Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 3. El camino de los almendros. #2
10%

3. El camino de los almendros. #2

—Y yo te digo que eso no es excusa. Cuando llevas mi edad y sigues vivo, es porque no has aceptado excusas durante cincuenta años. Empieza tú ahora.

—El día que te dignes a acabar de enseñarme bien la estocada infalible —dijo Beltrán—, a lo mejor te dejo darme lecciones sobre las excusas.

—Eso no lo tendrás.

—Llevo veinte años oyéndote decir eso.

—Y llevo veinte años cumpliéndolo.

—Gaspar.

—Es mi golpe, muchacho. El único que es mío de verdad. Me lo inventé yo una noche de tercios que no dormía porque tenía hambre, y lo afiné diez años contra sacos y tablas. El día que descubrí que funcionaba como funciona, decidí que se me moría conmigo. No es por ti.

—No, si lo entiendo.

—Mentira. No lo entiendes. Pero da igual.

Beltrán sonrió. Era una broma vieja, con raíces, de esas que los dos llevaban haciendo desde hacía tanto tiempo que ninguno se acordaba ya de quién la había empezado.

Gaspar fingía que la estocada existía. Beltrán fingía que le importaba.

Y en algún punto de los veinte años, los dos habían dejado de saber cuál de los dos estaba fingiendo de verdad.

Reanudaron. El sonido de las puntas de pez contra las placas de los jubones, pom, pom, pom, se mezclaba con el trinar de un mirlo en el almendro del fondo.

Beltrán sintió que se destensaba. Los músculos del cuello, que llevaban dos días agarrados, empezaron a soltarse.

El peso del encargo de Sotogrande, que le apretaba la nuca desde la noche anterior, se aflojó medio dedo.

Chas. Paso. Chas. Paso.

—Cuéntame de la ciudad —dijo Gaspar.

—Apesta.

—Ya apestaba el año pasado. Cuéntame qué hay de nuevo.

Beltrán esquivó una estocada, trabó el acero contra la rodela y se separó. Pensó un momento antes de contestar.

—El Comendador aprieta más. El Virrey ya no sale. En las tabernas se bebe en voz baja. La Inquisición se ha llevado a un boticario esta mañana, dicen.

—¿Un boticario?

—Así lo he oído mientras venía.

Gaspar dejó caer la punta de la ropera. Fue un gesto raro en él, ese permitir que el acero descansara a media conversación. Se quedó un momento mirando el suelo entre sus alpargatas, como si estuviera calculando algo.

—¿El tercero en dos meses? —preguntó.

—No llevo la cuenta.

—Llévala. —Gaspar levantó la punta otra vez—. Los boticarios son hombres que saben de cuerpos. Cuando alguien empieza a quitarse de en medio a los que saben de cuerpos, es porque no quiere que se examinen ciertos cuerpos. Apunta esa frase, que te irá bien el día que tengas la cabeza más despejada.

Beltrán asintió sin comprometerse. Volvieron al tanteo.

Paso. Chas. Paso. Chas.

—Gaspar.

—Dime.

—¿Por qué me preguntas?

El viejo paró. Esta vez del todo. Bajó la rodela, se apoyó en la espada como si fuese un bastón, y miró a Beltrán con esos ojos claros que no habían perdido el filo, aunque todo lo demás se lo hubiera perdido.

—¿Por qué no iba a preguntar?

—Llevas diez años sin preguntarme por la ciudad.

—Llevo diez años sabiendo lo que pasaba en la ciudad sin tener que preguntártelo. —Gaspar se pasó el dorso de la mano por la frente. Le caía una gota de sudor, una sola, por la sien—. Ahora no sé. Y cuando un viejo no sabe, o pregunta, o se muere. Y yo todavía estoy indeciso.

Beltrán no supo qué contestar. Así que permaneció en silencio.

—Otro asalto —dijo Gaspar.

—No.

—Uno más.

—No. Me has castigado suficiente por hoy.

