Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 3. El camino de los almendros.
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3. El camino de los almendros.

El cuarto tenía tres cosas: una cama, un arcón y una ventana que daba al patio trasero de una tahona.

La cama era de cuerdas, con un jergón de paja renovado dos veces al año y un embozo de lino que Beltrán cambiaba cuando acordaba.

El arcón había venido con la habitación; llevaba allí más años que él y seguía oliendo a alcanfor por dentro.

La ventana tenía el vidrio tan fino que en invierno se formaban dibujos de escarcha en la cara interior, y si uno se quedaba mirándolos el tiempo suficiente, podía inventarles significados.

Beltrán llevaba quince años viviendo allí. No había colgado nada en las paredes.

Se despertó antes de que cantaran los gallos del barrio.

Se despertaba siempre así. Era una costumbre vieja, de los años de posta, cuando dormir era un lujo.

Se quedó un rato boca arriba, mirando las vigas del techo, escuchando el primer ruido de la tahona al otro lado del muro: el tahonero abriendo el horno, el ayudante moviendo los cestos, la mujer del tahonero diciéndole al ayudante que tuviera cuidado con los cestos.

Lo mismo todas las mañanas desde hacía quince años.

Se levantó. La rodilla izquierda protestó.

Había protestado desde el resbalón del puente de los Campones.

Beltrán se la masajeó con los nudillos hasta que el hueso dejó de crujir.

Luego se calzó la bota derecha con cuidado, la del empeine que no terminaba de recuperarse, y la izquierda sin mirarla, porque la izquierda no daba problemas y había que aprovecharlo.

Lavado rápido con agua fría del aguamanil.

El espejo de acero bruñido le devolvió la cara de siempre: una cara larga, con la barba de dos días, la nariz que se había torcido en un sitio del que no se acordaba, y unos ojos que ya no intentaban parecer jóvenes.

Se pasó la navaja por la garganta sin jabón, por costumbre y por ahorro de tiempo. Se vistió.

La bolsa del Comendador seguía sobre el arcón.

La había dejado allí la noche anterior sin abrirla.

Ahora la cogió, aflojó el cordón y volcó el contenido sobre el jergón.

Coronas y medias coronas, doce en total.

No las contó. La cantidad era la correcta porque la cantidad era siempre la correcta.

El Comendador no era un hombre que discutiera por monedas, y Beltrán no era un hombre que las reclamara.

Aquello formaba parte del acuerdo implícito entre los dos. Una higiene profesional.

Guardó las monedas en la faltriquera del forro del jubón. Se colgó la ropera del tahalí, la zurdona del cinto. Se echó el herreruelo sobre los hombros, todavía húmedo del rocío de la noche anterior, rígido en los bordes, y salió.

No habría encargo en días. Con doce coronas uno aguantaba tres semanas si no bebía y no se metía en casas de las buenas, y Beltrán no bebía mucho y hacía años que ni se acordaba de que las casas buenas existían.

El problema nunca era el tiempo sino las banalidades que hacemos con él.

El Comendador lo llamaría cuando lo necesitara, que podía ser mañana o en tres semanas o para acompañar un carro de cueros hasta la muralla segunda.

No todo era matar. A veces bastaba con ir delante con la cara seria.

El silencio del acero envainado también se pagaba, y a veces mejor que el ruido.

El miedo siempre hacía tirar la estocada antes de tiempo.

Lo que le incomodaba aquella mañana no era el día vacío. A los días vacíos estaba acostumbrado, y tenía sus maneras de llenarlos. Era otra cosa. Era que después del encargo de Sotogrande, el Comendador no le hubiera mirado a los ojos al despedirlo. Mercancía pura.

Tolusa a primera hora de la mañana tenía el aspecto de una ciudad que acaba de pasar mala noche.

Los mozos del aguador empujaban sus carretas con los ojos hinchados.

Una patrulla de tercios cambiaba turno junto a la fuente de la plaza de los Batanes y los de turno saliente apenas levantaban la vista.

Un grupo de mujeres viudas, de riguroso negro, hacía cola frente a la puerta de un convento esperando limosna.

La cola era más larga que el mes pasado.

Beltrán caminó hacia el sur. Iba hacia la villa de Gaspar, como hacía un par de veces al mes entre encargos, cuando el cuerpo se le agarrotaba de no hacer nada y necesitaba cruzar acero con alguien que supiera lo que hacía.

Era un camino largo. Una hora a buen paso, cruzando el barrio bajo, pasando la muralla segunda por la puerta del Olivar, y luego bajando por la vereda que bordeaba los campos de cebada hasta el pequeño caserío donde el viejo había decidido acabar sus días. Casi al borde de la tercera muralla.

En la plaza del mercado viejo vio a un cura recoger una criatura del suelo.

La criatura tendría nueve o diez años, tirada entre los soportales, con los pies morados del frío.

No estaba muerta, respiraba, pero tampoco era exactamente una niña viva.

El cura se la echó a la espalda con el gesto tranquilo del que ha hecho aquello muchas veces esa semana, y cruzó la plaza en dirección al hospicio sin que nadie a su alrededor pareciera fijarse.

