4. La voz no es suya.
El vestido era del color del agua estancada en una pila de mármol cuando ha llovido y luego nadie se ha acordado de vaciarla.
Beatriz lo llamaba verde sapo . La modista de la calle de los Bordadores lo había llamado verde Tavares , lo cual era una falta de tacto, porque iban precisamente a casa de los Tavares y porque ninguno de los Tavares vivos vestía nada que se pareciera más a un color que a una declaración de patrimonio.
Lupe lo llamaba, para sí misma, el verde de los días largos .
Tenía corte alto, mangas acuchilladas que dejaban ver el lino blanco del juboncillo interior, y una cola breve que arrastraba el polvo del palacio sin necesidad de fregarlo.
El espejo de su tocador no era bueno. Estaba un poco ondulado por el centro, lo cual le devolvía siempre una versión de ella misma con la cara ligeramente más alargada de lo que era.
Creció escuchando que era hermosa, pero siempre acompañado de la muletilla: “pero no tanto como su madre”.
Había heredado sus ojos gris perla y su pelo negro como el carbón, pero no esos pómulos altos y sonrosados que levantaban suspiros y envidias a partes iguales.
Lupe había discutido sobre cambiar el espejo durante años con su padre y con Beatriz, y al final había decidido que prefería aquel espejo a uno honesto.
Lo prefería porque le obligaba a recordar, cada mañana, que las superficies muy pulidas siempre mienten.
—Quieta, señora.
Beatriz le estaba colocando un alfiler en el pelo.
—¿Falta mucho?
—Tres alfileres y una peinetilla. Si no os movéis, podemos terminar antes de que vuestro padre empiece a aporrear la puerta.
—No aporrea.
—No aporrea con las manos. Aporrea con los suspiros, que es peor.
Lupe se miró en el espejo ondulado. Su cara alargada le devolvió una mirada que no le pareció la suya.
Había algo en los ojos, una concentración distinta, un peso, que no estaba ahí la semana pasada.
Cuarenta y siete muertos pagando hogaza.
La cifra se había instalado en el espejo igual que las manchas de humedad. Estaba ahí siempre que mirara.
—Beatriz.
—Decid.
—¿Sabes quién va a estar esta noche?
—Los Tavares. Los del Pino. Los Sandoval, supongo, porque la señora siempre va donde sirvan vino bueno. Don Cristóbal Lozano si está en la ciudad, que la última vez que pregunté estaba. —Beatriz le clavó la peinetilla con un movimiento seco—. Y el Comendador.
Lupe paró.
—¿El Comendador?
—Eso he oído en cocina. Que había mandado decir que iría a hacer acto de presencia.
—¿Desde cuándo el Comendador hace acto de presencia en casas particulares?
—Desde que decide que las casas particulares son sitios donde se hace acto de presencia, señora.
—Beatriz se echó hacia atrás para evaluar el peinado—.
Las cosas están cambiando. Lo que ayer estaba mal hoy es lo correcto, y lo que era correcto ayer pasa a estar mal sin que nadie se sepa la fecha exacta del cambio. Bajad la cabeza, falta el de la nuca.
Lupe bajó la cabeza. La peinetilla entró.
El Comendador en casa de los Tavares. Esa era una pieza nueva.
Don Anselmo Tavares era un hombre tibio, de los que firman lo que firma todo el mundo y se callan lo que se callan los demás.
Su casa nunca había sido un tablero político.
Había sido, durante décadas, una casa de tránsito, donde los que importaban iban porque había buena cocina y no había que pagar el peaje de las conversaciones incómodas.
Si el Comendador se presentaba en casa de los Tavares, era porque la casa de los Tavares había dejado de ser eso.
O porque él había decidido que era el momento de que dejara de serlo.
Lupe se levantó del taburete. Se miró una última vez en el espejo ondulado. La cara alargada le devolvió una sonrisa poco honesta.
—Vamos.
—Una cosa, señora.
—Dime.
—Esta noche, si os preguntan algo que no queráis contestar, pegadle un sorbo a la copa antes de hablar. Da tiempo. Y cuando terminéis el sorbo, decidles cualquier cosa que sea verdad, pero no sea la respuesta. Los nobles confunden lo verdadero con lo honesto. Ese es su problema y vuestra ventaja.
Lupe se la quedó mirando.
—¿De dónde te has sacado eso, Beatriz?
—De treinta años de servir copas, señora. La cocina enseña más que el confesor, si una atiende.
El palacio de los Tavares tenía una galería de naranjos en el patio interior, y en febrero, cuando los naranjos aún no se habían vaciado del fruto, despeñaban un olor pesado y dulzón que se metía debajo de la ropa y se quedaba toda la noche.
Lupe recordaba ese olor desde niña. Su madre, que era amiga de Doña Visitación Tavares cuando las dos eran jóvenes, la había llevado a aquel patio en brazos cuando tenía dos años.
Nadie le había contado a Lupe esa visita.
Lupe la sabía porque a veces, cuando entraba en el patio de los Tavares y le golpeaba el olor de los naranjos, sentía un breve vuelco en el estómago que solo podía ser memoria.
