Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 4. La voz no es suya. #2
14%

4. La voz no es suya. #2

—Y se le nota. Mi cuñado dice que en el barrio bajo ya no se atreven a salir las navajas como antes.

—Antes nadie salía al barrio bajo, mujer.

—Por eso digo. Ahora se podría salir.

Lupe sostuvo la sonrisa hueca de la conversación con Dolores.

Por dentro estaba escribiendo una lista.

El Comendador trabaja por todos. En boca de matronas que llevaban veinte años sin pisar el barrio bajo.

Antes nadie salía al barrio bajo. Falso, salían los pobres, salían las costureras, salían las criadas.

Ahora se podría salir. La gente repetía las frases que los hacían sentirse seguros, y aquellas tres frases tenían la cadencia de una muletilla ensayada en una decena de cocinas y patios.

Alguien las había puesto en circulación.

—Lupe, dile a Dolores que un Conde de Albaida no es un buen partido.

—Un Conde de Albaida es el partido que es —dijo Lupe sin pensar—, depende de si una quiere un título o quiere un marido.

—¿No es lo mismo?

—Casi nunca.

Las tres se rieron. Dolores con genuino desconcierto.

Las hijas de Sandoval con una risa aguda de corralillo.

Lupe se odió un poco a sí misma por aquella respuesta, calculada para que la repitieran, para que su nombre se mencionara en otras casas con un «esa Lupe Morales tiene una lengua», y se odió más por darse cuenta de que la había calculado.

Entonces se hizo el pequeño silencio que se hace en los salones cuando entra alguien que cambia el aire. No es ruido lo que cambia, es la temperatura.

El Comendador había llegado.

Lupe lo vio desde la galería, encuadrado por el marco de la puerta como un retrato dispuesto para ser visto.

No era alto. La estatura no manda. Vestía de oscuro, con un cuello blanco pequeño a medio camino entre los clérigos y los nobles.

No llevaba espada al cinto, detalle deliberado en una recepción de Tolusa, donde los nobles llevaban roperas de paseo más por gesto que por uso, y eso, paradójicamente, lo hacía parecer más armado.

No la necesito, decía la ausencia. Llevad las vuestras.

Don Anselmo lo recibió con una efusión sobradamente visible. El Comendador asintió una sola vez, dejó una palabra corta que Lupe no oyó, y entró en el salón con naturalidad, decidiendo que aquella casa era ahora un escenario.

Lupe bajó los ojos a la copa.

No le iba a hablar. No le iba a hablar bajo ningún concepto.

Lo había prometido a su padre tres veces en el carruaje y se lo había prometido a sí misma cinco.

Solo iba a observar. Las observaciones las pondría esa noche en orden en su cabeza y al día siguiente sabría mejor qué estaba pasando en Tolusa.

—Lupe, hija mía, hace siglos.

Levantó la vista. Don Cristóbal Lozano había abandonado la chimenea y se acercaba a la galería con dos copas.

Don Cristóbal era un hombre de sesenta años, viudo dos veces, flácido por todas partes excepto por los ojos, que seguían teniendo el corte agudo de un usurero retirado.

Era una de las personas que más respetaba Lupe en Tolusa y una de las que más desconfiaba al mismo tiempo.

Las dos cosas no se contradecían en su caso.

—Don Cristóbal.

—Te traigo malvasía. La de Anselmo es decente. Las almendras son una desgracia, no las pruebes.

—Gracias.

—Señoritas. —Don Cristóbal hizo una reverencia menuda a Dolores y a las Sandoval—. ¿Me permitís raptar a la señorita Morales un momento? Tengo una pregunta sobre el aceite del año pasado y su padre dice que ella sabe más que él de los precios.

—Por supuesto.

Lupe se levantó. Don Cristóbal le ofreció el brazo y la condujo hacia la columna del fondo de la galería, en el ángulo desde el que se veía el salón principal sin que el salón principal los viera del todo.

La eligió con la sabiduría de alguien que había elegido cien posiciones similares en cincuenta años de comercio.

—No tengo ninguna pregunta sobre el aceite.

—Lo sé.

—Tú eres la única mujer en esta ciudad que sabe lo que quiere preguntarle uno antes de que lo pregunte. Tu madre era igual.

Lupe pasó por alto el comentario sobre su madre. Don Cristóbal lo hacía cada vez que la veía, y cada vez le dolía como si fuera la primera, y cada vez Lupe lo dejaba pasar como si no doliera.

—¿Qué quería preguntarme?

—Por las cuentas de tu padre.

Lupe paró la copa a medio camino.

—¿Qué cuentas?

—Las que tú llevas hasta hace dos días. Y las que ya no llevas.

Levantó los ojos. Don Cristóbal no la miraba a ella. Miraba al salón principal, hacia el grupo en el que se había formado el Comendador con Don Anselmo y dos de los canónigos. Su perfil era el de un hombre que comenta el clima.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hace tres días tu padre me hizo una pregunta extraña sobre el horno comunal. Y porque tu padre nunca me hace preguntas sobre el horno comunal a menos que algo le esté quemando, y el horno no era el suyo.

Lupe se mantuvo callada. Don Cristóbal siguió mirando el salón.

—¿A cuántos llegaste?

—¿A cuántos llegué de qué?

—No me hagas perder el tiempo, hija. Tengo sesenta años y dos viudedades y un dolor de espalda que no me deja dormir más de cuatro horas seguidas. Si finjo, finjo bien, y tú lo sabes. ¿A cuántos llegaste?

