Crisantemos Marchitos (Las Tres Voluntades 1)
© inepub.com
1. Los perros de Tolusa.
Arcaluz salió del almacén de Sotogrande con el sabor del hierro todavía pegado al paladar.
Cerró la puerta de madera astillada a sus espaldas, pero no echó el cerrojo; no había nada dentro que mereciera ser guardado, salvo un cadáver que empezaba a enfriarse sobre un fajín de pergaminos.
Se ajustó el herreruelo, sintiendo el peso del agua acumulada en las fibras de la lana.
La noche en Tolusa no terminaba de caer, suspendida en un crepúsculo sucio, del color del plomo, que convertía los callejones en gargantas llenas de bruma.
Caminó pegado a las fachadas de adobe. Su bota derecha, la del resbalón en el puente, le enviaba una punzada rítmica cada vez que apoyaba el peso, un recordatorio de que los años no perdonan.
Lope de Sotogrande había muerto de forma limpia.
Una estocada seca que le había ahorrado las contorsiones de la agonía, pero sus últimas palabras seguían ahí, enredadas en la mente de Beltrán como virutas de acero.
Pregúntale al Comendador, lo que tienen …
Beltrán no era hombre de acertijos. Prefería el peso de la bolsa de coronas y el calor de una hoguera que no hiciera demasiadas preguntas.
Pero Tolusa estaba distinta. Lo notaba en la forma en que el aire se estancaba en las esquinas, en el silencio excesivo de las tabernas que solían vomitar ruido a esa hora.
La ciudad aguantaba la respiración, como un animal herido.
Dobló por la calle de la Amargura. Un grupo de soldados de los Tercios, veteranos por la forma de sostener la lanza corta y la inclinación del morrión, montaban guardia frente a un portón de piedra.
No hablaban. Sus ojos escudriñaban las sombras con una fijeza que Beltrán conocía bien.
La Ciudad-Estado de Tolusa yacía enferma.
Evitó el centro de la calzada. Un hombre solo, embozado y con dos aceros a la cintura, era una invitación al registro en una ciudad que empezaba a oler a miedo.
El honor, pensó Beltrán mientras cruzaba un arroyo de aguas negras, era un lujo que solo se permitían los que no tenían que limpiar su propia espada.
Para el Comendador, el honor era una palabra que se grababa en los dinteles de los palacios para justificar las sangrías.
Para tipos como él, el honor era simplemente cumplir con lo pactado, aunque lo pactado fuera hundirle el hierro a un viejo que temblaba frente a una jarra de vino.
Una herramienta de trabajo. Ni más, ni menos.
Al llegar a la embocadura de la Plaza Mayor, el espacio se abrió diáfano frente a él.
Los estandartes de la Iglesia de las Tres Voluntades colgaban de los balcones del cabildo, lánguidos, pesados por la humedad.
Las tres circunferencias entrelazadas, símbolo de la voluntad del Caos, el Orden y la Neutralidad sobre la carne, parecían ojos ciegos observando la piedra vacía.
Beltrán se detuvo a la sombra de un soportal.
Sus ojos recorrieron el perímetro por costumbre profesional.
Dos patrullas en los ángulos norte y oeste.
Picas altas. El brillo de las corazas bajo la luz de los faroles de aceite.
Y luego, el palacio de los Morales y Quesada, una mole de granito que se alzaba sobre la plaza con arrogancia y desdén.
Levantó la vista. Sus ojos, acostumbrados a buscar la posición del tirador o la aspillera oculta, se detuvieron en la almenara norte del Palacio de los Morales. Dos criados sacudían un mantel con restos de una cena hacia la calle. — Muy simbólico —pensó.
Inclinó un poco el ala del chambergo, ocultando su rostro bajo la sombra del fieltro, y reanudó la marcha. No volvió a mirar hacia arriba. En su oficio, quedarse mirando palacios era la forma más rápida de terminar con un palmo de acero entre las costillas.
Cruzó la plaza en diagonal, manteniendo un ritmo constante, sin prisas que delataran nerviosismo, sin lentitudes que invitaran a la sospecha.
Sus pasos resonaban sobre el mármol con un eco seco, un golpeteo que parecía despertar a los fantasmas que habitaban bajo el suelo empedrado.
Dos carruajes pasaron a su lado traqueteando, con banderolas amarillentas, ajadas, de tiempos mejores.
Lo de Lope de Sotogrande no era el final de nada.
Beltrán lo sentía en la tensión de sus propios músculos, en la forma en que la empuñadura de la ropera le enfriaba la palma de la mano.
El contable sabía algo, y lo que sabía le había costado la garganta.
Cuando el Comendador empieza a cortar las gargantas de sus propios perros, es que los perros han olido algo que el amo no quiere que se sepa.
Dejó atrás la plaza por la calle de los Plateros.
El barrio cambiaba. Las fachadas se volvían más sobrias, los faroles más espaciados.
Era la zona de los que no quieren ser vistos.
Notarios que firman lo que no se firma, prestamistas que prestan a quien no se presta, funcionarios que callan más de lo que escriben.
