Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y siete
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Capítulo treinta y siete

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

«Y, sobre todo, observa con ojos brillantes todo el mundo que te rodea, porque los secretos más grandes siempre están escondidos en los lugares más insospechados. Quienes no creen en la magia jamás la encontrarán».

ROALD DAHL

Ya tenía las maletas hechas horas antes de la hora prevista para ir a San Juan y coger el vuelo de vuelta a casa. Henry ya había recogido mi equipaje para llevarlo hasta el ferri.

Estaba en mi terraza mirando el mar. Echaría de menos aquello. El mar. Los colores. Los olores.

Pero no echaría de menos esta sensación de haber sido engañada.

Todo había sido un torbellino desde que arrestaron a Tristan por asesinato.

Estuve hablando con la policía hasta bien entrada la madrugada del domingo.

Estuve hablando con los huéspedes curiosos durante todo el lunes.

Intenté evitarles, pero no funcionó. Se pasó tanta gente por mi cabaña para hablar de lo que había pasado en el Sky Bar que al final fui al Blue Dahlia y bebí muchísimo mientras respondía a todas las preguntas que me hacían. Durante horas.

—¿Sabías que el camarero era Ethan Valentine? —preguntó Doug.

—No.

—¿Cuándo sospechaste que el gerente del resort había matado a Diana Harden? —preguntaron los recién casados.

—Cuando metió la pata —dije—. Escuché lo que dijo, que Diana estuvo en la casa de Ethan el domingo por la noche, y ahí supe que había sido él.

—¿Cómo estás? —preguntó Anja—. Si quieres, puedes venirte a mi suite , para estar lejos de la gente.

La miré y sonreí, aunque quería llorar.

—Estoy bien.

Tardaría mucho mucho tiempo en estar bien.

Estaba a punto de volver a entrar cuando llegó Luis. Venía de la playa.

También estaba enfadada con él.

—Hola, Mia —dijo, y se sentó en una silla.

—Me voy a casa —contesté, sin intención de sentarme.

—Por favor. —Hizo un gesto hacia la otra silla.

—No quiero hablar contigo. Me mentiste, igual que tu sobrino.

—Sobrino nieto —me corrigió—. Aunque es probable que ahora no te parezca alguien tan genial.

Moví los labios como para sonreír, pero me contuve la sonrisa. En vez de eso, me senté.

—Casi me lo dices en el bar el otro día. —Había estado repasando nuestra conversación, y hubo algunas pistas. Pero no las había captado.

—Ethan cometió un error.

—Un gran error —dije.

—Le importas.

Se me encogió el corazón.

—Me enamoré de Jason.

Lo dije en voz alta. Decirlo me dolió aún más.

—Son la misma persona.

—No, no lo son. Jason es quien Ethan quiere ser. Es falso. Está fingiendo. No puedo confiar en él porque nunca sabré quién es de verdad.

La incertidumbre me volvería loca por dentro.

Necesitaba orden en mi vida. Expectativas firmes.

Un trabajo fiable que exigiera disciplina, seguir las reglas, respeto.

Una vida con amigos que pudieran contar conmigo, y en los que yo pudiera confiar.

Responsabilidades para con otras personas, como mi abuela.

Ella necesitaba que yo tuviera los pies en la tierra, y que no fuera una ingenua.

Ella necesitaba poder confiar en mí y en mi palabra.

Yo no necesitaba a un estafador multimillonario que hiciera todo lo posible por engañarme a mí y a todos los que le rodeaban.

—¿Acaso no nos pasamos la vida intentando descubrir quiénes somos? —preguntó.

—Sé quién soy —dije con mucha más confianza de la que sentía.

—¿Eres quien quieres ser? —preguntó Luis, otra vez con sus acertijos.

—No juego a «¿Qué pasaría si…?» —sentencié—. La gente no cambia, y, además, no debería cambiar. La gente tiene que ser de fiar.

—Tienes razón, la gente no cambia —dijo él—. No en las cosas importantes, como tus valores, tu lealtad, o tus pasiones. Pero a veces, en el fondo, no sabemos quiénes somos en realidad hasta que nos enfrentamos a desafíos y obstáculos que nunca habíamos afrontado.

