2. Muertos que pagan hogaza #2
—¿Y extraoficialmente?
—Extraoficialmente no he preguntado.
—¿Por qué no?
—Porque no es asunto mío.
Lo dijo sin levantar la voz, pero lo dijo con la firmeza de quien cierra una puerta por dentro. Lupe conocía esa firmeza. La había usado ella misma con pretendientes y con confesores.
Don Álvaro miró los retratos de la pared. Su bisabuelo, su abuelo, su padre. Tres hombres con la misma mandíbula y la misma nariz recta, pintados en momentos distintos de la historia de Tolusa y mirando todos hacia el mismo punto invisible del salón.
—El Comendador está asumiendo funciones —dijo al fin—. Seguridad. Justicia. Orden público. Cosas que no le tocan, pero que alguien tiene que hacer si el Virrey no las hace. El cabildo se lo ha dejado. No ha habido votación. No ha hecho falta. —Una pausa—. Nadie se ha quejado.
—¿Y tú?
—Yo voy a las reuniones, escucho, y me callo.
—Eso no es una respuesta.
—Es una afirmación, y no te vendría mal aplicártela de vez en cuando.
Lupe cruzó la galería despacio. Se puso al lado de su padre, frente a la butaca, y miró los mismos retratos que él estaba mirando. Le llegó el olor de su colonia de siempre, agua de azahar, algo de tabaco, y debajo, más sutil, el olor de un hombre que lleva dos noches sin dormir.
—Padre, hay algo más que me preocupa.
Don Álvaro la miró de medio lado entornando una ceja.
—Las cuentas del trimestre tienen cuarenta y siete entradas de muertos pagando tasa de hogaza.
Don Álvaro cerró los ojos. Fue un gesto minúsculo, del tipo que hace alguien a quien acaban de confirmar una mala noticia que ya esperaba. No dijo nada durante un rato largo. Cuando volvió a abrirlos, no la miró.
—Devuélveme el libro.
—Padre.
—Devuélveme el libro, Lupe. Esta tarde. Sin comentarios. A partir del próximo trimestre los reviso yo.
—¿Eso es todo lo que me vas a decir?
—Eso es todo lo que te voy a decir.
Lupe sintió algo que no supo nombrar. Algo más frío que el miedo o la rabia, más exacto: entender por fin una frase oída cien veces sin captar el sentido.
Su padre lo sabía. Su padre sabía lo de los muertos, y sabía lo del Virrey, y sabía probablemente otras diez cosas que ella aún no había puesto sobre la mesa.
Y su padre había decidido, hacía algún tiempo, no saberlo.
—¿Tienes miedo? —Dudó entre preguntarlo o afirmarlo.
—Pues claro.
—¿De quién?
Don Álvaro se volvió por fin. La miró como si la estuviera viendo por primera vez aquella mañana. Había algo en sus ojos que Lupe no había visto nunca en ellos, ni cuando murió su madre, ni cuando le amputaron la pierna a tío Baltasar. Era miedo. Pero no miedo de padre. Miedo de hombre.
—De tener que elegir, Lupe. Eso es lo que hacen los poderosos de verdad. No te matan. Te ponen en una posición en la que tienes que elegir entre perder una cosa o perder otra, y te quedas tú solo con el hacha en la mano, teniendo que cortar algo tuyo. Es más barato para ellos. Y más seguro.
—¿Qué quieren que cortes?
—Aún no lo sé. Pero lo sabré. Y cuando lo sepa, no quiero que tú estés tocando libros que no te corresponden.
Lupe asintió sin asentir. Se lo llevaría el libro esa tarde. Dejaría que su padre lo revisara. Dejaría que los cuarenta y siete muertos se los quedase él.
Pero los nombres los tenía memorizados. Y los nombres eran suyos ahora.
Subió a la torre porque la torre era el único lugar del palacio donde podía respirar sin que alguien le preguntara por qué respiraba de esa manera.
La escalera de caracol olía a piedra fría y a cera vieja.
Los peldaños estaban gastados por el centro, ligeramente cóncavos, del roce de siglos de criados llevando ropa a las azoteas y de niños aburridos subiendo a espiar.
Lupe los conocía todos. El décimo crujía.
El decimoséptimo estaba partido en la esquina.
El vigésimo tercero tenía esa puta mancha de vino de la época de su abuelo que ni el agua ni la lejía habían sabido quitar nunca.
La almenara norte era poco más que un mirador cubierto por un tejadillo de pizarra.
Un pretil bajo de piedra labrada, tres arcos abiertos al viento y un banco corrido donde en verano dormía el gato de las cocinas.
Desde allí se veía la Plaza Mayor entera, el cabildo, las primeras casas del barrio alto y, más allá, el perfil dentado del muro segundo con las torres de vigilancia recortadas contra el cielo.
Lupe se apoyó en el pretil y pensó por un instante en lo aburrida que era su vida.
— Hay gente que muere joven y los entierran viejos .
—Aún le parecía escuchar a su viejo profesor de retórica.
Tolusa de día era otra ciudad. La bruma de la noche se había replegado a los tejados, dejando el empedrado brillante por la humedad.
Los carros de los abastecedores entraban por la puerta norte con las ruedas chirriando.
Una patrulla de tercios cruzaba la plaza sin prisa, lanza al hombro, la coraza abollada por un uso que Lupe no quería imaginar.