—Un día de estos te voy a castigar con la de verdad, a ver si te espabila.

—Ese día —dijo Beltrán— me llevaré la rodela yo, para que veas la pinta ridícula que tienes.

Gaspar se rio. Era una risa seca, corta, de pájaro que tose. Pero era risa. Beltrán giró apenas la cabeza hacia el sonido, con el mismo cuidado con que tanteaba los ángulos muertos de un callejón.

—Siéntate —dijo el viejo—. Saco el vino bueno. Hoy no el aguado.

El vino bueno estaba en una bota de cuero que Gaspar guardaba en un arcón del dormitorio.

Lo trajo al patio en dos tazas de barro cocido y se sentó en el taburete bajo del afilado.

Beltrán se acomodó sobre un tronco cortado que hacía las veces de banco.

El sol había subido lo bastante para calentar las losas del patio, y las sombras de los almendros se habían acortado.

Bebieron sin brindar. Los dos sabían que las cosas por las que uno brinda no suelen terminar bien.

Gaspar miró la taza de barro como si estuviera leyendo algo en el fondo.

—Peleas demasiado a la ofensiva, Beltrán, llevas toda la vida haciéndolo. Hay que escoger cuando avanzar y cuando retroceder, y tú no lo haces nunca.

—No me ha ido mal hasta ahora —dijo Beltrán mirando a una mariposa moteada que sobrevolaba una hortensia.

Gaspar chasqueó los labios y sacudió la cabeza.

—Siempre hay alguien mejor.

Beltrán se encogió de hombros y miró al viejo.

—¿Has oído hablar alguna vez de los Juramentados?

Beltrán frunció el ceño.

—De oídas. En tabernas. Cuentos de borrachos.

—No son cuentos. —Gaspar no levantó la vista de la taza—.

Yo vi a uno. Una sola vez, en la campaña del norte.

Los Juramentados son guardias personales del Rey-Sol, Beltrán.

Caballeros Ungidos. Los que protegen el trono de Valentis.

Nadie sabe cuántos son ni cómo los eligen, pero las historias que corren por los cuarteles son todas iguales: hombres que se mueven de un modo que no debería ser posible.

Más rápidos, más fuertes. Como si el cuerpo les obedeciera de una manera distinta a la de los demás.

—¿Más rápidos cuánto?

—Lo bastante para que un hombre que lleva toda la vida matando se quede mirando sin entender lo que ve.

—Gaspar tomó un sorbo. Cuando bajó la taza, tenía la mirada que pone la gente cuando cuenta algo que prefiere no haber visto—.

Llevaban dos hojas. Scarpias, las llamaban.

Dos hojas iguales, más cortas que una ropera, más largas que una zurdona.

Y las usaban a la vez, sin distinguir entre ataque y defensa.

Era como intentar leer el agua, Beltrán.

No había patrón. No había guardia. Solo movimiento.

—¿Y qué pasó?

—Vi morir a un hombre. El mejor espadachín de la compañía, un veterano de veinte campañas. Le duró cuatro latidos. —Gaspar levantó la mano izquierda y extendió cuatro dedos, como si necesitara el gesto para que Beltrán entendiera la magnitud de lo que estaba diciendo—. Cuatro.

Beltrán se quedó callado un momento, y Gaspar continuó después de un breve trago.

—Antes de luchar, murmuraba. Letanías. Una retahíla larga, como una oración.

Y después de la oración se movía así. Como si se le encendiera algo por dentro.

—Gaspar se pasó la mano por la barba—. Cuentos de borrachos, dices.

Puede ser. Pero aquel borracho llevaba dos hojas y las usaba como ningún hombre que yo haya visto en sesenta años de acero. Y yo he visto a los mejores.

—Incluido a ti.

—Incluido a mí. Y yo no me habría acercado a ese hombre ni con la rodela, ni con la ropera, ni con la estocada infalible, ni con todas las plegarias de las Tres Voluntades juntas.

—Gaspar lo miró con esos ojos claros que no mentían nunca—.

