Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1) 2. Muertos que pagan hogaza
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2. Muertos que pagan hogaza

Guadalupe Morales y Quesada descubrió que los muertos pagaban tasa de hogaza.

Fue la segunda vez que tuvo que releer la entrada para estar segura.

El libro de tesorería del trimestre estaba abierto frente a ella sobre la mesa de roble de su gabinete, un mamotreto encuadernado en piel de becerro con las esquinas lustradas por el roce de tres generaciones de mayordomos.

Lupe no era mayordomo. Tampoco era, en rigor, la persona a quien le correspondía tocar aquellos libros.

Pero Don Álvaro de Morales y Quesada no tenía hijo varón, y alguien tenía que revisar las cuentas antes de que llegaran al contador del cabildo, y esa persona llevaba siendo ella los últimos tres años.

Se ajustó el chal de lana sobre los hombros.

La luz de la mañana entraba por el ventanal del gabinete con un aburrido tono gris de los días en que el invierno todavía se resistía a irse.

El brasero chisporroteaba a sus pies, pero apenas caldeaba el aire.

Los palacios de Tolusa estaban construidos para impresionar, no para abrigar.

Volvió al renglón.

Luis de Arnedo, hogaza, tercer cuarto, ocho cobres.

La tasa de hogaza era una contribución ínfima que los vecinos del barrio alto pagaban al cabildo por el mantenimiento del horno comunal.

Ocho cobres por cabeza al trimestre. Lo extraño no era la cantidad.

Lo extraño era el nombre. Luis de Arnedo había muerto en la fiebre del otoño pasado.

Lupe lo recordaba porque su padre había asistido al funeral, y porque la viuda, Doña Inés, había cosido durante tres semanas un mantón negro que después se puso solo para salir a la iglesia.

Los muertos no comían pan. Luego los muertos no pagaban tasa de hogaza.

Pasó la página. Recorrió la columna con el índice.

Aldonza de Ribas, hogaza, tercer cuarto, ocho cobres.

Aldonza había muerto el mismo otoño. Cólera, según las malas lenguas.

Según las malas lenguas, también, su marido la había dejado morir por no pagarle al boticario.

Fuera lo que fuera, la mujer estaba bajo tierra en el cementerio de Santa Rita desde hacía cinco meses, y sin embargo alguien seguía contribuyendo a su nombre al mantenimiento del horno comunal.

Lupe se apartó del libro. Cerró los ojos.

No era el patrón lo que la asustaba. Los patrones se pueden explicar.

Un escribano perezoso que copia las listas del trimestre anterior sin comprobar los fallecimientos.

Un funcionario que infla el padrón para quedarse con el excedente.

Cosas feas pero corrientes, del tipo que ocurren en cualquier ciudad donde manda algún funcionario petimetre.

Lo que la asustaba era que las cantidades cuadraban.

Ocho coronas por ocho coronas. Si un funcionario hubiese estado inflando el padrón para robar, habría redondeado hacia arriba.

Habría marcado diez, doce, quince. Nadie roba ocho cobres.

Ocho cobres es el precio de una jarra de vino malo.

Nadie falsifica un libro de tesorería para llevarse a casa una jarra de vino malo.

Lo que significaba que los ocho cobres se estaban pagando de verdad. Y que alguien, a nombre de los muertos, estaba entregando los ocho cobres al cabildo.

Y que alguien, en el cabildo, los estaba recibiendo sin preguntar.

Volvió al libro. Contó los nombres. Cuarenta y siete entradas que le sonaban de funerales, de epidemias, de conversaciones con Beatriz sobre quién había muerto y a qué hora.

Cuarenta y siete entradas de ocho cobres cada una.

Trescientos setenta y seis cobres al trimestre.

Mil quinientos cuatro al año. La cantidad total era ridícula para una ciudad del tamaño de Tolusa, pero eso era precisamente lo raro.

Nadie movía mil quinientos cuatro cobres al año a nombre de muertos a menos que la cantidad estuviera cumpliendo una función distinta a la económica.

Raro, como poco.

Lupe cerró el libro despacio y lo dejó boca abajo sobre la mesa, igual que una carta que no debería haber leído.

Se acercó al ventanal. Tolusa, desde arriba, era otra cosa.

No era la ciudad que uno veía desde un carruaje, sucia, hostil, encogida.

Era un mapa que respiraba. Lupe veía los patrones: las patrullas moviéndose por las plazas con la regularidad de un mecanismo, los barrios que se cerraban como puños cuando caía la noche, los espacios que la gente evitaba sin que nadie les hubiera dicho que los evitaran.

Desde arriba se veía cómo una ciudad agonizante. Desde abajo solo se sentía.

Y más allá de la tercera muralla, al sur, donde terminaban los campos de cebada y empezaba la nada, la que ya estaba antes de que se fundara la ciudad, las Estepas Nubladas se extendían como una mancha gris que se comía el horizonte.

Tolusa le daba la espalda. Dos murallas concéntricas y una limítrofe, cada una más gruesa que la anterior, construidas para que lo que hubiera al otro lado no entrara.

Lupe había oído historias de niña, bestias monstruosas, niebla que no dejaba salir a quien entraba, hombres que cruzaban y no volvían, y las había guardado donde se guardan las cosas que difícilmente se creen pero que tampoco se olvidan del todo.

