Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 5. El encargo
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5. El encargo

La taberna del Sordo no tenía letrero. Había tenido uno, hacía años, una plancha de madera con un jarro pintado que el viento se llevó una noche de tormenta y que nadie se molestó en reponer.

El Sordo, que no era sordo, sino que tenía un ojo más pequeño que el otro, y que no se llamaba así sino Vizoja, pero a quien todo el barrio llamaba el Sordo porque alguien lo había confundido con otro tabernero que sí era sordo y que llevaba treinta años muerto, servía vino de jarra sin preguntar y guiso de garbanzo los días que lo había, que no eran todos.

Beltrán llevaba quince años bebiendo allí.

No era su sitio favorito. No tenía un sitio favorito.

Pero la taberna del Sordo tenía tres cosas que la hacían soportable: estaba a medio camino entre su alojamiento y la Torre del Comendador, tenía una puerta trasera que daba a un callejón con dos salidas, y el Sordo no hacía preguntas.

Nunca. Ni cuando Beltrán entraba con sangre en los nudillos, ni cuando salía a horas que no eran horas, ni cuando dejaba la propina encima de la mesa en lugar de en la mano, que era la señal convenida entre los dos para decir que aquella noche no quería que nadie supiera que había estado allí.

Era media tarde y la luz de los ventanucos daba al interior un color de caldo viejo.

El fuego del hogar estaba bajo. El Sordo ahorraba leña como si fuera oro, y en cierto modo lo era, porque en Tolusa la leña ya costaba más que la cerveza mala.

El humo no terminaba de salir por la chimenea y se quedaba flotando a media altura, como un techo blando que olía a grasa y a romero quemado.

Había una docena de parroquianos. Beltrán recorrió la sala con un solo movimiento de cabeza.

Dos mercenarios libres en la mesa del fondo, con las roperas al cinto y la mandíbula apretada de los que llevan demasiados días sin cobrar.

Un comerciante de harinas dormido contra la pared con la boca abierta.

Tres mozos de cuerda jugando a los dados con fichas de hueso que repiqueteaban sobre la mesa como dientes sueltos.

Una mujer mayor vendiendo ramilletes de lavanda de puerta en puerta que se había sentado a descansar y no parecía tener intención de levantarse.

Y en la mesa más cercana al fuego, cuatro veteranos de los Tercios que repetían la misma conversación de ayer con las mismas palabras.

Beltrán se sentó en su sitio, el banco corrido junto al ventanuco que daba al callejón, de espaldas a la pared, con la ropera al lado izquierdo donde no molestara al sentarse y la zurdona cruzada sobre el regazo.

El Sordo le puso una jarra de barro sin mediar palabra.

El vino era del malo, ácido, del tipo que hay que beber rápido para que no le dé tiempo a ofenderte en la lengua. Beltrán bebió despacio.

No tenía nada que hacer. Cuatro días sin encargo desde lo de Sotogrande.

Cuatro días iguales: levantarse, cuidar el acero, caminar por Tolusa, sentarse en la taberna del Sordo, escuchar lo que se escuchara, volver al cuarto, dormir mal.

Era su vida. Lo había sido durante quince años.

Y durante quince años no le había molestado, del mismo modo que a uno no le molesta el peso de su propia ropa hasta que alguien le pone encima un abrigo que no es suyo.

Algo seguía revoloteando en su cabeza.

Hay algo, Arcaluz. Lo tienen en un almacén del puerto sur, marcado como mercancía. Lo había oído y lo había dejado caer al suelo de su cabeza como una moneda falsa. Pero las monedas falsas no desaparecen por dejarlas caer.

Los veteranos de los Tercios hablaban del Virrey.

—Lleva un mes sin salir de palacio. Un mes.

—Está enfermo, dicen.

—Enfermo de mis cojones. Enfermo de apatía, que es una enfermedad que no se cura con jarabes.

—Cuidado con lo que dices, Perea.

—¿Cuidado por qué? ¿Quién va a oírme? ¿El Virrey? Si no sale ni a mear al patio.

Risas contenidas. En voz baja. Como todo últimamente.

—Al menos el Comendador trabaja.

—El Comendador es lo único que funciona en este distrito.

—Lo digo yo y lo dice mi cuñado y lo dice cualquiera que tenga ojos. Antes las navajas salían al anochecer. Ahora sales a las diez de la noche por el barrio de la Sal y no te pasa nada.

—A ti no te pasa nada porque pesas noventa arrobas, Perea.

—Me lo han contado. Mi cuñado.

—Tu cuñado no ha salido de noche desde que se casó.