Un silencio deliberado, comprado con el tipo de oro que no se acuña en la ceca del Virrey.
Tolusa no olía a muerte. Eso habría sido más limpio.
Olía a crisantemos marchitos: a muerte arreglada para recibir visitas.
La Torre del Comendador se alzaba al final de la calle.
No tenía aspecto de torre. Era un caserón de tres plantas con muros de sillería y ventanas estrechas como troneras de desconfianza.
La puerta principal, de roble reforzado con clavos de hierro negro, estaba entornada. Parecía casi una invitación. Casi.
Beltrán cruzó el zaguán. Sus botas arrancaron un eco hueco a las baldosas, el tipo de sonido que hacen los edificios construidos para que se oigan los pasos de quien entra.
Olía a cera de velas caras y a algo más sutil, ese perfume rancio que desprende el poder cuando lleva demasiado tiempo sin abrir las ventanas: tinta vieja, lacre y el sudor de los que esperan turno.
Lo vio antes de que el otro levantara la cabeza.
Malcampo estaba sentado en el banco de piedra del vestíbulo con las piernas estiradas y los tobillos cruzados.
Era un hombre delgado, de huesos largos y cara afilada, con el pelo oscuro echado hacia atrás y recogido en una coleta corta que dejaba a la vista una frente demasiado amplia para su edad.
Tendría veinticinco, quizá menos, pero los ojos eran de alguien mayor, pardos, inquietos, como midiendo las distancias antes de que la mano sepa que va a moverse.
Una cicatriz fina le cruzaba el puente de la nariz, blanca contra la piel morena, y le daba a la sonrisa un aire torcido que podía pasar por simpatía si no mirabas demasiado.
Llevaba un coleto nuevo de cuero curtido de Sotogrande, costura doble, hecho a medida.
Las botas también eran recientes, con tacón reforzado y hebillas de latón.
La mano derecha descansaba sobre el muslo, a dos dedos del pomo de una espada de Valdecristán con guarnición de lazo y guardamano completo.
Demasiada espada para un vestíbulo. Un hombre no compra un arma así para matar. La compra para que lo vean con ella.
Malcampo estaba subiendo. Se le notaba en la ropa, en la mandíbula apretada bajo una pose de indolencia que aún le quedaba un palmo grande, y en la forma en que ocupaba aquel banco como si ya fuera suyo.
Levantó la vista al oír las botas.
—Arcaluz. —No se levantó. Parpadeó una vez, con lentitud estudiada—. Creí que estabas en el barrio de los curtidores.
—Estaba.
—Ya. —Malcampo se pasó el pulgar por el labio inferior—. ¿Huele tan mal como dicen?
—Peor.
Malcampo esperó algo más. Una explicación, un detalle, una rendija por donde meter la cuña. Beltrán no le dio nada. El goteo del herreruelo sobre la piedra llenaba el silencio con la paciencia de la lluvia.
—El Comendador está arriba —dijo Malcampo, señalando la escalera con la barbilla.
Beltrán asintió y caminó hacia los escalones. Al pasar junto al banco, Malcampo habló al aire sin mirarlo.
—¿Sabes en qué estaba pensando antes de que llegaras?
Beltrán se detuvo. No se volvió.
—Pensaba en los lebreles del Comendador Viejo.
El de antes, no el nuestro. Tenía seis. Los mejores de Tolusa, casta larga de Cerro Albarra.
Los alimentaba él mismo, los sacaba de caza, dormían al pie de su cama.
—Malcampo hablaba con los ojos en las vigas del techo, como si contara la historia para sí mismo—.
Y cuando murió, ¿sabes qué hicieron con ellos?
Beltrán no respondió. Pero tampoco subió.
—Nada. Abrieron la puerta y los echaron a la calle. Seis lebreles de pura sangre, los mejores que se habían criado en el distrito. Nadie los quiso. —Una pausa—. ¿Sabes por qué?
El silencio duró lo justo. Malcampo lo llenó él mismo.
—Porque un perro adiestrado para un solo amo no le sirve a otro. Los que supieron adaptarse se hicieron callejeros. Los que no… —Se encogió de hombros—. Se murieron de hambre frente a una puerta que ya no se abría para ellos.
Beltrán giró la cabeza lo suficiente para verlo de medio perfil. Malcampo seguía sentado, con las piernas estiradas y la sonrisa torcida, mirándolo con esa mezcla de respeto y hambre que tienen los perros jóvenes cuando huelen al que manda en la jauría.
—¿Y tú qué eres, Malcampo? ¿Lebrel o callejero?
Algo cruzó los ojos pardos. Algo rápido, con dientes, que apagó enseguida.
—Yo soy el que se queda con la casa cuando muere el amo.
Beltrán subió dos peldaños. Se detuvo de nuevo.
—Los lebreles del Comendador Viejo.
—¿Qué pasa con ellos?
—Que eran seis. Y al final ninguno le sirvió de nada. Está criando Malvas como el resto.
Subió sin esperar respuesta. El silencio de Malcampo a su espalda pesaba más que cualquier réplica.