La mujer de un panadero discutía con un soldado por una pieza de pan que al parecer se había caído al barro. El soldado se reía. La mujer no.
En la esquina sur, junto al arco de la calle de los Plateros, una pequeña multitud se había formado alrededor de algo que Lupe al principio no pudo identificar.
Una docena de personas, quizá quince, demasiado quietas para ser curiosos corrientes.
Forzó la vista. Vio el hábito oscuro de los inquisidores, pardo con el ribete negro, la capucha echada hacia atrás para dejar ver la cabeza rapada, y entendió antes de distinguir al detenido.
Era un arresto.
Dos inquisidores sujetaban a un hombre de mediana edad que forcejeaba con poca esperanza.
El hombre iba sin jubón, con la camisa abierta y los pies descalzos, lo que significaba que lo habían sacado de su casa a primera hora sin darle tiempo a vestirse.
Un tercer inquisidor leía algo en voz alta desde un pergamino.
Lupe no podía oír las palabras, pero las conocía.
Las había oído desde esa misma torre tres veces en los últimos dos meses.
Por prácticas contrarias a la voluntad de las Tres Voluntades.
Por consorcio con saberes prohibidos. Por escándalo público en materia de fe bla, bla, bla…
La multitud no se movía. No gritaba. No protestaba. Simplemente miraba, como se mira una procesión o una tormenta.
Lupe se dio cuenta de que estaba apretando la piedra del pretil con las dos manos y se obligó a soltarla. Le había dejado las yemas de los dedos blancas.
—Es el boticario de la calle de las Ánimas —dijo una voz detrás de ella.
Se volvió. Beatriz estaba en el umbral de la escalera con un chal sobre los hombros y una expresión de indiferencia ensayada. Llevaba haciéndolo veinticinco años. Lupe no sabía ya si le molestaba o si la tranquilizaba.
—¿El boticario?
—Don Felipe. El que le vende jarabes a mi hermana para la tos.
Un hombre bueno, señora. No se mete con nadie.
—Beatriz se acercó al pretil midiendo cada paso, sin fiarse de su propio equilibrio—.
La semana pasada se llevaron al médico del barrio de la Sal.
Y hace quince días, al barbero que sangraba a mi cuñada cuando le dolía la cabeza. Los tres atendían críos, señora.
Lupe volvió la mirada a la plaza. Los inquisidores ya se llevaban al boticario. La multitud se disolvía como si nunca hubiera existido. El empedrado quedaba vacío. El pan caído seguía en el barro.
—Los tres atendían críos —repitió Lupe.
—Eso es lo que digo.
—¿Cuántos críos han desaparecido este mes, Beatriz?
Beatriz pareció pensarlo. Movía los labios sin sonido, como cuando hacía cuentas de la compra.
—De los que yo sé, nueve. De los que no sé, los que sean.
Mi cuñada dice que en el barrio de los curtidores no dejan salir a los chicos después de vísperas.
Y las madres del barrio de la Sal están durmiendo con los hijos en la cama, señora.
Las madres. En la cama. Con hijos de once años. Eso no pasaba antes.
Lupe asintió sin asentir.
Abajo, en la plaza, la vida volvía a su cauce con la normalidad feroz de un animal viejo y herido.
Los carros. Los soldados. El panadero recogiendo su pieza caída.
Nadie hablaba del boticario. Nadie hablaría del boticario.
Dentro de tres días, Don Felipe se habría convertido en una frase susurrada en la trastienda de su botica, y dentro de un mes, en un silencio.
Cuarenta y siete muertos que pagan tasa de hogaza, pensó Lupe.
También pensó en los nueve niños desaparecidos y en los tres hombres que atendían críos arrestados. Un Virrey que lleva semanas sin asomar. Un Comendador que llena el hueco sin levantar la voz.
—Nueve niños —murmuró, y su mirada se posó sin quererlo en el cubo Trino que languidecía en una esquina del estante, entre un tintero seco y un libro que nadie había abierto en años.
Era un cubo pequeño de madera oscura, del tamaño de un puño de niña, dividido en tres filas horizontales que giraban por separado sobre un eje de hierro ennegrecido.
Cada cara llevaba letras talladas a mano, los salmos partidos en fragmentos que solo cobraban sentido cuando las filas se alineaban.
Las institutrices les enseñaban una cancioncilla para encontrar la combinación correcta. Lupe aún la recordaba.
Los tres son uno,
el uno es dos,
el Dos es tres,
y volvemos otra vez.
Se apartó del pretil. El viento le removía el pelo en la nuca. La piedra bajo sus manos seguía fría.
—Vamos, Beatriz. Hay que prepararse para la recepción de los Tavares.
—¿Nos vamos a arreglar ya, señora? Si falta medio día.
—Medio día se pasa rápido cuando una tiene que pensar.
—¿En qué?
Lupe cogió el cubo Trino del estante. Lo hizo girar una vuelta entre los dedos y lo dejó donde estaba.
—En qué voy a preguntar esta noche. Y a quién.
Beatriz la miró con los ojos juntos muy abiertos. No dijo nada. Pero mientras bajaban la escalera, Lupe la oyó santiguarse a su espalda con esa discreción suya de quien reza por las dos porque de las dos, una reza poco.