—Pues el otro día salió, y dice que hasta los niños pueden corretear por la calle.

Los mozos de cuerda habían dejado los dados. Uno de ellos, el más joven, se había vuelto hacia los veteranos con una estúpida cara de curiosidad.

—¿Y los críos? ¿Alguien sabe algo de los críos?

Se hizo un silencio raro.

—¿Qué críos? —dijo Perea.

—Los que faltan. En el barrio de la Sal han desaparecido tres esta semana.

—Eso son cosas de los padres. Los venden, los empeñan, los mandan a trabajar al campo. Siempre ha pasado.

—Tres en una semana no ha pasado siempre.

—¿Y qué quieres que te diga, muchacho? ¿Que me pongo a buscarlos? Yo no busco niños. Yo cargo fardos.

Otro de los veteranos intervino. Era más viejo que Perea, con una cicatriz que le partía la ceja izquierda y le daba a la cara un aspecto de sábana arrugada.

—Lo que te digo es que no preguntes. Lo que te digo es que, si los críos desaparecen y nadie dice nada, es porque alguien no quiere que se diga nada. Y cuando alguien no quiere que se diga nada, lo más sano es no decir nada. ¿Me sigues?

El mozo asintió. Se dio la vuelta hacia sus dados. Pero ya no jugaba. Se quedó mirando las fichas de hueso sin tocarlas.

Perea se terminó la jarra de un trago y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Lo que yo digo es que en este mundo hay gente que hace cosas que no son naturales.

Mi abuelo servía en la frontera y contaba historias que no voy a repetir porque luego no duermo.

Pero lo que decía siempre es que hay cosas que están por encima de Comendadores y de Virreyes y de todos nosotros, y que más vale no cruzarse con ellas.

Nadie le llevó la contraria. El tema se murió solo, como las conversaciones que se acercan demasiado a algo que quema.

El de la ceja partida pidió otra jarra y cambió de asunto, que era lo que hacía siempre que una conversación se ponía fea.

—¿Os habéis enterado de lo de Paco el de la sal?

—¿Qué le ha pasado?

—Que se fue.

—¿Cómo que se fue?

—Que se fue. Por la puerta sur. Con la mujer y los críos. Dicen que quería cruzar las Estepas Nubladas.

—Paco el de la sal está loco.

—Estaba. Ya no está nada. Lo encontraron los de la ronda a tres leguas de la muralla, sentado en una piedra, solo.

Sin la mujer. Sin los críos. Sin el carro.

Solo él, sentado, mirando a la niebla. No hablaba.

No se movía. Lo trajeron de vuelta y lo metieron en el hospicio. Dicen que no ha vuelto a abrir la boca.

Se hizo un silencio distinto al de los anteriores. Más viejo. Más frío.

—Las Estepas no se cruzan —dijo Perea—. Lo sabe todo el mundo. Lo sabía Paco. Lo que hay ahí dentro no es de este mundo y no quiere que pases.

—¿Y qué hay ahí dentro?

—Nadie lo sabe. Nadie que haya ido ha vuelto a contar qué hay. Excepto Paco, y Paco ya no cuenta nada.

Beltrán bebió. Las Estepas Nubladas eran cuentos de borrachos, como los Juramentados. Cosas con las que los viejos asustaban a los críos en las noches de invierno.

No tenía intención de cruzarlas.

Beltrán apretó la jarra. Tres en una semana. Sotogrande había dicho uno. Un niño en un almacén del puerto sur. Pero si desaparecían tres por semana, lo del almacén no era un caso aislado.

No era su asunto.

Bebió.

La mujer de la lavanda se había marchado.

Los mercenarios del fondo pidieron otra jarra.

El comerciante seguía dormido. Un borracho entró por la puerta, se quedó de pie un momento mirando a todos como si buscara a alguien concreto, no lo encontró, y se sentó en el primer banco libre.

El Sordo le puso una jarra sin que la pidiera.

Beltrán estaba pensando en irse cuando la puerta se abrió otra vez.

El hombre que entró no era un parroquiano.

Se le notaba en la forma de cruzar el umbral, rápido, con los ojos ya puestos donde tenía que mirar antes de que la puerta terminara de abrirse.

Llevaba un jubón oscuro sin marcas, botas de camino y un morral de cuero al hombro.

No tenía pinta de soldado ni de mercenario ni de comerciante.

Tenía pinta de recadero, que era algo distinto y peor.

Los recaderos eran hombres sin nombre propio que llevaban mensajes de otros hombres sin nombre propio a hombres como Beltrán.

Se sentó frente a él sin pedir permiso.

—Arcaluz.

—No te conozco.