Luis se levantó. Le crujieron las rodillas.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté, y me puse de pie rápidamente para ofrecerle mi brazo.

Él sonrió y me dio una palmada en el hombro.

—Desde el día que te conocí, Mia Crawford, supe cómo eras. No te comportes como si fueras una desconocida.

Después, se alejó lentamente.

Después de despedirme de Callie, Henry y su esposa Millie, caminé hacia el ferri. Kalise me dio un abrazo. Estaba a punto de subirme a la lanzadera cuando Brie vino corriendo y me abrazó.

—Hola —dije—. ¿Estás bien?

—Sherry se fue ayer, gracias a Dios. Y mi padre está bien. Estamos bien.

—Cuánto me alegro. —Y lo decía de verdad.

—Está un poco triste. Siente que le han engañado.

Yo sentía lo mismo.

—Va a presentar cargos contra el tipo que me retuvo —continuó Brie—, y quizá él acabe delatando a Sherry.

—Nunca me contaste lo que pasó.

—Tenías muchas cosas entre manos —dijo ella—. No puedo creer que me lo perdiera todo.

—No quiero acordarme de ello. ¿Qué pasó esa tarde?

—Estaba esperando el ferri para poder enseñarle el vídeo a mi padre cuando ese tipo raro atracó con su barco.

Le dije que el ferri volvería en unos minutos.

Él me dijo que no se demoraría mucho. Me sonaba su cara, más o menos, pero no me di cuenta de que era el de tu foto hasta que ya fue demasiado tarde.

Me pegó y me subió al barco. Me ató, aunque no muy bien.

Fingí estar inconsciente y luego salté al agua.

Me costó un buen rato llegar a la orilla nadando.

—Eso es peligroso.

—En realidad, no me lo pensé. Cuando volví, me di cuenta de que aquel hombre tenía mi móvil. Mi padre ya había regresado en el ferri, y pensé que ya se habían casado. Me puse histérica. Me alegra haber llegado a tiempo y que tú estuvieras allí para ayudarme a detenerla.

—Me alegro mucho de que estés bien —dije, y lo decía en serio. Gracias a todo lo que había pasado esa semana, lo bueno y lo malo, había encontrado una gran amiga en Brie Locke.

—Sherry cogió un vuelo desde San Juan a Atlanta, donde anoche fue la mujer florero de un jugador de baloncesto en un evento benéfico —comentó Brie—. Supongo que se lo estuvo trabajando, al igual que hizo con mi padre.

—Tu padre encontrará a alguien que le quiera tal como es.

—Sí, eso creo. Lo único que quiero es que sea feliz. Si no es con una mujer, será con el béisbol, su segundo amor. Va a aceptar un puesto de entrenador en la Universidad de Arizona. Yo viviré en el campus. Se comprará una casa. Tendré mi propio espacio…, pero podré verlo cuando quiera.

—Eso es maravilloso —observé—. Quizá encuentre a alguien cuando menos se lo espere.

—Te voy a echar de menos, Mia. ¿Crees que podré visitarte alguna vez? Me encanta Nueva York.

—Cuando quieras. Lo digo en serio, ¿vale? Ya te sabes mi usuario de todas las redes sociales, y tienes mi correo y mi número de teléfono. —Sonreí—. Yo también te voy a echar de menos. Eres la hermana pequeña que nunca supe que quería tener.

Ella se rio, luego miró alrededor y dijo en voz baja:

—Vas a perdonarle, ¿verdad?

—No lo sé. Ahora mismo estoy demasiado dolida.

—Quédate.

—¿Qué?

—Me dijo que te pidió que te quedaras unos días.

—Eso fue antes de que supiera que él era Ethan Valentine.

—Si te quedas, tal vez puedas aclararlo todo.

Negué con la cabeza.

—Tengo trabajo. Responsabilidades. Y también las tiene Ja… Ethan.

—Bueno, si te sirve de algo, está triste de verdad.

Me habría gustado olvidarlo todo y perdonarle. Quería hacerlo. Pero siempre tendría ese runrún en la cabeza preguntándome quién era realmente Ethan Valentine. Hasta que él no supiera quién era, yo no podría conocerlo.

