6. Médicos y símbolos.
Lupe esperó al jueves porque los jueves Don Álvaro pasaba la mañana en el Registro y la tarde con la puerta cerrada y un libro de cuentas que dos meses después seguía sin querer firmar.
Salió de casa con un cesto cubierto y la excusa de siempre.
Jarabe para Beatriz. Beatriz no tenía tos.
Hacía tres semanas que no la tenía. El jarabe del médico del barrio de la Sal era una de esas cosas que en una casa grande nadie controla, igual que nadie cuenta las velas o las almendras.
Cruzó el patio con la cabeza baja. El cielo estaba blanco. El frío subía del suelo de losa por las suelas finas de los chapines.
—Vuelvo antes de las cuatro —dijo a la portera.
La portera hizo una reverencia minúscula y abrió el postigo.
La calle de la Luna le pareció más estrecha que otras veces.
Las casas se le venían encima por la inclinación del adobe, y los faroles del gremio de boticarios colgaban torcidos como dientes flojos.
Le costó un instante reconocer la del médico.
Alguien había pintado una cruz negra sobre el dintel, y esa cruz volvía la fachada otra cosa.
La puerta estaba abierta de par en par.
Lupe se quedó un momento en el umbral. No había nadie alrededor. Las casas vecinas tenían los postigos cerrados, y el silencio tenía el peso de las calles donde la gente ha decidido no asomarse. Empujó la madera con la punta del dedo. La madera cedió sin resistencia.
Adentro, el desastre.
Los soldados de la Inquisición se habían tomado el trabajo a fondo.
Estantes vacíos. Cuadernos no, libros no, ni siquiera el tomo de las Tres Voluntades que cualquier médico tiene en la repisa de la entrada por costumbre o por miedo.
Los cajones del escritorio estaban tirados sobre la mesa como pulmones reventados.
Los frascos de la alacena rotos en el suelo, con los elixires secándose entre los cristales y las esencias oliendo a flor podrida. Habían vaciado la casa de papel.
Lupe pisó con cuidado. La habitación olía a humedad y a algo más antiguo, parecido al taller del herrero del barrio bajo cuando se queman pellejos para curtirlos.
Se quedó de pie en mitad del gabinete y se preguntó qué venía a hacer allí. La respuesta honesta era esta: nada. La Inquisición se había llevado lo que quería llevarse. Cualquier otra persona habría dado la vuelta.
Lupe no se fue.
Caminó despacio entre los restos, intentando ver lo que un hombre asustado y con poco tiempo podría haber dejado para alguien que entrara después.
Si el médico tuvo media hora antes de que vinieran a por él, hizo algo en esa media hora.
Quemó papeles, eso seguro. Pero quemar papeles era lo que hacía cualquiera. Algo más tenía que haber.
Bajó la vista al suelo.
La mancha estaba cerca de la pata de la mesa volcada.
Sangre seca, casi negra del tiempo. A primera vista era un manchurrón, un charco mal limpiado de los muchos que la Inquisición habría dejado al sacar a un hombre de su casa.
Lupe había visto sangre en suelos antes.
Sabía cómo se extendía cuando alguien se desangraba y cómo se quedaba cuando alguien la limpiaba mal.
Esto tenía bordes. Tenía intención.
Se arrodilló.
La sangre formaba un trazo. Dos trazos. Compuestos. Una figura ovalada con un punto dentro, y por encima, cruzándola, una línea curva que iba de izquierda a derecha y se cerraba en un pequeño bucle al final.
Lupe se quedó muy quieta.
El óvalo con el punto dentro era de los primeros ideogramas que su preceptor le había hecho copiar siendo niña.
Alur. El Uno neutro. La línea curva que cerraba con bucle la recordaba también, de las tablas de gramática del antiguo Serren que su preceptor le hacía recitar los inviernos en que su madre estaba enferma.
Era el modificador de retorno. Vuelta. Regreso. Volver.
Compuesto: vuelta a Alur .
Lupe se incorporó y se quedó mirando el ideograma con el ceño fruncido. Era una invocación de moribundo. Un hombre que sabe que va a morir escribe en su propia sangre el nombre del santo neutro y le pide que lo acoja. Era casi banal.
Lo había leído correctamente. Pero algo no le encajaba.
Volvió a arrodillarse.
Miró el bucle del modificador con más calma.
La gramática del Serren clásico no era una gramática que se leyera a la primera.
Su preceptor se lo había repetido tres inviernos seguidos.
Mira el final, niña. El final del trazo.
La cola del modificador es la que te dice qué clase de palabra es.
La cola de este trazo no se cerraba sobre sí misma como en vuelta .
Se prolongaba hacia abajo en un quiebro mínimo, casi invisible, que solo alguien que hubiera copiado mil veces los modificadores reconocería como lo que era.
La cola descendente convertía el modificador de retorno en otra cosa. En un imperativo. En una orden.
No era vuelta a Alur .
Gira a Alur.