Esa noche el olor estaba aún ahí, debajo del incienso de la entrada y del humo de las velas de cera buena.
Don Álvaro le ofreció el brazo en el zaguán. Lupe lo tomó.
—Recuerda —murmuró él sin mover los labios apenas—. No saludas al Comendador a menos que él te salude primero. Si te saluda, una reverencia corta, ojos al suelo el tiempo justo, y dos pasos atrás. No le hables.
—¿De qué tienes miedo que hable?
—De cualquier cosa.
Entró antes que ella, como mandaba la costumbre.
Lupe lo siguió a media zancada, con la barbilla a la altura justa: ni alta para ser provocación, ni baja para ser invitación.
Había aprendido la altura de la barbilla a los doce años, en una recepción a la que Don Álvaro la llevó para que se acostumbrara.
Había llorado al volver. Su padre le había dicho que ahora le tocaría repetirlo cien veces sin llorar.
Lupe iba por la setenta y algo. Había dejado de contar.
El salón principal estaba dispuesto como siempre: dos hileras de butacas tapizadas en granate junto a las paredes, cuatro mesas auxiliares con bandejas de plata, un cuarteto de músicos en el rincón del fondo tocando algo que no sonaba ni a zarabanda ni a paseo, un híbrido prudente que no obligaba a ningún invitado a posicionarse.
Las velas, setenta u ochenta velas, daban a la estancia esa luz mantecosa que en los retratos sale dorada y que en la realidad pone amarilla la piel de los viejos.
Don Anselmo y Doña Visitación los recibieron junto a la chimenea.
Don Anselmo apretaba la mano de Don Álvaro con una efusión que no era natural en él.
Doña Visitación besó a Lupe en las dos mejillas y le dijo que estaba más guapa que la última vez, que era lo que decía siempre, en parte porque era una de las pocas verdades que Doña Visitación se permitía.
—Lupe, hija. —Doña Visitación la cogió del codo con confianza—. Pasa a la galería. Dolores está con las hijas de Sandoval y prefiero que se contagien de tu cabeza un rato antes de que las suyas se vacíen del todo.
—Doña Visitación.
—Es un cumplido. Cógelo.
Lupe se dejó conducir. Pero al cruzar el umbral de la galería, giró medio cuello, lo justo para barrer el salón.
Contó a los presentes por costumbre. Los Sandoval, en efecto.
Los del Pino, padre e hijo. Don Cristóbal Lozano cerca de la chimenea, hablando con uno de los hermanos Esquivel.
Tres canónigos del cabildo de la catedral arracimados junto a las bandejas, comiendo en un silencio voraz.
No estaba.
El Comendador no había llegado.
Lupe se atusó el pelo y entró en la galería.
Dolores Tavares tenía veintidós años y la mente de una niña entusiasta de quince.
Era una buena chica, de esas que da pena haber visto crecer porque uno preferiría que se hubiera quedado pintando floreros.
Las dos hijas de Sandoval eran exactamente lo que Doña Visitación había prometido: dos perfiles parecidos, dos voces que se solapaban, dos vestidos elegidos por la madre.
Lupe les dio la mano a las tres y se sentó en la esquina del banco corrido que daba al patio de los naranjos.
—Lupe, estábamos hablando del Conde de Albaida.
—¿Qué le ha pasado al Conde de Albaida?
—Que viene a Tolusa la semana próxima. ¿No lo sabías?
—No.
—Dolores dice que viene a buscar mujer.
—Yo no he dicho eso, lo ha dicho mi madre.
—Tu madre dice lo que se dice.
Lupe sonrió lo justo. Dejó que las tres hablaran del Conde de Albaida.
Le sonaba solo fugazmente ese nombre, un petimetre pomposo de Aruan, la más pomposa de las ciudades-estado, que tenía fama de gastar mal su dinero y de cazar peor sus mujeres.
Las malas lenguas lo vincularon algún tiempo con un movimiento independentista que surgía de vez en cuando, envalentonado por el gran poder de los Hechiceros de la Torre Azul.
Don Álvaro había formado corro con los del Pino y con uno de los canónigos.
El canónigo era el más viejo de los tres y hablaba mucho con las manos.
Su padre escuchaba con la postura de un recaudador.
Los del Pino. Don Bernabel del Pino era, hasta donde Lupe sabía, el segundo o tercer prestamista más importante de la ciudad.
Si Don Álvaro se le acercaba en una recepción, y si Don Bernabel le devolvía la cortesía con esa media sonrisa que tenía, era porque alguien debía dinero a alguien o estaba a punto de deberlo.
—… dicen que el Comendador está trayendo orden, ya iba haciendo falta.
La frase saltó desde la conversación de al lado, donde un grupo de matronas se había formado alrededor de una bandeja de almendras garrapiñadas. Lupe giró la cabeza, lo justo, sin que se le notara.
—Si el Virrey no quiere gobernar, alguien tiene que gobernar.
—El Virrey está enfermo.
—¿Enfermo de qué?
—Yo qué sé. De lo de los Virreyes. De pereza, supongo.
—Pues mientras tanto el Comendador trabaja por todos.