1. Los perros de Tolusa. #2
El despacho del Comendador estaba austeramente ordenado.
No había lujos evidentes. Una mesa de nogal con las esquinas gastadas, tres sillas, un candil de aceite que no chisporroteaba porque la mecha estaba bien cortada, y un ventanal que daba a Tolusa como una posesión.
Los pergaminos estaban apilados con una precisión enfermiza.
El Comendador no se levantó. Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, inmóviles. No era un hombre grande. Tampoco pequeño. Un tipo de hombre al que no mirarías dos veces en la calle. Eso solía ser peligroso.
—Siéntate.
Beltrán permaneció de pie.
—Sotogrande está resuelto —dijo.
—Lo sé. —El Comendador no preguntó cómo ni cuánto había tardado. Asintió una vez, despacio, con la satisfacción contenida—. ¿Dijo algo?
Beltrán recordó los ojos del contable buscando las sombras de las vigas, el sudor surcándole la suciedad de las sienes. Pregunta al Comendador, pregúntale lo que busca, lo que encontraron más allá…
—Suplicó —mintió Beltrán—. Todos suplican.
El Comendador lo estudió un instante. Fue un instante breve, preciso, del tipo que usa un cambista para calibrar si una moneda es buena o falsa. Luego abrió un cajón, sacó una bolsa de cuero y la dejó sobre la mesa con un golpe suave.
—Tu paga. ¿Necesitas contarla?
—Nunca la cuento.
—Lo sé. Por eso trabajas para mí.
Beltrán cogió la bolsa sin sentarse. La sopesó por costumbre y se la guardó en el jubón. Esperó. En los años que llevaba haciendo esto, el encargo siguiente siempre venía pegado al pago, como una garrapata al cuero.
Pero el Comendador no dijo nada más. Se limitó a volver la vista hacia los pergaminos, como si Beltrán ya no estuviera en la habitación. Era un gesto que Beltrán había visto hacer a los hombres de verdadero poder, no te echan, simplemente dejan de verte.
—¿Nada más? —preguntó Beltrán.
El Comendador levantó los ojos. Había algo en ellos que podría haber sido diversión si no fuera tan frío.
—Los buenos perros vuelven a la puerta cuando se les necesita. Ya te llamaré cuando vuelva a necesitar tus servicios.
Perros. Otra vez perros. Primero Malcampo con sus lebreles y ahora el Comendador. Tolusa entera hablaba de hombres como si fueran animales, y a fuerza de oírlo uno acababa creyéndolo.
Beltrán salió del despacho con la bolsa caliente contra el pecho y una sensación que no sabía nombrar.
Peor que el miedo: la certeza de ser prescindible.
Un sicario sin encargo es un hombre sin propósito, y un hombre sin propósito es un hombre al que pueden soltar a la calle como a un lebrel viejo sin que nadie lo eche de menos.
El vestíbulo estaba vacío. El banco de piedra donde Malcampo había estado sentado conservaba el calor de un cuerpo.
Lo habían hecho pasar o se había ido. Beltrán no se detuvo a averiguarlo.
Salió a la calle donde la niebla se había espesado hasta convertir las antorchas en manchas anaranjadas y ciegas.
Caminó hacia su alojamiento pensando en perros y en puertas que se cierran.
El despacho quedó en silencio. El Comendador no se movió durante un largo rato. Siguió con los ojos en los pergaminos, pero no leía. Escuchaba. Los pasos de Arcaluz bajando la escalera, cruzando el zaguán, perdiéndose en la calle. Cuando el eco se apagó, habló sin levantar la vista.
—¿Satisfecho?
La oscuridad del rincón junto a la chimenea se espesó. No hubo ruido de pasos, ni crujido de madera, ni roce de tela. Simplemente, donde antes no había nadie, ahora había alguien. Una figura encapuchada que ocupaba el espacio con naturalidad, como alguien acostumbrado a la sombra.
—Miente —dijo la voz. No tenía edad. No tenía acento. Era el tipo de voz que se oye en los sueños que no se recuerdan al despertar—. Sotogrande habló antes de morir.
El Comendador apartó los pergaminos. Sus manos, que frente a Beltrán habían estado cruzadas con la calma de un administrador, ahora se movían con una inquietud que no parecía pertenecerle.
—Sotogrande no sabía nada importante.
—Sotogrande sabía lo que hay en la Caja y de dónde viene. Y llevaba tres meses intentando sacarlo de la ciudad antes de que lo encontráramos. —La figura no se movió, pero su presencia pareció llenar más espacio, como una sombra que crece cuando baja el sol—Lo que dijo antes de morir importa.
El Comendador tragó saliva. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero en un hombre que frente a Beltrán había sido piedra, resultaba obsceno. Como ver arrodillarse a alguien que creías incapaz de doblar las rodillas.
—Arcaluz es un instrumento. Hace lo que se le dice, cobra, y se va. No piensa.
—Todos piensan, Comendador. La diferencia es cuándo empiezan. —Una pausa que duró demasiado—. ¿Cuánto tiempo lleva a su servicio?
—Años.
—¿Y nunca ha preguntado por qué?
—Nunca.
—Entonces aún nos sirve. Pero vigílelo. Los perros viejos no muerden hasta que lo hacen, y para entonces ya es tarde.
El Comendador asintió. El gesto tenía una inclinación sutil, una deferencia que no había mostrado ante nadie en todo el día. El hombre más poderoso del distrito de Tolusa se comportaba como un subordinado que espera instrucciones.
—¿Y la caja? —preguntó el Comendador.
—Estará lista pronto. Cuando lo esté, lo sabrá. —La figura retrocedió medio paso hacia la chimenea, hacia la oscuridad de la que había salido—.
La figura volvió a desaparecer en las sombras. No hubo sonido de puerta que se abriera ni pisada que se alejara. Simplemente el rincón volvió a estar vacío, y el Comendador se quedó solo frente al ventanal con Tolusa extendida abajo, nocturna y ajena a lo que acababa de pasar en aquella habitación.
Se sirvió un vaso de vino con manos que no le temblaban. Todavía.