Un mozo de cuerda empujó un carro que casi los derribó y siguió de largo sin disculparse.

Beltrán apartó la vista y siguió caminando.

No era su asunto. Nunca lo era.

La villa de Gaspar de Quintana estaba al final de un camino de tierra batida, entre dos hileras de almendros viejos que nadie podaba y que en febrero se llenaban de flor como si quisieran demostrar algo.

Si ojeabas más allá de los Almendros, podías ver la puerta Sur.

La casa era pequeña, una planta, tejado de teja roja, paredes encaladas que necesitaban una mano, y el jardín que la rodeaba tenía ese aspecto engañoso que tienen los jardines descuidados por un hombre que sabe lo que hace: parecía abandonado, pero si uno miraba bien, las hierbas estaban cortadas, los caminillos de piedra estaban barridos, y las ramas bajas de los frutales habían sido despejadas lo justo para que no ocultaran a un hombre agachado.

Gaspar llamaba a aquello «tener la casa ordenada para nadie».

Beltrán empujó el portón de madera sin llamar. No hacía falta. Si Gaspar estaba en casa, ya lo había oído venir desde el camino de los almendros.

Lo encontró en el patio de atrás, afilando una hoja.

Era un hombre alto, encogido por los años en la forma justa, con el pelo blanco cortado al rape y una barba del mismo color recortada corta contra la mandíbula.

Vestía un jubón viejo sin mangas, pantalones de lana gruesa y alpargatas.

Estaba sentado en un taburete bajo, con la rodela apoyada en el suelo entre los pies, y pasaba la piedra de amolar por el filo de la ropera con movimientos cortos y parejos, de quien lleva sesenta años haciendo el mismo gesto.

Levantó los ojos al oír las botas de Beltrán, porque había reconocido el paso desde lejos, por supuesto, y no dijo nada. Siguió afilando.

Beltrán se apoyó en el muro encalado y esperó.

—Llegas tarde —dijo Gaspar sin dejar de pasar la piedra.

—No sabías que venía.

—Por eso llegas tarde. Lo llevo pensando tres días.

La piedra cruzó el acero otra vez. Chas. Chas. Un ruido antiguo, de patio de armería, que a Beltrán le calmaba las vísceras más que cualquier oración.

—¿Has comido? —preguntó Gaspar.

—Sí.

—Mentira. Entra y ponte pan. Hay queso de cabra. El de Ruth.

Beltrán se encogió de hombros y entró. En la cocina, sobre la mesa baja de pino, había una hogaza partida por la mitad, un trozo de queso envuelto en un paño, una jarra de barro con vino aguado y un tajo de madera con un cuchillo clavado.

Todo dispuesto para dos personas. Ruth, la vecina que le subía el queso a Gaspar los jueves, no tenía costumbre de preparar mesas para dos, así que había sido el viejo.

Lo llevo pensando tres días, había dicho. Como quien pone un cubierto de más por si se aparece alguien.

Beltrán se sentó y comió.

Salieron al patio. Gaspar había dejado la rodela y la ropera contra el muro, espada afilada y rodela pulida, listas las dos.

Había también otro par, dos roperas de entrenamiento, con la punta embotada en pez, y dos zurdonas de hoja corta que Beltrán reconoció porque eran suyas, llevaban años viviendo en casa de Gaspar para ese uso exacto.

—Ponte de aquel lado —dijo Gaspar, señalando con la barbilla—. Hoy me ha dado por el sol en la cara.

—Tienes setenta años, Gaspar.

—Setenta y dos. Y por eso. A mi edad, uno se pone el sol en la cara cuando quiere. Ponte ahí, te he dicho.

Beltrán se puso donde le habían dicho. Empuñó la ropera de práctica con la derecha, la zurdona con la izquierda. Gaspar tomó la rodela y la otra ropera. Se saludaron con un gesto mínimo, una inclinación de punta, y empezaron.

No era un combate. Llevaban veinte años sin hacer un combate de verdad.

Era el ritual que habían encontrado los dos para hablarse sin tener que mirarse a los ojos como la gente normal.

La conversación la llevaban los aceros, un tanteo, una invitación, una respuesta contenida, un avance, una retirada, y las palabras iban por encima, como pájaros que vuelan por encima de una manada sin formar parte de ella.

—Has engordado —dijo Gaspar desviando un ataque circular con la rodela—. Te pesa el brazo.

—No he engordado. He dormido mal.

—Dormir mal no engorda, Beltrán. Lo que engorda es comer a horas raras. Tú ya no comes a horas, comes cuando te acuerdas, que es distinto.

—Gaspar.

—Y el vino tampoco ayuda. Ya te lo dije el mes pasado.

La ropera de Beltrán entró por el cuadrante bajo. Gaspar la interceptó con la rodela, pegó un paso corto y le tocó el pecho con la punta embotada de su ropera. Suave. Casi un roce.

—Muerto —dijo.

—Tocado —corrigió Beltrán.

—Muerto. Tocado lo dicen los aficionados. —Gaspar retrocedió tres pasos para recomponer la distancia—. Si fuera filo, te habría abierto. Tenías el brazo bajo.

—Te dije que he dormido mal.