Hay cosas que no se vencen con técnica, muchacho.

Conviene saberlo antes de encontrárselas de frente.

Beltrán no dijo nada. Guardó la imagen, dos hojas iguales, letanías murmuradas, cuatro latidos, en el mismo sitio donde guardaba las cosas que no terminaba de creerse pero que tampoco se atrevía a descartar.

—Voy a enseñarte algo —dijo Gaspar.

—Ya lo hemos entrenado.

—No eso. Otra cosa.

Se levantó con esfuerzo, le crujió una rodilla, la izquierda, como a Beltrán, y entró en la casa.

Volvió al cabo de un minuto con un bulto alargado envuelto en tela aceitada y atado con una cuerda de cáñamo.

Lo depositó sobre el tronco al lado de Beltrán con la delicadeza con que un sacerdote deposita una reliquia sobre el altar.

—Ábrelo.

Beltrán deshizo el nudo. La tela olía a aceite de linaza y a algo más profundo, a moho de cuero viejo. Fue apartando capas, había tres, hasta que apareció la hoja.

Y Beltrán perdió un instante.

Era una espada. En cierto modo, era una espada.

Tenía empuñadura de dos manos, aunque corta, como si pudiera usarse con una o con dos.

La hoja era recta, de un solo filo en casi toda su longitud, con una punta que se curvaba muy ligeramente al final, como si el forjador hubiera dudado en torcerla del todo y se hubiese quedado a medio camino. Todavía le sorprendió más el material.

El acero, si era acero, tenía un color que Beltrán no había visto nunca en un filo.

No era plateado ni gris ni azulado. Era más oscuro, un tono mate que parecía absorber la luz en lugar de devolverla.

Y cuando inclinó la hoja contra el sol, apareció en el filo una línea finísima de otro color, una franja como de cobre mojado que corría toda la longitud del borde y que desaparecía si dejaba de inclinarla en el ángulo exacto.

La levantó. Pesaba menos de lo que le correspondía a una hoja de ese tamaño. Mucho menos.

—¿Qué cojones es esto?

—No lo sé —dijo Gaspar—. Me la dio el viejo Virrey, que en paz descanse.

Hará cuarenta años. El abuelo del que tenemos ahora, quiero decir, no el padre.

Un hombre de verdad, aquel. No como el nieto.

Me la dio después de la campaña del norte y me dijo que era una reliquia, que había estado en su familia desde antes de que hubiera Virreyes.

Que era de una forja que ya nadie sabe hacer.

—¿Y la has tenido envuelta cuarenta años?

—Cuarenta y dos.

—¿Por qué?

Gaspar se encogió de hombros. Tomó un sorbo de vino.

—Me la regalaron por una campaña de la que nunca estuve muy orgulloso.

Beltrán pasó el pulgar por el plano de la hoja. Le dio un escalofrío, como si el metal estuviera más frío que el aire, aunque el sol le daba de pleno, pero lo atribuyó al vino y a la mañana corta de sueño.

—Te la doy —dijo Gaspar.

Beltrán levantó la vista.

—¿A mí?

—A ti.

—¿Por qué?

—Porque yo no la voy a usar. Porque cuando me muera, la va a encontrar alguien que no sabrá lo que tiene y la va a vender por menos de lo que vale una mula.

Y porque eres lo más parecido que tengo a un hijo que quede cuando yo no esté.

—Gaspar lo dijo con el tono de quien lee una lista de la compra, sin mirar a Beltrán—.

Tres razones. Elige la que te duela menos.

Beltrán dejó la espada sobre la tela. Despacio.

—No.

—Beltrán.

—No, Gaspar. Tengo mi acero. Lo conozco. Sé cómo se porta cuando llueve, cómo cuando hace calor, cómo cuando la mano me tiembla. Esa hoja es otra cosa. No sabría qué hacer con ella.

—Aprenderías.