Lupe pensó en lo que le había dicho Beatriz. Pegadle un sorbo a la copa antes de hablar. Da tiempo. Le pegó un sorbo a la malvasía. Estaba buena.

—A cuarenta y siete.

—Mhm.

—¿Qué significa ese mhm?

—Significa que vas tarde, Lupe. —Don Cristóbal se giró por fin a mirarla.

Sus ojos de usurero retirado eran muy claros, casi grises, y muy fijos—.

Significa que en mis libros los muertos llevan diez meses pagando hogaza, no tres.

Significa que en los libros del Pino también.

Significa que hay diez familias nobles en esta ciudad que han dejado de tocar las cuentas porque saben lo que se encontrarían si las tocaran.

Y significa que tu padre ha sido la última persona inteligente de Tolusa en darse cuenta, lo cual no le hace honor, pero tampoco le hace cobarde, porque lo lleva sabiendo más tiempo del que reconoce.

Lupe sintió que se le secaba la boca a pesar del sorbo de malvasía.

—¿Diez meses?

—Diez. Lo cual significa, hija, que esto no empezó con la enfermedad del Virrey. Empezó antes. Lo cual significa que la enfermedad del Virrey no es una enfermedad, es un síntoma de algo que ya había empezado a pasar mientras todos mirábamos para otro lado.

—Don Cristóbal…

—No me preguntes qué es. No lo sé. No lo sabe nadie en este salón.

—Don Cristóbal volvió a girar la cara hacia el salón principal—.

Y cuando digo que no lo sabe nadie, incluyo al hombre que está ahí parado dejando que Anselmo Tavares le diga lo bien que le sienta el negro.

Porque lo que se está moviendo es más grande que él. Él es la cara. La voz no es suya.

—¿De quién es la voz?

Don Cristóbal se demoró. Le pegó un sorbo a su copa. Miró la copa. Miró el salón. La miró a ella.

—Lupe, hace cuarenta años un hombre como yo te habría dicho que la voz era de la Iglesia, y habríamos cerrado la conversación y nos habríamos ido a comer.

Hoy no sé si decirte eso. Hoy sé que han arrestado a tres médicos en dos meses y a ningún obispo le ha dado por preguntar por qué.

Y sé que la Inquisición se ha vuelto más celosa de los cuerpos que de las almas, lo cual es novedad.

—¿Tienes miedo?

—Mucho.

—¿De qué?

—De que tú, hija, estés en mitad del salón equivocado en el momento equivocado, llevando un vestido del color del agua estancada, y haciéndote las preguntas que algunos llevamos años negándonos a hacer en voz alta.

—Don Cristóbal le tocó el codo con dos dedos—.

Tu padre lleva tres días sin dormir. Yo llevo veinte.

Lupe asintió. No supo qué más decir.

Don Cristóbal le hizo una reverencia menuda y se separó de ella, llevándose la copa hacia el grupo de los Pino. Lo hizo con total naturalidad.

Lupe se quedó sola junto a la columna.

Miró al Comendador. Él estaba escuchando a Don Anselmo y asentía con la barbilla.

Decía algo corto cada cierto tiempo. La luz mantecosa de las velas le daba al perfil un tono amarillento que igualaba al de los viejos de la sala, y por un momento Lupe pensó que aquel hombre era exactamente lo que parecía, un administrador, un funcionario eficiente, alguien al que se le había encargado un trabajo y lo estaba haciendo, y que toda la inquietud que ella sentía era invención suya.

Entonces el Comendador giró la cabeza.

Giró la cabeza despacio, sin motivo aparente, en mitad de la frase de Don Anselmo, y miró directamente hacia la galería. Hacia ella. Hacia su columna.

Lupe sintió el aire del salón encogerse alrededor de su cuello.

La mirada del Comendador no fue larga. Duró lo que dura un parpadeo en alguien que no parpadea por costumbre.

La sostuvo el tiempo justo para hacerle saber que la había visto, que sabía con quién había estado hablando, y que sabía perfectamente de qué habían hablado.

Después volvió los ojos a Don Anselmo y asintió a algo que el viejo Tavares acababa de decir, sin haber perdido el hilo.

Lupe bajó los ojos a la malvasía. Le tembló la mano lo justo para que dos gotas saltaran al borde y resbalaran por el cristal. Se las secó con el dedo índice, despacio, como si aquel gesto fuera lo único que tenía que hacer en el mundo durante los próximos cinco segundos.

Después levantó la vista de nuevo y sostuvo la sonrisa hueca de las recepciones, porque era lo que su padre le había enseñado a hacer y porque cualquier otra cosa habría sido un suicidio social.

Pero por dentro había dejado de hacer listas.

Por dentro estaba haciendo otra cosa. Estaba decidiendo qué hacer al día siguiente, en cuanto se levantara, antes incluso de pedir el chocolate.

Encontrar al médico arrestado. O lo que quede de él.

Porque si Don Cristóbal tenía razón, y Don Cristóbal tenía razón casi siempre, lo que estaba pasando en Tolusa empezaba en los médicos. Y los médicos sabían de muertes.

El olor de los naranjos del patio le entraba por la nariz, denso, dulce, casi mareante, y por debajo, muy fino, todavía le llegaba el recuerdo de los brazos de su madre.