Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y ocho
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Capítulo treinta y ocho

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Seis meses después

«A veces, los sueños que se hacen realidad son los sueños que ni siquiera sabías que tenías».

ALICE SEBOLD , Desde mi cielo

Coloqué bien las pilas de libros en la mesa de «Favoritos del personal», rocé con la mano la tapa en relieve de Tesoro mortal y pensé en todos los problemas que había causado ese libro.

«El libro no causó ningún problema —pensé—, sino que fue su dueña».

Ninguno de mis clientes sabía lo que había pasado en St. Claire el verano pasado.

Se lo había contado casi todo a Jane y Amanda.

Mejor dicho, todo excepto lo relacionado con mi corazón roto.

Porque, aunque la mentira de Ethan Valentine me había dolido, sabía que no mintió para hacerme daño.

Mintió porque no le gustaba la persona en la que se había convertido y quería ser otra.

Eso lo entendía.

Me había enamorado de alguien ficticio.

Pero me había enamorado, y creo que Jason Mallory también se enamoró de mí. Lástima que no fuera más real que los héroes de los libros que me rodeaban.

Lecturas de Verano y Crímenes había abierto sus puertas el primer fin de semana de noviembre.

Ahora, el siguiente fin de semana al Día de Acción de Gracias, estábamos teniendo más afluencia de público, tanto compradores navideños como gente del barrio atraída por el escaparate tan creativo —gracias a mi abuela— o por el aroma de sidra especiada que impregnaba todo el local.

Era lo que siempre soñé tener.

Rincones para leer o charlar; una pequeña cafetería con dulces hechos en la zona, ensaladas, sándwiches y, por supuesto, una barra de café.

Había libros por todas partes, pero también regalos para los amantes de la lectura: camisetas, bolsas para libros, marcapáginas hechos a mano, fundas de tela para libros…

La sección infantil era perfecta para que los más pequeños explorasen, y las mesas estaban colocadas de forma estratégica, con regletas ocultas para que los niños mayores pudieran estudiar.

Y también lo adorné con una idea que robé de St. Claire: miles de lucecitas blancas serpenteando por toda la tienda.

Alrededor de las columnas del techo abierto, colgando de las estanterías, decorando las plantas y enmarcando las ventanas.

Me hacían feliz, y varias veces al día escuchaba a los clientes exclamar al darse cuenta de esos pequeños detalles que hacían que mi librería fuera única y acogedora.

Puede que me hubiera enamorado de una persona ficticia, pero él me brindó todo un mundo de posibilidades al hacer que abriera la mente y el corazón a mis sueños.

Jason me había dicho —no, Ethan me había dicho— que mi tienda soñada debería ser una meta.

Que debería suscitar en los lectores el deseo de curiosear y comprar, y ser un lugar que les diera tanta paz como su lectura reconfortante favorita, o abrir mundos enteros con libros que entretuvieran, que hicieran reír, llorar y sentir.

Y, precisamente, eso era lo que hacía.

Eso esperaba. Había invertido todo mi dinero en este sitio y había pedido un préstamo para el edificio.

Yo no era tonta del todo. No abrí en Manhattan —eso habría costado cinco veces más—, ni siquiera en Nueva Jersey ni en Connecticut, donde me crie.

En vez de eso, encontré un edificio en una esquina a cuatro calles de la playa en Miami, Florida.

En la planta baja estaba mi librería; y la parte de arriba la tenía alquilada una firma de contabilidad porque tener otra fuente de ingresos nunca está de más. No cubriría la hipoteca del edificio, pero era suficiente como para no entrar en pánico cada vez que me llegaba la factura.

Además, me compré una casa. Una casa pequeña de dos habitaciones cerca de la playa en la que vivía con mi abuela y compartíamos el único baño que había. Tenía un porche y un pequeño jardín, y construí una estructura de madera para gatos para Nick y Nora. Parecía que les gustaba.

Sabía que abrir un pequeño negocio era una de las apuestas más arriesgadas que podía hacer una persona.

Sabía que la mayoría cerraba en menos de tres años.

Muchos propietarios se quedaban sin nada.

Yo había invertido todo lo que tenía en este negocio, no solo dinero, sino también mi tiempo, mis sueños, mis lágrimas, mis miedos y todo mi corazón.

Por primera vez en mi vida, no solo estaba corriendo un riesgo, sino que era un riesgo que podría arruinarme.

