Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y seis #3
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Capítulo treinta y seis #3

Me aparté e intenté levantarme. Me temblaban las piernas.

—Mia, por favor, escúchame —dijo Ethan.

Recobré las fuerzas y empecé a caminar por la playa. Allí había un sendero. Lo había visto en el mapa. Y podía volver por el camino largo que llevaba al Sky Bar. Me daba igual cuánto tardase. No quería estar cerca de Jason.

Ethan. Ethan Valentine.

Jason me había mentido.

Ethan me había mentido. Me golpeé la cabeza con la palma de la mano, intentando asimilar que Jason no existía, que el ultrarrico Ethan Valentine simplemente… ¿qué? Había estado ¿jugando conmigo? ¿Riéndose a mis espaldas? Ahora yo sabía quién era él, lo que hacía, lo que tenía, y yo era… solo yo.

Incluso cuando tuvo la oportunidad de decirme la verdad, aquella noche en el barco, cuando estábamos solos, o la siguiente noche, cuando estuvimos haciendo el amor sin parar hasta quedarnos sin preservativos, me había mentido.

—Mia, por favor, detente. Escucha.

Dejé de caminar, me di la vuelta, y casi chocó conmigo.

—¿Qué, Ethan?

—Lo siento —se limitó a decir. No intentó justificar lo que había hecho. No intentó explicar… porque no había explicación.

Era un fraude. Jason Mallory no existía.

Negué con la cabeza.

—No puedo. Ahora no. Nunca.

—No tengo excusa. A excepción de mi tío Luis, Tristan es la única persona que sabe quién soy en realidad. No quería que nadie lo supiera. He estado en un limbo estos últimos tres años.

Mentalmente busqué pistas de la verdad que debería haber detectado.

Como, por ejemplo, algunos comentarios crípticos de Luis, tal vez, pero era un hombre mayor…

; o la forma en que Tristan parecía consultarle a Jason en el barco cuando vinieron a rescatarnos, en vez de que fuese al revés; o la seguridad con que Jason afirmaba que yo podría usar la conexión de internet estable de Ethan Valentine si quería quedarme unos días más en la isla.

Me sentía tan tonta. Me había creído una fantasía entera, a pies juntillas.

Pensé que me había enamorado. Pero no puedes enamorarte de un personaje ficticio; pues no puede darte calor en plena noche.

Quizá porque yo no era capaz de hablar, Ethan siguió hablando.

—Cuando Parker Briggs se apropió de mi idea y de todos mis documentos, di un golpe en la mesa.

Aquel mundo de negocios despiadados me estaba consumiendo.

Necesitaba alejarme. Compré la isla y esperaba desconectar durante unos meses para pensar qué hacer.

Pero luego descubrí que podía dirigir Valentine Enterprises desde aquí.

Contaba con personas competentes que se encargaban del día a día.

Tomaba decisiones, revisaba proyectos y asistía a juntas a través de Zoom, pero casi nunca tenía que dejarme ver.

Cuando tenía que hacerlo, hacía que la conexión a internet fuera deficiente y me ponía unas gafas falsas por si alguien me reconocía.

He cambiado de aspecto físico gracias a que me hice la cirugía LASIK para no llevar gafas, empecé a hacer ejercicio, gané músculo, me dejé el pelo largo y me puse moreno.

—Todo el mundo sabe que Clark Kent es Superman —contesté—. Unas gafas no son ningún disfraz.

—La gente ve lo que quiere ver —dijo—. Nadie les presta atención a los camareros, o al personal de limpieza.

Por eso le pedí a Tristan que me diera trabajo como Jason Mallory.

Necesitaba tiempo para…, no sé…, para encontrarme a mí mismo.

Pude ayudar a que St. Claire prosperase y nadie sabía quién era yo en realidad.

Fue… el paraíso. Por primera vez en mi vida, fui libre de verdad.

Solo había visto una foto antigua de Ethan Valentine en la universidad. No veía a Ethan en Jason. Había cambiado mucho en más de una década.

—Nada ha cambiado —contesté—. Excepto que ahora unas cuantas decenas de personas saben quién eres.

—Eso me da igual. Esas personas no me importan. Me importas tú. No te vayas.

—¿Qué pensabas que iba a pasar, Ethan? —Me seguía resultando raro pronunciar su verdadero nombre, el nombre de un desconocido—. ¿Qué vendría a visitarte todos los años, disfrutaríamos de un buen sexo y luego me iría y tú seguirías con esta farsa?

—No. Esperaba que te quedaras unos días más, que trabajaras desde mi casa, y entonces te lo contaría.

—¿Ahora me estás diciendo que siempre tuviste la intención de contármelo? —Negué con la cabeza. Estaba a punto de llorar, pero no dejé que me brotaran las lágrimas—. No te creo.

—Es la verdad —dijo en voz baja.

—Me mentiste. Hablamos, hicimos el amor. Pensé… no. El momento para contarme todo esto era antes de que me enamorara. No puedo confiar en ti.

—No tengo más secretos. Pregúntame lo que quieras, cualquier cosa, y te lo diré.

—¿Cómo se supone que debo saber si lo que me dices es verdad cuando se te da tan bien mentir?

Me dolía. Me sentía humillada. Y, sobre todo, estaba dolorosamente triste.

Me había enamorado de él perdidamente.

Me había enamorado de una mentira.

—Déjame compensártelo —susurró—. Por favor, Mia.

—No puedes —dije. Y me alejé en busca de la playa, en busca del camino de vuelta. Como sin darme cuenta.

Esta vez no me siguió.