—Cuando Ethan se encuentre a sí mismo, entonces, tal vez, podamos hablar —contesté—. Me enamoré de Jason Mallory. Ni siquiera sé quién es Ethan Valentine.

Brie dijo:

—¿Te has enterado de lo que pasó con Parker Briggs?

—Solo que él y Amber se fueron ayer a primera hora.

Sacó el móvil y me enseñó el artículo de un tabloide.

—Esto ha salido esta mañana a primera hora.

PARKER brIGGS, EXPULSADO DE LA EMPRESA FAMILIAR

TRAS ACUSACIONES DE ROBO DE PROPIEDAD

INTELECTUAL QUE HIZO PASAR COMO SUYA

—Bien —dije—. Es un gilipollas.

—Sin duda.

Volví a darle un abrazo a Brie y me subí a la lanzadera. Henry habló de varias cosas, pero por suerte no mencionó a Ethan.

Le di las gracias a Henry y me dirigí al muelle. Anja y Nelson estaban allí cuando el ferri llegó al puerto.

—¿Te vas, señorita Crawford? —preguntó Nelson con su voz profunda y autoritaria.

—Sí. Se me han acabado las vacaciones.

Anja me abrazó con fuerza. Estaba temblando.

—¿Estás bien? —pregunté.

—No. Sí. No lo sé —contestó ella mirando hacia el barco—. Mi hija… ha aceptado verme. Y… mi exnovio. Él…, ellos…, esto… —Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Están en el ferri —dijo Nelson—. Pensamos que poder pasar unos días aquí para que se conozcan, sin miedo a los paparazzi ni a la prensa amarillista, sería de ayuda para todos.

—Me alegro mucho por ti —le dije a Anja.

—Quiero que le guste cómo soy. Pero necesito que me perdone.

—Ya sea hoy, mañana o el año que viene, acabará entendiendo por qué hiciste lo que hiciste. No es fácil ponerse en la piel de los demás.

Pensé en Ethan. ¿Debería darle una oportunidad? Tal vez… no. Sí. Maldita sea. No lo sabía. Tenía demasiados frentes abiertos en mi vida como para ayudarle a resolver su crisis personal.

Vi a una joven guapa salir del ferri, seguida de un hombre más grande que Nelson. Me alejé y les dejé que resolvieran las cosas en familia.

El capitán se acercó a mí.

—¿Diez minutos, señorita Crawford?

—Gracias.

Recorrí la playa que había junto al muelle. Respiré los últimos aromas de St. Claire. Esto era todo. Me iba a casa. Volvía a mi trabajo, con mi abuela, con mis amigos, con mis gatos.

Mi nombre iba a figurar en la puerta de la oficina. Me darían un aumento y más responsabilidades. Y eso tendría que ser suficiente.

Subía por la playa hacia el muelle cuando una concha brillante me llamó la atención.

Me agaché y la recogí. Era una caracola rosa que justamente se parecía a la que había tirado en la laguna la primera noche que estuve en la isla.

No podía ser la misma. Qué tontería. La miré y recordé por qué la había lanzado.

La lancé porque sabía que mi sueño era solo una fantasía.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Me guardé la concha en el bolsillo. La guardaría como un recuerdo de lo que pudo haber sido.

Escuché la risa de Anja, y, cuando me giré, me di cuenta de que era su hija la que estaba riéndose de algo mientras se subían a la lanzadera. Me alegraba por ellos.

Me subí al ferri. Era la única persona que volvía a casa ese día. Me quedé en la proa del barco sin mirar atrás. No quería mirar. De repente, mi marcha se estaba convirtiendo en algo agridulce.

Entonces lo vi, a Jason —¡a Ethan!—, sentado en una moto de agua en medio del mar. Lo miré fijamente mientras nos cruzábamos. El ferri no iba rápido, pero Ethan se balanceaba con nuestra estela.

Me lanzó un beso.

Dudé, luego «atrapé» su beso con la mano. Lo sostuve, pero no sabía qué hacer con él.

Lo observé hasta que ya no pude verlo más. Entonces, miré hacia delante y seguí rumbo a casa.