. Lo había cruzado dos veces ese mismo mes. Había gente comprando, vendiendo, regateando. Gente normal. Era imposible que un hombre estuviera comprando higos junto a su madre y no fuera un hombre. Era imposible.
Hasta esa noche, imposible había sido una palabra sólida. Ahora era una palabra con agujeros.
Volvió al diario.
Vinieron por el sujeto 7, el del pelo. La madre no quería entregarlo. Uno de los hombres la cogió por el cuello. La madre soltó al niño. Se lo llevaron.
Vinieron por el sujeto 11, la de los dientes. Esta vez no había madre. La madre había muerto el invierno pasado. La cogieron en plena calle. Nadie hizo nada. Yo tampoco.
Vinieron por la del corazón visible. La madre la había escondido. Los hombres encontraron a la madre. La madre les dijo dónde estaba la cría. Después se ahorcó.
El Azharov. Lo vi hace veintinueve años en la biblioteca de Aruan.
Una página, solo una página, leí aquella tarde.
La página decía que existían los huéspedes.
Que había hombres cuyo cuerpo alojaba a otra cosa, y que esa otra cosa los gobernaba sin que ellos lo supieran.
Que se reconocían por gestos pequeños, el ritmo de los párpados, la repetición de frases ajenas, la falta de los descuidos que tienen los hombres.
Que no sabían que lo eran. Que llevaban siglos entre nosotros.
La página decía también que algunos de esos huéspedes podían pasar de un cuerpo a otro. Que podían entrar en mujeres y cambiarles lo que las mujeres traían dentro. Que los niños nacidos así eran otra cosa. Algunos terribles. Algunos útiles. Todos, a su manera, no humanos.
Mi maestro nunca me dejó volver a abrir el libro.
Murió aquel invierno. La biblioteca fue confiscada por la Iglesia.
Yo me fui de Aruan al mes siguiente y nunca pregunté qué pasó con el Azharov.
Hace veintinueve años que no he querido pensar en esa página.
Pensaba que con cerrar el ojo bastaba. Pensaba que la realidad esperaba a que uno la mirase para empezar a existir.
Era un pensamiento estúpido y lo he tenido casi treinta años.
Pero esto es algo más grande. Están cada día más cerca de encontrar lo que buscan, lo presiento.
Las dos últimas páginas estaban casi en blanco. Tres frases, en distintas tintas, escritas en distintos momentos.
Hoy he visto pasar a tres por mi calle.
Mañana vienen.
Que los Tres que son Uno tengan piedad de quien encuentre esto, y de mí, y de las madres, y de las criaturas que están haciendo con cuerpos de niños.
Y se cortaba.
Lupe cerró el diario con las dos manos.
Se quedó sentada en el borde de la cama, mirando la vela, mucho rato. La vela se había consumido más de la mitad. La cera caía por el lado izquierdo del candelabro y formaba una columna torcida que parecía a punto de derrumbarse y nunca se derrumbaba.
Pensó en muchas cosas a la vez, y luego pensó en una sola.
Había vivido veintidós años en una casa donde las cosas tenían su sitio.
Las cuentas cuadraban o no cuadraban. Los muertos pagaban hogaza o no la pagaban.
Los criados decían la verdad o mentían, y en cualquier caso una sabía cuál de las dos cosas era.
Había vivido en un mundo donde la pregunta importante era qué está pasando , y donde la respuesta, aunque costara, siempre estaba al alcance de quien tuviera la cabeza para llegar a ella.
Esa noche entendía que había estado viviendo en un cuarto pequeño dentro de una casa más grande de la que nadie le había hablado.
La casa más grande tenía habitaciones donde la pregunta importante era otra.
Qué clase de mundo permite que esto pase.
La diferencia entre las dos preguntas era de naturaleza.
Lupe no estaba segura de que la cabeza humana sirviera para responder la segunda. Ni la suya ni la de nadie.
Apagó la vela.
Escondió el diario bajo la tabla suelta del cabecero, la misma donde de niña había escondido los caramelos cuando su madre estaba enferma y nadie podía darle de los buenos. Se metió en la cama vestida.
Tardó muchas horas en dormirse. Cuando lo hizo, no soñó con un busto de yeso. Soñó con un mercado lleno de gente comprando higos, y en el sueño ella iba contando los párpados de cada hombre que pasaba a su lado, y el sueño no terminaba nunca, porque la cuenta no daba.