Crímenes y lecturas de verano Capítulo treinta y seis #2
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Capítulo treinta y seis #2

Tiré con todas mis fuerzas y, al hacerlo, logré acercar el carro a menos de treinta centímetros de donde Jason estaba agarrado al borde de la plataforma.

Alzó la mano y se sujetó al manillar. De repente, salió volando por los aires y bajó por la tirolina, totalmente fuera de control y sin arnés de seguridad.

Paralizada, sin saber si debía correr a buscar ayuda, vi a Jason sobrevolar el agua. Se le resbaló una mano y grité mientras Jason se tambaleaba peligrosamente. Cuando cruzaba la mitad del lago, perdió el agarre y se precipitó. Lo vi estrellarse contra el agua.

Sin pensarlo, cogí el último carro, me agarré fuerte y seguí el camino que acababa de recorrer Jason, rezando para que tuviera suficiente energía para alcanzar la orilla nadando y no se viera arrastrado por la cascada.

¿Habría llegado lo bastante lejos? No lo sabía. No quería perderlo ahora, no así.

Grité. El carro rodaba por el cable e iba ganando velocidad.

Iba agarrada firmemente a las asas porque me iba la vida en ello.

Cerré los ojos con fuerza, recé, grité y supliqué mientras volaba por los aires, cada vez más y más rápido…

¿Cómo demonios iba a parar cuando llegara al otro lado? ¿Iba a chocarme contra un árbol?

«¡Abre los ojos!», me dije a mí misma.

No quería, pero lo hice, porque necesitaba ver a dónde iba.

Ya había cruzado la mitad del lago. De repente, el peso de la cuerda cambió, y reboté tan rápido que se me resbaló una de las manos. Pensé: «Ya está, me voy a caer y me voy a matar, estrellada en el agua».

Pero me agarré fuerte y no tardé en llegar a la orilla. ¿Qué me había dicho Brie cuando estuvo explicándome cómo usar la tirolina?

La cuerda bajó hasta que casi pude tocar el agua. Podía ver la orilla. Estaba a solo treinta metros y me estaba acercando deprisa.

«Solo tienes que acordarte de soltar el arnés y saltar entre seis y quince metros antes de llegar a la orilla».

No tenía arnés, así que simplemente me solté.

Me zambullí en el agua y me hundí. El lago tenía profundidad, incluso allí, a unos quince metros de la orilla, y me costó salir a la superficie. Cuando por fin salí, jadeé en busca de aire. Estaba viva.

Jason. Él había caído mucho más atrás que yo.

Nadé hacia la orilla. Me dolían los brazos y las manos de haber usado la tirolina. Pero llegué y me desplomé en la orilla.

Escuché quejidos detrás de mí.

—¿Jason? —pregunté.

Avancé medio a rastras hasta que conseguí ponerme de pie. No era Jason. Era Tristan. La pierna le colgaba en un ángulo extraño.

—La pierna…, me la he roto —dijo.

—Bien —respondí—. Te juro que, si has matado a Jason, me aseguraré de que te condenen a muerte, ¡cabronazo!

Me giré y observé el lago, buscando señales de vida. El sol del atardecer se reflejaba en los acantilados, pero el lago tenía un tinte oscuro. No lo vi. Temía que estuviera muerto de verdad.

Tristan estaba sollozando.

—¡Lo hice por usted, Ethan! Ella sabía quién era. Por eso vino a buscarme. Sabía que usted es Ethan Valentine, y se lo habría contado a todo el mundo. Le habría hecho daño. ¡Habría destruido todo lo que hemos construido aquí en St. Claire! ¡Lo hice por usted!

No podía ser verdad lo que estaba oyendo.

Tristan estaba delirando.

Fue entonces cuando recordé lo que había dicho antes de salir corriendo. Estaba mirando a Jason cuando dijo: «Lo hice por usted, Ethan».

Por fin, Jason salió del agua, tambaleándose, llegó a la orilla y se desplomó.

Corrí hacia él.

—¿Estás bien? Dios, pensé que habías muerto.

Tosió y negó con la cabeza.

—Lo he conseguido. Tú también. —Me acercó hacia sí y me dio un abrazo fuerte, allí sentados en la arena—. Mia.

Le devolví el abrazo. Me picaban los ojos de tanto llorar.

—Y él ¿dónde está? —preguntó Jason.

—Se ha roto una pierna —dije.

Ahora ya tenía todas las piezas del rompecabezas, pero ¿las estaba encajando mal?

Tristan se arrastró hasta nosotros.

—Ethan, lo siento. Tiene que entenderlo.

—No lo entiendo —dijo Jason… Ethan—. No entiendo cómo pudiste matar a una persona y pensar que lo hiciste por mí. ¿Mataste a Gino?

—Nos había robado. ¡Se llevó cincuenta mil dólares de nuestras cuentas!

—Quieres decir que me robó a mí —contestó Ethan con un tono de voz bajo y de enfado.

—¡Este es mi resort, mi resort! —gritó Tristan—.

Yo lo construí. Todas las habitaciones llevan mi toque personal.

Yo mismo pruebo todas las comidas. Este complejo es como un hijo para mí, ¡y él me robó!

¡Luego me dijo que sabía que yo maté a Diana y esperaba que yo le pagara!

—Tristan se reía y lloraba a la vez—. Todo va a salir bien, se lo prometo.

Gino descubrió que Georgie mató a Diana, y luego Georgie mató a Gino, y no pasa nada.

Eso fue lo que pasó. Todo el mundo sabe que eso fue lo que pasó.

—No, Tristan, eso no fue lo que pasó —dijo Ethan—. Tú los mataste a los dos.

Me acercó hacia sí. Yo estaba… No sabía cómo estaba.

—Mia, lo siento.

—No. No. —Negué con la cabeza. No quería llorar. No aquí, no delante de este hombre que ni siquiera sabía quién era.