—No hace falta. —El recadero puso las manos sobre la mesa, abiertas, enseñando las palmas. Un gesto antiguo que significaba: no llevo armas, llevo un encargo—. Vengo del edificio.

Del edificio. Así llamaban los que trabajaban para el Comendador a la Torre. Más por discreción que por costumbre. Todo en aquel oficio se reducía a eufemismos que con el tiempo dejaban de serlo.

—Habla.

El recadero bajó la voz. No hacía falta, el ruido de la taberna cubría cualquier conversación, pero lo hizo por protocolo. Los recaderos vivían de los protocolos como los curas de las oraciones.

—Almacén grande en la zona portuaria del sur. Cerca de la muralla, pasado el muelle de las Ánimas. Hay guardias dentro. Cuatro, quizá cinco. No son de los nuestros.

—¿De quién son?

—No se sabe. Se sabe que están ahí y que no deberían estar.

—¿Y?

—Limpiarlos. Rápido, silencioso. Sin testigos.

—Eso es lo de siempre.

—No. —El recadero le sostuvo la mirada un momento más largo de lo necesario—. Esto es distinto. Las instrucciones son claras: se limpia, se espera al equipo de recogida, y se sale. No se abre nada. No se toca nada. No se mira nada.

Beltrán dejó la jarra sobre la mesa. Despacio.

—¿Qué hay dentro?

—Eso no se le ha dicho a nadie.

—A alguien se le habrá dicho.

—A mí no. Y a ti tampoco. —El recadero sacó del morral una bolsa de cuero y la puso sobre la mesa. Sonó más pesada de lo que solían sonar las bolsas del Comendador—. Treinta y seis coronas. El triple.

Beltrán miró la bolsa. No la tocó.

Treinta y seis coronas. En quince años trabajando para el Comendador, la paga más alta que había recibido eran dieciocho.

Y aquello había sido por un trabajo que le costó tres días y una cicatriz en el costado que todavía le picaba cuando llovía.

Treinta y seis coronas por limpiar un almacén con cuatro o cinco guardias era una cantidad absurda.

Era la clase de cantidad que se paga cuando lo que se compra no es el trabajo sino el silencio.

—¿Cuándo?

—Mañana a las dos de la mañana. Sin luz. La luna estará baja.

—¿Refuerzos?

—Tú solo.

—Cinco guardias.

—Cuatro o cinco.

—¿Yo solo?

—Tú solo. —El recadero señaló la bolsa con la barbilla—. Por eso es el triple.

Beltrán cogió la bolsa. La sopesó. Treinta y seis coronas. Pesaban como una confesión.

—Dile al edificio que estará hecho.

El recadero asintió, se levantó y salió de la taberna con la misma rapidez con la que había entrado.

La puerta se cerró tras él y el aire de la calle entró un momento, frío, cargado de salitre y de algo más que Beltrán no supo identificar.

Miedo, quizá. Tolusa olía a miedo desde hacía semanas, un tufo agrio que se metía debajo del olor a taninos y a grasa de cocina y que no se iba ni con viento del norte.

Se quedó mirando la bolsa.

Treinta y seis coronas por cuatro hombres. No se abre nada. No se toca nada. No se mira nada.

En quince años de oficio, nadie le había dicho nunca que no mirara.

Le habían dicho que no preguntara, que no hablara, que no dejara testigos, que no tardara.

Pero mirar, mirar nunca se lo habían prohibido.

Porque mirar es lo que hace un profesional cuando entra en un sitio, mira, evalúa, actúa.

Prohibirle mirar a un sicario era como prohibirle nadar a un pez. Solo se prohíbe lo que se teme.

¿Qué había en aquel almacén que el Comendador no quería que viera?

Hay algo, Arcaluz.

La voz de Sotogrande, muerta desde hacía cuatro días, le susurró desde el suelo de su cabeza, donde la había dejado caer como una moneda falsa.

Lo tienen en un almacén del puerto sur.

Beltrán terminó el vino de un trago. Dejó dos monedas sobre la mesa, una por el vino, otra por el silencio, y salió a la calle.

No pensaba en Sotogrande. Pensaba en los cuatro guardias del almacén, en la luna baja de mañana, en la disposición del muelle de las Ánimas que conocía de memoria, en las entradas y salidas del edificio, en el peso de la ropera y en el filo de la zurdona que había afilado esa mañana.

Pensaba en trabajar. Porque pensar en trabajar era lo único que sabía hacer cuando las preguntas empezaban a morderle la nuca.

Pero las preguntas seguían ahí. Y la bolsa de treinta y seis coronas le pesaba en el jubón como si llevara dentro algo más que oro.