Un riesgo que, si fracasaba, me devolvería a la casilla de salida.

Peor aún. Era un riesgo del que no podría recuperarme si no me salían las cosas bien.

Aun así, cada vez que entraba en mi librería, sonreía. Podía fracasar, pero, si ni siquiera lo intentaba, no me merecía que apareciera mi nombre en la puerta de la oficina.

Y aparecía.

LECTURAS DE VERANO Y CRÍMENES

MIA CRAWFORD, PROPIETARIA Y GERENTE

Tenía el corazón lleno.

Bueno, casi lleno.

Mi abuela trabajaba a tiempo parcial para mí, y, al vivir juntas y trabajar juntas, a veces chocábamos, pero me sentía más cerca de ella que nunca.

Jane y Amanda estaban enfadadas conmigo por mudarme a Florida, pero ya me habían visitado dos veces, y Jane decidió que su boda se celebrase en Miami.

El señor Cohn y su mujer vinieron a visitarme cuando estaban de vacaciones.

A él le había decepcionado mucho que yo hubiera dejado mi antiguo trabajo, pero les habló a todos sus clientes y a mis antiguos clientes sobre mi nuevo proyecto.

El boca a boca —ya fuera para vender un libro o una librería a los lectores— funcionaba.

Mi negocio de pedidos por correo a Nueva York iba viento en popa.

Lo mejor de todo era que él había accedido a mi recomendación de ascender a Braden, al cual le estaba yendo genial en mi antiguo puesto.

—¡Mia! —me llamó mi abuela mientras yo escribía nuestro boletín semanal, en el que destacaba nuevas publicaciones, próximos eventos y lecturas recomendadas.

Levanté la vista y ella estaba hablando con una de nuestras clientas habituales. Me hacía mucha ilusión que tuviéramos clientes fijos. Hacía un mes que habíamos abierto, y la señora Jansen venía casi todos los días a tomar café. Ya había encargado seis libros para ella.

Me acerqué con una sonrisa.

—¿Tiene alguna pregunta?

—Mi nieta tiene trece años. Dice que ya es demasiado mayor para leer algo juvenil, pero su madre no quiere que lea libros que sean demasiado para ella, no sé si me entiendes. —Formó con los labios la palabra « S-E-X-O ».

—¿Qué le gusta leer normalmente?

—Le gusta el drama, pero también los misterios. Cuando era pequeña leía Nancy Drew .

—Pues tengo a la autora perfecta para ella. Juvenil, pero para adolescentes mayores. Con poco romance, pero mucho drama y misterio.

Le dije a mi abuela que le buscara a Holly Jackson en nuestra sección juvenil, y las dos mujeres se alejaron, charlando sobre la «adorable» nieta de Nadine, esto es, de mí.

Casi me daba la risa. No me consideraba adorable, pero no podía negar que estaba más feliz estos días, a pesar del estrés de tener mi propio negocio.

Porque nadie puede estar triste rodeado de libros.

E incluso estaba intentando escribir uno. No sabía si llegaría a algo, pero dedicarle un par de horas a la semana a un mundo ficticio que yo misma estaba creando era aún más liberador que leer sobre mundos creados por otros autores.

—Disculpa, estoy buscando un libro sobre formas de demostrar que te amo.

Esa voz.

Me giré despacio, como si el mundo se detuviera. Las voces en la tienda se desvanecieron y empecé a ver borroso.

Ethan.

Abrí la boca para decir algo, pero no sabía qué, y nunca había esperado volver a ver a ese hombre.

El hombre más sexi que conocía. El hombre que sabía cómo besarme hasta dejarme sin sentido y sabía perfectamente dónde tocarme. El hombre que me había liberado de las cadenas de mi prisión autoimpuesta y que me había abierto la mente a nuevas posibilidades.

El hombre que me había mentido.

Ethan Valentine llevaba un traje. Un traje muy bonito, ligero y hecho a medida, con una camisa rosa clara que le quedaba impecable en ese cuerpo tonificado. Pero ¿la corbata? Flamencos rosas con gorros de Navidad. Era algo que Jason Mallory llevaría, si usara corbata.

Me puso los dedos en los labios.

—Me encanta que hayas abierto esta tienda.

Me encanta que me dijeras la verdad sobre mí.

Me encantan tus grandes ojos color whisky , tu risa cálida y cómo se te arruga la nariz cuando piensas que alguien está siendo maleducado.

