EPÍLOGO II
Más allá de las montañas del norte, donde los mapas del Imperi terminan en una franja blanca y donde los pastores de Rowandia no llevan nunca a sus rebaños porque la hierba se vuelve azul a partir de cierta altura, hay una cueva.
No es grande. La entrada cabe entre dos rocas separadas por la anchura de un hombre.
El suelo desciende en pendiente suave durante doscientos pasos antes de ensancharse en una sala de techo bajo cuyas paredes están cubiertas, desde el suelo hasta donde la luz de un farol no alcanzaría, de una capa fina de hielo permanente.
Lleva milenios así.
En la sala no hay rastro de animales. No los hubo nunca.
Los pocos que en algún momento de los últimos mil años se acercaron a la entrada se apartaron antes de cruzar el umbral por razones que ningún cánido o cáprido del mundo conocido sabría explicar.
La temperatura del interior es constante.
El hielo no se derrite. Sin variación estacional.
En el centro de la sala hay una estructura.
No es de piedra. La piedra que la rodea ha creído a su alrededor durante el tiempo en que la estructura ha estado en silencio, y la piedra cubre buena parte de su superficie como una segunda piel mineral.
Pero debajo de la piedra, la estructura sigue siendo lo que era, una superficie lisa, oscura, con una geometría que el ojo humano reconocería como artificial sin que sepa de qué oficio.
La estructura tiene una hendidura.
La hendidura es una raja vertical de una vara de altura, en uno de los costados, que en algún tiempo lejano fue una superficie continua y que en algún momento se abrió.
La raja no se ha cerrado. Tampoco se ha ensanchado.
Lleva exactamente igual desde antes de que ninguna lengua humana de las que hoy se hablan en el mundo conocido tuviera nombre.
Del interior de la raja no sale luz.
No ha salido nunca.
La primera señal, esa noche, no es luz.
Es un cambio en la temperatura.
La sala, que llevaba milenios en sus tres grados bajo cero, sube a dos grados bajo cero en un periodo de tiempo que ningún instrumento humano del mundo conocido podría medir.
La capa de hielo de las paredes no se derrite.
Es una variación pequeña. La capa fina del suelo, más expuesta, sufre un milímetro de retroceso en algunos puntos.
La humedad relativa del aire dentro de la sala aumenta una fracción de punto.
La segunda señal es un sonido.
No proviene de la estructura. Proviene del aire alrededor de la estructura. Es un zumbido muy bajo, en una frecuencia que un oído humano percibiría solo como una presión leve detrás del oído izquierdo, no como un sonido. Dura aproximadamente once segundos. Cesa.
Reanuda al cabo de un minuto.
Dura nueve segundos.
Cesa.
Reanuda. Siete. Cesa.
La tercera vez ya no cesa.
Dentro de la raja vertical, después del zumbido, aparece la luz.
No es luz fuerte. Es del tamaño de la cabeza de un alfiler, en un punto del interior de la raja a un codo del borde superior. Es una luz fría, sin color identificable, ni amarilla, ni blanca, ni azul, sino la clase de luz que no se asocia a ninguna fuente natural conocida.
La luz es estable durante los primeros minutos.
Después parpadea una vez. Vuelve a quedar estable. Parpadea dos veces. Estable. Tres. Estable.
La secuencia se repite.
A los catorce minutos del primer parpadeo, una segunda luz idéntica aparece a cinco nudos de la primera. La nueva luz hace su propia secuencia, no sincronizada con la anterior. Las dos luces parpadean cada una a su ritmo, sin coordinación.
A los veintinueve minutos hay siete luces.
A la hora hay sesenta y dos.
A las dos horas, las luces interiores de la raja vertical son ya tantas que el ojo humano, si hubiera un ojo humano en la sala, que no lo hay, las habría dejado de contar y las habría interpretado como una constelación pequeña, encendiéndose detrás de un cristal antiguo.
La luz de fuera no aumenta. La sala sigue oscura.
La raja sigue cerrada.
Las luces son interiores.
A las cinco horas se produce el primer movimiento.
Es un movimiento de la temperatura. El hielo se empieza a derretir. En una sala que llevaba milenios sin variar es una alteración enorme. La capa fina del suelo retrocede tres nudos. Algunas zonas del techo dejan caer una gota.
La estructura, dentro, ha empezado a calentarse.
No es calor humano. No puede serlo.
A las nueve horas, la temperatura interior de la estructura es lo bastante alta para que, si una mano humana se hubiera acercado, habría sentido en la palma una corriente tibia escapando de la raja vertical.
No hay manos humanas en la sala.
A las trece horas, las luces dentro de la raja se reorganizan.
No es algo que se vea desde fuera. La capa de piedra y hielo cubre la mayor parte de la superficie. Pero por las pocas zonas en las que la raja queda expuesta al aire, se observa que las luces, antes desordenadas, se están alineando.
Forman, después de unos minutos, una secuencia.
La secuencia no se interrumpe. Recorre las distintas líneas de luz visibles desde fuera con un ritmo que un observador humano describiría como un latido. No es un latido. Es un ciclo. Pero el observador humano, si lo hubiera, lo describiría con la primera metáfora que su cabeza encontrara.
Es lo que las cosas hacen cuando despiertan.
A las dieciocho horas no ocurre nada nuevo.
El ciclo de luz continúa. La temperatura se ha estabilizado. La capa de piedra que cubre la estructura no se ha agrietado. La raja vertical sigue exactamente como llevaba milenios.
Nada en la sala indica, a los ojos imaginarios de un observador imaginario, que algo importante haya cambiado.
Pero algo lo ha hecho.
La estructura no toma ninguna decisión esta noche.
Las decisiones requieren un estudio previo. El estudio previo requiere información sobre el estado del mundo. El mundo lleva mucho tiempo sin ser observado por la estructura, y la estructura, ahora despierta, va a tardar en ponerse al día.
Es una cosa antigua. Es paciente.
No tiene prisa.
Fuera de la cueva, la noche del norte sigue.
No hay viento. La nieve del valle está quieta en su sitio. Una pareja de buitres pasa muy alto, sin descender, en dirección al sur. Más lejos, en una de las laderas medias, una manada de animales con pelaje blanco se mueve por una pendiente que reciben las primeras luces del amanecer.
Ningún animal mira hacia la cueva.
La cueva sigue siendo lo que era cuando la noche empezó, una grieta en la pared norte de una montaña sin nombre, en una zona del mundo donde nadie va, en una franja blanca que los mapas del Imperi rotulan, cuando la rotulan, con una sola palabra.
Vacío.
Es una palabra que los cartógrafos heredan de cartógrafos anteriores. Una palabra que ninguno de ellos discute. Una palabra que en otros tiempos quizá fue una descripción y que ahora es solo una etiqueta.
La palabra ha dejado de ser cierta esta noche.
Nadie en el mundo conocido lo sabe todavía.