—A mi edad ya no se aprende, viejo. Se desaprende. —Beltrán forzó una sonrisa—. Guárdala. O dásela a alguien que pueda empezar. Un mozo del barrio. Uno de tus vecinos. A mí no me la pongas encima.

Gaspar lo miró un momento largo. Luego asintió, recogió la tela con la hoja dentro, volvió a envolverla con los mismos gestos precisos con los que la había desenvuelto y ató la cuerda de cáñamo.

—Como quieras —dijo.

No insistió. Beltrán agradeció que no insistiera. Pero sintió, por primera vez aquella mañana, una incomodidad que no sabía situar. Como cuando uno acaba de cerrar una puerta que debería haber cruzado.

Cuando el frío empezó a pegar de verdad en el patio y las sombras de los almendros se habían fundido con las de las nubes, Beltrán se levantó a marcharse. Se colgó el herreruelo, ya seco, y recogió la espada y la zurdona que Gaspar le entregó en la puerta, como siempre.

—Dile a Ruth que el queso estaba bueno —dijo Beltrán.

—Se lo diré. Le dirá a su marido, que no lo fabricó, y el marido se pondrá insoportable.

—Pues no se lo digas.

—Se lo diré. Hay que fastidiar al marido de Ruth, que es un jactancioso. —Gaspar se apoyó en el quicio—. Beltrán.

—Dime.

—Una cosa. Por decir.

Gaspar tenía los ojos clavados en un punto del camino de los almendros, como si mirara a alguien que viniera de lejos. Pero el camino estaba vacío.

—Llevo muchos años vivo, Beltrán. Más de los que me habría prometido a mí mismo con veinte.

Y cuando uno llega a cierta edad, hay cosas que se huelen antes de verlas.

No te voy a poner nombre a lo que huelo, porque no sabría qué nombre ponerle.

Pero lo que viene va a ser peor que lo que hay.

Mucho peor. Lo de Sotogrande es solo el primer gallo que se cae en el corral.

Beltrán no dijo nada.

—¿Te acuerdas de Marcial?

—¿Marcial?

—Marcial Berruga. Un tipo bajito con un lunar en la mejilla izquierda que servía conmigo en la campaña del norte.

Llevaba el fardo del notario por aquella peste de cieno.

Ha vuelto a Tolusa, si te lo puedes creer.

Duerme en la hostería del Sol Viejo. Sigue siendo el cabrón más testarudo que he conocido.

Beltrán esperó.

—Tiene la llave de la puerta vieja del Alfolí. La que usaban los de la sal antes de que construyeran el muelle nuevo. Los de arriba la han olvidado. Marcial no. Marcial no se olvida de nada.

—¿Y por qué me lo cuentas?

—Por si algún día te tomas un vino con él. Dile que vas de mi parte. Te invitará al peor vino que hayas bebido y te contará tres cosas de mí que no querías saber. Y después, si resulta que tienes que ir a algún sitio y no quieres que nadie te vea ir, te dejará ir.

Gaspar no lo miraba a él, miraba a los almendros. Pero lo dijo sin despegarse del quicio y sin cambiar el tono, como si hablase del tiempo. La única diferencia era que, al terminar, giró la cabeza y lo miró fijamente.

Beltrán sostuvo la suya.

En un silencio de esos que los dos se tenían prohibidos.

—Come mejor —dijo Gaspar al fin.

—Lo intentaré.

—Duerme más.

—No prometo nada.

—Vuelve pronto.

—Dentro de tres semanas.

—Vuelve antes.

Beltrán no contestó. Bajó del escalón de la entrada y echó a andar por el camino de los almendros. Al llegar a la primera curva, donde el camino giraba hacia el este y la casa quedaba tapada por los árboles, se volvió por costumbre a mirar atrás.

Gaspar seguía en la puerta.

No levantó la mano para despedirse. Gaspar no levantaba la mano. Solo se quedó allí, apoyado en el quicio, con la cara hacia el camino, hasta que Beltrán dobló la curva y el almendro le cubrió la vista.