Lupe leyó el ideograma una segunda vez para estar segura. Después una tercera. La cabeza le iba muy rápido y muy despacio a la vez.
El médico no había escrito una invocación de moribundo. Había escrito una instrucción.
Y la había escrito sabiendo que solo alguien con la misma formación que él podría leerla.
No esperaba a nadie en concreto. Pero había vivido bastante para saber que en el Imperi quedaban algunos hombres cultos cada generación, algunos eruditos que conocían el Serren porque sus maestros se lo habían enseñado, y que la posibilidad de que uno de ellos entrara en su casa después era pequeña pero no era cero.
Había apostado a la única lotería que podía.
Había escrito en la lengua de su miedo y le había dejado una pista a quien viniera, sin saber quién.
Lupe se incorporó. Le temblaban las rodillas de la postura.
Miró la habitación con la cabeza distinta.
Los soldados de la Inquisición no profanan santos. Eso lo sabía cualquier niña de la cofradía de Santa Rita. Se llevan papeles, libros, frascos, instrumentos. No tocan las imágenes devotas. La fe los detiene en el umbral. Era una de las pocas cosas que una Inquisición cumplía a rajatabla.
Si en aquella casa quedaba un Alur, seguía donde había estado siempre.
Lupe subió las escaleras. El primer cuarto, vacío.
El segundo, con la cama deshecha y un par de mantas por el suelo.
El tercero, la antesala del dormitorio del médico, un cuarto pequeño que servía de oratorio privado, tenía sobre la repisa de la chimenea, intacto, un busto de piedra del santo.
Pequeño. Gastado por décadas de manos que lo habían tocado al rezar, los rasgos casi borrados, los ojos vacíos del modo en que están vacíos los ojos de las imágenes baratas.
Lupe se acercó.
Cogió el busto con las dos manos. Pesaba menos de lo que había imaginado. Lo hizo girar sobre su base, en el sentido en que se cierra una llave.
El chasquido fue seco. Una tabla del frontal del pedestal cedió un dedo y se quedó colgando de su propia inercia, mostrando un hueco oscuro detrás. Lupe metió la mano. Tocó cuero.
Dentro había un diario y un colgante.
El colgante era una especie de trébol de un metal fino e iridiscente que se sujetaba con una cadena de eslabones plateados. Pero en seguida su atención se centró en el diario.
Era un cuaderno pequeño, forrado en cuero negro, con las esquinas redondeadas por el uso de muchos años. Lo habían envuelto en un pañuelo de lino blanco, con un cuidado que hablaba de respeto, no de prisa. Lupe lo desenvolvió. El cuero estaba grasiento al tacto. Lo abrió por la mitad.
La caligrafía era la del médico. Pero ya no la del clínico.
Leyó tres frases salteadas.
Sujeto 19. La piel se vuelve traslúcida cuando llora. Vi el corazón latir bajo la grasa del pecho durante un cuarto de hora. La madre no sabía. Le dije que no era nada.
Anoche soñé con una cara sin facciones que sonreía. La sonrisa la oía, aunque la cara no la tuviera.
Si el Azharov decía verdad, yo no soy el primero que ha visto esto.
Lupe cerró el diario.
Se lo guardó dentro del corpiño, contra la piel y se puso el colgante.
Devolvió el busto a su sitio. Empujó la tabla del pedestal hasta que volvió a encajar.
Bajó las escaleras de dos en dos sin hacer ruido.
Cruzó el gabinete sin mirar atrás. Cerró la puerta detrás de sí con la rodilla porque las dos manos las llevaba apretadas contra el pecho como si sujetara un pájaro.
Caminó hacia el palacio sin sentir las piernas.
Esa noche tardó horas en quedarse sola.
El palacio respiraba como respiran los palacios grandes con poca gente dentro. Don Álvaro había cenado en silencio, con la mirada en el plato. No le preguntó dónde había estado. Lupe esperó eso, una pregunta. No llegó. Lo cual era, si lo pensaba con calma, casi peor.
Cuando por fin Beatriz le dejó las velas y cerró la puerta, Lupe se sentó en el borde de la cama y sacó el diario.
Lo primero fue el olor. Lo segundo, el peso. Lo tercero, las primeras páginas, ordenadas, fechadas, un médico que aún era un médico.
1 de Naruan. Niña, cinco años. Procedente del barrio de la Sal.
Arde de fiebre al ingreso. La madre paga en monedas de cobre.
Le doy una preparación de adormidera diluida y un baño tibio.
La fiebre se vuelve tan alta que al tocar la cera de una vela la derrite y calienta la estancia.
A los noventa minutos, sin tratamiento adicional, la fiebre cede sola.
La niña abre los ojos y pregunta si puede irse.
No tengo motivo médico para retenerla. Le digo que sí.
La madre la coge en brazos y se la lleva.
Yo me siento en mi mesa y me quedo mirando el reloj de arena.
He vivido cuarenta y un años. He tratado a más de seis mil pacientes.
Esta es la primera vez que veo lo que acabo de ver.