El Palacio respiraba a su espalda.

Una caja de seda flotando en un mar de hierro.

—Señora, os vais a estropear los ojos con esa luz. —Beatriz entró sin llamar, con la bandeja del chocolate equilibrada contra el antebrazo y esa costumbre suya de llenar cualquier silencio con una advertencia sobre la salud ajena—. Deberíais al menos correr los visillos.

—Los visillos están corridos, Beatriz.

—Pues entonces deberíais pedir más velas. La economía es buena, pero la vista es la vista.

Dejó la bandeja sobre una mesita auxiliar y se puso a servir el chocolate con el ritual de siempre: dos vueltas con el molinillo, medida de canela, miel en lugar de azúcar porque a la señora el azúcar le da jaqueca.

Beatriz tenía cuarenta y pocos, una viudedad temprana y una memoria de cantidades que habría hecho envidiar al mejor contable del cabildo.

Era fea sin remedio, bajita, con los ojos juntos y la nariz ancha.

Lupe la miró con una media sonrisa llena de afecto de años.

—Doña Inés de Arnedo —dijo Lupe.

Beatriz levantó la vista del chocolate con el molinillo a media rotación.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Sigue viviendo en la calle de San Eustaquio?

—Se mudó. A casa de la hermana, en el barrio bajo. La casa de la calle de San Eustaquio la tuvo que vender por los deudos.

—¿Cuándo?

—Antes de San Telmo. ¿Por qué lo preguntáis?

Lupe tomó la taza sin contestar. El chocolate estaba espeso, amargo, del grano bueno que Don Álvaro compraba a los mercaderes del Este. Lo bebió despacio, alargando el trago.

—Curiosidad.

—La curiosidad mató al gato, señora.

Beatriz la miró de soslayo con esa mezcla de devoción y suspicacia que Lupe conocía bien.

La asistenta sabía que a su señora le pasaba algo por la cabeza, y sabía también que no le iba a sacar ni una palabra hasta que a su señora le diera la gana.

Se limitó a terminar de servir el chocolate y a retirarse hacia la puerta con la bandeja.

—Ah. Se me olvidaba. —Beatriz se detuvo con la mano en el picaporte—. Vuestro padre ha preguntado por vos. Está en la galería del ala sur. Dice que bajéis cuando podáis.

—¿Cuando pueda o cuando él quiera?

Beatriz se encogió de hombros —lleva dos horas paseando sin sentarse. De las dos cosas, yo me decantaría por la segunda.

Lupe asintió. Beatriz cerró la puerta.

Se quedó sola con el chocolate y con los cuarenta y siete muertos que pagaban tasa de hogaza.

La galería del ala sur era la única estancia del palacio que Lupe había querido de niña.

Tenía ventanales que llegaban al suelo, una alfombra de Rowandia que su bisabuelo había traído de una campaña de la que nadie hablaba, y una hilera de retratos familiares que miraban al visitante con indiferencia altiva.

Lupe había aprendido a caminar allí. Había aprendido a leer allí.

Y allí, con siete años, la habían puesto delante del cadáver de su madre para que le diera el último beso.

Don Álvaro estaba de espaldas, frente al ventanal que daba al patio de los naranjos. Tenía las manos cruzadas en la espalda y la cabeza un poco inclinada, en esa postura de pensador que nunca engañaba a nadie. Don Álvaro no pensaba mirando por ventanas. Don Álvaro se escondía mirando por ventanas.

—Padre.

—Hija. —No se volvió—. ¿Has dormido bien?

—Lo suficiente.

—Yo no.

Lupe esperó. Don Álvaro siguió mirando el patio. Abajo, un criado barría las hojas secas de los naranjos hacia un mismo rincón, y Don Álvaro lo seguía con los ojos como si aquello importara.

—Esta noche hay recepción en casa de los Tavares —dijo por fin—. Vamos los dos.

—¿Obligatorio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque los Tavares siguen siendo los Tavares, y porque a su hijo menor aún no se le ha caído la idea de cortejarte.

Lupe puso los ojos en blanco.

—Al hijo menor de los Tavares se le debió de caer la idea hace cuatro años, padre.

Don Álvaro giró la cabeza por fin. Tenía las bolsas de los ojos más oscuras que el mes pasado, la barba gris sin recortar por un día de más, y un hilo suelto en el cuello de la casaca que su ayuda de cámara no habría dejado pasar en ninguna otra mañana.

—No me lo pongas difícil Lupe.

Algo en el tono la detuvo. Don Álvaro usaba muchos tonos con su hija, el paternal, el reprobador, el paciente, el falsamente jovial, pero aquel no lo había oído nunca. Era un tono desnudo. Un tono de hombre que ha pasado la noche despierto y ya no tiene energía para disimular.

—¿Y esa cara? ¿Qué ha pasado?

—Nada que no estuviera ya pasando. —Don Álvaro se apartó del ventanal y caminó hacia una de las butacas, pero no se sentó.

Se quedó de pie apoyando las manos en el respaldo, con los nudillos blancos—.

El Virrey no se ha presentado en el cabildo esta semana.

Ni la anterior. Oficialmente está indispuesto.