Me encanta tu valentía y tu cautela. Me encanta tu capacidad para ver a las personas como realmente son. Me encanta cómo me haces sentir.

No podía hablar. Aunque hubiera querido, no habría podido.

—Te quiero, Mia, y quiero pasar todos los días demostrándote cuánto te quiero.

—No tengo ningún libro sobre eso —susurré con la voz entrecortada.

Ethan sonrió.

—Quizá debería escribirlo yo.

—Quizá deberías —dije.

—He soñado con besarte, pero me daba miedo que me abofetearas.

—No te voy a abofetear.

Se inclinó y me besó. Fue tan bueno como lo recordaba.

Mejor.

«Te quiero».

Quería a ese hombre, pero ¿estaba segura de que amaba a Ethan Valentine y no a Jason Mallory? ¿Estaba segura de que eso era amor? ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo saber lo que él sentía de verdad? ¿Eran solo palabras o las decía en serio?

Miré en esos profundos ojos verdes, buscando una cosa… y la vi. Vi amor.

¿No se compone la vida de riesgos y recompensas? ¿No lo había demostrado yo ya al renunciar a una carrera estable por mi sueño? Ethan decía que me quería, y sus ojos me decían que no mentía.

Lo atraje hacia mí y le devolví el beso. Abrió la boca y nos quedamos atrapados en un beso que rivalizaba con todos los demás que nos habíamos dado. Ya no estaba soñando; Ethan estaba aquí, conmigo, y me quería.

Me tocó la mejilla, me besó el cuello, la oreja, luego me abrazó con fuerza y susurró:

—Te lo compensaré, Mia.

—Está bien —dije, porque el corazón me seguía latiendo con fuerza en el pecho.

Mucho era lo que yo había cambiado en los últimos seis meses; no obstante, todo había empezado cuando este hombre se hizo pasar por alguien que no era. Ello me demostró que yo también fingía amar mi vida tan cuidadosamente planeada.

—¿Te permiten hacer un descanso?

—Es mi tienda. ¿No has visto mi nombre en la puerta?

Sonrió. Le brillaban los ojos, y miró alrededor con aprecio.

—Todo es muy tú. ¿Tienes ayuda?

—Mi abuela. Y, eh… —Los nombres de mis empleados a tiempo completo se me habían olvidado. Ni siquiera recordaba quién estaba trabajando hoy.

—¿Qué hay arriba?

—Un despacho de contabilidad.

—Y ¿dónde vives?

—A dos manzanas. No tengo coche.

—¿Quieres enseñarme el camino que haces cada día? —Entrelazó sus dedos con los míos y volvió a atraerme hacia sí.

—Me quieres —dije, a modo de afirmación.

—Sí.

—¿Cómo me has encontrado?

Él inclinó la cabeza.

—Soy Ethan Valentine.

Sonreí.

—¿Qué? —dijo—. Dime lo que quieres, y es tuyo.

—A ti.

—¿A mí?

—Sí. Creo que yo también te quiero.

—¿Crees?

Sabía que lo quería. Me había enamorado y me había alejado porque no sabía quién era yo en realidad aquel último día en St. Claire.

Ahora ya sabía quién era. Y, a juzgar por la ropa y la seguridad en sí mismo que tenía Ethan, él sí sabía exactamente quién era él.

—Espero que lo sepas con certeza, porque acabo de abrir una oficina aquí, en Miami.

—¿De verdad? —me sorprendió—. Y ¿qué pasa con St. Claire?

—Sigo siendo dueño de St. Claire. Kalise está gestionando el resort sola y ha ascendido a dos empleados, que se han convertido así en sus asistentes.

Mi tío Luis también está echando un ojo por allí.

Me dijo que te dijera que quiere que lo visites pronto.

—Hizo una pausa y preguntó—: ¿Echas de menos la isla?

—A veces —respondí con sinceridad—. St. Claire es especial.

—Podemos volver cuando quieras. Es decir, si es que ya sabes que me quieres.

Intenté mantener una expresión seria, pero no pude y amplié la sonrisa. —Sé que te quiero.

Él sonrió.

—Me alegra. Porque hemos contratado a otro camarero sexi para reemplazar a Jason, y no quiero tener que competir por tu cariño.

Me reí, le rodeé el cuello con los brazos y dije:

—Empecemos la visita por el dormitorio.